Invivible

          Invivible es un adjetivo poco utilizado, quizá también por indeseado dado el significado semántico: un lugar inhóspito y desagradable, uno en el que es difícil la convivencia pacífica. Por ello, como animales sociales que somos, nos hemos procurado modos de convivencia que eviten que nuestros países y sociedades se conviertan en invivibles. Hemos pasado de la selva en la que cada cual se procuraba su modus vivendi, a un modelo en el que la solidaridad junto al mérito y el esfuerzo construyen sociedades mejores y más justas. Al modelo le llamamos social democracia liberal o democracia y Estado de derecho, de forma genérica y para entendernos. 

          La manera más efectiva de volver a la selva es socavar y violentar las reglas comunes, y pueden creerme que hay un buen abanico de maneras de conseguirlo. Como es obvio, la más rápida es no respetar las reglas del juego o, dicho en términos lúdicos, si no gano yo se rompe la baraja. Conocí de chaval al típico niño de corte gilipollas en el patio del colegio, aquel que si no tiraba el penalti o ganaba su equipo cogía el balón y salía corriendo para que nadie jugara. Hoy muchos de esos niños tienen mi edad y han educado a sus hijos en ese modelo de conducta: no aceptes las reglas si no te benefician. Un modelo suicida para la convivencia. 

          Ustedes imaginen una sociedad que dé por bueno atracar bancos, y que compre el relato de que no se hace por codicia, sino por necesidad de dinero para comer. O que admita el contrabando de joyas, no por nada en especial, sino porque se pueden considerar un regalo, no mames güey. O que el tráfico de influencias solo es eso, un poco de tráfico. O que como decía esta semana una parlamentaria en España la política de vivienda se resume en ponerle un piso a una puta en la Plaza de España con el dinero de todos. Lo invivible toma en ocasiones tintes de insufrible y el caldo de cultivo de la rebelión ya solo necesita el mechero del pirómano.

          Invivible es que te invadan el territorio con una cantidad de invasores equivalente a casi la población completa que vive en sus casas. Que tu gobierno te abandone a tu suerte, y que luego, temiendo las consecuencias en las urnas o, quizá la inevitable necesidad de elecciones, monte una operación de distracción total. Solo ha necesitado una consigna, otro Excálibur el perro del Ébola, y un mechero para encender la mecha. Invivible es decir que se está en democracia y no aceptar lo que se vota en el Parlamento por mayoría, cuando a ese Parlamento se han llevado y aprobado infamias y traiciones sin cuento.

          Estamos en la situación del tonto del patio con su pelota. Arrinconado y encorajinado dando patadas y dentelladas a todo el que se acerca. Gritando a sus cuatro amigos que vengan a ayudarlo contra los malvados compañeros que quieren seguir jugando con las reglas que todos conocemos, pero que ellos ganan y eso es inaceptable. El tonto del patio es un personaje patético e inane de niño, pero ahora imaginen a ese tonto el día de mañana como director del colegio, y el quilombo que es capaz de montar hasta hacer el juego invivible. Pues así está el patio, queridos amigos. Invivible no por el alquiler de la pelota, sino porque la tiene el más tonto. 

 

Triana eterna

          Ayer nos amanecimos con la triste noticia de la muerte del último miembro de Triana el grupo de rock andaluz que, cincuenta años después de su fundación, sigue siendo eterno. Eduardo Rodríguez Rodway tenía 81 años, y finalmente se reunía con su querido Jesús de la Rosa fallecido en 1983 con tan solo 34 años y su amigo Tele fallecido en 2002. Si bien en el grupo participaron otros músicos de forma eventual, el trío que hizo famosa y exitosa a la banda desaparece por completo este 2026 con la muerte de Eduardo.

          Un grupo sevillano al que el éxito no le llegó de golpe como en otros casos, el propio Eduardo en una entrevista hace unos años reconocía que de su disco El patio se vendieron 19 copias en el lanzamiento. No fue hasta el tercer disco cuando la varita mágica de la fortuna los visitó. Entonces llegaron los discos de platino, los escenarios llenos, la televisión, los conciertos por toda España y, finalmente, la tragedia en la carretera como ocurrió con tantos otros artistas de la época. Unas carreteras de los años 70 que hoy volvemos a padecer en muchos puntos del país gracias a que progresamos. 

          La magia de Triana la ponía Jesús de la Rosa, por eso tras su fallecimiento la banda desapareció como era conocida originalmente. Tele intentó relanzarla por su cuenta con otros músicos y de ello vivió hasta su muerte, pero no sin polémica y, desde luego, sin la repercusión de Triana. Eduardo fue generoso con esa decisión que como él mismo manifestó en muchas ocasiones le resultó dolorosa por parte de su amigo Tele, el famoso batería flamencón.

          Cincuenta años después sigo escuchando Triana con frecuencia, sobre todo en el coche, y me parece injusto el poco reconocimiento posterior que los españoles le dimos a la banda. A nivel internacional, aún menos. Si Jesús de la Rosa hubiera nacido en Liverpool en vez de en Sevilla hoy sería recordado al nivel que lo es John Lennon, no me cabe la menor duda. Sus letras son dignas de poemarios y han sido adaptadas en multitud de ocasiones.

          A mí, con la muerte de Eduardo, me viene a la mente lo aleatoria que es la vida. Lo difícil e inexplicable que resulta que el duende de la inmortalidad te acompañe o no, y que pases al olvido. Triana murió en 1983 con Jesús de la Rosa, ayer falleció su último componente que tuvo una vida larga y no precisamente exitosa, pero en nuestro recuerdo y el de muchas generaciones perdurará su música. 

Intriga y crimen

          Este viernes 18 de septiembre se celebró en el Ateneo de Sevilla el acto inaugural del Club Literario de Intriga y Crimen. Una iniciativa de Nina Vélez-Troya Anquela, periodista y escritora. La anfitriona, hija del referente de la investigación privada en España, recordó los inicios de la detectivesca en nuestro país. Y el papel de su padre, Eugenio Vélez-Troya, criminólogo y detective pionero de la profesión en España fallecido en 2007. En su memoria nace este proyecto gracias al legado que dejó.

          El acto giró en torno a tres verdades: la verdad buscada, la verdad probada y la verdad narrada. Siempre dentro del ámbito del detective privado, es decir, en el ejercicio de aquellas investigaciones que las FCSE no suelen realizar, por lo general, al tratarse de delitos privados o semipúblicos y carecer de medios eficientes para atender la enorme demanda actual. Pero, sobre todo, se trató de poner en contexto la profesión frente a la idea nada precisa que la población en general tiene a través de las películas true crime y de la literatura.

          El detective en España y en el ámbito europeo es un investigador muy alejado de los clichés clásicos. Baste mencionar que la representación femenina es amplísima, que la edad más común se sitúa quizá en el rango de 30 a 40 años y que una gran mayoría, ademas de haber cursado los 3 años de carrera en investigación privada dispone de grado o licenciatura universitaria. Abundan los graduados en Derecho y en Criminología. La labor principal es la obtención de pruebas que serán la base de los posteriores juicios en los tribunales. Verdades buscadas y probadas.

          Para esta labor el detective no asalta la vivienda de nadie ni le echa carne envenenada al perro, no roba documentación de los cajones, no soborna a policías corruptos y tampoco lleva gabardina ni una lupa ni fuma en pipa. Además, hace décadas que no persigue cuernos porque la infidelidad no tiene ningún valor jurídico. Tampoco investiga delitos perseguibles de oficio: asesinatos, secuestros, robos de bancos o narcotráfico. Estas ideas proceden del detective americano que nada tiene que ver con la profesión en España, y que se asemejaría más a la figura española del policía tipo Villarejo.

          Ignoro si los escritores a través de la literatura, algunos de ellos detectives como es mi caso, somos capaces de trasladar la imagen real de la profesión y elevarla al nivel que merece. Profesionales muy cualificados, en particular las nuevas generaciones, expertos en delitos cibernéticos y en ciberseguridad que emplean IA, que manejan con soltura técnicas de OSINT (investigaciones en fuentes abiertas) y audiovisuales o vuelo con drones. Investigadores capaces de realizar seguimientos y localizaciones por tierra, mar y aire. La verdad narrada es el tercer objetivo en definitiva. Contada de forma que no solo sea ilustrativa para el público en general sino que, sobre todo, resulte verídica y entretenida. 

El paraíso fascinante

Cada verano disfruto teniendo noticias por la tele del paraíso fascinante que mis compatriotas, durante el tiempo que lo sigan siendo, disfrutan en agosto. Menciono este mes porque, como todo el mundo sabe, es el del asueto por excelencia. Para acceder al paraíso fascinante es necesario viajar fuera de nuestras fronteras mientras sigan siendo las que son y, si es posible, a lugares muy poco desarrollados y primitivos. Ese tipo de sitios donde cagan en el campo solo desplazando el taparrabos, sin agua corriente y donde te ponen la gallina en la olla con el pellejo y la cabeza completa con su cresta colorada y todo.

Según parece y cuentan, lo primero que a uno le sorprende de esos paraísos fascinantes es la cantidad de mosquitos hijoputas que hay en armonía con la naturaleza. Han adquirido un tamaño y una mala leche que, obviamente, la sociedad occidental no habría permitido con su ceguera exterminadora. Son pequeños inconvenientes que, a mis compatriotas ungidos del espíritu de Magallanes, se les pasa con un poco de ungüento tópico. Puede que aliviando el inconveniente cenando una imitación de pizza con tropezones sin una filiación identificable, que es la gran contribución de la cocina italiana al mundo nómada y trashumante.

Me dicen, por otro lado, que lo realmente enriquecedor no es tirarse en la playa llena de piedras y agujeros por donde asoman las cabezas de los cangrejos, ni tampoco bañarse en un manto de sargazo, sino el trabajo de campo. Un poco de antropología, para entendernos y entender a los demás en esos territorios ignotos. La increíble experiencia sobrenatural de beberse el agua tibia de un coco, que no es comparable para nada con esa mala costumbre de la cerveza fría del chiringuito español. O lo eficaz que es el ron natural, sin ningún tipo de control sanitario, para perder peso mediante el lavado de estómago.

Con todo, las caras más alucinadas de mis viajeros favoritos se dan en los mercados. Esa sorpresa al descubrir lo rico que está ese pollo rebozado en alguna cosa hirviendo, probablemente aceite de maíz o de coco, con harina de color pardo. Todo ello les abre los ojos a un universo desconocido, lleno de maravillas ambulantes que les hace sentirse como en otro mundo. ¡Qué poco sabemos de la vida! Se dicen a sí mismos comprensivos y magnánimos pensando en los pelanas que nos quedamos en Matalascañas.

Pensaba esto, porque ahora que acaba agosto, te los encuentras ya de vuelta en la barriada. Con los rostros bermellones llenos de cremas para quemaduras de segundo grado, y unos habones en piernas y brazos como judías de La Granja. El rostro entre cansado y preocupado. Y es que son mortíferas las largas horas de espera en aeropuertos y esos vuelos eternos en turista, encogidos y apretados como mejillones en conserva. Y para colmo, de frente asoma la cuesta de septiembre con las tarjetas hasta arriba de gastos, y la cuenta corriente con menos fondo que una lata de anchoas.

Mi vecino el presidente

          Mi vecino el presidente de la comunidad del piso de la playa se toma muy en serio su cometido. El año que le tocó por turno presidir la convivencia de los cien inmuebles que formamos el pequeño mundo vecinal, consiguió que le apoyaran la mitad de los propietarios para cambiar los estatutos. Yo me abstuve, entre otras cosas, porque para un mes al año que paso en la vivienda tampoco es que me vaya en ello la vida o la hacienda. Me limito a pagar las cuotas, a aprobar las cuentas sin leerlas, y cuando hay alguna derrama a comprobar que en efecto se realizan las mejoras propuestas.

          Mi vecino el presidente lleva más de un lustro en el puesto. Gracias a unos cambios realizados en un nuevo estatuto vecinal. Se aprobó por mayoría que no habría más correturnos, sino que se elegiría presidente cada cinco años o más. Y volvió a salir elegido, y votado por los mismos que aprobaron las anteriores modificaciones. Hay un grupo que se ha hecho cargo de la gestión porque pasan casi todo el año en la playa, supongo que porque dos de ellos están jubilados, uno es liberado de un sindicato, otro asegura tener una incapacidad permanente y los dos restantes alternan trabajos temporales con contratos fijos discontinuos. El caso es que no viven mal. Van a la playa, juegan al pádel y montan timbas de dominó entre jarras de cervezas.

          Cada año, a los que venimos una vez al mes, nos toca revisar unas cuentas que son cada vez más opacas. No hay quien entienda las facturas de reparaciones que se han disparado no solo en importe sino también en la cantidad de cosas que se estropean y hay que arreglar. No nos gusta que se haga de aquella manera, es decir, sin IVA, y simplemente con un garabato en una servilleta de bar o en un impreso de la taberna de Jorge el cuñado del presidente. Según ellos seis, es lo más barato y efectivo para no tener que pagar tantos impuestos a la Hacienda pública.

          Este año ha habido en la reunión gritos y conatos de peleas, pues un abogado ha empezado a poner en duda la gestión. Faltan justificantes de gastos y por si fuera poco el presidente y sus acólitos aseguran haber realizado trabajos profesionales por los que han estado cobrando unas cantidades mensuales que nadie ha acordado. Hay unos trabajos de obras que nadie sabe dónde se han llevado a cabo, y mejoras de jardinería que no son apreciables por ninguna parte en las zonas comunes. En definitiva, mucho más gasto y nada apreciable a cambio.

          Mi mujer se ha encontrado hace poco con la esposa del presidente. Estaba radiante de alegría por cómo le ha quedado un nuevo baño de diseño, ya que ha reformado el antiguo. Se lo ha dicho mientras un equipo de jardineros y diseñadores ambientales entraba en su parcela. Al quedar la puerta abierta ha saludado al presidente, que, junto con el equipo de gestión, echaba una partida de mus entre mucha espuma de cerveza y risas alegres. Yo, por mi parte, no necesito ver más telediarios este verano, para qué, si las noticias las veo en directo.  

          

Sobre las certezas

          Tuve noticia de la certeza de mi muerte el día que nací. Apenas reposado sobre el vientre de mi madre, aún sin cortar el cordón de sangre del que me alimentó durante nueve meses. Allí estaba su sonrisa dolorida, y nuestra primera mirada como anticipo de que no hay flor que dure dos primaveras. Recuerdo que, muchos años después, cuando me incliné sobre el ataúd para besar su rostro frío por última vez, tuve la certeza de que ella ya no habitaba aquel cuerpo que me dio cobijo. Fue entonces, cuando me supe definitivamente desahuciado, aunque ya hacía muchos años que habitaba el alquiler de mi propia existencia.

          Pienso sobre dónde habitarán todas esas vidas alternativas que no he vivido porque elegí vivir la que tengo. Fantaseo acerca de cómo irán por allí las cosas, en esos otros mundos a los que di la espalda, o me la dieron a mí pero que, aún así, son historias que continuaron su rumbo como una sombra que no renuncia a desvanecerse. En algún lugar, al otro lado de nuestra realidad, habitan los que nunca pasaron de las tramoyas al escenario. Personajes condenados a una vida de ensayos a la espera de un estreno imposible. Sé que viven allí, sin nosotros. En ese otro camino que no cogimos. Los trabajos que no hicimos, los viajes que quedaron pendientes; los hijos que no tuvimos. Nada de lo que existe en nuestro pensamiento es vacuo, porque solo por el hecho de pensarlo ya lo creamos.

          Decía un conocido filósofo que cada día iluminamos mil vidas con nuestras decisiones: las que elegimos son las que podemos tocar, y las otras 999 que desechamos solo las sentimos, pero que al haberlas pensado ya nunca desaparecen. Como seres materiales nos vemos obligados a las cadenas de una sola elección, pero atados para siempre, a todas esas otras existencias que nos acompañan hasta el fin de nuestros días. Esa es, y no otra, la certeza de sentir lo que somos: reos de nuestras múltiples realidades e infinitas casualidades y decisiones, pero protagonistas de un solo papel como actores principales. 

          Yo creo que con la evolución de la especie nos hemos acostumbrado a sabernos presentes y ausentes a la vez porque, después de todo, el único aliento que existe es el que respiramos a cada instante. Lo de ayer no volverá a ocurrir jamás, y lo de mañana es un ilusionismo que nunca termina de materializarse. Nadie vive en el ayer ni en el mañana. Yo soy un poco terraplanista en esto, porque estoy convencido de que el tiempo no existe. En realidad, es solo una ilusión de nuestro cerebro para poder explicar una presencia inasible,  porque no se puede agarrar en ningún instante concreto. El tiempo es solo un pacto con nosotros mismos, un premio de consolación.

          La única certeza que tuvo el gran filósofo griego fue que no sabía nada. Aunque bien mirado nos hizo un poco de trampas: reconocer que no se sabe nada es, simple y llanamente, saberlo todo. Tuve noticia de la certeza de mi muerte el día que nací, pero fue muchos años después cuando mi madre me contó que, en realidad, por unos minutos creyeron que había nacido muerto. Me negaba a respirar y no quería romper en llanto. Quizá, le aclaré, era porque justo en ese momento meditaba sobre qué decisión tomar: si salir al escenario con todo lo que ello conlleva, o quedarme tras la cortina entre sonrisas de cartón piedra, telares desparramados por el aburrimiento y habitar el atrezo de una vida postiza.  

           

La gasolinera trampa

          La gasolinera trampa es una en la que yo he caído en varias ocasiones. Se sabe cuándo se entra pero no cuándo se podrá salir ni en qué condiciones psicológicas. Todo depende de una combinación de azares y personajes que, en algunos casos, me temo que viven en ellas enredados entre las estanterías, atrapados por los donuts y las latas de aceite para los coches. Se trata de individuos que un fatídico día entraron a por algo y desde entonces no encuentran la salida ni un motivo para volver a sus quehaceres. 

          De vez en cuando, y aquí está la trampa, uno de esos zombies andantes se acerca a la caja porque recuerda que ha repostado en algún momento. Además, ha decidido que quiere varias zarandajas adicionales: un paquete de chicle, una barra de pan, un rasca de la ONCE y que le pongan un cortado con la leche templada y sacarina en vaso de cristal pero tipo caña. Cosas todas ellas, que la única persona que atiende la caja debe hacer mientras una fila de incrédulos clientes va creciendo.

          Lo primero que hace quien atiende el negocio es poner a calentar la leche en la máquina, convirtiendo la tienda en una pista de pruebas de motores a reacción. Luego, sale corriendo hacia la caja, porque una serie de nuevos conductores aprietan todos los botones de todos los surtidores haciendo sonar varias alarmas a la vez. Consigue aplacar el pio pio y se dispone a cobrar el combustible de nuestro amigo que, ahora, no recuerda muy bien el número de surtidor y tiene que salir a comprobarlo entre miradas poco amistosas. Mientras tanto, la leche ha hervido hasta la evaporación y la cajera ha marcado el resto de productos del colega. Varios de ellos a mano, porque el lector no pilla el código de barras.

          El número 6 le anuncia en voz alta, pero el 6 no puede ser porque alguien está repostando ahora en el 6. Así que mirando por la ventana, a duras penas entre ambos, identifican la columna correcta que es la 7. La cola de gente ya da la vuelta a la manzana. ¿Cómo va a pagar? Con Waylet contesta tranquilamente. Una vez hecho el cargo, recuerda que con Waylet sólo quiere pagar el combustible y el resto en metálico. Nuevo abono, nuevo cargo y 27 euros de chucherías, pero he ahí que recuerda disponer de unos tickets descuento en la app de la marca. La abre pero no sabe buscarlos. La compungida cajera suda la gota gorda, ayuda pasando pantalla tras pantalla, mientras los murmullos de protesta comienzan a ser evidentes. Resulta que los tickets descuento los había gastado la vez anterior. En metálico no tiene 27 euros, así que debe soltar algo que le cuadre para usar los 23,50 disponibles.

          A estas alturas, quien padece de la tensión y no ha tomado el Enalapril de esa mañana está a punto de fibrilar o de cometer un homicidio en un arranque de ira. Comienzan a escucharse desde atrás incluso algún insulto en plan este tío es gilipollas, y cosas por el estilo. La guinda la pone cuando ya todo el mundo pensaba que se iba por dónde había llegado y entonces dice: necesito factura, te doy los datos mientras me tomo el café, y se tienen que sujetar unos clientes a otros para no ajusticiarlo allí mismo. 

          

Viajar es para siempre

          Este verano de 2022 se ha convertido en un éxodo global de personas de todo el mundo. Conocemos la causa de semejantes movimientos de población de un lado para otro: las vacaciones de verano. Sin embargo, desconozco las motivaciones que derivan en un desenfreno tan insólito por abandonar el lugar de residencia habitual. No lo entiendo, a menos, que cada uno de nosotros haya recibido el anuncio secreto de una próxima calamidad cercana a nuestras casas.

         Han terminado, o eso parece, los dos años de pandemia, y ha sido como levantar la piedra que cubre el hormiguero o cimbrar la rama sobre la que reposa el avispero. Un despertar de locos, típico de los toques de alarma de incendio en plena hora punta, o de las sirenas de bombardeos aéreos en tiempos de guerra. Un rebote continuo de nuestra mente en la esfera de esa brújula interna que siempre anda buscando nuestro destino.  

          Yo creo que, además de los virus, los seres humanos estamos viviendo continuas mutaciones internas, quizá como efecto secundario de los incesantes requiebros víricos, más propios de transformistas de escenarios que de material genético. Y es como si por efecto imitación hubiéramos decidido volver a la trashumancia y, quién sabe, si nos veremos abocados a una nueva vida nómada.

          El ser humano prevalece gracias a la imaginación y la innovación desde el principio de los tiempos. Cuando han faltado las embarcaciones para navegar hemos tenido a Moisés para abrir las aguas del Mar Rojo, cuando los controladores aéreos se pusieron en huelga lo arreglaron los militares y, ahora que la inflación y la guerra amenaza nuestros recursos, hemos decidido tirarlos por la ventana antes de que se los coma otra enfermedad social o planetaria.

          Movernos de un lado para otro es lo único que hemos hecho siempre, se mire como se mire. Desde que nacemos y, quién sabe, quizá incluso después de muertos, lo único que hagamos sea viajar de un estado a otro. Transformarnos. Nuestra verdadera esencia y razón de ser es la de no permanecer demasiado tiempo en un mismo sitio, ni atados a ninguna forma de vida que no signifique lo que nos aporta el sentirnos libres.      

Huele a verano

          Dicen que los seres humanos al nacer identificamos a nuestra madre gracias al olfato. Cuando aun no nos alcanza para realizar identificaciones basadas en el entendimiento o la experiencia, usamos este sentido para conectar con quien nos ha dado la vida y nos ha puesto en este mundo. No lo pongo en duda, de hecho, lo doy por cierto.

          Muchos hemos creído durante largo tiempo, al menos es mi caso, que el paladar es el sentido que nos conecta con los placeres de la vida: con aquello que comemos y bebemos y que tanta necesidad vital representa para las personas y tan buenos momentos nos aporta, además de alguna desagradable sorpresa. Sin embargo, sin el olfato poco disfrutaríamos por muy exquisitos manjares que nos sirvieran.

          Una buena parte de los placeres que hoy me puedo permitir se deben a muchos de mis recuerdos retenidos por el olfato. La mayoría de ellos están anclados en mi memoria gracias a esas sensaciones. Ahora, cuando llega el verano, a poco que haga un mínimo de esfuerzo puedo revivir estíos de mi juventud. Sobre todo, porque puedo traer aquel olor a sal y a mar perfumado por los pinares y naranjos de la costa de Huelva.

          Los veranos huelen a agua salada, a aceite de coco, a levadura de cerveza, al humo del carbón de las barbacoas y huelen a sardinas asadas. Huelen a ilusiones tempranas y amoríos pasajeros, y huelen a desilusiones y desencuentros. Pero, sobre todo, huelen a energía y ganas de vivir cada momento bañados por el sol y acariciados por la brisa cálida al anochecer.

          Aun puedo sentir a mi madre a través del recuerdo de su olor. Recuerdo, sobre todo, como olían sus alegrías y sus tristezas, su esfuerzo y sus escasos triunfos y recompensas. Recuerdo que alguna vez me llevó de la mano en alguna playa ya lejana. Y recuerdo que mañana hará 93 años que ella, si viviera, recordaría aquel verano en que pudo oler a su madre por primera vez.   

           

         

Un mundo pequeñito

          Que existe un mundo pequeñito no es solo cuestión de tiempo y de que nuestra memoria lo vaya encogiendo. A veces, ocurre que el cerebro humano realiza algunos apaños que ni siquiera imaginamos, entre ellos: hacer que ciertos lugares en los que vivimos en el pasado parezcan mucho más grandes de lo que son, idealizar vivencias, eliminarlas, o servirnos determinadas experiencias en el menú diario.

           Quién no ha regresado alguna vez al colegio en el que hizo los estudios de primaria, a la casa del pueblo en la que pasó su infancia, o a la plaza del barrio en la que tantas horas jugó con la pandilla para descubrir, que, esos espacios han encogido y se han hecho pequeñitos. Que el callejón oscuro que tanto miedo daba, en realidad es un estrecho pasillo donde hoy solo hay unos contenedores de reciclaje. Que aquella mansión abandonada y medio devorada por la vegetación, en realidad, no debía ser tan grande porque ahora apenas hay un par de adosados sin jardín.

          El mundo pequeñito en el que vivimos en el pasado, a veces, crece con nosotros. Se resiste a quedar en el lugar que le corresponde mientras nosotros aumentamos el tamaño de las vivencias conforme el tiempo las diluye, como si los relojes del genial Salvador Dalí estiraran con sus manecillas nuestras imágenes para hacerlas, como su pintura, persistentes e inmunes al paso del tiempo.

          Alguna vez he regresado a lugares de mi infancia y juventud y he sentido una inquietante sensación de estar siendo timado por mi propia memoria. Casi todo es más rancio y fuera de lugar de lo que recordaba, casi nada cuadra en tamaño o posición con mis sueños idealizados. Y es entonces cuando comprendo lo que ocurre: necesitamos hacer de nuestra historia de vida un lugar bonito en el que vivir.