El paraíso fascinante

Cada verano disfruto teniendo noticias por la tele del paraíso fascinante que mis compatriotas, durante el tiempo que lo sigan siendo, disfrutan en agosto. Menciono este mes porque, como todo el mundo sabe, es el del asueto por excelencia. Para acceder al paraíso fascinante es necesario viajar fuera de nuestras fronteras mientras sigan siendo las que son y, si es posible, a lugares muy poco desarrollados y primitivos. Ese tipo de sitios donde cagan en el campo solo desplazando el taparrabos, sin agua corriente y donde te ponen la gallina en la olla con el pellejo y la cabeza completa con su cresta colorada y todo.

Según parece y cuentan, lo primero que a uno le sorprende de esos paraísos fascinantes es la cantidad de mosquitos hijoputas que hay en armonía con la naturaleza. Han adquirido un tamaño y una mala leche que, obviamente, la sociedad occidental no habría permitido con su ceguera exterminadora. Son pequeños inconvenientes que, a mis compatriotas ungidos del espíritu de Magallanes, se les pasa con un poco de ungüento tópico. Puede que aliviando el inconveniente cenando una imitación de pizza con tropezones sin una filiación identificable, que es la gran contribución de la cocina italiana al mundo nómada y trashumante.

Me dicen, por otro lado, que lo realmente enriquecedor no es tirarse en la playa llena de piedras y agujeros por donde asoman las cabezas de los cangrejos, ni tampoco bañarse en un manto de sargazo, sino el trabajo de campo. Un poco de antropología, para entendernos y entender a los demás en esos territorios ignotos. La increíble experiencia sobrenatural de beberse el agua tibia de un coco, que no es comparable para nada con esa mala costumbre de la cerveza fría del chiringuito español. O lo eficaz que es el ron natural, sin ningún tipo de control sanitario, para perder peso mediante el lavado de estómago.

Con todo, las caras más alucinadas de mis viajeros favoritos se dan en los mercados. Esa sorpresa al descubrir lo rico que está ese pollo rebozado en alguna cosa hirviendo, probablemente aceite de maíz o de coco, con harina de color pardo. Todo ello les abre los ojos a un universo desconocido, lleno de maravillas ambulantes que les hace sentirse como en otro mundo. ¡Qué poco sabemos de la vida! Se dicen a sí mismos comprensivos y magnánimos pensando en los pelanas que nos quedamos en Matalascañas.

Pensaba esto, porque ahora que acaba agosto, te los encuentras ya de vuelta en la barriada. Con los rostros bermellones llenos de cremas para quemaduras de segundo grado, y unos habones en piernas y brazos como judías de La Granja. El rostro entre cansado y preocupado. Y es que son mortíferas las largas horas de espera en aeropuertos y esos vuelos eternos en turista, encogidos y apretados como mejillones en conserva. Y para colmo, de frente asoma la cuesta de septiembre con las tarjetas hasta arriba de gastos, y la cuenta corriente con menos fondo que una lata de anchoas.

Sobre las certezas

          Tuve noticia de la certeza de mi muerte el día que nací. Apenas reposado sobre el vientre de mi madre, aún sin cortar el cordón de sangre del que me alimentó durante nueve meses. Allí estaba su sonrisa dolorida, y nuestra primera mirada como anticipo de que no hay flor que dure dos primaveras. Recuerdo que, muchos años después, cuando me incliné sobre el ataúd para besar su rostro frío por última vez, tuve la certeza de que ella ya no habitaba aquel cuerpo que me dio cobijo. Fue entonces, cuando me supe definitivamente desahuciado, aunque ya hacía muchos años que habitaba el alquiler de mi propia existencia.

          Pienso sobre dónde habitarán todas esas vidas alternativas que no he vivido porque elegí vivir la que tengo. Fantaseo acerca de cómo irán por allí las cosas, en esos otros mundos a los que di la espalda, o me la dieron a mí pero que, aún así, son historias que continuaron su rumbo como una sombra que no renuncia a desvanecerse. En algún lugar, al otro lado de nuestra realidad, habitan los que nunca pasaron de las tramoyas al escenario. Personajes condenados a una vida de ensayos a la espera de un estreno imposible. Sé que viven allí, sin nosotros. En ese otro camino que no cogimos. Los trabajos que no hicimos, los viajes que quedaron pendientes; los hijos que no tuvimos. Nada de lo que existe en nuestro pensamiento es vacuo, porque solo por el hecho de pensarlo ya lo creamos.

          Decía un conocido filósofo que cada día iluminamos mil vidas con nuestras decisiones: las que elegimos son las que podemos tocar, y las otras 999 que desechamos solo las sentimos, pero que al haberlas pensado ya nunca desaparecen. Como seres materiales nos vemos obligados a las cadenas de una sola elección, pero atados para siempre, a todas esas otras existencias que nos acompañan hasta el fin de nuestros días. Esa es, y no otra, la certeza de sentir lo que somos: reos de nuestras múltiples realidades e infinitas casualidades y decisiones, pero protagonistas de un solo papel como actores principales. 

          Yo creo que con la evolución de la especie nos hemos acostumbrado a sabernos presentes y ausentes a la vez porque, después de todo, el único aliento que existe es el que respiramos a cada instante. Lo de ayer no volverá a ocurrir jamás, y lo de mañana es un ilusionismo que nunca termina de materializarse. Nadie vive en el ayer ni en el mañana. Yo soy un poco terraplanista en esto, porque estoy convencido de que el tiempo no existe. En realidad, es solo una ilusión de nuestro cerebro para poder explicar una presencia inasible,  porque no se puede agarrar en ningún instante concreto. El tiempo es solo un pacto con nosotros mismos, un premio de consolación.

          La única certeza que tuvo el gran filósofo griego fue que no sabía nada. Aunque bien mirado nos hizo un poco de trampas: reconocer que no se sabe nada es, simple y llanamente, saberlo todo. Tuve noticia de la certeza de mi muerte el día que nací, pero fue muchos años después cuando mi madre me contó que, en realidad, por unos minutos creyeron que había nacido muerto. Me negaba a respirar y no quería romper en llanto. Quizá, le aclaré, era porque justo en ese momento meditaba sobre qué decisión tomar: si salir al escenario con todo lo que ello conlleva, o quedarme tras la cortina entre sonrisas de cartón piedra, telares desparramados por el aburrimiento y habitar el atrezo de una vida postiza.  

           

La deriva del cine martillo pilón

          En náutica el término «derrota» significa o hace referencia a la trayectoria que sigue la embarcación. No es lo mismo que el rumbo, que no deja de ser la intención de dirigirse a un punto concreto. Tiene esto en la vida un curioso paralelismo. Así como en la mar el abatimiento y las corrientes afectan al rumbo del barco y toca corregir, en la vida hay situaciones que hacen que la corriente nos acabe dejando a la deriva. Sería absurdo echarle la culpa a la masa de agua oceánica, en vez de a la falta de pericia o conocimientos del patrón.

          Pensaba esto porque a cierto cine de una de nuestras vacas sagradas, la masa de público que le impulsó hacia el éxito le ha retirado el apoyo. Como las aguas del mar Rojo que abriera Moisés en el relato bíblico, los pasillos vacíos de las salas de cine para ver el último pestiño de Almodóvar ha escocido en las redes y, particularmente, en la zurda. Y, supongo que al conocido director tampoco le ha hecho gracia tanto vacío de un público que llenaba las salas anexas con millones de espectadores para ver Torrente presidente.

          En un país de gentes sectarias y envidiosas, como lo es el nuestro, una erupción de bilis mediática y bochornosa era de esperar. Sobre todo, de aquellos medios que comparten patrón y mandamás con el cineasta de su cuerda. Y su correspondiente reflejo en los miles de bots en las redes sociales pagados por el jefe, además de los típicos payasos y cantamañanas de siempre. Todos ellos regurgitando los restos de una mala digestión. Los más cafeteros se resisten a creer tanto abandono. No aceptan que el público ya no se trague la misma cantinela que lleva soltando desde hace 40 años; con el mismo cuento contado quinientas veces, pero cada vez peor contado.

          A diferencia de Segura, Almodóvar no ha dudado nunca en mostrarse como activista de quien le paga y financia generosamente con dinero de todos. Situado en cabeza de manifestaciones siempre «contra los otros», contra los que según el propio director no les concede ni el derecho a existir (como dijo en los Premios Goya 2019). Imaginen un próximo gobierno que le diera por no darle a Almodóvar el derecho a existir, y por tanto, tampoco que sus tostones se proyecten en España. Pues ese es el nivel. Con una diferencia, Almodóvar está en el bando de los buenos y los demás en el de los malos. Esa es la parte del relato que el público ya no compra.

          Este tipo de personajes con su mensaje martillo pilón aburren hasta a las ovejas, que sumisas y pastoreadas cada vez son menos en las salas. Quizá por ese motivo, él y los suyos, por seguir con su forma de expresarse, cada vez se muestran más violentos en los comentarios públicos y entrevistas. Cada vez se les nota más el sangrar por la herida del olvido y el abandono de la calle. Ya pocos creen en el mensaje reiterado hasta la saciedad de una gente «progre» sin valores, de unos mal criados a base de montañas de dinero público, y de quien vive y practica exactamente lo contrario de como viven aquellos a los que dice defender. 

 

            

Letras y papel mojado

          No suelo escribir sobre escritores y el mundo editorial, pero esta semana he posteado varios comentarios acerca de lo que casi todo el mundo sabe. Al menos, todo el que está en el mundillo de las letras y el papel. Es decir, que no acaba de llegar como cordero al matadero. Como es lógico y esperaba, me han dado por todos los lados, desde el chiringo-editor al aspirante al Cervantes que no ha leído un TBO desde hace medio siglo. Una fauna compuesta por una amalgama de intereses que, lejos de ser una mezcla en beneficio mutuo, casi siempre tiene mucho de engaña bobos para incautos. Muchos otros, conocedores de la verdad, han guardado un prudente silencio, ya sea por oficio o por conveniencia, o por una combinación de ambas cosas. 

          Ya comenté en diferentes foros que el pope del mundo editorial Enrique Murillo, en su reciente libro titulado Personaje secundario, desvela, con la crudeza propia de quien no tiene nada que perder, los mecanismos internos de las editoriales. No solo de las de ahora, sino de las de siempre incluidas las actuales. Aunque bien es cierto, que ciertas referencias a la situación presente convierten el panorama en algo tan chusco, cutre y desolador como cualquiera de las pelis de Santiago Segura basadas en el afamado Torrente. Sorprende, por otro lado, que no haga referencias explícitas a ese otro 75%-80% del negocio que no son ni el editor ni el escritor. A saber, la distribución y los libreros, o solo de manera muy tangencial. 

          Yo todavía flipo con el hecho de que quienes crean un producto que genera 100 se lleve 10 (por poner números fáciles de entender). La lógica parece que le inclinaría a cualquiera a decir: o me llevo como poco la mitad del beneficio o ya podéis ir buscando otro chollo. Pero claro, esa guerra los escritores, como los agricultores, la perdieron hace infinito tiempo. Resultado el que ya sabemos: de la creación del escritor, ocho a menudo comen jamón y algunos salchichón, pero el escritor no pasa de garbanzos salvo que haga millonarios a los otros ocho. O sea, tócate los huevos. Si algún día me hacen presidente de Narnia lo primero que haré será prohibir que se publique nada hasta un reordenamiento de la lógica del reparto.

          En Estados Unidos los guionistas se pusieron en huelga en 2023 durante 147 días, liderados por la Writers Guild of America. Al final, lograron pasar de esclavos a sirvientes con contrato basura, o más o menos. Sin embargo, mostraron una realidad incómoda para la industria de Hollywood: podía llegar a pararse la generación de contenidos y las plataformas sufrir importantes perdidas de todo tipo. Como decía, se parece mucho al campo y la agricultura. El día que nadie se ocupe de ese sector, sé que es utópico pero no tanto, vamos a comer manzanas y fresas de plástico hechas en China con sabor a petróleo.

          Lo que los escritores perdieron hace mucho es la oportunidad de plantarse. Imaginen un mundo distópico sin manuscritos, pero ni uno. Nada nuevo que publicar. Y ahora visualicen como temblaría toda esa industria tan prepotente con sus premios, sus productoras, sus afamadas y afamados presentadores de la tele convertidos en estrellas mundiales de la literatura. Puede que incluso se plantearan los años de ninguneo de los autores como un error. Todo eso kaput, se finit. Pero claro, solo es una distopía, si para ir a la huelga en la mina o el campo hay esquiroles, para publicar habría auténticas avalanchas. Y así nos va.

Muñeco roto

          De un tiempo a esta parte los juguetes no son tan sólidos como antaño. Existe una tendencia a la rotura mediante el sacrificio público, que es un concepto que me acabo de inventar y que hace referencia al personaje bisoño que se inmola sin necesidad y a plena luz del día. Yo sospecho, mal pensado que soy, que esto ocurre porque cuando un juguete tiene un gran éxito sorpresivo, siempre hay por detrás una mano dispuesta a despeñarlo. La razón es que un muñeco roto bien vale la causa que el victimario defiende.

          Algunos arden más fácilmente en la hoguera de las vanidades, hechos del material de Pinocho, no tardan en carbonizarse en los medios públicos y los publicados. El último caso esta misma semana, protagonizado por el escritor David Uclés. Un inesperado éxito de ventas de su novela «La península de las casas vacías», ha hecho que se convierta en marioneta de los tramoyistas de la polarización. Reconozco que después de haber leído su obra, la cual me parece buena y bien escrita, me sorprende que haya sido tan fácil arrastrarlo por el lodo y llenarle las casas de tanta basura, con lo bien que estaban sin nada.

          Uclés escribió una novela sobre la Guerra Civil de España que resulta innovadora. Más allá de la fórmula empleada, porque es uno de los pocos relatos novelescos que narra con equilibrio y rigurosidad los hechos acaecidos. Desde antes del alzamiento militar, la novela describe la terrible primavera roja llena de asesinatos, torturas, violaciones, robos y extorsiones del Frente Popular hasta el 18 de julio. E igualmente, pasea luego por las brutales represiones del ejército franquista. Es decir, lo que todo el mundo sabe, pero solo unos pocos se atreven a narrar al completo.

          Esto no debió gustar «a alguien» que inmediatamente tomó cartas en el asunto. Vaya usted a saber si una llamada al CEO de Planeta con el mensaje: «oye tú, afíname al perroflauta ese o vas a tener problemas», «ya me lo estás paseando con el puño en alto y mandando a tomar por culo a Pérez Reverte, pero ya». Y mano de santo. Cambio inmediato: gorra de partisano campestre, pantalón de saco atado con una cuerda, unas chanclas de costalero y la barba un punto más guarrilla de lo habitual y ala, a la calle a gritar contra los fascistas. La verdad es que hay que ser muy joven y muy incauto para quemarse de semejante manera.

          David, en su irreflexiva maniobra, se ha ganado la enemistad de la mitad de sus lectores potenciales. Se ha posicionado en el lado del supuesto bien moral que tanto barro y tanta caca diarreica esparce cada día, y se priva de foros donde otros escritores y pensadores de mucho más nivel que él le habrían aupado aun más alto. En mi opinión, Planeta ha patinado con este juego si es que ha intervenido en la maniobra. Hace incluso dudar de que el éxito editado por Siruela lo haya escrito alguien tan sectario y, desde luego, a mí y a otras muchas personas les ha quitado las ganas del leer el Premio Nadal de este año. Todo un triunfo de la polarización. En este caso, lo perverso de la fórmula se convierte en: divide y perderás.  

Un millón para el mejor

          Corría allá por el año 1968 cuando se estrenó el programa «Un millón para el mejor» en TVE. Presentado por Joaquín Prat que, poco después, fue sustituido por Jose Luís Pécker. El millón, claro está, era de pesetas. Una cantidad escandalosa para la época y que causó una gran sensación social. Apenas duró año y medio en pantalla, a pesar de que solo existían dos canales y la competencia por el share era nula. Quizá ese millón acabó pesando demasiado en las arcas públicas de aquellos años convulsos de la última etapa de la dictadura.

          Casi seis décadas más tarde, el millón —ahora son euros— vuelve a estar en entredicho en el famoso premio Planeta que se falló esta semana como cada año. Y más allá de los nombres, de nuevo y no es la primera vez que se produce, hay un gran revuelo con el resultado y una áspera polémica por la obra elegida. Un debate bastante inútil, por otra parte, del que ya casi prefiero no participar salvo con alguna pincelada como esta. Además, a mí no me resulta sorprendente, como saben las personas que me conocen y a las que hace un año les anuncié  en foro público quién sería el ganador de este año con nombre y apellidos. Lo hice, probablemente, incluso antes de que escribiera la novela.

 

          No hacía falta ser un gran gurú. Con conocer la lógica del mundo editorial actual era suficiente. Más aún considerando los antecedentes de la última etapa de este y otros premios similares. Como usted, querido lector, que es sagaz habrá comprobado, no lo llamo premio literario. Solo premio. Y lo hago no por descuido, sino porque en mi opinión es así. Un premio que se otorga por diferentes razones que, a buen seguro, nada tienen que ver con la literatura, aunque sí con el mercado editorial y la venta de contenidos —contengan lo que contengan siempre que se venda—.

          Sin entrar a juzgar a ningún ganador anterior ni al actual, les diré un secreto. Con las plataformas televisivas de los ganadores y los masajes en prime time de los presentadores e invitados, a mí también me darían el Planeta el año que viene, y a usted también, incluso sin que tuviera que escribir nada y mucho menos una novela. De hecho, podría llenar de letras unas 200 páginas de forma aleatoria en un fin de semana, decirle a alguna IA que las mezclara de forma legíble y con eso sería más que suficiente. Un millón para el mejor. Teniendo en consideración que hay cada vez más espacios donde «el mejor» no solo no significa nada, sino que podría apuntar a lo contrario.

          Les decía que para acertar basta con comprender. El Planeta es una operación de marketing comercial de una empresa privada que nada, o casi nada, tiene ya que ver con escritores y literatura. Su negocio es la venta de contenidos, sean en el formato que sea. El Planeta es una fiesta con visibilidad global por y para el grupo mediático. Con la tendencia a usar, al menos en las últimas ediciones, directamente a sus propios grupos de interés. ¿Para qué buscar fuera si pueden usar a empleados o proveedores de contenido? Lo que contenga el paquetito de 20 euros en forma de libro es, a la postre, lo de menos.

          Ya pueden ir haciendo la quiniela para las próximas dos ediciones. Algunas sugerencias que les ofrezco para las casas de apuestas: Vicente Vallés, Carme Chaparro o, en el summun del choteo supremo, el mismísimo Monaguillo. Usted y yo, estimado amigo, tendremos que esperar sentados a tener primero unos millones de audiencia en alguna tele…    

Leer no te hace mejor

          «Leer no te hace mejor». Esa ha sido la frase pretendidamente ingeniosa de la semana. La ha lanzado al vacío una de esas personas transitorias que se hace llamar influencer. Esa nueva profesión de gente con poco seso que a base de enseñar escote o musculitos te venden cremas, sartenes de aluminio o mochos basculantes para las fregonas modernas. Los realmente influyentes suelen ser líderes de opinión en materias de interés científico y divulgativo, no la versión digital del anuncio andante colgado al cuello con la leyenda «compro oro» por delante y McDonald por detrás.

          La escasa luz de la pretendida influencer está en la misma frase elegida para hacerse notar. En concreto en la elección del adverbio «mejor». ¿Mejor en qué? ¿Mejor que quién? ¿Mejor para qué? ¿Mejor cuándo o en qué circunstancias? Obviamente, debemos entender que se refiere a mejor en lo que quiera que sea en comparación con las personas que no leen. Y, en efecto, si es así tiene razón. Aunque lo diga una iletrada, que como todo reloj estropeado acierta dos veces al día. En esta boutade no se le puede quitar la razón. No hay ninguna evidencia de que leer haga, así dicho, mejor o peor a alguien en términos generales. La razón es que no tenemos un baremo de bondad individual que correlacione con la práctica de la lectura.

          Lo que sí aporta leer son otras cosas más concretas: amplitud de miras y conocimiento, capacidad para razonar y discernir sobre argumentos o situaciones complejas; herramientas para no caer en el engaño; experiencias que se convierten en enseñanzas provechosas y, por supuesto, entretenimiento. Esto lo sabemos porque a través de la lectura, usada como herramienta, las personas son desasnadas en la infancia y primera juventud. La lista es interminable, pero incluso solo por ese pequeño abanico de beneficios leer ya es una buena elección. No leer, como es lógico, es una decisión respetable que yo no comparto, pero contra la que nada tengo que decir. Allá cada cual con sus preferencias.  

          La anti-cultura como reivindicación progresista del igualitarismo, junto con el ninguneo de la meritocracia y el esfuerzo, nos está dejando un panorama generacional de masas en indefensión. Nada hay más fácil de someter, engañar o convertir en fanáticos que un rebaño sin alfabetizar o a medio construir. Basta con darles un poco de pienso populista, o un juguete (como el smartphone) mediante el que doparles las neuronas para convertirlos en mártires de cualquier causa. La gran estrategia de la Caperucita Roja con su cestito lleno de magdalenas rellenas de igualdad: «que nadie se esfuerce mucho. Todos aprobados para que no haya acomplejados o acomplejadas».

         En el último informe PISA publicado, España sacó su peor resultado en 20 años y se situaba por debajo de la media de la OCDE en… ¿Lo adivinan? Exacto… En lectura y matemáticas. Hay gobiernos que redactan leyes y estrategias cargadas de infinita sabiduría, por ejemplo, se preguntan: ¿Para que querría ningún ciudadano o ciudadana saber leer o hacer bien las cuentas de su casa? Lo suyo es que alarguen una mano para recibir lo que se les dé, y con la otra zapeen entre el Sálvame y las influencer de turno y, la que se aburra durante la publicidad, que practique lo aprendido en las aulas y se toque el chocho. 

¿Qué le ha pasado al cine?

          Al cine lo que le ha pasado es lo mismo que a la literatura, que es víctima de los nuevos tiempos y tendencias. Es una opinión personal, pero creo que se parece mucho a la realidad. En el caso del cine, ademas, con un agravante: una pareja con dos hijos (4 entradas), que guste de tomar un refresco y unas palomitas tiene un problema de 60-70 euros. No hace falta hacer más cálculos. Para un SMI supone el 5% de lo que cobra al mes, y en algunos casos, el truño es de tal calibre que dan ganas de salir de la sala antes del famoso The End.

          Hubo un tiempo en el que un servidor tenía agotada la cartelera, y esperaba con ansia que pasara la semana para ver los nuevos estrenos. Hablo de finales de los años 80, la década de los 90 y primeros 2000. Me refiero a películas como «Salvar al soldado Ryan», «La lista de Schindler», «El paciente inglés», «La vida es bella», o las infantiles como «Toy story» o «Harry Potter», incluso fantásticas como «Parque jurásico»… La lista es interminable. Recuerdo los centros comerciales hasta la bandera, y tengo fresca en la memoria la imagen de las salas completamente llenas.

          Hoy, muchos de aquellos espacios han cerrado o desaparecido. En su lugar hay un «chino» de 500 metros cuadrados, o una tienda de muebles escandinavos con animo de torturar a sus clientes no ingenieros para montar una puta mesa en el porche. También se han adecuado algunos locales. Aquellos donde antes se vendían golosinas, o había un billar y unas campanas de cristal con unas grúas enjauladas de las que por unos euros sacabas un peluche si tenías habilidad. Hoy hay locales para swingers. Esos sitios donde gente de moral flexible va con sus parejas a follar y ponerse cuernos gozando de la depravación moral.

          Yo creo que la falta de buenas obras artísticas hace que la gente se despeñe por la ladera de lo fácil. Lo vemos en la sociedad en general, porque lo vemos en la política, en los supuestos líderes y en la falta de rumbo de una sociedad que se descompone. Estos nuevos capataces se creen que han descubierto el Nirvana. Que la vida va de eso: de mierda moral, de putas, de drogas, de robar, de arrastrar el honor, de sacarse la chorra y mearse en la gente. Pero nada de eso es nuevo. Solo con leer a Santiago Posteguillo, entre otros muchos autores, se dará usted cuenta de que ya estaba inventado.

          Pensaba esto, porque yo creo, cada vez con mayor convicción, que las sociedades, así como las comunidades y las civilizaciones, también enferman. Se pudren tal como el cáncer carcome las células de la persona. La sociedad, como el enfermo, al principio lo niega, luego lo lamenta, después se medica y, desafortunadamente, en muchos casos descubre tarde que no tiene arreglo. Europa no entiende el mundo en el que vive, como Roma no fue capaz de asumir la llegada de Odoacro.

          

           

El escritor comprometido

          Hace unos días fallecía a los 89 años el escritor, Premio Nobel de literatura (2010), Mario Vargas Llosa. Se iba uno de los grandes del siglo XX y, mucho me temo, que uno de los pocos que quedaban en la literatura con mayúsculas. Se marchaba de forma desacompasada en el tiempo respecto de su más íntimo contrapunto, desapareciendo así el dueto que formaba con Gabriel Garcia Márquez. Ambos representaban ese gran movimiento de la literatura latinoamericana que cambió la forma de escribir novelas y artículos periodísticos.

          Las dos figuras fueron escritores comprometidos con su tiempo, y por ello padecieron críticas, cancelaciones e incluso insultos y bravatas de esa plebe itinerante que conforman la envidia, el sectarismo y la cobardía. Los dos fueron dignos de los máximos galardones mundiales y del reconocimiento del público. Pero nada de ello les acobardó, ni les doblegó. No se abstuvieron de defender sus ideas y valores por muchas críticas que pudieran recibir. Es lo que, al menos yo entiendo, debe hacer un escritor comprometido.

          En el caso de Mario, una de sus últimas defensas de las libertades la vimos en su famoso discurso de 2018 en Cataluña. No imaginaba él que, poco después, un gobierno frentepopulista de ultra izquierda echaría todas aquellas palabras por tierra y las llenaría de lodo y fango. Ni que unos cuantos vende patrias indultarían desde la sedición hasta el robo de las arcas públicas. Que se amnistiarían los delitos después de jurar todos ellos que no lo harían. Y que, para ello, meterían en el TC a un lacayo sin dignidad y que, finalmente, se arrastrarían por Waterloo para seguir disfrutando de los privilegios del poder. Algo que, por cierto, ya hacían de la forma más sucia y grotesca un mes después de llegar al gobierno cuando los españoles morían a miles cada día durante la pandemia.

          Pensaba esto porque a los escritores actuales parece que les pasa lo mismo que a la sociedad en general: les ha vencido el hastío y el desánimo. Pocos son los comprometidos que se atreven a denunciar que el suelo que pisan se descompone. Hay miedo, mucho miedo y algo de cobardía. No queremos ser señalados, ni etiquetados, ni que la mitad de la gente nos mire mal o incluso, por supuesto, no queremos que nos insulten. Como si algo de todo eso importara. Sin embargo, la mayoría mira para otro lado, o asume con naturalidad esa dramática conclusión de que «son todos iguales». O, en el peor de los casos, no les importa que gobierne la mafia mientras sean los de «su mafia».

          Quedan pocos escritores comprometidos, un pequeño manojo, y ahora se ha ido uno de los más grandes. Uno que no se dejó llevar por la tendencia de tener que escribir lo que todo el mundo escribe, con personajes con el mismo color de pelo violeta que todo el mundo describe, contando las mismas mentiras una y otra vez sobre nuestra historia y, todo ello, para besar el culo de los cuatro papanatas que deciden lo que hay que leer y publicar y lo que no. Quizá por eso cada vez hay menos novelas universales como La ciudad y los perros, mientras las librerías se llenan de libelos de chichinabo que solo interesan a su parroquia, y no más allá de un par de días.   

Los odios y sus cancelaciones

          Vaya por delante que la cancelación de cualquier tipo en una obra artística, desde mi punto de vista, es una práctica peligrosa. La reciente cancelación de El odio, libro de la editorial Anagrama no distribuido, del autor Luisgé Martín, sobre el crimen de José Bretón, es uno de los ejemplos más recientes. Sin embargo, no es el único caso, y marca una tendencia totalitaria de los poseedores de la moral pública, que suelen ser quienes más faltan a la ética y sus virtudes al tiempo que la defienden, eso sí, siempre que les encaje en su sistema de sin valores o propaganda. 

          Habría que distinguir entre una obra de ficción y una de ensayo, divulgación o investigación. En el primer caso la libertad debería ser total. Sin embargo, aunque con más dificultades para acallarlas, no faltan los inquisidores públicos contra ellas. La ficción siempre puede recurrir al recurso de ir disfrazada de nombres y lugares ficticios, aunque referidos a hechos reales, y eso hace más complicado el señalamiento. No obstante, en la historia de la literatura, no ha faltado la miopía suficiente para criticar grandes obras de autores como Truman Capote o Vladimir Nabokov.

          Ver y escuchar contar a un asesino confeso las razones por las que mató a inocentes puede ser un plato de buen gusto para muchas personas, incluso celebrado en medios de comunicación y alabado por el atrevimiento de su autor. Saber las razones que justifican sus asesinatos, y regodearnos con el odio que el asesino destiló para matar puede llegar incluso al cine. De hecho, puede tener tanto éxito que sea materia de telediarios, promociones y hasta contenido de pago para Netflix. Lo acabamos de comprobar no hace mucho con la famosa difusión de No me llame Ternera, del periodista millonario y progresista defensor de la igualdad, Jordi Évole. No he tenido noticias de que hubiera podido ser censurado o cancelado el contenido.

          Con El odio de Luisgé Martin la cosa cambia: para empezar nadie necesita blanquear a José Bretón por razones políticas, al contrario, a diferencia de Josu Ternera, Bretón es un pobre diablo loco y criminal. Usted pensará que Ternera tiene las manos manchadas de la sangre de mujeres y niñas, pero créame, para la inmoral inquisidora eso no importa.  A Ternera, dicen muchos, se le puede entender y sus motivaciones para asesinar ser aireadas a los cuatro vientos. Es un asesino en serie y terrorista, cierto, pero el otro es un asesino machista y parricida. Siempre ha habido clases, y eso marca la diferencia. Es cuestión de oportunidad política.

          Yo sé que estas diferencias son sutiles y complicadas de diferenciar. En la España de hoy le aplaudirán cualquier libelo que ensalce, por ejemplo, los crímenes de la II República como hechos heroicos por muy deleznables que sean. Pero es muy probable que le cancelen una obra alabando los pantanos construidos en la época franquista y le tilden de fascista. Así nos muramos de sed en una sequía. No le dé más vueltas, si Bretón hubiera sido miembro de ETA Luisgé se cubriría de gloria con su libro y ganaría algún premio, y si Ternera fuera carnicero de profesión y asesino parricida, Jordi Évole no le habría sobado la oreja para hacer un documental. Porque Jordi es muy listo, a diferencia de Luisgé, y sabe elegir al asesino que interesa a la Inquisición en cada momento.