El burka invisible

          El burka invisible es ese que hoy llevan algunas personas desde los colegios electorales a los platós de televisión. Está fabricado con una fina tela de propaganda y no es transpirable. Este, como el otro más visible e infame que todos conocemos, también permite enfocar la mirada en una sola dirección frontal: la que se le ha impuesto a sus portadoras a base de dádivas y polarización inoculada sin límite con dinero público. Tanto, que hay quien llega a justificar el oscuro y denigrante estigma de lona negra que pasean algunas mujeres por las calles de nuestro país. Venidas aquí, por cierto, a mostrar su esclavitud a ojos de nuestra libertad.

           Al principio, supongo yo, les debe resultar extraño vivir en un entorno cerrado y de ambiente tan cargado. Uno de esos en los que se da por sentado que tanto el sol como el cielo son visibles solo desde la escotilla. Siempre desde el mismo ángulo; con los mismos colores; desde el mismo rincón y con la mirada fija en el desconchón del muro de la pared de enfrente. Un mundo monocolor y monocorde, en el que con perseverancia y a ritmo de latigazo te van marcando el paso de neurona para que no te salgas de la fila. El horizonte se achica cada día, y el efecto túnel en la visión se convierte en la única amplitud de miras posible. Lo imagino asfixiante como el tugurio de un rastafari.

          Lo comparo con la situación de aquellas personas secuestradas que sufren el Síndrome de Estocolmo. La víctima experimenta una regresión emocional, sintiéndose dependiente del captor para sobrevivir. Esto suele generar desconfianza hacia las autoridades policiales o de rescate o, en el caso que nos ocupa, aversión ante las diferentes opciones de organización de una sociedad que se derrumba bajo los pies. Es, por otro lado, el mecanismo tipo de las sectas tóxicas: capturan la voluntad del individuo hasta despersonalizarlo y convertirlo en el apóstol ciego de cualquier disparate.

        En febrero de 2005 se estrenó la película El hundimiento. El argumento muestra una Alemania de 1945, en la que mientras la ciudad arde sobre sus cabezas, Hitler y su ministro de Propaganda, Josef Goebbels (Ulrich Matthes) siguen esperando una victoria final. Hitler ordena a lo que queda de su ejército que regrese a Berlín. Sus generales no sólo no contravienen sus órdenes, sino que hacen todo lo posible por cumplirlas. Hitler dice a Albert Speer (Heino Ferch), ministro de Armamento y consejero personal suyo, que, una vez Alemania haya ganado la guerra, el bombardeo de las ciudades facilitaría la recogida de los escombros y el comienzo de la reconstrucción. Speer, sin embargo, le pide que abandone la capital para salvarse a sí mismo, a la ciudad y a sus habitantes de la destrucción. Hitler le responde que o gana o afrontará su derrota, y si es así lo que ocurre ordena a Speer que destruya toda Alemania y que no deje al enemigo más que tierra quemada.

          Muy pocos de los que se aprovecharon de la situación mientras duró fueron capaces de desprenderse de la capa que les había proporcionado cobijo envenenado a cambio de connivencia. Ello significaría, tanto en 1945 como en 2026, y en cualquier país del mundo, reconocer errores y complicidades. Quizá también ambiciones y comportamientos reprobables, cada cual a su nivel. Incluso puede que la necesidad de lavarse las manos untadas con la grasa de las chistorras y pegajosas del polvo blanco de los días felices. Y, luego está el pueblo y el ciudadano de a pie, ese que caminaba en la fila con el burka invisible sobre su cuerpo, que se resiste a reconocer su participación y cambiar de opinión por la verguenza que sienten sin decirlo de haber sido miserablemente engañados. 

           

            

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