Cocodrilos en el río

          Casi todo el mundo conoce la frase «que el árbol no te impida ver el bosque». Es una metáfora aplicada con frecuencia a circunstancias de todo tipo: empresariales, familiares y, por supuesto, políticas y sociales. Es un aviso a navegantes contra los peligros de esos jardineros que plantan árboles en la ribera del río para ocultar un ejército de cocodrilos. Una maniobra que trata de romper el foco y la visión del cauce de la realidad en su conjunto. Crear un túnel mental que, como un agujero negro, lo engulle todo: razón, discernimiento y análisis crítico. Un árbol tan grande que no deja ver nada más.

          Un artefacto vegetal de ese calibre sirve para deslumbrar a incautos que, como los argonautas, se dejen embaucar por los cantos de sirena. El problema hoy es que la sociedad camina sin un Ulises al mando, ni una Circe que advierta del peligro. No hemos cambiado mucho desde aquella época, sobre todo respecto al riesgo de mudar la razón por deseo. Basta con que nos pongan una zanahoria frente a la nariz para que ya no seamos capaces de ver a dos metros de distancia. La estrategia solo requiere que se le añada una banda sonora adecuada para que la multitud quede embelesada por el señuelo.

          Escribía Ortega en su obra La rebelión de las masas que estas no son fáciles de engañar por una debilidad intelectual innata, sino por su arrogancia, complacencia y renuncia deliberada a pensar. Lo vemos a diario, lo que la masa maneja con soltura son las consignas que consume a ritmo de golosinas, con una fruición rayana en la incontinencia por quemar etapas. Vivimos envueltos en causas ajenas, concernidos por aquello que se nos sirve en el plato como menú del día. Da lo mismo que te invadan una ciudad como Ceuta desde un país extranjero, que haya que sacrificar a un perro para evitar el ébola o que fallezca una anciana a los 87 años. La hinchada, en cada caso, palmea la nueva pandereta como si su equipo marcara el gol de la final.

          Provoca desconcierto y, hasta cierto punto pavor, observar cómo los medios de comunicación responden a esta lógica de quemar bengalas con la misma rapidez que la población, o quizá actúan, precisamente, como batutas de orquesta que marcan el ritmo al que la masa se alimenta de consignas y titulares. Una sociedad que no piensa, que parlotea como loros las falsedades y argumentos interesados de quienes sí persiguen un objetivo, es una sociedad que acaba siendo sometida. Una sociedad que no lee, que carece de comprensión lectora y que usa como argumento fundamental el insulto y la amenaza es una sociedad condenada a la miseria, primero moral, y luego en el resto de los sentidos.

          Dentro de unas semanas vamos a ver si la masa, que una vez más está siendo salvajemente manipulada por quienes han convertido el ejercicio del poder en un sumidero, con estrategias propias del hampa más siniestro, sabe responder en las urnas que es donde tiene que hacerlo en tiempos de paz. Avergüenza ver cómo una población despistada y sus medios de comunicación, la mayoría mercenarios, olvidan lo que han sido estos ocho años para agarrarse como buitres carroñeros a la muerte de una anciana. Una señora mayor a la que no conocen ni personalmente, ni su historia de vida, y que además les importa un carajo la vieja. Pero hacen casus belli, estropeando aún más el problema y preparando por si la estrategia no funciona las herramientas necesarias para cortar el árbol y soltar a los cocodrilos.    

 

Invivible

          Invivible es un adjetivo poco utilizado, quizá también por indeseado dado el significado semántico: un lugar inhóspito y desagradable, uno en el que es difícil la convivencia pacífica. Por ello, como animales sociales que somos, nos hemos procurado modos de convivencia que eviten que nuestros países y sociedades se conviertan en invivibles. Hemos pasado de la selva en la que cada cual se procuraba su modus vivendi, a un modelo en el que la solidaridad junto al mérito y el esfuerzo construyen sociedades mejores y más justas. Al modelo le llamamos social democracia liberal o democracia y Estado de derecho, de forma genérica y para entendernos. 

          La manera más efectiva de volver a la selva es socavar y violentar las reglas comunes, y pueden creerme que hay un buen abanico de maneras de conseguirlo. Como es obvio, la más rápida es no respetar las reglas del juego o, dicho en términos lúdicos, si no gano yo se rompe la baraja. Conocí de chaval al típico niño de corte gilipollas en el patio del colegio, aquel que si no tiraba el penalti o ganaba su equipo cogía el balón y salía corriendo para que nadie jugara. Hoy muchos de esos niños tienen mi edad y han educado a sus hijos en ese modelo de conducta: no aceptes las reglas si no te benefician. Un modelo suicida para la convivencia. 

          Ustedes imaginen una sociedad que dé por bueno atracar bancos, y que compre el relato de que no se hace por codicia, sino por necesidad de dinero para comer. O que admita el contrabando de joyas, no por nada en especial, sino porque se pueden considerar un regalo, no mames güey. O que el tráfico de influencias solo es eso, un poco de tráfico. O que como decía esta semana una parlamentaria en España la política de vivienda se resume en ponerle un piso a una puta en la Plaza de España con el dinero de todos. Lo invivible toma en ocasiones tintes de insufrible y el caldo de cultivo de la rebelión ya solo necesita el mechero del pirómano.

          Invivible es que te invadan el territorio con una cantidad de invasores equivalente a casi la población completa que vive en sus casas. Que tu gobierno te abandone a tu suerte, y que luego, temiendo las consecuencias en las urnas o, quizá la inevitable necesidad de elecciones, monte una operación de distracción total. Solo ha necesitado una consigna, otro Excálibur el perro del Ébola, y un mechero para encender la mecha. Invivible es decir que se está en democracia y no aceptar lo que se vota en el Parlamento por mayoría, cuando a ese Parlamento se han llevado y aprobado infamias y traiciones sin cuento.

          Estamos en la situación del tonto del patio con su pelota. Arrinconado y encorajinado dando patadas y dentelladas a todo el que se acerca. Gritando a sus cuatro amigos que vengan a ayudarlo contra los malvados compañeros que quieren seguir jugando con las reglas que todos conocemos, pero que ellos ganan y eso es inaceptable. El tonto del patio es un personaje patético e inane de niño, pero ahora imaginen a ese tonto el día de mañana como director del colegio, y el quilombo que es capaz de montar hasta hacer el juego invivible. Pues así está el patio, queridos amigos. Invivible no por el alquiler de la pelota, sino porque la tiene el más tonto. 

 

Intriga y crimen

          Este viernes 18 de septiembre se celebró en el Ateneo de Sevilla el acto inaugural del Club Literario de Intriga y Crimen. Una iniciativa de Nina Vélez-Troya Anquela, periodista y escritora. La anfitriona, hija del referente de la investigación privada en España, recordó los inicios de la detectivesca en nuestro país. Y el papel de su padre, Eugenio Vélez-Troya, criminólogo y detective pionero de la profesión en España fallecido en 2007. En su memoria nace este proyecto gracias al legado que dejó.

          El acto giró en torno a tres verdades: la verdad buscada, la verdad probada y la verdad narrada. Siempre dentro del ámbito del detective privado, es decir, en el ejercicio de aquellas investigaciones que las FCSE no suelen realizar, por lo general, al tratarse de delitos privados o semipúblicos y carecer de medios eficientes para atender la enorme demanda actual. Pero, sobre todo, se trató de poner en contexto la profesión frente a la idea nada precisa que la población en general tiene a través de las películas true crime y de la literatura.

          El detective en España y en el ámbito europeo es un investigador muy alejado de los clichés clásicos. Baste mencionar que la representación femenina es amplísima, que la edad más común se sitúa quizá en el rango de 30 a 40 años y que una gran mayoría, ademas de haber cursado los 3 años de carrera en investigación privada dispone de grado o licenciatura universitaria. Abundan los graduados en Derecho y en Criminología. La labor principal es la obtención de pruebas que serán la base de los posteriores juicios en los tribunales. Verdades buscadas y probadas.

          Para esta labor el detective no asalta la vivienda de nadie ni le echa carne envenenada al perro, no roba documentación de los cajones, no soborna a policías corruptos y tampoco lleva gabardina ni una lupa ni fuma en pipa. Además, hace décadas que no persigue cuernos porque la infidelidad no tiene ningún valor jurídico. Tampoco investiga delitos perseguibles de oficio: asesinatos, secuestros, robos de bancos o narcotráfico. Estas ideas proceden del detective americano que nada tiene que ver con la profesión en España, y que se asemejaría más a la figura española del policía tipo Villarejo.

          Ignoro si los escritores a través de la literatura, algunos de ellos detectives como es mi caso, somos capaces de trasladar la imagen real de la profesión y elevarla al nivel que merece. Profesionales muy cualificados, en particular las nuevas generaciones, expertos en delitos cibernéticos y en ciberseguridad que emplean IA, que manejan con soltura técnicas de OSINT (investigaciones en fuentes abiertas) y audiovisuales o vuelo con drones. Investigadores capaces de realizar seguimientos y localizaciones por tierra, mar y aire. La verdad narrada es el tercer objetivo en definitiva. Contada de forma que no solo sea ilustrativa para el público en general sino que, sobre todo, resulte verídica y entretenida. 

Ovulogía

          Ya sé que la palabra ovulogía no existe, y que lo más cercano que todo el mundo  conoce es ovulación. Lo que ocurre es que esta semana nos hemos puesto un poco ovulógicos. La cosa viene porque las jugadoras de fútbol profesional han descubierto algo que muchas mujeres ya sabían: que sus profesiones pueden verse resentidas, ralentizadas o, incluso acabadas, si se quedan embarazadas. La razón: ese pequeño inconveniente biológico que hace incompatible la reproducción con según qué otras actividades sociales como el trabajo. No sé si es tan injusto como hacerse viejo y que nadie te contrate porque ya tienes cincuenta años, pero en fin, ese sería otro tema diferente. Lo mismo hay que congelar también alguna otra cosa, además de los óvulos.

          Como decía, la cuestión viene de las jugadoras de fútbol, pero quiero entender que aplica a toda deportista femenina con carrera profesional: peloteras, pero también baloncesto, balonmano, natación, atletismo, esgrima sobre todo por lo fácil de que le pinchen la tripa, equitación, paracaidismo y, qué sé yo, salvo el póker que es más relajado, yo diría que afecta al conjunto de las deportistas en mayor o menor medida. Engendrar una vida en el interior del cuerpo debe de ser para la mayoría una experiencia maravillosa, pero no sin inconvenientes. Entre ellos, en nuestra sociedad moderna, la relación con las carreras profesionales.

         Se plantea ahora en el deporte, pero vamos, que la cosa es extensible a muchos ámbitos. Directivas que deben pegarse madrugones y pillar aviones, viajes a horas intempestivas, investigadoras científicas, aspirantes a astronautas y yo qué sé. No se me ocurre una mujer que embarazada y ejerciendo una profesión no tenga un plus de dificultad por superar. El plus de ser mujer, me refiero, y que se contrapone al privilegio de engendrar una vida.

          A mí, personalmente, no me parece mal lo de congelar óvulos para ser madre más adelante. En principio, no veo ningún inconveniente. Claro es, depende de para cuándo, dado que la biología es lo que es. Hoy ser madre primeriza a los cuarenta no representa un gran problema para la madre ni para el desarrollo del embarazo. La única duda que me surge es cómo afectará ese nuevo modelo de reproducción a las generaciones futuras. Creo que es una duda razonable desde una perspectiva sociológica. 

          Una mamá primeriza con 45 años tendrá un adolescente de 15 cuando ella cumpla los 60. Yo tengo 61, y un adolescente de 15 hoy sería mi nieto, si lo tuviera. No me considero un mastuerzo a tiempo completo, pero reconozco que mi conexión con los quinceañeros se parece un poco a la de Elliot con E.T en 1982. Practican un idioma parecido, sonidos guturales y señalan con el dedo enhiesto lo que no les gusta. Con una diferencia, estos nuevos cabrones no se dejan que les echemos una manta por encima de la cabeza y les demos unas collejas.   

Mi vecino el presidente

          Mi vecino el presidente de la comunidad del piso de la playa se toma muy en serio su cometido. El año que le tocó por turno presidir la convivencia de los cien inmuebles que formamos el pequeño mundo vecinal, consiguió que le apoyaran la mitad de los propietarios para cambiar los estatutos. Yo me abstuve, entre otras cosas, porque para un mes al año que paso en la vivienda tampoco es que me vaya en ello la vida o la hacienda. Me limito a pagar las cuotas, a aprobar las cuentas sin leerlas, y cuando hay alguna derrama a comprobar que en efecto se realizan las mejoras propuestas.

          Mi vecino el presidente lleva más de un lustro en el puesto. Gracias a unos cambios realizados en un nuevo estatuto vecinal. Se aprobó por mayoría que no habría más correturnos, sino que se elegiría presidente cada cinco años o más. Y volvió a salir elegido, y votado por los mismos que aprobaron las anteriores modificaciones. Hay un grupo que se ha hecho cargo de la gestión porque pasan casi todo el año en la playa, supongo que porque dos de ellos están jubilados, uno es liberado de un sindicato, otro asegura tener una incapacidad permanente y los dos restantes alternan trabajos temporales con contratos fijos discontinuos. El caso es que no viven mal. Van a la playa, juegan al pádel y montan timbas de dominó entre jarras de cervezas.

          Cada año, a los que venimos una vez al mes, nos toca revisar unas cuentas que son cada vez más opacas. No hay quien entienda las facturas de reparaciones que se han disparado no solo en importe sino también en la cantidad de cosas que se estropean y hay que arreglar. No nos gusta que se haga de aquella manera, es decir, sin IVA, y simplemente con un garabato en una servilleta de bar o en un impreso de la taberna de Jorge el cuñado del presidente. Según ellos seis, es lo más barato y efectivo para no tener que pagar tantos impuestos a la Hacienda pública.

          Este año ha habido en la reunión gritos y conatos de peleas, pues un abogado ha empezado a poner en duda la gestión. Faltan justificantes de gastos y por si fuera poco el presidente y sus acólitos aseguran haber realizado trabajos profesionales por los que han estado cobrando unas cantidades mensuales que nadie ha acordado. Hay unos trabajos de obras que nadie sabe dónde se han llevado a cabo, y mejoras de jardinería que no son apreciables por ninguna parte en las zonas comunes. En definitiva, mucho más gasto y nada apreciable a cambio.

          Mi mujer se ha encontrado hace poco con la esposa del presidente. Estaba radiante de alegría por cómo le ha quedado un nuevo baño de diseño, ya que ha reformado el antiguo. Se lo ha dicho mientras un equipo de jardineros y diseñadores ambientales entraba en su parcela. Al quedar la puerta abierta ha saludado al presidente, que, junto con el equipo de gestión, echaba una partida de mus entre mucha espuma de cerveza y risas alegres. Yo, por mi parte, no necesito ver más telediarios este verano, para qué, si las noticias las veo en directo.  

          

El punto óptimo de madurez

         Casi todo lo pasado del punto óptimo de madurez se vuelve fofo, blanducho y falto de consistencia y, poco después, se pudre. Hay grados intermedios, y se requiere para cada uno de ellos un tiempo concreto. Se trata de un proceso durante el cual se alcanza el estado ideal. Este hecho aplica tanto a la fruta y otros alimentos como a las personas en su conjunto y, como es obvio, a los diferentes países y sociedades. Casi nada, por no decir nada, escapa a la ley del ciclo de vida. ¿Quién no conoce el nacimiento de las civilizaciones, el cénit y su decadencia desde que el mundo es mundo?

          Para las personas este ciclo es, en perspectiva histórica, tan pequeño como un grano de arena en una playa. Este hecho hace, sorprendentemente, que cuando estamos inmersos en pleno cambio social no lo percibamos. Los tiempos sociales abarcan demasiado espacio temporal, salvo que sean bélicos o revolucionarios. No creo que el romano que vivió en Hispania en el siglo segundo después de Cristo sintiera la decadencia de Roma y la caída del imperio. Ni que al abuelo de Boabdil le quitara el sueño la posible llegada de unos Reyes Católicos que liquidaran la dinastía nazarí.

          Pensaba esto, porque es curioso que los períodos decadentes no coinciden en el tiempo con perfiles de liderazgo al mando, ni con grandes figuras de la Historia, sino más bien con satrapillas de tres al cuarto. Ocurre lo mismo que con una manzana marchita, en la que no tardan en aparecer los gusanos para hacer su labor de descomposición de la materia una vez pasado el punto óptimo de madurez. A las sociedades como la europea, y en particular a la española, les toca en este tiempo lidiar con esa situación. Lideradas por burócratas de tres al cuarto, con gordinflones y glotonas llenándose el buche y los bolsillos mientras el barco se hunde y nos venden propaganda barata. La decadencia hace que se repitan esos tics de fulanos que, en vez de combatir la situación, se dedican al solaz y a los placeres procaces como linimento final que alivie su fracaso como gobernantes y como personas.

          El punto óptimo de madurez de una sociedad es ese en el que brilla con su máximo esplendor, pero es pasajero. Y deriva en ese otro en el que la gente se vuelve tan bizcochable y complaciente que se la puede pisar, maltratar, invadir sus propiedades, expoliar y someterla mientras observa impasible. Gente anestesiada, sin mecanismos para la rebelión, ni agallas para levantar patíbulos o colgar cabezas de estacas en la plaza central. Es un momento fácil de detectar, porque son sociedades donde sus dirigentes actúan como porteros de prostíbulos, y se rodean de compinches que imitan a las limpiadoras de saunas donde se prestan favores sexuales disfrazadas de periodistas.

          Son innumerables los ejemplos a lo largo de la Historia en los que se han vivido estas mismas situaciones de podredumbre. En todas ellas, aparecen los personajes más deleznables: mercenarios, colaboracionistas y propagandistas. Recuerdan a aquellos comerciantes de carne humana de la antigua Roma sin los cuales el circo no funcionaba. Desde Grecia a Roma, desde el Cisma de Occidente a la caída de Constantinopla, siempre hay algunos puntos en común: el miserable que vende a su pueblo, que prostituye lo que un día dijo que eran sus ideas y entrega la sangre de otros antes de morir o huir sin honor ni vergüenza. Solo nos queda la esperanza de que no les dé tiempo a salir por patas y se les pueda colgar de ellas desde lo alto de un puente.  

La conspiranoia

          A una buena parte de la hinchada argentina la ha infectado el virus de la conspiranoia. Una infección que se contagia a patadas y afecta al normal funcionamiento de las neuronas, lo cual es a la par peligroso y un tanto chistoso. Guarda cierta similitud con los terraplanistas diría yo, con los antivacunas y los defensores de la vida exoplanetaria. Y radicaliza posiciones absurdas, propiciando una hemiplejía que impide percibir la realidad al completo. Yo tengo dicho, en alguna parte, que tanto consumo de vaca asada conlleva el riesgo de acabar siendo un poco cabestro, eso sin contar los perjuicios del colesterol. 

          Los que hemos seguido el mundial de fútbol, hemos visto a una selección de Argentina con sus méritos y sus deméritos. Empezando por los primeros: enorme capacidad de resiliencia y lucha cuando se va perdiendo, entrega sin cuartel para remontar resultados adversos y jugadas brillantes de la mano del líder del equipo aprovechadas por sus compañeros. Victorias merecidas unas, cuestionables otras, pero ante rivales bisoños como Egipto o cobardicas como Inglaterra. Y también hemos visto una hinchada que llena estadios y plazas en USA como si les fuera la vida en ello, cosa que agradecen los jugadores como es lógico.

          Lo malo es cuando le das la vuelta a la moneda y sale la cruz. Un juego guarro y tramposo la mayor parte del tiempo, incluso violento en ocasiones, con la sospechosa aquiescencia de los arbitrajes en todo el torneo. Un Paredes macarra y matoncete con los más pequeños, un Simeone que, como su padre, además de futbolista solo podía haber sido portero de un after hour, o una afición llorona y provocativa incluyendo a los medios de comunicación deportivos de Argentina. En definitiva, algo de fútbol, y muchos desechos humanos y deportivos para representar a un país que merece proyectar más clase y un mejor comportamiento.

          No obstante, espero que la enfermedad se les pase pronto, pues la picadura del virus ha sido comedida. No quiero imaginar si pierden una final con algunos detalles de los perpetrados contra España. Por ejemplo, el robogol que el arbitro le quitó a España por la cara, o que España se hubiera dedicado a dar cornadas como los centrales argentinos, o que por cada una de las mil faltas no pitadas hechas por Argentina se las hubieran concedido a España. Supongo que el arbitro se habrá llevado su parte del trato, que Infantino se habrá tragado su disgusto como se ve en las imágenes y que Trump le habrá soltado una colleja por gilipollas.

          El virus les hizo a jugadores y cuerpo técnico girarse para no ver y reconocer la excelencia del ganador. Incluso después de que España le hiciera el pasillo. La típica actitud de mal criados a los que papá no les soltó alguna vez una buena hostia. España les pasó por encima en juego, en clase, en fútbol y en categoría deportiva. Pero quien dejó de verdad a Argentina a la altura de una mierda fueron sus jugadores y técnicos. El resto, como la guinda del pastel, lo han puesto una caterva de indocumentados infectados por el virus de la conspiranoia. Esperemos, y sería deseable, que la FIFA los ponga una temporada en cuarentena.  

El día de la banderita

          Hoy es uno de esos días, escasos y prácticamente anecdóticos, en los que cualquier ciudadano puede pasearse con la bandera española sin temor a ser amonestado. Y utilizo ese término por no decir insultado, etiquetado como fascista o incluso franquista. Hoy puede usted empapelarse de banderas de España y meterse en Vallecas, plantarse en Portugalete y navegar la ría de Bilbao o meterse en un bar de Gerona y gritar viva España. Mal se le tendría que dar la excursión para que le ocurriera lo habitual de otros días y tuviera que salir por patas para no liarse a hostias o recibirlas.

          Es uno de los milagros que obran los grandes eventos deportivos, y en particular y de manera muy especial el fútbol. Más allá de cuatro gatos amargados, que de todo tiene que haber, todo el país anima y apoya a la selección española. Desde Finisterre a Cabo de Gata. La rojigualda inunda las calles, los torsos y las cabezas bien amuebladas e incluso las desvalijadas. Hoy, por lo que sea, desaparece esa apropiación indebida de la bandera que sí existe el resto de los días que no se juega una gran final. Los españoles, según algunos, tenemos que usar la bandera de nuestra patria como los trajes de los domingos, cuando a papá le parece conveniente, o le sale de los cojones.

          En diciembre de 2017, Víctor Laínez, un paisano de 55 años de edad tuvo la «fatal idea» de vestir unos tirantes con la bandera de su país. Se fue a un bar de Zaragoza a meterse unos chatos, y uno de esos referentes éticos anónimos que tiene la izquierda radical lo asesinó por la espalda cuando salió a la calle. Al tipo le metieron 18 años de cárcel, por lo que es posible que ya ande por el mismo bar metiéndose un cubata o que le falten dos telediarios. Victor, desde la tumba o donde quiera que ande, es posible que hoy de coraje se vuelva a poner los tirantes sin miedo a que Freddy Krueger le arañe la cara. Y, es posible también, que su asesino hoy se haya puesto la rojiblanca con el nombre de Porro a la espalda, y que además se lo esté fumando tranquilamente.

          Hoy he visto en las redes sociales una euforia roja y amarilla en gentes que a diario reniegan de los colores de la bandera. Incluso a quienes han mudado de bando y ahora la reivindican como suya y de nadie más. Mogollón de tontolabas que se pasan el día por los platós señalando a los de la pulsera con la banderita como fachas y hoy se colocan una en el pecho: «pa facha yo», parece que reivindican con cara de haberse esnifado a un suplente de la selección. Si se llama Raya, han debido pensar, llevar la misma camiseta no puede ser nada malo.

          Independientemente del resultado del partido de hoy, que ojalá gane España, mañana de nuevo quedará abolida la libertad de lucir la bandera nacional so pena de ser considerado un fascista peligroso. Nada de pulseritas, que saldrá un erudito tertuliano con gafas y tatuajes llamándole facha y, ni por asomo, se le ocurra decir aquello de «Viva España» si no quiere que le tachen de ser más antiguo que Manolo Escobar. Tómeselo como un receso de noventa minutos, y disfrute de ser español mientras vemos uno de esos partidos que solo se ven dos veces en la vida. 

El monte de orégano

          El orégano tiene muchas propiedades medicinales, entre ellas se cuentan las antisépticas, antioxidantes y curativas. Es uno de nuestros remedios naturales más conocidos en el Mediterráneo. Sin embargo, conviene tener en cuenta que no todo es alegría en el monte como anuncia su origen etimológico. Ya lo dice el refranero: no todo el monte es orégano. Una frase que alude con sabiduría a una cierta contención en el gasto, y también a la gestión responsable de los recursos públicos y las expectativas futuras de prosperidad. Este último aspecto, me da a mí en la nariz, se nos ha ido pasando por alto. Yo, al menos, lo detecto cada vez menos en términos generales.

          Si viviéramos instalados en la cima de una montaña de orégano, además de atufados por el intenso olor herbáceo, tendríamos razones para confiar en un mañana sin estrecheces. Claro que tendría que ser orégano de verdad, y no un remedo de plástico adquirido en un chino market de los que proliferan por nuestras ciudades. Es decir, conviene basar nuestro bienestar actual en el dinero que tenemos y no en la deuda, y exigir un gasto adecuado y responsable, sobre todo, de lo público. Nada le hace más daño al imaginario colectivo que coletillas de fanfarria como «sanidad y educación gratuitas». Gratis, lo que es gratis, no hay nada en este mundo. Ni siquiera en el otro, vistos los precios de los entierros.

          No hace falta ir a una carísima universidad inglesa para saber que la sanidad y la educación públicas no son gratis, sino que las pagamos entre todos a través de los impuestos. Razón por la que tenemos buenos hospitales y unas magnificas universidades. Esto nos permite en España hablar de igualdad de oportunidades, que no de resultados porque eso depende de si el alumno es brillante o zoquete. Como todo en la vida, el menos esforzado o aplicado acaba recibiendo menos recompensas. Pero contamos con eso, con el poder situar a todos en el punto de partida. Lejos de esas universidades elitistas europeas de ricachones, explotadores y nuevos fascistas que en el futuro querrán explotar al pueblo llano y trabajador.

          Pensaba esto porque no entiendo que haya gente entre nosotros que mande a sus hijas a estudiar a sitios como la prestigiosa universidad de Bristol (Reino Unido). Pagando solo por la educación 40.000 euros al año, 160.000 euros por el grado sin contar extras, además de la manutención y la residencia. Algo solo al alcance de una casta privilegiada. Claro que se trata de un edificio señorial con más de 150 años de historia (el impresionante campus de Clifton), que parece sacado de un cuento de hadas, o de una de las películas de Harry Potter. Y que esa misma gente sin empatía con los demás ciudadanos ni el medioambiente, incluso se permita ir a visitar a su retoño en un avión particular para 80 personas. Este sí, gratis total. Llenando de emisiones de CO2 el Canal de la Mancha.  

          Por esos motivos, los defensores de la igualdad de oportunidades defendemos la educación pública, y nos parece reaccionario a la par que estrafalario, quien muestra esas actitudes teniendo en España a nuestras ancestrales y reconocidas universidades públicas. Hay que ser muy poco patriota, creer muy poco en la igualdad y ser como tirando por lo bajo un clasista irredento para comportarse de ese modo. Por ello, siempre he tenido la duda de si estoy en el lado correcto de las ideologías y, querido lector, hoy confieso que no. A nadie le amarga un dulce, y menos para su familia e hijos. Yo también quiero esos privilegios clasistas y elitistas para los míos, y que le den por el culo a lo público. Lo malo es que llego tarde para hacerme socialista.   

Nunca digas nunca jamás

          En 1983 se estrenó la versión cinematográfica de la novela de Ian Fleming Operación Trueno, publicada en 1961. La cinta llegó a las salas españolas bajo el nombre de Nunca digas nunca jamás, traducción de su título original inglés Never say never again. Yo confieso que la primera vez que escuché la expresión nunca y, seguidamente, jamás, me quedé un poco sorprendido por la contundencia de la innecesaria redundancia. Creo que por entonces andaba yo con los problemas de trigonometría en bachillerato, y me sonó a aquello de menos por menos es más en las operaciones matemáticas. Era un poco lío, y muchos nos confundíamos con el baile de signos.

          Por aquel entonces las películas de James Bond las protagonizaba el inigualable Sean Connery. Y para desesperación hormonal de quienes entonces frisábamos los veinte años, la contraparte femenina en esta peli la daba Kim Basinger. ¡Que tiempos aquellos!…, cuando ir al cine era pura magia de domingos por la tarde a base de palomitas, refrescos y apretones de manos furtivas buscando objetivos bajo telas y elásticos de unas prendas siempre incómodas de apartar. En la pantalla el irresistible protagonista salvaba mundos de la devastación.

          En la trama un miembro de una organización criminal se ha operado un ojo para copiar la retina del presidente, y de ese modo burlar los sistemas de seguridad basados en identificación retiniana. Pero Bond cuenta con un aliado voluntarioso, un tipo hoy conocido como Mr. Bean, y que se llama Rowan Atkinson en la vida real. En la peli es un funcionario patoso y estrafalario. Es fácil de reconocer por su movimiento de cejas, luego muy imitado en España donde se rodó parte de los exteriores. Pero sin duda, su escena más cómica es cuando públicamente llama a James Bond por su propio nombre destapando la cobertura de la operación.

          Recordaba esto porque no había vuelto a escuchar la frase desde entonces. Y, mire usted por dónde, durante la última semana ha caído sobre los medios un diluvio repetitivo de una versión extendida: nunca—jamás—nunca en modo continuo. Ignoro aplicando la ley de los signos matemáticos a dónde conduce la expresión trina, que lo mismo viene a significar que un montón de veces. O algo así como cada vez que lo estimé oportuno y conveniente y me salió del papo porque tenía ganas de café. Lo cierto es que debe de ser algo alambicado, porque, claro, para decir o contestar a una pregunta simplemente con un no sería patológico enredarse en semejante bucle.

          Las películas de Bond marcaron una época grande del cine internacional. Dicen que el título Never say never again, se le debe a la mujer de Connery, el cual había dicho que nunca volvería a hacer una nueva película de James Bond tras Octopussy estrenada solo unos meses antes ese mismo año. La nueva realidad nos demuestra que hemos perdido mucho con el tiempo, demasiado diría yo. Ahora en vez de a Mr. Bean tenemos a un imitador metido a joyero, y a Kin Basinger la hemos cambiado por una Charo en pijama y gafas con cristales de culo de vaso repitiendo una mentira: nunca—jamás—nunca. No me digan que no es para odiar las palomitas. 

          Trailer: Nunca digas nunca jamás