El monte de orégano

          El orégano tiene muchas propiedades medicinales, entre ellas se cuentan las antisépticas, antioxidantes y curativas. Es uno de nuestros remedios naturales más conocidos en el Mediterráneo. Sin embargo, conviene tener en cuenta que no todo es alegría en el monte como anuncia su origen etimológico. Ya lo dice el refranero: no todo el monte es orégano. Una frase que alude con sabiduría a una cierta contención en el gasto, y también a la gestión responsable de los recursos públicos y las expectativas futuras de prosperidad. Este último aspecto, me da a mí en la nariz, se nos ha ido pasando por alto. Yo, al menos, lo detecto cada vez menos en términos generales.

          Si viviéramos instalados en la cima de una montaña de orégano, además de atufados por el intenso olor herbáceo, tendríamos razones para confiar en un mañana sin estrecheces. Claro que tendría que ser orégano de verdad, y no un remedo de plástico adquirido en un chino market de los que proliferan por nuestras ciudades. Es decir, conviene basar nuestro bienestar actual en el dinero que tenemos y no en la deuda, y exigir un gasto adecuado y responsable, sobre todo, de lo público. Nada le hace más daño al imaginario colectivo que coletillas de fanfarria como «sanidad y educación gratuitas». Gratis, lo que es gratis, no hay nada en este mundo. Ni siquiera en el otro, vistos los precios de los entierros.

          No hace falta ir a una carísima universidad inglesa para saber que la sanidad y la educación públicas no son gratis, sino que las pagamos entre todos a través de los impuestos. Razón por la que tenemos buenos hospitales y unas magnificas universidades. Esto nos permite en España hablar de igualdad de oportunidades, que no de resultados porque eso depende de si el alumno es brillante o zoquete. Como todo en la vida, el menos esforzado o aplicado acaba recibiendo menos recompensas. Pero contamos con eso, con el poder situar a todos en el punto de partida. Lejos de esas universidades elitistas europeas de ricachones, explotadores y nuevos fascistas que en el futuro querrán explotar al pueblo llano y trabajador.

          Pensaba esto porque no entiendo que haya gente entre nosotros que mande a sus hijas a estudiar a sitios como la prestigiosa universidad de Bristol (Reino Unido). Pagando solo por la educación 40.000 euros al año, 160.000 euros por el grado sin contar extras, además de la manutención y la residencia. Algo solo al alcance de una casta privilegiada. Claro que se trata de un edificio señorial con más de 150 años de historia (el impresionante campus de Clifton), que parece sacado de un cuento de hadas, o de una de las películas de Harry Potter. Y que esa misma gente sin empatía con los demás ciudadanos ni el medioambiente, incluso se permita ir a visitar a su retoño en un avión particular para 80 personas. Este sí, gratis total. Llenando de emisiones de CO2 el Canal de la Mancha.  

          Por esos motivos, los defensores de la igualdad de oportunidades defendemos la educación pública, y nos parece reaccionario a la par que estrafalario, quien muestra esas actitudes teniendo en España a nuestras ancestrales y reconocidas universidades públicas. Hay que ser muy poco patriota, creer muy poco en la igualdad y ser como tirando por lo bajo un clasista irredento para comportarse de ese modo. Por ello, siempre he tenido la duda de si estoy en el lado correcto de las ideologías y, querido lector, hoy confieso que no. A nadie le amarga un dulce, y menos para su familia e hijos. Yo también quiero esos privilegios clasistas y elitistas para los míos, y que le den por el culo a lo público. Lo malo es que llego tarde para hacerme socialista.   

Nunca digas nunca jamás

          En 1983 se estrenó la versión cinematográfica de la novela de Ian Fleming Operación Trueno, publicada en 1961. La cinta llegó a las salas españolas bajo el nombre de Nunca digas nunca jamás, traducción de su título original inglés Never say never again. Yo confieso que la primera vez que escuché la expresión nunca y, seguidamente, jamás, me quedé un poco sorprendido por la contundencia de la innecesaria redundancia. Creo que por entonces andaba yo con los problemas de trigonometría en bachillerato, y me sonó a aquello de menos por menos es más en las operaciones matemáticas. Era un poco lío, y muchos nos confundíamos con el baile de signos.

          Por aquel entonces las películas de James Bond las protagonizaba el inigualable Sean Connery. Y para desesperación hormonal de quienes entonces frisábamos los veinte años, la contraparte femenina en esta peli la daba Kim Basinger. ¡Que tiempos aquellos!…, cuando ir al cine era pura magia de domingos por la tarde a base de palomitas, refrescos y apretones de manos furtivas buscando objetivos bajo telas y elásticos de unas prendas siempre incómodas de apartar. En la pantalla el irresistible protagonista salvaba mundos de la devastación.

          En la trama un miembro de una organización criminal se ha operado un ojo para copiar la retina del presidente, y de ese modo burlar los sistemas de seguridad basados en identificación retiniana. Pero Bond cuenta con un aliado voluntarioso, un tipo hoy conocido como Mr. Bean, y que se llama Rowan Atkinson en la vida real. En la peli es un funcionario patoso y estrafalario. Es fácil de reconocer por su movimiento de cejas, luego muy imitado en España donde se rodó parte de los exteriores. Pero sin duda, su escena más cómica es cuando públicamente llama a James Bond por su propio nombre destapando la cobertura de la operación.

          Recordaba esto porque no había vuelto a escuchar la frase desde entonces. Y, mire usted por dónde, durante la última semana ha caído sobre los medios un diluvio repetitivo de una versión extendida: nunca—jamás—nunca en modo continuo. Ignoro aplicando la ley de los signos matemáticos a dónde conduce la expresión trina, que lo mismo viene a significar que un montón de veces. O algo así como cada vez que lo estimé oportuno y conveniente y me salió del papo porque tenía ganas de café. Lo cierto es que debe de ser algo alambicado, porque, claro, para decir o contestar a una pregunta simplemente con un no sería patológico enredarse en semejante bucle.

          Las películas de Bond marcaron una época grande del cine internacional. Dicen que el título Never say never again, se le debe a la mujer de Connery, el cual había dicho que nunca volvería a hacer una nueva película de James Bond tras Octopussy estrenada solo unos meses antes ese mismo año. La nueva realidad nos demuestra que hemos perdido mucho con el tiempo, demasiado diría yo. Ahora en vez de a Mr. Bean tenemos a un imitador metido a joyero, y a Kin Basinger la hemos cambiado por una Charo en pijama y gafas con cristales de culo de vaso repitiendo una mentira: nunca—jamás—nunca. No me digan que no es para odiar las palomitas. 

          Trailer: Nunca digas nunca jamás

Idearriba e Ideabajo

          Idearriba e Ideabajo podrían ser dos pueblos de nuestra geografía patria. Puede que a usted le resulten nombres raros y poco ocurrentes. Sobre todo, si los comparamos con Peleas de Arriba y Peleas de Abajo en Zamora o con La Ramera de Arriba y La Ramera de Abajo en Asturias. Pero si me permite, estimado lector, podemos usarlos como conceptos más que como municipios. Y considerar que se trata de dos localidades ideales para sus gobernantes, donde ocurre aquello que más les interesa. Como usted ya habrá intuido en Idearriba van para arriba y en Ideabajo van para abajo, porque esto ya lo aprendimos en la época de Barrio Sésamo. No me pregunten por el caso de Asturias porque no lo conozco.

          En Ideabajo cada vez hay más gente a la que ayudar en todas sus formas: crece la pobreza infantil; cada año hay más personas que padecen de una situación de vulnerabilidad; crece la violencia de género; aumenta la inmigración desordenada y sin papeles con permanencias ilegales; escala la corrupción; decae el índice de transparencia internacional y ocurren cositas por el estilo. Es obvio que, para combatir todas estas lacras, se necesita un gobierno y un partido cuya bandera sea atajar los problemas y, en todo caso,  perseguir a quienes hacen que Ideabajo vaya de culo y, sí, claro, cuesta abajo.

          En Idearriba todos se pusieron muy contentos cuando hace casi una década un nuevo gobierno en Ideabajo llegó con las soluciones debajo del sobaco. Promulgó una ley de violencia de género y la dotó mediante riego por inundación con un presupuesto de 160 millones de euros, pero el problema ha aumentado en un 48% en denuncias, y las asesinadas cada año son las mismas, una o dos más o menos según el año. Efecto nulo. Se enfocó entonces en la lucha contra la pobreza, o eso dicen, y aumentó la pobreza infantil en casi un 6% y el riesgo de exclusión social pasó del 30% al 33% en una década. Cuando el gobierno bonito llegó a combatir los problemas citados, en Ideabajo vivían 107.000 personas extranjeras sin papeles y, ahora por lo que sea, han pasado a ser 840.000. Recientemente, en Ideabajo se ha abierto un proceso para «regularizarlos» y han recibido 900.000 solicitudes.

          Todavía lloro de la emoción cuando en el nuevo gobierno de Ideabajo, hace casi una década, un ministro regordete me hizo sentir aquella exaltación tan fuerte de alegría al escucharlo clamar contra la corrupción. Pobre de él que ahora caído en desgracia, según manifiesta, debido a los ataques de los habitantes de Idearriba y de los jueces malvados, está en la cárcel. Y no solo eso, sino que además por culpa seguramente de Trump, del volcán de La Palma, del apagón misterioso y de que la Tierra empezó a girar más lentamente, Ideabajo ha caído en el índice de percepción de países más corruptos del puesto 41 al 49, muy por debajo de Rwanda o Botswana. Con todos mis respetos para los mencionados países africanos. 

          Yo creo que el gobierno de Ideabajo se sustenta en que cada vez tiene más abundancia de aquello que necesita para vender su mercancía averiada. Después de todo, su justificación era y ha sido siempre la misma: combatir la corrupción; acabar con la pobreza infantil y la exclusión social; terminar con la violencia de género; prestar apoyo a los vulnerables; recoger a todo el que llegue y prestarles asistencia sanitaria y sustento para vivir y, para qué negarlo, de eso cada vez hay más. Por eso, querido lector, hay algo que no me encaja siendo como soy de natural desconfiado. Si no existiera nada de lo mencionado, para qué votaría nadie un gobierno como el de Ideabajo. ¿Será que el verdadero negocio no es resolver los problemas, sino administrarlos para que aumenten y nunca desaparezcan? Y, claro es, ¿no le da a usted un cierto tufillo en la nariz a… busca la bolita, ¿dónde está la bolita?, busca la bolita.

Los churchillitos

Discursos de Churchill en tono de humor actual por los churchillitos del día a día.

          Alguien tendría que hacer una serie para Netflix o similar y titularla «Los Churchillitos». Otra opción sería que Santiago Segura lo acabe valorando después del éxito arrollador de Torrente presidente, y se aventure con una nueva película de esas que inundan las salas de público. Los Churchilitos creo que puede tener cierto gancho como título y, como todo el mundo intuye, hace referencia en diminutivo al gran político que fue el británico Winston Spencer Churchill (1874-1965). Un personaje cuya larga biografía es tan extensa y fructífera como las cosechas de champán que se bebió a modo de conservante para llegar a los 91 años. Cuentan las malas lenguas que su incineración duró varios días…

          Churchill, como se le nombra coloquialmente, agigantó su figura en los tiempos más oscuros de la Europa del siglo XX ante la amenaza del nazismo. Tras la postura pusilánime de un iluso Neville Chamberlain (1869-1940), que creyó aplacar a la bestia alemana con papel y pluma de ganso, Churchill se posicionó en el lado complicado de la Historia. El tiempo, muy poco después, demostraría que tenía razón. Para entonces, se vivía una época en la que la radio era el vehículo por excelencia de la comunicación política. Y lo que el británico pudo ofrecer, según locutó para todo el país en uno de sus famosos discursos, fue sangre, sudor y lágrimas. Una de sus conocidas frases. No fue la única, ni mucho menos.

          Churchill pasó a la Historia (con mayúsculas), y ahí sigue, como vivo ejemplo de liderazgo en tiempos difíciles. Lo ejerció con una visión decimonónica de la guerra y sirviéndose de sus derrotas pasadas como la sufrida en Galipoli, pero sobre todo, con un magistral uso del lenguaje y la retórica. Quizá, una de sus arengas más conocidas es la que todos hemos escuchado y en la que repite al principio de cada frase las mismas tres icónicas palabras: we shall fight. Seguro que ya lo recuerda… lucharemos en las calles, lucharemos en las colinas, lucharemos en el mar… Pues bien, no es que le faltaran recursos lingüísticos y por eso se repetía tanto, que va, esa fórmula se llama anáfora retórica. Se usa, básicamente, para dar fuerza al discurso. Es obvio decir que es pertinente en situaciones como aquella, donde la nación se jugaba su supervivencia ante la amenaza de una guerra total. locución de Churchill

          Pensaba esto porque cada vez es más frecuente escuchar el mismo recurso por la radio o la tele en boca del que hasta hace unos meses era el frutero del pueblo, o regentaba el quiosco de la calle del Percebe y ahora se ha metido a político. Pero no solo eso, sino que en un alarde de erudición, estos personajes suelen combinar la anáfora con el uso del pleonasmo. Que es algo, dicho sea de paso, que a don Winston se le pasó por alto, por lo que fuera. El resultado queda con frecuencia a medio camino entre el galimatías sin sentido y el monólogo del Club de la comedia, y que me perdonen los de esa casa que a veces son geniales. En fin, es como si de pequeños les hubieran lobotomizado el neocórtex con una cucharilla de postre.

          El otro día escuchaba una cháchara de un indignado con no sé bien qué elecciones autonómicas que decía algo como: frente a estos retrocesos de derechos nos tendrán luchando en la puerta de Mercadona, frente a este retroceso que trae una mayoría de votantes ignorantes nos comeremos una centolla, frente a este retroceso de no se qué partido malo malísimo nos tiraremos a la piscina haciendo la bomba. Y remataba con un amenazante alarde de pleonasmos encadenados: entraremos dentro de donde haga falta y saldremos fuera, subiremos arriba y si no están bajaremos abajo. Completando así el manejo experto de las figuras del lenguaje en modo churchillito.

Derechos infinitos

          Los derechos infinitos no existen, de hecho, nada en la vida es infinito hasta que esta no se acaba. La organización de Naciones Unidas aprobó hace casi un siglo La Declaración de los Derechos Universales (París, 10 de diciembre de 1948). Treinta derechos, por los que se pretendía que las naciones se rigieran en materia de comportamiento humano. De los 58 países que formaban entonces la ONU, 48 votaron a favor. El mundo acababa de dejar atrás la II Guerra Mundial con todos sus horrores. Sin embargo, 10 de los países vencedores en la contienda bélica, todo el bloque socialista liderado por la Unión Soviética, no apoyaron la declaración. Solo ellos, junto a Sudáfrica con argumentos racistas se quedaron fuera del gran pacto. El plan como se comprobó a posteriori era otro: solo en Rusia, en los Gulag (entre 1948 y 1953) el socialismo asesinó a unos 300.000 conciudadanos por pedir derechos y libertades. Y consolidó una dictadura de aniquilación, esclavitud y sometimiento de su propio pueblo, paradójicamente después de vencer al nazismo para evitar la esclavitud y el sometimiento de los pueblos. 

          Casi un siglo después, las sociedades modernas que firmaron aquella declaración, junto con muchas otras como España, que ingresó en la ONU en 1955, dicen seguir aquellos 30 derechos como guía de garantías sociales y humanas. En la Constitución Española de 1978 se redactó lo siguiente: art. 10.2 «Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España». Desde entonces, se ha producido lo que podemos llamar una inflación de derechos. Una corriente de peticiones que con tendencia al infinito sobrepasan cualquier capacidad jurídica o de ordenamiento de las relaciones sociales. Y, paradójicamente, se ha convertido en el estandarte de la oratoria socialista.

          Derechos para todos y derechos de todo tipo. O lo que en términos coloquiales podríamos decir «jamón pa tol mundo». A mí, desde luego, me encanta la idea porque me encanta el jamón de bellota. Sin embargo, como en materia de derechos, los límites no los marca el deseo, sino la capacidad de obtenerlos y mantenerlos con los recursos disponibles. Y, vaya por Dios, esto les crea a la nuevas generaciones un elevado nivel de frustración. Resulta que ahora se dan cuenta de que no pueden tener de todo, para todos, a todas horas y sin límite ni necesidad de pagar por ello. Algo ha fallado, y no hace falta darle muchas vueltas para comprenderlo: lo que ha fallado es que les pintaron un mundo utópico, cargado de mentiras y de expectativas irrealizables. Una permisividad sin cuento, una dejadez de obligaciones y un abandono del mérito que solo podía traer consecuencias indeseadas.

          Prometer hasta meter es la estrategia política más habitual. Se les llena la boca de sanidad universal y gratuita para todo el mundo, y luego se fuman un puro y se quedan tan anchos. El centro de salud de mi localidad, por citar un ejemplo que es general en toda España, atiende a una población empadronada de 15.000 personas, pero la demanda real de asistencia supera los 25.000 individuos. Incluidas gentes de otras localidades, con o sin tarjeta sanitaria, con papeles o sin papeles y regulada o sin regular… A lo que hay que añadir que de las citas que se dan para consultas médicas cada mes hay casi 300 personas que no se presentan. Qué fácil es salir luego en la caja tonta mañanera y decir: la sanidad no funciona y todo el mundo tiene derecho a una sanidad universal y gratuita. Y a otra cosa mariposa. Que la pague Rita la cantaora. 

          Es solo un ejemplo, pero vista esta semana la huelga de profesores en varias comunidades autónomas no me extraña. Para sueldos de pelagatos, encima tienen que aguantar aulas atestadas de adolescentes con móviles de mil euros que con demasiada frecuencia no hacen ni el menor caso a las explicaciones, que les faltan al respeto, que acosan a otros alumnos o alumnas o que, directamente, amenazan al profesorado. Sus papás, les han dicho que tienen garantizados todo tipo de derechos en todas partes y, no solo eso, sino que el desarrollo de más derechos todavía, para ellos y para todo el planeta Tierra, es infinito y solo hay que tomarlos por lo civil o por la fuerza. En fin, pues ya verán la que se van a dar cuando el burro frene y salgan despedidos por encima de sus orejas.            

          

           

El presunto adverbio

          El presunto adverbio, si se me permite el juego de palabras, más utilizado en los últimos tiempos es presuntamente. Usted lo habrá escuchado en todos los medios de comunicación hasta límites ad nauseam. Lanzado como un hechizo de defensa de Harry Potter contra las artes oscuras. Y se habrá percatado de que si a alguien se le atasca, suele haber cerca un oportuno desatascador que enseguida desenfunda el sortilegio: presuntamente, dice interrumpiendo con aires salomónicos cualquier inicio de exposición argumental. A lo que el interpelado enseguida responde: sí, claro, siempre presuntamente. Hay muchos otros adverbios en materia de leyes, pero no son tan populares porque su uso continuado no supone segundas intenciones espurias. Por ejemplo: jurídicamente, legalmente, o incluso indiciariamente o penalmente.

          La presunción de inocencia es uno de los principios básicos del Estado de derecho, menos en los casos de violencia de género en España donde, por lo que sea, es más que cuestionable. En cualquier caso, es un pilar fundamental que hurtado al sistema nos llevaría a una situación de absoluta indefensión. Probar lo que no se ha hecho, es decir, probar que se es inocente contra una acusación que se nos cae encima sería propio de tribunales inquisitoriales. La presunción de inocencia es uno de los legados del Derecho Romano. El origen filosófico proviene de figuras como el jurista Ulpiano, quien estableció la máxima de que «es mejor dejar impune el crimen de un culpable que condenar a un inocente». Frase que se atribuye a William Blackstone. Por eso, precisamente, resulta tan chocante repetirlo en cada comentario. Como si cada vez que se llegara a El Corte Inglés hubiera que entrar diciendo: «El séptimo mandamiento es no robarás». Imaginen qué pensaría el segurata de la puerta de nosotros.

          El presunto adverbio es, por lo general, acompañado de un latiguillo mal colocado. Como esas lazadas de colores que se usan para envolver el paquete de regalo, pero que debido a la falta de pericia quedan en diagonal y con uno de los cabos tan largo como la coleta de Khal Drogo. Es un adorno que se suelta con solvencia y convencimiento: «en el auto no hay pruebas». Nada como la ignorancia para presentarse a pecho descubierto en el escenario mediático. Pedir pruebas en un auto de instrucción, que es un elemento jurídico que se perfecciona en el momento procesal del juicio oral, es la evidencia palmaria del disparate en el que vive nuestra sociedad manipulada. Con estos dos elementos ya podemos montar una farsa preventiva: presuntamente, y además no hay pruebas.

          Pensaba esto porque esta semana un vecino mío me llamó para comentarme que, para su desgracia, al llegar a casa había sorprendido a su mujer en la cama con un negro. Y preguntarme si yo lo había visto antes por la escalera. Imaginen mi sorpresa y espanto ante esa forma de hablar. Lo primero que le sugerí fue que no dijera negro así por las buenas, y que se informara del nombre de esa persona de color para referirse a él. Le señalé, además, que podría tratarse de un técnico que estuviera arreglando los muelles del somier, pero se resistió a creerme argumentando que estaban los dos desnudos sobre el colchón, y que el tal hombre de color aparentaba tener tres patas. No quiso, en fin, al principio comprender que ese hecho no era necesariamente una infidelidad, dado que no existía prueba fehaciente de haberse producido el coito que avalara el haber sido infiel mediante acto sexual alguno.

          No me costó mucho más hacerle recapacitar y que aceptara que sin pruebas todo lo demás son meras suposiciones, simples indicios que no prueban el hecho le dije, como ocurre con los numerosos delitos de la clase política para los que él usa ese mismo argumento. Quizá por ese motivo, y supongo que reflexionando acerca de sus opiniones sobre la falta de pruebas en los autos judiciales, lo vi relajarse y aceptar que no estaba siendo justo con Mandinga, que así se llama el bigardo subsahariano con el que me estoy tomando unas birras mientras escribo esta columna, y nos echamos unas risas mientras me da detalles de las pruebas.     

El burka invisible

          El burka invisible es ese que hoy llevan algunas personas desde los colegios electorales a los platós de televisión. Está fabricado con una fina tela de propaganda y no es transpirable. Este, como el otro más visible e infame que todos conocemos, también permite enfocar la mirada en una sola dirección frontal: la que se le ha impuesto a sus portadoras a base de dádivas y polarización inoculada sin límite con dinero público. Tanto, que hay quien llega a justificar el oscuro y denigrante estigma de lona negra que pasean algunas mujeres por las calles de nuestro país. Venidas aquí, por cierto, a mostrar su esclavitud a ojos de nuestra libertad.

           Al principio, supongo yo, les debe resultar extraño vivir en un entorno cerrado y de ambiente tan cargado. Uno de esos en los que se da por sentado que tanto el sol como el cielo son visibles solo desde la escotilla. Siempre desde el mismo ángulo; con los mismos colores; desde el mismo rincón y con la mirada fija en el desconchón del muro de la pared de enfrente. Un mundo monocolor y monocorde, en el que con perseverancia y a ritmo de latigazo te van marcando el paso de neurona para que no te salgas de la fila. El horizonte se achica cada día, y el efecto túnel en la visión se convierte en la única amplitud de miras posible. Lo imagino asfixiante como el tugurio de un rastafari.

          Lo comparo con la situación de aquellas personas secuestradas que sufren el Síndrome de Estocolmo. La víctima experimenta una regresión emocional, sintiéndose dependiente del captor para sobrevivir. Esto suele generar desconfianza hacia las autoridades policiales o de rescate o, en el caso que nos ocupa, aversión ante las diferentes opciones de organización de una sociedad que se derrumba bajo los pies. Es, por otro lado, el mecanismo tipo de las sectas tóxicas: capturan la voluntad del individuo hasta despersonalizarlo y convertirlo en el apóstol ciego de cualquier disparate.

        En febrero de 2005 se estrenó la película El hundimiento. El argumento muestra una Alemania de 1945, en la que mientras la ciudad arde sobre sus cabezas, Hitler y su ministro de Propaganda, Josef Goebbels (Ulrich Matthes) siguen esperando una victoria final. Hitler ordena a lo que queda de su ejército que regrese a Berlín. Sus generales no sólo no contravienen sus órdenes, sino que hacen todo lo posible por cumplirlas. Hitler dice a Albert Speer (Heino Ferch), ministro de Armamento y consejero personal suyo, que, una vez Alemania haya ganado la guerra, el bombardeo de las ciudades facilitaría la recogida de los escombros y el comienzo de la reconstrucción. Speer, sin embargo, le pide que abandone la capital para salvarse a sí mismo, a la ciudad y a sus habitantes de la destrucción. Hitler le responde que o gana o afrontará su derrota, y si es así lo que ocurre ordena a Speer que destruya toda Alemania y que no deje al enemigo más que tierra quemada.

          Muy pocos de los que se aprovecharon de la situación mientras duró fueron capaces de desprenderse de la capa que les había proporcionado cobijo envenenado a cambio de connivencia. Ello significaría, tanto en 1945 como en 2026, y en cualquier país del mundo, reconocer errores y complicidades. Quizá también ambiciones y comportamientos reprobables, cada cual a su nivel. Incluso puede que la necesidad de lavarse las manos untadas con la grasa de las chistorras y pegajosas del polvo blanco de los días felices. Y, luego está el pueblo y el ciudadano de a pie, ese que caminaba en la fila con el burka invisible sobre su cuerpo, que se resiste a reconocer su participación y cambiar de opinión por la verguenza que sienten sin decirlo de haber sido miserablemente engañados. 

           

            

Manía

          En 2021 se estrenó la película No mires para arriba, dirigida por Adam Mckay. La trama, en resumidas cuentas, es  la siguiente: dos astrónomos del montón descubren que un meteorito se va a estrellar contra la Tierra. Es un hecho inevitable. Lo hacen público a las autoridades de todo el mundo y, pese a la evidencia, nadie hace el menor caso mientras el cataclismo se acerca. Es una crítica a la sociedad anestesiada, al rebaño que lo mismo come garbanzos que alfalfa, o igual comulga con obleas de trigo que con ruedas de molino. 

          Cinco año después, acabo de leer una novela imprescindible: Manía, de la autora estadounidense Lionel Shriver. Es también una crítica social con un punto distópico. Nos narra la historia de dos amigas en una sociedad americana en la que el wokismo extremo ha alcanzado un nivel patológico. La igualdad se ha impuesto por ley hasta el punto de anular cualquier tipo de diferencia entre las personas. El conjunto de medidas que se toman para conseguirlo raya en lo cómico por lo absurdo y, por supuesto, en las consecuencias imposibles.

          La autora perfila con maestría la personalidad de las protagonistas en unas subtramas intensas, derivadas de los instintos humanos más básicos y de la necesidad de adaptarse a una ridícula tiranía. Nadie puede ser evaluado. Desaparecen los exámenes de cualquier tipo en universidades y colegios, se prohiben palabras como retrasado, tonto o mérito. Destacar está mal visto y hasta el individuo más zote puede ejercer la medicina aunque no sepa distinguir un bisturí de un destornillador. Se iguala a la sociedad por el único lugar posible, es decir, en el nivel más bajo del intelecto y las capacidades cognitivas.

          Pensaba esto porque es posible que si seguimos construyendo una clase política como la actual, y llenando las instituciones de mentecatos, incluso sin entrar en conductas delictivas vamos al abismo. En política los mecánicos de electrodomésticos pilotan aviones, los vendedores ambulantes de ferias de pueblo operan a corazón abierto, y el kiosquero de barrio pretende levantar catedrales. Hasta el más tonto hace relojes. Y lo peor de todo es que lo damos por bueno. Creemos, pese a los cadáveres en las vías de los trenes o a que nos dejen a oscuras el país entero, que nos gobierna una gente capaz a la que se le paga una fortuna porque lo merecen.

          Quizá la novela de Lionel Shriver tiene de distópica menos de lo que parece. Los cambios de civilización solo se ven desde la perspectiva histórica. Sus protagonistas, a pesar de que viven el proceso desde dentro, no perciben la dimensión real del cambio. Puede que ya estemos en una situación así: una en la que la revolución de los inútiles hace tiempo que triunfó y se instaló. Y están tan cómodos que, incuso avisados de que el meteorito se nos cae encima, continuan revolcándose en una estúpida complacencia que nos va a aniquilar a todos. 

          

 

Sociedad anónima

          Si a usted no le interesan los temas de empresas y, aún así, después de leer sociedad anónima ha decidido seguir leyendo le tengo buenas noticias. Esta columna de hoy no va de formas de adoptar la personalidad jurídica. Va de algo mucho más ramplón y cotidiano, pero que no por ello deja de tener un significado sociológico en el que cabe profundizar: el gusto por el anonimato. Una puerta que da paso al lado oscuro de la personalidad individual que, nunca antes como ahora, las redes sociales han hecho posible de forma masiva.

          Al margen de los bots y trolls automatizados, masivos en la contienda política y diseñados para amenazar e insultar a quien opine distinto o disienta, está el ciudadano en apariencia normal. Una especie de doctor Jekyll y Mr. Hyde de mesa camilla que, con un perfil con la cara del pato Donald y unas iniciales en el nickname, se concede el derecho de atacar indiscriminadamente a otros usuarios. Los motivos pueden ser peregrinos y variopintos, pero por lo general, en el actual estado de polarización es porque se hooliganea en alguno de los bandos. El tipo o la tipa, se reafirma así en sus prejuicios a base de vómitos detrás del burladero virtual.

          La mayoría de la gente no les entra al trapo y directamente pasa de ellos. Otros le mientan a la santa que los parió, pero claro, al no ir dirigido hacia nadie en concreto el efecto es vacuo. Al contrario, el propio individuo tras el parapeto se viene arriba y sube la apuesta. Yo solo me he ciscado en la madre de otro usuario en un par de ocasiones tras ser insultado, pero porque eran tipos con nombres y apellidos en su perfil, como yo. Alguno que ese día decidió chulear pensando que era gratis y se llevó un zapatillazo en la boca.  

          Lo que muchos no sospechan es que aquellos que se esconden en las redes sociales, con frecuencia son los mismos que mutan de vecino amable que te saluda en el rellano a psicópata de manual detrás de un perfil anónimo. Es el mismo efecto que el del tipo que te ha cedido amablemente el paso en el ascensor de Mercadona, pero que cinco minutos después en una rotonda te echa el coche encima y te pega una pitada de animal desesperado. Todo, después de que él no haya respetado el ceda el paso o no sepa cómo circular en ese espacio ni que intermitentes debe usar.

          Una buena parte de la población es pura animalidad domesticada. Esto se ve trágicamente en los conflictos bélicos. Lo sabemos por la Historia: cómo el prestatario asesina al prestamista a sangre fría; el despechado viola delante del marido a la que fuera objeto de su deseo y luego los mata a ambos; cómo el sirviente que recibió cobijo y salario desvalija y quema la hacienda del dueño. Y, ahora, en tiempos de paz, lo que vemos es cómo toda esa psicopatía efervescente bulle en las redes sociales al amparo del anonimato. Enseñando la patita por debajo de la puerta a la espera de que alguien la abra.

 

El ejemplo de los mayores

          En esta época, marcada por nuevos “ismos”, el ejemplo de los mayores hace tiempo que dejó de ser un valor esencial. Se trata del fenómeno conocido como edadismo. Al menos, en muchos ámbitos de la sociedad. No obstante, no dudo de que hay quien mantiene en alta consideración las enseñanzas de sus mayores. Sin embargo, me da a mí que es algo que ocurre cada vez menos. Es, desde mi punto de vista, un auténtico despropósito y un error craso. No solo porque la cultura en mayúsculas siempre se ha transmitido de una generación a otra, sino porque, además, nunca hubo un contingente de mayores más preparados y mejor cualificados que ahora.

          Hace tiempo ya, al menos en España, asumimos que si te quedabas parado a partir de los 45 años ya te podías poner a rezar. A una distancia de dos décadas de la jubilación, en las entrevistas de trabajo ya eras demasiado mayor. O en el paroxismo de la contradicción, estabas sobre-cualificado. No digamos si te encontrabas en la cincuentena, entonces eras literalmente un desecho de tienta (permítaseme la tauro expresión ya que estamos en Feria). La experiencia, por alguna razón incomprensible, se convirtió  en un lastre, y lo que otrora fuera un baluarte pasó a ser una carga indeseable. Al mismo tiempo, la bisoñez cobró valor y cotizó al alza el tirarse a la piscina vacía.

          Se pusieron de moda palabras como carca, viejuno, carroza, carcamal, anticuado y otras por el estilo. Y aquella generación de sangre y savia nueva que abanderó la ruptura con los mayores y las tradiciones se hizo, a su vez, también mayor. Hoy les vemos por todas partes: el mundo de la política, en los medios de comunicación y en muchos aspectos de nuestra vida cotidiana. Muchos mienten sin ningún pudor acerca de sus cualificaciones, incluso a las instituciones que se supone dirigen. A veces, convertidos en personajes siniestros que acaban en prisión después de ostentar cargos de primer nivel.

          Pensaba esto porque es una pena. Hoy, otra generación se sustenta en el hecho de que ya no ha bebido de las fuentes tradicionales en casa. No ha heredado un cuerpo sólido de valores, sino que se ha criado con el ejemplo de una cohorte de venidos arriba que rompieron con sus mayores para comandar ellos un trayecto sin rumbo. Personajes, con frecuencia potenciadores del enchufismo y destructores de la meritocracia, detractores del esfuerzo y amantes del dinero fácil, o voceros de la igualdad creando cada vez más desigualdad.

          Yo soy racionalista, algunos me llaman pesimista, pero intento analizar siquiera como sociólogo de brocha gorda lo que veo a diario. Una nueva hornada, con demasiados miembros que sueñan con vivir y enriquecerse sin esfuerzo. No todos, como es lógico. Pero circulan nuevos modelos como por ejemplo convertirse en influencer, incluso sin haber terminado el bachillerato. Como hicieran quienes les educaron, a veces explican sus ideas con una fonética incomprensible marcada por sonidos guturales. En fin, qué decir, en parte, muchos elementos de este rebaño estarán, por pura ley de vida, llamados a dirigir las riendas de nuestro gran país mientras sueñan con llegar a Marte por arte de magia. O mejor aún, que alguien les lleve aunque no sepa volar.