Los churchillitos

Discursos de Churchill en tono de humor actual por los churchillitos del día a día.

          Alguien tendría que hacer una serie para Netflix o similar y titularla «Los Churchillitos». Otra opción sería que Santiago Segura lo acabe valorando después del éxito arrollador de Torrente presidente, y se aventure con una nueva película de esas que inundan las salas de público. Los Churchilitos creo que puede tener cierto gancho como título y, como todo el mundo intuye, hace referencia en diminutivo al gran político que fue el británico Winston Spencer Churchill (1874-1965). Un personaje cuya larga biografía es tan extensa y fructífera como las cosechas de champán que se bebió a modo de conservante para llegar a los 91 años. Cuentan las malas lenguas que su incineración duró varios días…

          Churchill, como se le nombra coloquialmente, agigantó su figura en los tiempos más oscuros de la Europa del siglo XX ante la amenaza del nazismo. Tras la postura pusilánime de un iluso Neville Chamberlain (1869-1940), que creyó aplacar a la bestia alemana con papel y pluma de ganso, Churchill se posicionó en el lado complicado de la Historia. El tiempo, muy poco después, demostraría que tenía razón. Para entonces, se vivía una época en la que la radio era el vehículo por excelencia de la comunicación política. Y lo que el británico pudo ofrecer, según locutó para todo el país en uno de sus famosos discursos, fue sangre, sudor y lágrimas. Una de sus conocidas frases. No fue la única, ni mucho menos.

          Churchill pasó a la Historia (con mayúsculas), y ahí sigue, como vivo ejemplo de liderazgo en tiempos difíciles. Lo ejerció con una visión decimonónica de la guerra y sirviéndose de sus derrotas pasadas como la sufrida en Galipoli, pero sobre todo, con un magistral uso del lenguaje y la retórica. Quizá, una de sus arengas más conocidas es la que todos hemos escuchado y en la que repite al principio de cada frase las mismas tres icónicas palabras: we shall fight. Seguro que ya lo recuerda… lucharemos en las calles, lucharemos en las colinas, lucharemos en el mar… Pues bien, no es que le faltaran recursos lingüísticos y por eso se repetía tanto, que va, esa fórmula se llama anáfora retórica. Se usa, básicamente, para dar fuerza al discurso. Es obvio decir que es pertinente en situaciones como aquella, donde la nación se jugaba su supervivencia ante la amenaza de una guerra total. locución de Churchill

          Pensaba esto porque cada vez es más frecuente escuchar el mismo recurso por la radio o la tele en boca del que hasta hace unos meses era el frutero del pueblo, o regentaba el quiosco de la calle del Percebe y ahora se ha metido a político. Pero no solo eso, sino que en un alarde de erudición, estos personajes suelen combinar la anáfora con el uso del pleonasmo. Que es algo, dicho sea de paso, que a don Winston se le pasó por alto, por lo que fuera. El resultado queda con frecuencia a medio camino entre el galimatías sin sentido y el monólogo del Club de la comedia, y que me perdonen los de esa casa que a veces son geniales. En fin, es como si de pequeños les hubieran lobotomizado el neocórtex con una cucharilla de postre.

          El otro día escuchaba una cháchara de un indignado con no sé bien qué elecciones autonómicas que decía algo como: frente a estos retrocesos de derechos nos tendrán luchando en la puerta de Mercadona, frente a este retroceso que trae una mayoría de votantes ignorantes nos comeremos una centolla, frente a este retroceso de no se qué partido malo malísimo nos tiraremos a la piscina haciendo la bomba. Y remataba con un amenazante alarde de pleonasmos encadenados: entraremos dentro de donde haga falta y saldremos fuera, subiremos arriba y si no están bajaremos abajo. Completando así el manejo experto de las figuras del lenguaje en modo churchillito.

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