Invivible es un adjetivo poco utilizado, quizá también por indeseado dado el significado semántico: un lugar inhóspito y desagradable, uno en el que es difícil la convivencia pacífica. Por ello, como animales sociales que somos, nos hemos procurado modos de convivencia que eviten que nuestros países y sociedades se conviertan en invivibles. Hemos pasado de la selva en la que cada cual se procuraba su modus vivendi, a un modelo en el que la solidaridad junto al mérito y el esfuerzo construyen sociedades mejores y más justas. Al modelo le llamamos social democracia liberal o democracia y Estado de derecho, de forma genérica y para entendernos.
La manera más efectiva de volver a la selva es socavar y violentar las reglas comunes, y pueden creerme que hay un buen abanico de maneras de conseguirlo. Como es obvio, la más rápida es no respetar las reglas del juego o, dicho en términos lúdicos, si no gano yo se rompe la baraja. Conocí de chaval al típico niño de corte gilipollas en el patio del colegio, aquel que si no tiraba el penalti o ganaba su equipo cogía el balón y salía corriendo para que nadie jugara. Hoy muchos de esos niños tienen mi edad y han educado a sus hijos en ese modelo de conducta: no aceptes las reglas si no te benefician. Un modelo suicida para la convivencia.
Ustedes imaginen una sociedad que dé por bueno atracar bancos, y que compre el relato de que no se hace por codicia, sino por necesidad de dinero para comer. O que admita el contrabando de joyas, no por nada en especial, sino porque se pueden considerar un regalo, no mames güey. O que el tráfico de influencias solo es eso, un poco de tráfico. O que como decía esta semana una parlamentaria en España la política de vivienda se resume en ponerle un piso a una puta en la Plaza de España con el dinero de todos. Lo invivible toma en ocasiones tintes de insufrible y el caldo de cultivo de la rebelión ya solo necesita el mechero del pirómano.
Invivible es que te invadan el territorio con una cantidad de invasores equivalente a casi la población completa que vive en sus casas. Que tu gobierno te abandone a tu suerte, y que luego, temiendo las consecuencias en las urnas o, quizá la inevitable necesidad de elecciones, monte una operación de distracción total. Solo ha necesitado una consigna, otro Excálibur el perro del Ébola, y un mechero para encender la mecha. Invivible es decir que se está en democracia y no aceptar lo que se vota en el Parlamento por mayoría, cuando a ese Parlamento se han llevado y aprobado infamias y traiciones sin cuento.
Estamos en la situación del tonto del patio con su pelota. Arrinconado y encorajinado dando patadas y dentelladas a todo el que se acerca. Gritando a sus cuatro amigos que vengan a ayudarlo contra los malvados compañeros que quieren seguir jugando con las reglas que todos conocemos, pero que ellos ganan y eso es inaceptable. El tonto del patio es un personaje patético e inane de niño, pero ahora imaginen a ese tonto el día de mañana como director del colegio, y el quilombo que es capaz de montar hasta hacer el juego invivible. Pues así está el patio, queridos amigos. Invivible no por el alquiler de la pelota, sino porque la tiene el más tonto.

