Sociedad anónima

          Si a usted no le interesan los temas de empresas y, aún así, después de leer sociedad anónima ha decidido seguir leyendo le tengo buenas noticias. Esta columna de hoy no va de formas de adoptar la personalidad jurídica. Va de algo mucho más ramplón y cotidiano, pero que no por ello deja de tener un significado sociológico en el que cabe profundizar: el gusto por el anonimato. Una puerta que da paso al lado oscuro de la personalidad individual que, nunca antes como ahora, las redes sociales han hecho posible de forma masiva.

          Al margen de los bots y trolls automatizados, masivos en la contienda política y diseñados para amenazar e insultar a quien opine distinto o disienta, está el ciudadano en apariencia normal. Una especie de doctor Jekyll y Mr. Hyde de mesa camilla que, con un perfil con la cara del pato Donald y unas iniciales en el nickname, se concede el derecho de atacar indiscriminadamente a otros usuarios. Los motivos pueden ser peregrinos y variopintos, pero por lo general, en el actual estado de polarización es porque se hooliganea en alguno de los bandos. El tipo o la tipa, se reafirma así en sus prejuicios a base de vómitos detrás del burladero virtual.

          La mayoría de la gente no les entra al trapo y directamente pasa de ellos. Otros le mientan a la santa que los parió, pero claro, al no ir dirigido hacia nadie en concreto el efecto es vacuo. Al contrario, el propio individuo tras el parapeto se viene arriba y sube la apuesta. Yo solo me he ciscado en la madre de otro usuario en un par de ocasiones tras ser insultado, pero porque eran tipos con nombres y apellidos en su perfil, como yo. Alguno que ese día decidió chulear pensando que era gratis y se llevó un zapatillazo en la boca.  

          Lo que muchos no sospechan es que aquellos que se esconden en las redes sociales, con frecuencia son los mismos que mutan de vecino amable que te saluda en el rellano a psicópata de manual detrás de un perfil anónimo. Es el mismo efecto que el del tipo que te ha cedido amablemente el paso en el ascensor de Mercadona, pero que cinco minutos después en una rotonda te echa el coche encima y te pega una pitada de animal desesperado. Todo, después de que él no haya respetado el ceda el paso o no sepa cómo circular en ese espacio ni que intermitentes debe usar.

          Una buena parte de la población es pura animalidad domesticada. Esto se ve trágicamente en los conflictos bélicos. Lo sabemos por la Historia: cómo el prestatario asesina al prestamista a sangre fría; el despechado viola delante del marido a la que fuera objeto de su deseo y luego los mata a ambos; cómo el sirviente que recibió cobijo y salario desvalija y quema la hacienda del dueño. Y, ahora, en tiempos de paz, lo que vemos es cómo toda esa psicopatía efervescente bulle en las redes sociales al amparo del anonimato. Enseñando la patita por debajo de la puerta a la espera de que alguien la abra.

 

4 opiniones en “Sociedad anónima”

  1. Eres un genio, Miguel Ángel!!

    Y yo un “Necio y Bobo al cubo³”

    Después de escribir mi extenso comentario…

    Como fruto maduro de lo que abunda hoy de animal domesticado de dos patas con el cerebro mucho más deficiente que mi perro de cuatro patas, una simple llamada… bla, bla, bka, bla, bla de naderías…
    Me desvío… y desaparece toda mi argumentación ya practicamente acabada sin haber pulsado publicar…
    De la rabia que tengo conmigo mismo… solo me queda decirte, ¡gracias por haber activado mi cerebro!
    Hasta pronto…
    🤗🤗

    Los emoticonos que me dedico a mi mismo, se han opacado. 🙏🙏

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