La deriva del cine martillo pilón

          En náutica el término «derrota» significa o hace referencia a la trayectoria que sigue la embarcación. No es lo mismo que el rumbo, que no deja de ser la intención de dirigirse a un punto concreto. Tiene esto en la vida un curioso paralelismo. Así como en la mar el abatimiento y las corrientes afectan al rumbo del barco y toca corregir, en la vida hay situaciones que hacen que la corriente nos acabe dejando a la deriva. Sería absurdo echarle la culpa a la masa de agua oceánica, en vez de a la falta de pericia o conocimientos del patrón.

          Pensaba esto porque a cierto cine de una de nuestras vacas sagradas, la masa de público que le impulsó hacia el éxito le ha retirado el apoyo. Como las aguas del mar Rojo que abriera Moisés en el relato bíblico, los pasillos vacíos de las salas de cine para ver el último pestiño de Almodóvar ha escocido en las redes y, particularmente, en la zurda. Y, supongo que al conocido director tampoco le ha hecho gracia tanto vacío de un público que llenaba las salas anexas con millones de espectadores para ver Torrente presidente.

          En un país de gentes sectarias y envidiosas, como lo es el nuestro, una erupción de bilis mediática y bochornosa era de esperar. Sobre todo, de aquellos medios que comparten patrón y mandamás con el cineasta de su cuerda. Y su correspondiente reflejo en los miles de bots en las redes sociales pagados por el jefe, además de los típicos payasos y cantamañanas de siempre. Todos ellos regurgitando los restos de una mala digestión. Los más cafeteros se resisten a creer tanto abandono. No aceptan que el público ya no se trague la misma cantinela que lleva soltando desde hace 40 años; con el mismo cuento contado quinientas veces, pero cada vez peor contado.

          A diferencia de Segura, Almodóvar no ha dudado nunca en mostrarse como activista de quien le paga y financia generosamente con dinero de todos. Situado en cabeza de manifestaciones siempre «contra los otros», contra los que según el propio director no les concede ni el derecho a existir (como dijo en los Premios Goya 2019). Imaginen un próximo gobierno que le diera por no darle a Almodóvar el derecho a existir, y por tanto, tampoco que sus tostones se proyecten en España. Pues ese es el nivel. Con una diferencia, Almodóvar está en el bando de los buenos y los demás en el de los malos. Esa es la parte del relato que el público ya no compra.

          Este tipo de personajes con su mensaje martillo pilón aburren hasta a las ovejas, que sumisas y pastoreadas cada vez son menos en las salas. Quizá por ese motivo, él y los suyos, por seguir con su forma de expresarse, cada vez se muestran más violentos en los comentarios públicos y entrevistas. Cada vez se les nota más el sangrar por la herida del olvido y el abandono de la calle. Ya pocos creen en el mensaje reiterado hasta la saciedad de una gente «progre» sin valores, de unos mal criados a base de montañas de dinero público, y de quien vive y practica exactamente lo contrario de como viven aquellos a los que dice defender. 

 

            

Los afrancesados

          Tras el desastre napoleónico en España (Bailen, 19 de julio de 1808. Los gabachos se rindieron en vez de morir con honor). No sería el único ni el último de los gestos serviles con las tropas enemigas. A mediados del siglo XX en menos de una semana el ejército francés cayó en Las Ardenas ante la invasión alemana y, poco después, Philippe Pétain ya se había puesto al servicio de los nazis con un gobierno títere conocido como régimen de Vichy. Los hechos históricos no son muy condescendientes con el concepto de «colaboracionista» ni, en el caso de algunos compatriotas de entonces, con los «afrancesados».

          En España, durante la «monarquía» de Pepe Botella, que así se conoce a José I Bonaparte el borracho, muchos de los españolitos de entonces que solo aspiraban al bon vivant se afrancesaron para defender de boquilla al invasor. Sin embargo, como es lógico, en 1813 salieron por patas cuando las cosas volvieron a su ser natural en la batalla de Vitoria. Pensaba esto porque hoy, en un mundo globalizado, el colaboracionismo se puede ejercer a distancia y sin necesidad de arriesgar el propio pellejo sobre el terreno. Es, desde esa perspectiva, bastante más despreciable por lo que añade de sevicia y cobardía a partes iguales.

          Aquí,  nuestros actuales afrancesados a distancia han defendido durante décadas a regímenes tan infames y criminales como el de Venezuela o el de Irán. Mientras el mundo contemplaba atónito las ejecuciones masivas de su propia población,  o el robo de elecciones y la censura; las expropiaciones y demás vilezas, algunos traidores patrios hacían de valedores. Incluso conociendo que se trataba de países que encarcelan y torturan a españoles comprometidos con la libertad como en el infame edificio Helicoide de Caracas. Los colaboracionistas nunca hicieron referencia entonces a las Naciones Unidas, al Derecho Internacional o a los Derechos Humanos por esas cuestiones. Más bien miraban para otro lado, cuando no ponían la cuchara.

          Con los recientes acontecimientos internacionales, en los que el derecho internacional se quebranta, sí que escuchará usted a los afrancesados poner el grito en el cielo. No antes, mientras contemplaban impávidos las violaciones, sino ahora, que muchos asesinos en regímenes todavía medievales están siendo atacados. Ahora sí, los colaboracionistas a distancia levantan la voz en platós, en blogs, en la radio y en tele Pedro. Ha sido un simple golpe de corneta del maestro de orquesta y todos a llenarse la boca de Naciones Unidas y a darse golpes de pecho como plañideras. Antes no, ahora sí. Ese eslogan es el verdadero y no el apolillado no a la guerra.

          El relato no puede ser más propio e infame. Como el de muchas de aquellas figuras despreciables del pasado que en muchas ocasiones fueron colgadas en nuestros campos y huertas. Antes no por qué: pues porque no eran sus madres las ejecutadas por un velo; no eran sus hijas las violadas y asesinadas; no eran sus hijos gays los ahorcados; no eran sus propiedades las confiscadas y sus patrimonios los enajenados; no eran sus hermanos los torturados y los exiliados. Ahora sí por qué: pues porque le interesa al puto amo en clave interna. Nada define mejor a un colaboracionista afrancesado que las diatribas diarias del sanchismo y sus huestes. Y su asquerosa cobardía de mercenario de mesa camilla.  

          

Una lana gorda

          Hace unos días, una simpática y agradable concursante del conocido concurso televisivo Pasapalabra, se hizo con el bote millonario. Rosa, como muchos ya saben, una joven hispano argentina con ramalazo gallego se “embolsó” la graciosa cantidad de 2.716.000 euros: una lana gorda. Concursaba Manu contra ella, otro chaval también joven y muy simpático, que durante muchas semanas estuvo a punto de llevárselo, pero que en cualquier caso ha sacado buena tajada gracias a sus habilidades lingüísticas y de conocimientos: 270.600 euros brutos.

          Esas cantidades, tan merecidas como abultadas, no salen de la puerta del plató sin pasar por caja como es obvio. Y, he aquí mi sorpresa, no de que tengan que pagar a Hacienda como todo el mundo, sino del incongruente comentario de Rosa al conocer lo que se lleva. Dijo textualmente: «Estoy contenta con el premio, y no me importa que sea un poquito menos por los impuestos». Reconozco que lo leí recién levantado y con la primera taza de café en la mano, pero me dio la risa floja o, como se suele decir, me entró una suerte de inesperado baile de San Vito.

          La razón de mis convulsiones es que el concurso va de conocimientos generales en los que, además, es imprescindible conocer el significado de muchas palabras y su uso en el contexto en el que se emplean. Por eso, al ver el adverbio de cantidad acentuado en diminutivo como expresión de cosa ínfima se me pusieron los ojos en blanco: «poquito menos». Reconozco que después de recoger el desastre sobre el mantel debido al rociado de café que se me escapó por la boca, pensé en diferentes posibilidades. Una, que realmente Rosa no sea tan lista fuera del rosco y esté muy desinformada. Otra, que su percepción sobre tamaños y cantidades difiera de la del común de los mortales. Y, por pensar mal, que prefiera quedar bien con sus saqueadores públicos no sea que aún le hagan más daño. La cosa le queda así:

  • Premio total: 2.716.000 €.
  • Retención inicial: La productora aplica una retención a cuenta del IRPF del 19%.
  • Impuesto final (IRPF): como ganancia patrimonial no derivada de transmisión, tributa con un tipo marginal del 47% en total tras la declaración de la renta.
  • Neto aproximado: Recibirá alrededor de 1.350.000 € – 1.439.000 €.

          Es decir, un poquito menos que la verdadera ganadora: Marizú Mopongo, que sin saber hacer la O con un canuto ni pronunciar un sustantivo se lleva lo más gordo. Quizá era a eso a lo que se refería con aquello de «un poquito menos». Me llevo un poquito menos que doña Mopongo para sus cosas en el gobierno y la campaña de Andalucia. 

          A mí, como a muchos que pueden permitírselo, me gustaría poder emigrar mientras esta banda continúe en la Moncloa, pero no me lo puedo permitir. Vivir en un país gobernado por una mezcla de bandarras y puteros, y que me quiten más del 50% de lo que gano me parece un atraco: un robo con violencia, por decirlo en fino. Un dinero, que en gran parte se lo llevan crudo para sus golfadas en vez de mantener las infraestructuras. Y para colmo la indecencia de argumentar en el Parlamento, con 47 cadáveres aun calientes, que ellos lo hacen todo bien y no tienen culpa de nada. 

El ocaso de los soles

          El ocaso de los soles quizá nos pase desapercibido. Son tantas las noticias cada semana que nos hemos inmunizado contra toda novedad. Si mañana lunes nos cuentan en la caja tonta que hay dinosaurios en la luna lo normalizaremos enseguida. Después de los anuncios, de hecho, cuatro tontolabas que ayer nos daban lecciones técnicas sobre los apagones nos darán clases magistrales sobre los dinos selenitas. La capacidad actual de tragar con lo que nos echen nos ha convertido en carne vacunada para cualquier cosa. Sin aspavientos, así lluevan ranas con pelo.

          El español medio ya no zapea, solo acude a la jaula donde los suyos le suministran el pienso necesario para alimentar el sesgo de confirmación. Quizá usted no se ha enterado de las últimas novedades caribeñas. En este caso, porque los medios están mirando para otro lado, a saber por orden de quién. Por ejemplo, no se está dando cobertura al hecho de que la armada USA, incluyendo submarinos nucleares y cruceros lanza misiles, ha cruzado el Canal de Panamá. A bordo más de 4.000 tropas de marinaría y asalto ¿Adónde van? Pues parece que a dar una vuelta por las playas venezolanas. Tampoco se comenta que Francia también ha acudido para reforzar la zona y sus intereses en las islas Guadalupe.

          Los norteamericanos han puesto en el punto de mira al cártel de los soles. Una organización narcoterrorista liderada por el gorila que gobierna Venezuela. Se llama de ese modo, en referencia a los soles que llevan en el uniforme los generales de ese país. USA no reconoce la presidencia de Maduro tras el bochornoso robo electoral perpetrado por esa mafia, y apoyado por personajes tan infames como Rodríguez Zapatero o el tal Monedero. Aún hoy, a este lado del Atlantico, hay más gente de la que usted puede pensar que se alinea con esa banda de criminales y la defiende. Yo, personalmente, no creo que sea ya una cuestión de ideología, sino más bien, de insensatez mezclada con pura maldad.

          El escenario ideal sería que los propios venezolanos, incluyendo una rebelión interna del ejército, liquidaran a la mafia. Pero, para ello, hace falta que sientan no la facilidad de enriquecimiento a base de crímenes y robo de libertades sino la presión internacional, incluso armada, capaz de derrocar al villano. Algunos españoles tienen una cierta responsabilidad en esos crímenes. Esto no se debería olvidar por mucho que ahora anden liquidando sus mansiones en Aravaca o escondidos en ratoneras. A esos que bailaban en el escenario con el diablo y sus compinches hay que ponerlos también en manos de la Corte Penal Internacional. 

           

Silencios y memorias

         La Persistencia de la memoria es un conocido cuadro del genial y, no menos excéntrico, Salvador Dalí. En su célebre obra derrite el tiempo y lo desparrama como un engrudo espeso sobre un universo seco de vida, reflejado en uno de los relojes que cuelga de una rama muerta como una piel secándose al sol. Sobre el paisaje yermo los relojes se han agotado, y ya solo marcan unas horas imposibles, aburridos de tanto marcar los destinos de las personas. Yo creo, cada vez que admiro esta genialidad, que Dalí les quitó las pilas para lanzarnos un reto.

          Dice la teoría de la expansión del universo que somos el fruto de una elasticidad infinita. Que nuestro entorno se estira como un chicle que solo Dios es capaz de masticar, y que le gusta hacer pompas o globos que nos explotan a los humanos en las narices por simple diversión. Digamos que para ver de qué manera nos limpiamos las narices y los morros con los restos. Y, así como a Dalí se le derritieron las manecillas de sus pelucos, a nosotros nos toca adivinar si hay algo que podamos hacer con este asunto de pura física.

          Pensaba esto porque últimamente mastico chicle cuando escucho música o aporreo el piano, y entonces me acuerdo de mis clases en el conservatorio, y de que la progresión de una sola nota es infinita, pero ocurre que nuestros oídos embadurnados de goma de mascar son limitados y terminan por dejar de percibir esas ondas que se alejan hasta perderse. Yo las llamaría las asíntotas de Dios. La mano que tiende a tocar el infinito sin llegar nunca a conseguirlo. Sin embargo, hay una diferencia con Dalí: a la música nunca se le acaban las pilas como a los relojes. 

          Estoy medio convencido de haber dado con la trampa o el enigma. O eso creo yo, y se lo propongo a usted, querido lector, para que me lo comente si lo tiene a bien. La música y el Big Bang ocurrieron a la vez. Nacieron juntos y se agarraron de la mano, para que su travesía eterna no se viera nunca interrumpida, ni siquiera en un paisaje desolado o fruto de una sordera como la de Beethoven. Desde entonces, la melodía de la vida se estira en La menor o en Do mayor según llueva o salga el sol.

         Decía el inolvidable Jesús De la Rosa, del grupo Triana, que necesitaba agarrarse a la cola del viento para poder volar. Como hijos del agobio que según él algunos de nosotros somos, necesitamos sentir la experiencia de la vida con voces graves y agudas. Somos rebeldes al silencio a pesar de amantes de la música y, aunque al final, el silencio llega, también tenemos claro que sin los silencios la música no sería posible.

        Un poco de música, maestro que en Gloria estés. 

         https://www.youtube.com/watch?v=MMxqTItQb4c

 

Carnaval de postureos

          Estamos ya en época de carnavales, de esos de los de toda la vida. No el carnaval de postureos desenfrenados de las redes sociales, ese es más reciente, sino el satírico festivo. El carnaval auténtico rezuma talento crítico y su poquito de malababa. Es un reflejo social con pimienta y texturas goyescas. En las letras de las comparsas hablar de un maricón no lleva implícito un delito de odio, un político es un don nadie lameculos que vive de lujo con el dinero de otros y se dice tranquilamente, y la vecina del quinto sigue yendo al bingo y tirándose al mejor amigo de su marido. O sea, un reflejo de lo que todos sabemos, pero hacemos como que no lo vemos.

          Lo que es imposible dejar de ver, a menos que uno retroceda unas cuantas décadas y se olvide del móvil y de las redes sociales, es el carnaval de cotidianos postureos de una peña ávida de asomarse al mundo. A mí, que tengo todas las redes, cada vez me da más pereza aparecer en ellas. Es algo que, aunque con poca frecuencia, me obligo a hacer para anunciar un artículo como este o el lanzamiento de una nueva novela o cosa similar. Y luego, mi editor lo replica o lo recuerda de vez en cuando y algunos amigos me regalan un like o un corazoncito. También me dejan comentarios por aquí abajo algunos días, que siempre agradezco. Salir en video es algo que no me gusta, me resisto, aunque haya colgado alguno muy puntualmente.

          Yo sé que eso es una desventaja si lo que se pretende es tener muchos seguidores que, las más de las veces, tampoco aportan gran cosa. Hay que tener en consideración que no solo le sigue a uno una cohorte de admiradores, ni mucho menos. También se es seguido y, sobre todo seguida, por curiosos y pervertidos, delincuentes y estafadores, ademas de algunos personajillos envidiosos con intención de criticar a escondidas o directamente poner a bajar de un burro a cualquiera entre risas con los colegas.

          Pensaba esto porque me quedo de piedra con la exposición de sus vidas que hacen algunas personas para vender lo que sea que vendan: acabas descubriendo dónde vive el fulano, si se ha operado las tetas la mengana, si ha ido a Turquía a ponerse pelo el que antes era calvo, dónde comen, con quién, qué comen y así hasta el aburrimiento. Algunas personas tienen el síndrome de gran hermano tan interiorizado que no se privan de dar de sí mismos cada detalle insignificante de sus vidas cotidianas. Un exhibicionismo tan incauto como arriesgado. 

          Debería haber una policía de las redes sociales, así del mismo modo que en todos los grupos de wasap hay un tontolaba o una amargada que se encarga de censurar comentarios por vicio, debería haber digo, alguien que le advirtiera a los más expuestos que incluso el ridículo se debe racionar con mesura. Que nadie necesita ver el canalillo de la raja del culo de un gordo agachado recogiendo castañas, ni a la rubia de bote comiéndose un plátano con cara de vicio.  

 

Los regalitos

          Hoy es 1 de diciembre, y toca pensar en los regalitos. Un año más, gracias a Dios o al destino, cada cual que mire para donde mejor le parezca. El caso es que el tema de los regalitos es recurrente por estas fechas del calendario, como lo es el quebradero de cabeza para dar con algo que no sea la corbata, el pijama, o el dispositivo electrónico. Conozco a un amigo que hace más de diez años que no usa corbata y cada Navidad le regalan un par de ellas, puede que como castigo enmascarado.

          Esto de los regalitos hay que currárselo un poco. No vale dejarlo para última hora y luego deprisa y corriendo tirar de algo improvisado. Corre uno el riesgo de que el obsequio acabe, un tiempo después, de vuelta en las propias manos fruto del karma tras haber pasado por varios propietarios que lo fueron a su vez regalando a la menor oportunidad. La teoría de los seis grados de distancia social aplica también a los regalitos, por lo que la soga que se regala imprudentemente podría acabar perfectamente en el propio armario pasadas un par de navidades.

          Pensaba esto porque yo siempre lo pongo fácil a mis allegados, les pido que me regalen libros. Pero no solo eso, sino que para evitar que se devanen la cabeza sobre mis preferencias, o acerca de si las últimas novedades ya las he leído, les hago una lista de obras candidatas. Así de simple. Tiene la ventaja de que aunque al final me acabe cayendo el pijama de turno, prenda que nunca uso, viene con el añadido de algunos de los libros que me alegran las fiestas.

          Un libro, entiendo yo, es mucho más que un regalo. Lo pienso así porque no se trata solo de un objeto. Piense en un pañuelo, un perfume, unos zapatos o una lata de sardinas, por poner unos ejemplos: no son más que objetos. Un libro, sin embargo, es el envoltorio de un mundo lleno de experiencias, de personajes que aún no conocemos, de lugares, sabores, sentimientos, conocimiento que no tenemos y que está allí dentro. Detrás de las cubiertas que hacen de papel de regalo, hay un universo a la espera de ser descubierto.

          Quien te regala un libro te quiere bien, de eso estoy seguro. No es algo que te suela regalar un cuñado, y eso ya debería ser una pista importante acerca de lo que digo. Es también un gesto elegante, el de alguien que ha pensado en ti y en lo que te puede interesar saber. Por eso, queridos lectores, plantéense regalar un libro estas navidades. Es fácil. Aquí les dejo una opción muy interesante:

El eslabón de Chihuahua

           

           

Círculo de Lectores

          Trajinaba yo en el verano del 82 entre un curso de bachillerato y el siguiente tratando de embolsarme algunas pesetas. Tenía edad legal para trabajar, aunque creo recordar que en aquella época las leyes laborales eran mucho más laxas que ahora. La tasa de paro de aquel año según la EPA era del 16% en general, y casi del 50% en menores de 20 años. Más o menos, la misma que ahora 40 años después si descontamos los trucos del almendruco.

          Ya fuera cosa del destino o de vaya usted a saber, supe de un anuncio en el que buscaban vendedores para el Círculo de Lectores y allí que me encajé. Logré el puesto sin contrato, lógicamente, y a comisión por conseguir nuevos socios para aquella revista de la que cada mes había que comprar un libro o un disco, o quizá dos, si no recuerdo mal. Suscribirse costaba 200 pesetas, y yo el primer mes cobré de comisiones 8.000 pesetas. Es decir, que tuve éxito, y enganché a un montón de gente para aquella empresa.

          Muchas de las familias, de barrios humildes, que se encontraban con un chaval de 17 años en la puerta, de verborrea facilonga y descaro sin cuento, me miraban desconcertadas. Algunas madres me señalaban varios churumbeles que se arremolinaban agarrados a sus piernas moqueando, y me decían que a ver cómo se las apañaba ese día para hacerles el bocata. Eran tiempos muy duros, en una España todavía con niveles de desarrollo alejados del resto de países de una Europa en la que todavía no habíamos ingresado.

          Yo me debía a mi trabajo y quizá por eso, ignorando las necesidades que me señalaban los posibles clientes, les hacía ver que leer era la mejor inversión para sus hijos. No mentía. Aunque mi argumento como es lógico era interesado y, casi seguro, inoportuno. Vi muchas veces como algunos padres y madres rebuscaban en cajones las monedas o renunciaban entre gestos de resignación a la litrona de ese día. Yo me llevaba mi contrato. No me arrepiento. Hoy sé, aunque no lo vea, que he llenado de libros muchas casas humildes de Sevilla. 

          Leer en aquellos años era casi la única diversión posible, además de escuchar música o fabricar niños. Hoy, la oferta de ocio es tan abrumadora que leer solo es una opción entre plataformas digitales, cientos de canales de música, podcast, porno en internet y bulos en cascada. Quizá por ese motivo no nacen apenas niños, en pocas casas hay ya una biblioteca junto a una chimenea para las horas de lectura, y nos tragamos como si fueran pipas los programas basura de chismes e indignidades sin cuento. Sé que muchos de aquellos libros siguen existiendo, y que muchos de aquellos niños y niñas que vieron entrar libros en sus casas hoy se acuerdan de ello. Lo sé, porque algunas hoy mujeres lectoras me lo han contado, las vueltas que da la vida. A todas ellas, mi gratitud con afecto. 

Malotes y malotas

          A mí, personalmente, con lo que me ha llovido encima me la soplan en fila de a dos los malotes y las malotas. Sin embargo, aunque solo sea por una cuestión de higiene mental, no puedo dejar de opinar sobre la insistencia de las modas entre los guionistas e inventores de historias. Una forma de operar que no es nueva, ni mucho menos, pero que satura hasta peligrosos niveles de hartazgo y que, quizá, no sea tan inofensiva como una simple canción.

          Nos hemos comido ya un par de millones de libros, pelis, chupi docus y demás acerca de la mujer maltratada y luego empoderada, super talento, genia donde las haya que escapa de las garras del machista malo malísimo, cabrón, abusador, borracho y perdedor y de todo lo peor y por su orden. Así, de manera genérica y sin distingos. Y…, ahora que la marea amaina, toca subir a los cielos a los narcos y las narcas. No sé si como ejemplo para los bachilleres que no tienen claro qué estudiar, o por simple sevicia de las productoras. 

          No hay canal que no tenga entre sus series favoritas unas cuantas sobre delincuencia organizada y criminales. Hasta aquí todo sería normal, son situaciones habituales, por desgracia, en el mundo en el que vivimos. Pero eso sí, presentados como ganadores. Los narcos y narcas de las series son guapos y guapas, viven en mansiones maravillosas y asisten a fiestas lujosas, y se enamoran y chingan como perros y perras en sitios maravillosos. Tienen incluso su descendencia que llevan a coles privados de élite junto con los hijos de los gobernantes progres, y hacen dieta sana y vegana. Son, por así decir, un ejemplo de vida a seguir.

         Se contrapone a ese modelo idílico el policía greñudo o con pinta guarra de no dormir y no afeitarse, fumador y bebedor, por lo general separado por su culpa, obviamente, y con problemas familiares por no pagar la pensión. Además, como es lógico, tiene la amenaza sobre su cabeza de perder la placa por hacer algo inconstitucional para detener a los malotes y malotas. A todos nos queda claro que no es un tipo (siempre hombre) que sea de fiar.

          Este patrón, que se repite ad nauseam, se deja muchos pelos en la gatera. Y lo que es peor, no se hace en su relato el menor cuestionamiento a los cuquis narcos y las cuquis narcas. Casi, doy por sentado, que viendo una de estas repetitivas series dan ganas de no estudiar una carrera universitaria. ¡Ojo! Que yo soy de los que defiende la libertad de argumento en la ficción, pero lo que no tengo tan claro es que los empresarios que compran y distribuyen la misma mierda una y otra vez estén haciendo bien su trabajo, por una simple razón: vista una, vistas todas. 

¿Te concentras?

          Concentrado es un término que acabará aplicándose tan solo a las pastillas de caldo de pollo, de carne o de verduras. Yo no las uso en la cocina, porque tengo entendido que básicamente son un trozo de sal con colorantes y productos químicos para dar sabor. Eso no me mola nada. A mí el concentrado que me gusta es el que se reduce a fuego lento.

          Pasa lo mismo con las actividades culturales, entre ellas la lectura pero no solo, el concentrado auténtico tiende a desaparecer porque los paladares intelectuales queman los contenidos cada 7 segundos: el tiempo medio que dedican las nuevas generaciones a cada video en Tistó, como dicen en mi pueblo a esa red social donde los chinos se están haciendo con los datos de todo quisque para luego pasarlos por la picadora y hacer dinero.

          Pensaba esto porque ayer tuve la suerte de conocer el maravilloso Museo de las Letras en la localidad de El Pedroso, en la sierra de Sevilla, donde una amiga que trabaja en ese lugar, Carmen Pili, nos enseñó a un grupo de lectoras de El Club de Lectura Sevilla y a un servidor, las maravillas histórico culturales (réplicas), que allí se encuentran. Echaba ella de menos, y con toda razón, que no asistan más colegios de primaria y secundaria a conocer ese templo de letras.

          Debe ser que los profes de hoy asumen que la cultura se consume en pastillas concentradas de caldo de contenidos dudosos, cuando no directamente escupibles. Quizá por ese motivo los chavales nada más saborear unos segundos el engrudo enlatado en la pantalla lo regurgitan dando paso al siguiente, acaso más vomitivo que el anterior. Deberíamos reflexionar en el modo en el que atrofiamos la papila neuronal de las nuevas generaciones.

          Por suerte, tras la visita pudimos degustar unas salsas concentradas como las de antes, como se escriben y se leen los libros, a fuego lento. Con conversaciones amenas, con pensamientos elaborados, de esos que hacen que la compañía como la de ayer, se vuelva tan gustosa como un buen plato o una obra bien escrita y leída. Cosas que perduran en la memoria.