Nunca digas nunca jamás

          En 1983 se estrenó la versión cinematográfica de la novela de Ian Fleming Operación Trueno, publicada en 1961. La cinta llegó a las salas españolas bajo el nombre de Nunca digas nunca jamás, traducción de su título original inglés Never say never again. Yo confieso que la primera vez que escuché la expresión nunca y, seguidamente, jamás, me quedé un poco sorprendido por la contundencia de la innecesaria redundancia. Creo que por entonces andaba yo con los problemas de trigonometría en bachillerato, y me sonó a aquello de menos por menos es más en las operaciones matemáticas. Era un poco lío, y muchos nos confundíamos con el baile de signos.

          Por aquel entonces las películas de James Bond las protagonizaba el inigualable Sean Connery. Y para desesperación hormonal de quienes entonces frisábamos los veinte años, la contraparte femenina en esta peli la daba Kim Basinger. ¡Que tiempos aquellos!…, cuando ir al cine era pura magia de domingos por la tarde a base de palomitas, refrescos y apretones de manos furtivas buscando objetivos bajo telas y elásticos de unas prendas siempre incómodas de apartar. En la pantalla el irresistible protagonista salvaba mundos de la devastación.

          En la trama un miembro de una organización criminal se ha operado un ojo para copiar la retina del presidente, y de ese modo burlar los sistemas de seguridad basados en identificación retiniana. Pero Bond cuenta con un aliado voluntarioso, un tipo hoy conocido como Mr. Bean, y que se llama Rowan Atkinson en la vida real. En la peli es un funcionario patoso y estrafalario. Es fácil de reconocer por su movimiento de cejas, luego muy imitado en España donde se rodó parte de los exteriores. Pero sin duda, su escena más cómica es cuando públicamente llama a James Bond por su propio nombre destapando la cobertura de la operación.

          Recordaba esto porque no había vuelto a escuchar la frase desde entonces. Y, mire usted por dónde, durante la última semana ha caído sobre los medios un diluvio repetitivo de una versión extendida: nunca—jamás—nunca en modo continuo. Ignoro aplicando la ley de los signos matemáticos a dónde conduce la expresión trina, que lo mismo viene a significar que un montón de veces. O algo así como cada vez que lo estimé oportuno y conveniente y me salió del papo porque tenía ganas de café. Lo cierto es que debe de ser algo alambicado, porque, claro, para decir o contestar a una pregunta simplemente con un no sería patológico enredarse en semejante bucle.

          Las películas de Bond marcaron una época grande del cine internacional. Dicen que el título Never say never again, se le debe a la mujer de Connery, el cual había dicho que nunca volvería a hacer una nueva película de James Bond tras Octopussy estrenada solo unos meses antes ese mismo año. La nueva realidad nos demuestra que hemos perdido mucho con el tiempo, demasiado diría yo. Ahora en vez de a Mr. Bean tenemos a un imitador metido a joyero, y a Kin Basinger la hemos cambiado por una Charo en pijama y gafas con cristales de culo de vaso repitiendo una mentira: nunca—jamás—nunca. No me digan que no es para odiar las palomitas. 

          Trailer: Nunca digas nunca jamás

4 opiniones en “Nunca digas nunca jamás”

  1. De verdad, Miguel Ángel… eres Insuperable. Te lo repito más enfáticamente, jajaja. “ERES INSUPERABLE … ¡POR SIEMPRE JAMÁS!

    Abrazos.

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