El presunto adverbio

          El presunto adverbio, si se me permite el juego de palabras, más utilizado en los últimos tiempos es presuntamente. Usted lo habrá escuchado en todos los medios de comunicación hasta límites ad nauseam. Lanzado como un hechizo de defensa de Harry Potter contra las artes oscuras. Y se habrá percatado de que si a alguien se le atasca, suele haber cerca un oportuno desatascador que enseguida desenfunda el sortilegio: presuntamente, dice interrumpiendo con aires salomónicos cualquier inicio de exposición argumental. A lo que el interpelado enseguida responde: sí, claro, siempre presuntamente. Hay muchos otros adverbios en materia de leyes, pero no son tan populares porque su uso continuado no supone segundas intenciones espurias. Por ejemplo: jurídicamente, legalmente, o incluso indiciariamente o penalmente.

          La presunción de inocencia es uno de los principios básicos del Estado de derecho, menos en los casos de violencia de género en España donde, por lo que sea, es más que cuestionable. En cualquier caso, es un pilar fundamental que hurtado al sistema nos llevaría a una situación de absoluta indefensión. Probar lo que no se ha hecho, es decir, probar que se es inocente contra una acusación que se nos cae encima sería propio de tribunales inquisitoriales. La presunción de inocencia es uno de los legados del Derecho Romano. El origen filosófico proviene de figuras como el jurista Ulpiano, quien estableció la máxima de que «es mejor dejar impune el crimen de un culpable que condenar a un inocente». Frase que se atribuye a William Blackstone. Por eso, precisamente, resulta tan chocante repetirlo en cada comentario. Como si cada vez que se llegara a El Corte Inglés hubiera que entrar diciendo: «El séptimo mandamiento es no robarás». Imaginen qué pensaría el segurata de la puerta de nosotros.

          El presunto adverbio es, por lo general, acompañado de un latiguillo mal colocado. Como esas lazadas de colores que se usan para envolver el paquete de regalo, pero que debido a la falta de pericia quedan en diagonal y con uno de los cabos tan largo como la coleta de Khal Drogo. Es un adorno que se suelta con solvencia y convencimiento: «en el auto no hay pruebas». Nada como la ignorancia para presentarse a pecho descubierto en el escenario mediático. Pedir pruebas en un auto de instrucción, que es un elemento jurídico que se perfecciona en el momento procesal del juicio oral, es la evidencia palmaria del disparate en el que vive nuestra sociedad manipulada. Con estos dos elementos ya podemos montar una farsa preventiva: presuntamente, y además no hay pruebas.

          Pensaba esto porque esta semana un vecino mío me llamó para comentarme que, para su desgracia, al llegar a casa había sorprendido a su mujer en la cama con un negro. Y preguntarme si yo lo había visto antes por la escalera. Imaginen mi sorpresa y espanto ante esa forma de hablar. Lo primero que le sugerí fue que no dijera negro así por las buenas, y que se informara del nombre de esa persona de color para referirse a él. Le señalé, además, que podría tratarse de un técnico que estuviera arreglando los muelles del somier, pero se resistió a creerme argumentando que estaban los dos desnudos sobre el colchón, y que el tal hombre de color aparentaba tener tres patas. No quiso, en fin, al principio comprender que ese hecho no era necesariamente una infidelidad, dado que no existía prueba fehaciente de haberse producido el coito que avalara el haber sido infiel mediante acto sexual alguno.

          No me costó mucho más hacerle recapacitar y que aceptara que sin pruebas todo lo demás son meras suposiciones, simples indicios que no prueban el hecho le dije, como ocurre con los numerosos delitos de la clase política para los que él usa ese mismo argumento. Quizá por ese motivo, y supongo que reflexionando acerca de sus opiniones sobre la falta de pruebas en los autos judiciales, lo vi relajarse y aceptar que no estaba siendo justo con Mandinga, que así se llama el bigardo subsahariano con el que me estoy tomando unas birras mientras escribo esta columna, y nos echamos unas risas mientras me da detalles de las pruebas.     

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