El paraíso fascinante

Cada verano disfruto teniendo noticias por la tele del paraíso fascinante que mis compatriotas, durante el tiempo que lo sigan siendo, disfrutan en agosto. Menciono este mes porque, como todo el mundo sabe, es el del asueto por excelencia. Para acceder al paraíso fascinante es necesario viajar fuera de nuestras fronteras mientras sigan siendo las que son y, si es posible, a lugares muy poco desarrollados y primitivos. Ese tipo de sitios donde cagan en el campo solo desplazando el taparrabos, sin agua corriente y donde te ponen la gallina en la olla con el pellejo y la cabeza completa con su cresta colorada y todo.

Según parece y cuentan, lo primero que a uno le sorprende de esos paraísos fascinantes es la cantidad de mosquitos hijoputas que hay en armonía con la naturaleza. Han adquirido un tamaño y una mala leche que, obviamente, la sociedad occidental no habría permitido con su ceguera exterminadora. Son pequeños inconvenientes que, a mis compatriotas ungidos del espíritu de Magallanes, se les pasa con un poco de ungüento tópico. Puede que aliviando el inconveniente cenando una imitación de pizza con tropezones sin una filiación identificable, que es la gran contribución de la cocina italiana al mundo nómada y trashumante.

Me dicen, por otro lado, que lo realmente enriquecedor no es tirarse en la playa llena de piedras y agujeros por donde asoman las cabezas de los cangrejos, ni tampoco bañarse en un manto de sargazo, sino el trabajo de campo. Un poco de antropología, para entendernos y entender a los demás en esos territorios ignotos. La increíble experiencia sobrenatural de beberse el agua tibia de un coco, que no es comparable para nada con esa mala costumbre de la cerveza fría del chiringuito español. O lo eficaz que es el ron natural, sin ningún tipo de control sanitario, para perder peso mediante el lavado de estómago.

Con todo, las caras más alucinadas de mis viajeros favoritos se dan en los mercados. Esa sorpresa al descubrir lo rico que está ese pollo rebozado en alguna cosa hirviendo, probablemente aceite de maíz o de coco, con harina de color pardo. Todo ello les abre los ojos a un universo desconocido, lleno de maravillas ambulantes que les hace sentirse como en otro mundo. ¡Qué poco sabemos de la vida! Se dicen a sí mismos comprensivos y magnánimos pensando en los pelanas que nos quedamos en Matalascañas.

Pensaba esto, porque ahora que acaba agosto, te los encuentras ya de vuelta en la barriada. Con los rostros bermellones llenos de cremas para quemaduras de segundo grado, y unos habones en piernas y brazos como judías de La Granja. El rostro entre cansado y preocupado. Y es que son mortíferas las largas horas de espera en aeropuertos y esos vuelos eternos en turista, encogidos y apretados como mejillones en conserva. Y para colmo, de frente asoma la cuesta de septiembre con las tarjetas hasta arriba de gastos, y la cuenta corriente con menos fondo que una lata de anchoas.

Mi vecino el presidente

          Mi vecino el presidente de la comunidad del piso de la playa se toma muy en serio su cometido. El año que le tocó por turno presidir la convivencia de los cien inmuebles que formamos el pequeño mundo vecinal, consiguió que le apoyaran la mitad de los propietarios para cambiar los estatutos. Yo me abstuve, entre otras cosas, porque para un mes al año que paso en la vivienda tampoco es que me vaya en ello la vida o la hacienda. Me limito a pagar las cuotas, a aprobar las cuentas sin leerlas, y cuando hay alguna derrama a comprobar que en efecto se realizan las mejoras propuestas.

          Mi vecino el presidente lleva más de un lustro en el puesto. Gracias a unos cambios realizados en un nuevo estatuto vecinal. Se aprobó por mayoría que no habría más correturnos, sino que se elegiría presidente cada cinco años o más. Y volvió a salir elegido, y votado por los mismos que aprobaron las anteriores modificaciones. Hay un grupo que se ha hecho cargo de la gestión porque pasan casi todo el año en la playa, supongo que porque dos de ellos están jubilados, uno es liberado de un sindicato, otro asegura tener una incapacidad permanente y los dos restantes alternan trabajos temporales con contratos fijos discontinuos. El caso es que no viven mal. Van a la playa, juegan al pádel y montan timbas de dominó entre jarras de cervezas.

          Cada año, a los que venimos una vez al mes, nos toca revisar unas cuentas que son cada vez más opacas. No hay quien entienda las facturas de reparaciones que se han disparado no solo en importe sino también en la cantidad de cosas que se estropean y hay que arreglar. No nos gusta que se haga de aquella manera, es decir, sin IVA, y simplemente con un garabato en una servilleta de bar o en un impreso de la taberna de Jorge el cuñado del presidente. Según ellos seis, es lo más barato y efectivo para no tener que pagar tantos impuestos a la Hacienda pública.

          Este año ha habido en la reunión gritos y conatos de peleas, pues un abogado ha empezado a poner en duda la gestión. Faltan justificantes de gastos y por si fuera poco el presidente y sus acólitos aseguran haber realizado trabajos profesionales por los que han estado cobrando unas cantidades mensuales que nadie ha acordado. Hay unos trabajos de obras que nadie sabe dónde se han llevado a cabo, y mejoras de jardinería que no son apreciables por ninguna parte en las zonas comunes. En definitiva, mucho más gasto y nada apreciable a cambio.

          Mi mujer se ha encontrado hace poco con la esposa del presidente. Estaba radiante de alegría por cómo le ha quedado un nuevo baño de diseño, ya que ha reformado el antiguo. Se lo ha dicho mientras un equipo de jardineros y diseñadores ambientales entraba en su parcela. Al quedar la puerta abierta ha saludado al presidente, que, junto con el equipo de gestión, echaba una partida de mus entre mucha espuma de cerveza y risas alegres. Yo, por mi parte, no necesito ver más telediarios este verano, para qué, si las noticias las veo en directo.  

          

Sobre las certezas

          Tuve noticia de la certeza de mi muerte el día que nací. Apenas reposado sobre el vientre de mi madre, aún sin cortar el cordón de sangre del que me alimentó durante nueve meses. Allí estaba su sonrisa dolorida, y nuestra primera mirada como anticipo de que no hay flor que dure dos primaveras. Recuerdo que, muchos años después, cuando me incliné sobre el ataúd para besar su rostro frío por última vez, tuve la certeza de que ella ya no habitaba aquel cuerpo que me dio cobijo. Fue entonces, cuando me supe definitivamente desahuciado, aunque ya hacía muchos años que habitaba el alquiler de mi propia existencia.

          Pienso sobre dónde habitarán todas esas vidas alternativas que no he vivido porque elegí vivir la que tengo. Fantaseo acerca de cómo irán por allí las cosas, en esos otros mundos a los que di la espalda, o me la dieron a mí pero que, aún así, son historias que continuaron su rumbo como una sombra que no renuncia a desvanecerse. En algún lugar, al otro lado de nuestra realidad, habitan los que nunca pasaron de las tramoyas al escenario. Personajes condenados a una vida de ensayos a la espera de un estreno imposible. Sé que viven allí, sin nosotros. En ese otro camino que no cogimos. Los trabajos que no hicimos, los viajes que quedaron pendientes; los hijos que no tuvimos. Nada de lo que existe en nuestro pensamiento es vacuo, porque solo por el hecho de pensarlo ya lo creamos.

          Decía un conocido filósofo que cada día iluminamos mil vidas con nuestras decisiones: las que elegimos son las que podemos tocar, y las otras 999 que desechamos solo las sentimos, pero que al haberlas pensado ya nunca desaparecen. Como seres materiales nos vemos obligados a las cadenas de una sola elección, pero atados para siempre, a todas esas otras existencias que nos acompañan hasta el fin de nuestros días. Esa es, y no otra, la certeza de sentir lo que somos: reos de nuestras múltiples realidades e infinitas casualidades y decisiones, pero protagonistas de un solo papel como actores principales. 

          Yo creo que con la evolución de la especie nos hemos acostumbrado a sabernos presentes y ausentes a la vez porque, después de todo, el único aliento que existe es el que respiramos a cada instante. Lo de ayer no volverá a ocurrir jamás, y lo de mañana es un ilusionismo que nunca termina de materializarse. Nadie vive en el ayer ni en el mañana. Yo soy un poco terraplanista en esto, porque estoy convencido de que el tiempo no existe. En realidad, es solo una ilusión de nuestro cerebro para poder explicar una presencia inasible,  porque no se puede agarrar en ningún instante concreto. El tiempo es solo un pacto con nosotros mismos, un premio de consolación.

          La única certeza que tuvo el gran filósofo griego fue que no sabía nada. Aunque bien mirado nos hizo un poco de trampas: reconocer que no se sabe nada es, simple y llanamente, saberlo todo. Tuve noticia de la certeza de mi muerte el día que nací, pero fue muchos años después cuando mi madre me contó que, en realidad, por unos minutos creyeron que había nacido muerto. Me negaba a respirar y no quería romper en llanto. Quizá, le aclaré, era porque justo en ese momento meditaba sobre qué decisión tomar: si salir al escenario con todo lo que ello conlleva, o quedarme tras la cortina entre sonrisas de cartón piedra, telares desparramados por el aburrimiento y habitar el atrezo de una vida postiza.  

           

La gasolinera trampa

          La gasolinera trampa es una en la que yo he caído en varias ocasiones. Se sabe cuándo se entra pero no cuándo se podrá salir ni en qué condiciones psicológicas. Todo depende de una combinación de azares y personajes que, en algunos casos, me temo que viven en ellas enredados entre las estanterías, atrapados por los donuts y las latas de aceite para los coches. Se trata de individuos que un fatídico día entraron a por algo y desde entonces no encuentran la salida ni un motivo para volver a sus quehaceres. 

          De vez en cuando, y aquí está la trampa, uno de esos zombies andantes se acerca a la caja porque recuerda que ha repostado en algún momento. Además, ha decidido que quiere varias zarandajas adicionales: un paquete de chicle, una barra de pan, un rasca de la ONCE y que le pongan un cortado con la leche templada y sacarina en vaso de cristal pero tipo caña. Cosas todas ellas, que la única persona que atiende la caja debe hacer mientras una fila de incrédulos clientes va creciendo.

          Lo primero que hace quien atiende el negocio es poner a calentar la leche en la máquina, convirtiendo la tienda en una pista de pruebas de motores a reacción. Luego, sale corriendo hacia la caja, porque una serie de nuevos conductores aprietan todos los botones de todos los surtidores haciendo sonar varias alarmas a la vez. Consigue aplacar el pio pio y se dispone a cobrar el combustible de nuestro amigo que, ahora, no recuerda muy bien el número de surtidor y tiene que salir a comprobarlo entre miradas poco amistosas. Mientras tanto, la leche ha hervido hasta la evaporación y la cajera ha marcado el resto de productos del colega. Varios de ellos a mano, porque el lector no pilla el código de barras.

          El número 6 le anuncia en voz alta, pero el 6 no puede ser porque alguien está repostando ahora en el 6. Así que mirando por la ventana, a duras penas entre ambos, identifican la columna correcta que es la 7. La cola de gente ya da la vuelta a la manzana. ¿Cómo va a pagar? Con Waylet contesta tranquilamente. Una vez hecho el cargo, recuerda que con Waylet sólo quiere pagar el combustible y el resto en metálico. Nuevo abono, nuevo cargo y 27 euros de chucherías, pero he ahí que recuerda disponer de unos tickets descuento en la app de la marca. La abre pero no sabe buscarlos. La compungida cajera suda la gota gorda, ayuda pasando pantalla tras pantalla, mientras los murmullos de protesta comienzan a ser evidentes. Resulta que los tickets descuento los había gastado la vez anterior. En metálico no tiene 27 euros, así que debe soltar algo que le cuadre para usar los 23,50 disponibles.

          A estas alturas, quien padece de la tensión y no ha tomado el Enalapril de esa mañana está a punto de fibrilar o de cometer un homicidio en un arranque de ira. Comienzan a escucharse desde atrás incluso algún insulto en plan este tío es gilipollas, y cosas por el estilo. La guinda la pone cuando ya todo el mundo pensaba que se iba por dónde había llegado y entonces dice: necesito factura, te doy los datos mientras me tomo el café, y se tienen que sujetar unos clientes a otros para no ajusticiarlo allí mismo. 

          

Viajar es para siempre

          Este verano de 2022 se ha convertido en un éxodo global de personas de todo el mundo. Conocemos la causa de semejantes movimientos de población de un lado para otro: las vacaciones de verano. Sin embargo, desconozco las motivaciones que derivan en un desenfreno tan insólito por abandonar el lugar de residencia habitual. No lo entiendo, a menos, que cada uno de nosotros haya recibido el anuncio secreto de una próxima calamidad cercana a nuestras casas.

         Han terminado, o eso parece, los dos años de pandemia, y ha sido como levantar la piedra que cubre el hormiguero o cimbrar la rama sobre la que reposa el avispero. Un despertar de locos, típico de los toques de alarma de incendio en plena hora punta, o de las sirenas de bombardeos aéreos en tiempos de guerra. Un rebote continuo de nuestra mente en la esfera de esa brújula interna que siempre anda buscando nuestro destino.  

          Yo creo que, además de los virus, los seres humanos estamos viviendo continuas mutaciones internas, quizá como efecto secundario de los incesantes requiebros víricos, más propios de transformistas de escenarios que de material genético. Y es como si por efecto imitación hubiéramos decidido volver a la trashumancia y, quién sabe, si nos veremos abocados a una nueva vida nómada.

          El ser humano prevalece gracias a la imaginación y la innovación desde el principio de los tiempos. Cuando han faltado las embarcaciones para navegar hemos tenido a Moisés para abrir las aguas del Mar Rojo, cuando los controladores aéreos se pusieron en huelga lo arreglaron los militares y, ahora que la inflación y la guerra amenaza nuestros recursos, hemos decidido tirarlos por la ventana antes de que se los coma otra enfermedad social o planetaria.

          Movernos de un lado para otro es lo único que hemos hecho siempre, se mire como se mire. Desde que nacemos y, quién sabe, quizá incluso después de muertos, lo único que hagamos sea viajar de un estado a otro. Transformarnos. Nuestra verdadera esencia y razón de ser es la de no permanecer demasiado tiempo en un mismo sitio, ni atados a ninguna forma de vida que no signifique lo que nos aporta el sentirnos libres.      

Huele a verano

          Dicen que los seres humanos al nacer identificamos a nuestra madre gracias al olfato. Cuando aun no nos alcanza para realizar identificaciones basadas en el entendimiento o la experiencia, usamos este sentido para conectar con quien nos ha dado la vida y nos ha puesto en este mundo. No lo pongo en duda, de hecho, lo doy por cierto.

          Muchos hemos creído durante largo tiempo, al menos es mi caso, que el paladar es el sentido que nos conecta con los placeres de la vida: con aquello que comemos y bebemos y que tanta necesidad vital representa para las personas y tan buenos momentos nos aporta, además de alguna desagradable sorpresa. Sin embargo, sin el olfato poco disfrutaríamos por muy exquisitos manjares que nos sirvieran.

          Una buena parte de los placeres que hoy me puedo permitir se deben a muchos de mis recuerdos retenidos por el olfato. La mayoría de ellos están anclados en mi memoria gracias a esas sensaciones. Ahora, cuando llega el verano, a poco que haga un mínimo de esfuerzo puedo revivir estíos de mi juventud. Sobre todo, porque puedo traer aquel olor a sal y a mar perfumado por los pinares y naranjos de la costa de Huelva.

          Los veranos huelen a agua salada, a aceite de coco, a levadura de cerveza, al humo del carbón de las barbacoas y huelen a sardinas asadas. Huelen a ilusiones tempranas y amoríos pasajeros, y huelen a desilusiones y desencuentros. Pero, sobre todo, huelen a energía y ganas de vivir cada momento bañados por el sol y acariciados por la brisa cálida al anochecer.

          Aun puedo sentir a mi madre a través del recuerdo de su olor. Recuerdo, sobre todo, como olían sus alegrías y sus tristezas, su esfuerzo y sus escasos triunfos y recompensas. Recuerdo que alguna vez me llevó de la mano en alguna playa ya lejana. Y recuerdo que mañana hará 93 años que ella, si viviera, recordaría aquel verano en que pudo oler a su madre por primera vez.   

           

         

Un mundo pequeñito

          Que existe un mundo pequeñito no es solo cuestión de tiempo y de que nuestra memoria lo vaya encogiendo. A veces, ocurre que el cerebro humano realiza algunos apaños que ni siquiera imaginamos, entre ellos: hacer que ciertos lugares en los que vivimos en el pasado parezcan mucho más grandes de lo que son, idealizar vivencias, eliminarlas, o servirnos determinadas experiencias en el menú diario.

           Quién no ha regresado alguna vez al colegio en el que hizo los estudios de primaria, a la casa del pueblo en la que pasó su infancia, o a la plaza del barrio en la que tantas horas jugó con la pandilla para descubrir, que, esos espacios han encogido y se han hecho pequeñitos. Que el callejón oscuro que tanto miedo daba, en realidad es un estrecho pasillo donde hoy solo hay unos contenedores de reciclaje. Que aquella mansión abandonada y medio devorada por la vegetación, en realidad, no debía ser tan grande porque ahora apenas hay un par de adosados sin jardín.

          El mundo pequeñito en el que vivimos en el pasado, a veces, crece con nosotros. Se resiste a quedar en el lugar que le corresponde mientras nosotros aumentamos el tamaño de las vivencias conforme el tiempo las diluye, como si los relojes del genial Salvador Dalí estiraran con sus manecillas nuestras imágenes para hacerlas, como su pintura, persistentes e inmunes al paso del tiempo.

          Alguna vez he regresado a lugares de mi infancia y juventud y he sentido una inquietante sensación de estar siendo timado por mi propia memoria. Casi todo es más rancio y fuera de lugar de lo que recordaba, casi nada cuadra en tamaño o posición con mis sueños idealizados. Y es entonces cuando comprendo lo que ocurre: necesitamos hacer de nuestra historia de vida un lugar bonito en el que vivir. 

   

          

Las ferias

          Las ferias, en plural, es una señal que delata de inmediato al que pronuncia la frasesita. El diagnóstico es claro: este no es de Sevilla. Es más, casi con toda probabilidad es de Madriz (con zeta). Puede que esta primera señal pase despercibida. Y la metedura de gamba quede suelta en el aire, pero lo cierto es que suele venir acompañada, a poco que pasen unos minutos, de otras imperdonables píldoras como asegurar que se estuvo en la noche del pescadito.

          Es complicado hacer ver a los foráneos que en Sevilla no freímos a Nemo ni a Dory para comérnoslos el lunes de feria, ahora los sábados, y que por eso lo que echamos en la sartén, ahora freidora, es pescaíto y no pececitos. Mucho me temo, que algún niño habrá soportado injustas pesadillas en las que su acuario de colorines se convertía en una especie de holocausto gastronómico.

          Otra perla gloriosa es aquella que pasa por hablar de lo bonito que son los trajes de faralaes. Recuerdo que la primera vez que lo oí, miré hacia el alumbrado  público pensando que hablaba de la luz y no del típico traje de gitana, o incluso de flamenca. Pero, eso sí, pocos deslices suenan tan desconcertantes como llamar tierra al albero, desconociendo su origen y consistencia y comparándolo con ese polvo de los caminos rurales que seca gargantas y ensucia los cuellos de las camisas.

          La feria de Sevilla tiene un origen humilde y mercantil, como casi todas las ferias. Que a lo largo de los años fue derivando en una fiesta de conmemoración, celebración, y así, poco a poco, si uno quiere puede llegar hasta el desmadre. Sin embargo, lo cierto es que se trata de unas celebraciones señoriales, en las que inevitablemente y de forma democrática tampoco falta el macarreo conforme avanza la noche y el alcohol.

          Como sevillano metido en años, confieso que lo he pasado muy bien en la Feria de Sevilla, incluso tuve el privilegio de conocerla cuando se montaba en el Paseo del Prado, allá por los años 70. Y luego la disfruté a tope en su nueva ubicación en los 80. Confieso que hace bastantes años que no bajo a Sevilla por pereza, sobre todo para entrar y salir del recinto ferial, que en ocasiones puede llevar alguna que otra hora. En mí sí tengo recuerdos inolvidables, de lo mucho que disfruté en las ferias (aquí sí toca plural) de mi juventud.

 

            

Madrid «Grease»

     Pues eso, que como estaba previsto, el viernes asistí al musical «Grease» en el  Nuevo Teatro Alcalá. Vayan por delante los titulares: sesión de las 17 horas, gente hasta la bandera y cartel de no hay entradas. Público de todas las edades a partir de los 18 años. Mascarillas obligatorias pero sin distancia social posible en el teatro, ni en la calle, ni en el aparcamiento, ni en bares ni terrazas. La ciudad de Madrid de siempre. Grande, llena, luminosa y vibrante de actividad.  

          A mí me gusta tomar el pulso a esta gran capital y comprobar, una y otra vez, que vuelve a ser una de las más punteras de Europa. Hay que tener en consideración que el puente de octubre desaloja a millones de residentes que se van al pueblo, al mar o la montaña y que ceden el espacio a los millones de visitantes que llegan de todas partes de España y del extranjero: las gallinas que salen por las que entran.

          Confieso que me emocionan los ambientes del teatro y los musicales; los pasillos que conducen a las butacas en las plateas y los anfiteatros con su halo de misterio tras las puertas y las cortinillas; los mostradores de los guardarropas y el estratégico ambigú durante los descansos. La experiencia es, en sí misma, una performance. Un escenario dentro de otro escenario, que como las famosas muñequitas rusas –Matrioskas– van desvelando un mundo envuelto en capas de cebolla.

          No estuvieron John Travolta ni Olivia Newton John, por suerte para ellos, porque dudo que hubieran aguantado el nivel de energía, ganas y fuerza que desplegaron sus interpretes 43 años después del estreno de Grease en 1978. Más de 25-30 artistas en el escenario, según necesidades del guión, desplegaron una coreografía espectacular e interpretaron canciones conocidas en todo el mundo. Un regalo para vivir aquellas sensaciones de quienes, como yo, en los años 70 del siglo pasado, éramos adolescentes.

          Me llevo el buen sabor de boca de que hay una generación de jóvenes con una energía impresionante y muchas ganas. Montar un espectáculo como el que he visto este viernes lleva mucho trabajo. Meses y meses de esfuerzos y ensayos, de cansancio, de concentración y de ilusión. Espero que los aplausos con todo el teatro en pie les sirvan para recargar las energías, compensar el esfuerzo y ayudarles a crecer.    

Pasa, septiembre espera.

          «El final del verano llegó y tú partirás…» Seguro que los más talluditos  recuerdan la famosa letra del éxito del Dúo Dinámico de 1963, Amor de verano. Y para aquellos que la memoria no les alcance, quédense con el dato de que son los mismos que compusieron ese tema que tristemente se hizo famoso, otra vez, el año pasado debido a la pandemia: «Resistiré». Traigo a colación ambas canciones porque, coincidencias de la vida, se acaba el verano y llega la vuelta al cole o adonde sea que nos toque ir a cada cual.   

          Aterrizar en septiembre nunca ha sido tarea fácil. Cuando se está en la edad escolar es como un pequeño exilio de la seguridad de la casa; supone la pérdida de la libertad de andar en alpargatas, o descalzos a todas horas y despertar cuando el sol hace insoportable seguir en la cama; o la renuncia obligatoria a los juegos hasta la medianoche mientras los padres, reunidos en la terraza con vecinos y amigos, se refrescan y embriagan en conversaciones cada vez más aturulladas y contrapuestas. Y, claro es, también conlleva la vuelta a las caminatas con petates a la espalda.

          Cuando se es padre o madre primerizos es tiempo de estrés y con frecuencia de ajustes en el presupuesto. Toca comprar libros, pagar matrículas, ropa para el curso o uniformes; conocer a los nuevos profesores, inscribir a los niños en las actividades extraescolares; ji ja ja con los papás de los alumnos que son los nuevos compis de los niños;  que si dame tu wasap para el grupo y así todo el mes: tirando de ahorros y de tarjetas para sortear la carrera de obstáculos. 

          A mi me hubiera gustado vivir una vuelta al cole como la de Danny Zuko, y haberme reencontrado con Sandy Olsson en el instituto Rydell. Ignoro si hoy la perspectiva de género permitiría que la pandilla de la protagonista se llamara «Las damas de rosa», o por el contrario se consideraría un estereotipo del heteropatriarcado y la dominación machista, en cualquier caso, a mi el color me hubiera dado lo mismo, y llegado el momento propicio incluso me hubiera puesto morado.     

           Ahora, como no tengo que llevar niños al cole, ni saltar vallas sociales con sonrisas de cartulina, ni me espera ninguna profesora motivada para explicarme como se han distribuido los horarios de las clases con perspectiva de género, aprovecharé para ver el musical Grease, en el nuevo Teatro Alcalá. Solo espero, que los 40 años que han pasado no hayan derribado el encanto de los muros de aquel instituto californiano, ni se haya cedido a la tentación de edulcorar los diálogos de la época para ofrecer una versión censurada con perspectiva ideológica. Ya les contaré.