Mi vecino el presidente

          Mi vecino el presidente de la comunidad del piso de la playa se toma muy en serio su cometido. El año que le tocó por turno presidir la convivencia de los cien inmuebles que formamos el pequeño mundo vecinal, consiguió que le apoyaran la mitad de los propietarios para cambiar los estatutos. Yo me abstuve, entre otras cosas, porque para un mes al año que paso en la vivienda tampoco es que me vaya en ello la vida o la hacienda. Me limito a pagar las cuotas, a aprobar las cuentas sin leerlas, y cuando hay alguna derrama a comprobar que en efecto se realizan las mejoras propuestas.

          Mi vecino el presidente lleva más de un lustro en el puesto. Gracias a unos cambios realizados en un nuevo estatuto vecinal. Se aprobó por mayoría que no habría más correturnos, sino que se elegiría presidente cada cinco años o más. Y volvió a salir elegido, y votado por los mismos que aprobaron las anteriores modificaciones. Hay un grupo que se ha hecho cargo de la gestión porque pasan casi todo el año en la playa, supongo que porque dos de ellos están jubilados, uno es liberado de un sindicato, otro asegura tener una incapacidad permanente y los dos restantes alternan trabajos temporales con contratos fijos discontinuos. El caso es que no viven mal. Van a la playa, juegan al pádel y montan timbas de dominó entre jarras de cervezas.

          Cada año, a los que venimos una vez al mes, nos toca revisar unas cuentas que son cada vez más opacas. No hay quien entienda las facturas de reparaciones que se han disparado no solo en importe sino también en la cantidad de cosas que se estropean y hay que arreglar. No nos gusta que se haga de aquella manera, es decir, sin IVA, y simplemente con un garabato en una servilleta de bar o en un impreso de la taberna de Jorge el cuñado del presidente. Según ellos seis, es lo más barato y efectivo para no tener que pagar tantos impuestos a la Hacienda pública.

          Este año ha habido en la reunión gritos y conatos de peleas, pues un abogado ha empezado a poner en duda la gestión. Faltan justificantes de gastos y por si fuera poco el presidente y sus acólitos aseguran haber realizado trabajos profesionales por los que han estado cobrando unas cantidades mensuales que nadie ha acordado. Hay unos trabajos de obras que nadie sabe dónde se han llevado a cabo, y mejoras de jardinería que no son apreciables por ninguna parte en las zonas comunes. En definitiva, mucho más gasto y nada apreciable a cambio.

          Mi mujer se ha encontrado hace poco con la esposa del presidente. Estaba radiante de alegría por cómo le ha quedado un nuevo baño de diseño, ya que ha reformado el antiguo. Se lo ha dicho mientras un equipo de jardineros y diseñadores ambientales entraba en su parcela. Al quedar la puerta abierta ha saludado al presidente, que, junto con el equipo de gestión, echaba una partida de mus entre mucha espuma de cerveza y risas alegres. Yo, por mi parte, no necesito ver más telediarios este verano, para qué, si las noticias las veo en directo.  

          

El punto óptimo de madurez

         Casi todo lo pasado del punto óptimo de madurez se vuelve fofo, blanducho y falto de consistencia y, poco después, se pudre. Hay grados intermedios, y se requiere para cada uno de ellos un tiempo concreto. Se trata de un proceso durante el cual se alcanza el estado ideal. Este hecho aplica tanto a la fruta y otros alimentos como a las personas en su conjunto y, como es obvio, a los diferentes países y sociedades. Casi nada, por no decir nada, escapa a la ley del ciclo de vida. ¿Quién no conoce el nacimiento de las civilizaciones, el cénit y su decadencia desde que el mundo es mundo?

          Para las personas este ciclo es, en perspectiva histórica, tan pequeño como un grano de arena en una playa. Este hecho hace, sorprendentemente, que cuando estamos inmersos en pleno cambio social no lo percibamos. Los tiempos sociales abarcan demasiado espacio temporal, salvo que sean bélicos o revolucionarios. No creo que el romano que vivió en Hispania en el siglo segundo después de Cristo sintiera la decadencia de Roma y la caída del imperio. Ni que al abuelo de Boabdil le quitara el sueño la posible llegada de unos Reyes Católicos que liquidaran la dinastía nazarí.

          Pensaba esto, porque es curioso que los períodos decadentes no coinciden en el tiempo con perfiles de liderazgo al mando, ni con grandes figuras de la Historia, sino más bien con satrapillas de tres al cuarto. Ocurre lo mismo que con una manzana marchita, en la que no tardan en aparecer los gusanos para hacer su labor de descomposición de la materia una vez pasado el punto óptimo de madurez. A las sociedades como la europea, y en particular a la española, les toca en este tiempo lidiar con esa situación. Lideradas por burócratas de tres al cuarto, con gordinflones y glotonas llenándose el buche y los bolsillos mientras el barco se hunde y nos venden propaganda barata. La decadencia hace que se repitan esos tics de fulanos que, en vez de combatir la situación, se dedican al solaz y a los placeres procaces como linimento final que alivie su fracaso como gobernantes y como personas.

          El punto óptimo de madurez de una sociedad es ese en el que brilla con su máximo esplendor, pero es pasajero. Y deriva en ese otro en el que la gente se vuelve tan bizcochable y complaciente que se la puede pisar, maltratar, invadir sus propiedades, expoliar y someterla mientras observa impasible. Gente anestesiada, sin mecanismos para la rebelión, ni agallas para levantar patíbulos o colgar cabezas de estacas en la plaza central. Es un momento fácil de detectar, porque son sociedades donde sus dirigentes actúan como porteros de prostíbulos, y se rodean de compinches que imitan a las limpiadoras de saunas donde se prestan favores sexuales disfrazadas de periodistas.

          Son innumerables los ejemplos a lo largo de la Historia en los que se han vivido estas mismas situaciones de podredumbre. En todas ellas, aparecen los personajes más deleznables: mercenarios, colaboracionistas y propagandistas. Recuerdan a aquellos comerciantes de carne humana de la antigua Roma sin los cuales el circo no funcionaba. Desde Grecia a Roma, desde el Cisma de Occidente a la caída de Constantinopla, siempre hay algunos puntos en común: el miserable que vende a su pueblo, que prostituye lo que un día dijo que eran sus ideas y entrega la sangre de otros antes de morir o huir sin honor ni vergüenza. Solo nos queda la esperanza de que no les dé tiempo a salir por patas y se les pueda colgar de ellas desde lo alto de un puente.  

Sobre las certezas

          Tuve noticia de la certeza de mi muerte el día que nací. Apenas reposado sobre el vientre de mi madre, aún sin cortar el cordón de sangre del que me alimentó durante nueve meses. Allí estaba su sonrisa dolorida, y nuestra primera mirada como anticipo de que no hay flor que dure dos primaveras. Recuerdo que, muchos años después, cuando me incliné sobre el ataúd para besar su rostro frío por última vez, tuve la certeza de que ella ya no habitaba aquel cuerpo que me dio cobijo. Fue entonces, cuando me supe definitivamente desahuciado, aunque ya hacía muchos años que habitaba el alquiler de mi propia existencia.

          Pienso sobre dónde habitarán todas esas vidas alternativas que no he vivido porque elegí vivir la que tengo. Fantaseo acerca de cómo irán por allí las cosas, en esos otros mundos a los que di la espalda, o me la dieron a mí pero que, aún así, son historias que continuaron su rumbo como una sombra que no renuncia a desvanecerse. En algún lugar, al otro lado de nuestra realidad, habitan los que nunca pasaron de las tramoyas al escenario. Personajes condenados a una vida de ensayos a la espera de un estreno imposible. Sé que viven allí, sin nosotros. En ese otro camino que no cogimos. Los trabajos que no hicimos, los viajes que quedaron pendientes; los hijos que no tuvimos. Nada de lo que existe en nuestro pensamiento es vacuo, porque solo por el hecho de pensarlo ya lo creamos.

          Decía un conocido filósofo que cada día iluminamos mil vidas con nuestras decisiones: las que elegimos son las que podemos tocar, y las otras 999 que desechamos solo las sentimos, pero que al haberlas pensado ya nunca desaparecen. Como seres materiales nos vemos obligados a las cadenas de una sola elección, pero atados para siempre, a todas esas otras existencias que nos acompañan hasta el fin de nuestros días. Esa es, y no otra, la certeza de sentir lo que somos: reos de nuestras múltiples realidades e infinitas casualidades y decisiones, pero protagonistas de un solo papel como actores principales. 

          Yo creo que con la evolución de la especie nos hemos acostumbrado a sabernos presentes y ausentes a la vez porque, después de todo, el único aliento que existe es el que respiramos a cada instante. Lo de ayer no volverá a ocurrir jamás, y lo de mañana es un ilusionismo que nunca termina de materializarse. Nadie vive en el ayer ni en el mañana. Yo soy un poco terraplanista en esto, porque estoy convencido de que el tiempo no existe. En realidad, es solo una ilusión de nuestro cerebro para poder explicar una presencia inasible,  porque no se puede agarrar en ningún instante concreto. El tiempo es solo un pacto con nosotros mismos, un premio de consolación.

          La única certeza que tuvo el gran filósofo griego fue que no sabía nada. Aunque bien mirado nos hizo un poco de trampas: reconocer que no se sabe nada es, simple y llanamente, saberlo todo. Tuve noticia de la certeza de mi muerte el día que nací, pero fue muchos años después cuando mi madre me contó que, en realidad, por unos minutos creyeron que había nacido muerto. Me negaba a respirar y no quería romper en llanto. Quizá, le aclaré, era porque justo en ese momento meditaba sobre qué decisión tomar: si salir al escenario con todo lo que ello conlleva, o quedarme tras la cortina entre sonrisas de cartón piedra, telares desparramados por el aburrimiento y habitar el atrezo de una vida postiza.  

           

La conspiranoia

          A una buena parte de la hinchada argentina la ha infectado el virus de la conspiranoia. Una infección que se contagia a patadas y afecta al normal funcionamiento de las neuronas, lo cual es a la par peligroso y un tanto chistoso. Guarda cierta similitud con los terraplanistas diría yo, con los antivacunas y los defensores de la vida exoplanetaria. Y radicaliza posiciones absurdas, propiciando una hemiplejía que impide percibir la realidad al completo. Yo tengo dicho, en alguna parte, que tanto consumo de vaca asada conlleva el riesgo de acabar siendo un poco cabestro, eso sin contar los perjuicios del colesterol. 

          Los que hemos seguido el mundial de fútbol, hemos visto a una selección de Argentina con sus méritos y sus deméritos. Empezando por los primeros: enorme capacidad de resiliencia y lucha cuando se va perdiendo, entrega sin cuartel para remontar resultados adversos y jugadas brillantes de la mano del líder del equipo aprovechadas por sus compañeros. Victorias merecidas unas, cuestionables otras, pero ante rivales bisoños como Egipto o cobardicas como Inglaterra. Y también hemos visto una hinchada que llena estadios y plazas en USA como si les fuera la vida en ello, cosa que agradecen los jugadores como es lógico.

          Lo malo es cuando le das la vuelta a la moneda y sale la cruz. Un juego guarro y tramposo la mayor parte del tiempo, incluso violento en ocasiones, con la sospechosa aquiescencia de los arbitrajes en todo el torneo. Un Paredes macarra y matoncete con los más pequeños, un Simeone que, como su padre, además de futbolista solo podía haber sido portero de un after hour, o una afición llorona y provocativa incluyendo a los medios de comunicación deportivos de Argentina. En definitiva, algo de fútbol, y muchos desechos humanos y deportivos para representar a un país que merece proyectar más clase y un mejor comportamiento.

          No obstante, espero que la enfermedad se les pase pronto, pues la picadura del virus ha sido comedida. No quiero imaginar si pierden una final con algunos detalles de los perpetrados contra España. Por ejemplo, el robogol que el arbitro le quitó a España por la cara, o que España se hubiera dedicado a dar cornadas como los centrales argentinos, o que por cada una de las mil faltas no pitadas hechas por Argentina se las hubieran concedido a España. Supongo que el arbitro se habrá llevado su parte del trato, que Infantino se habrá tragado su disgusto como se ve en las imágenes y que Trump le habrá soltado una colleja por gilipollas.

          El virus les hizo a jugadores y cuerpo técnico girarse para no ver y reconocer la excelencia del ganador. Incluso después de que España le hiciera el pasillo. La típica actitud de mal criados a los que papá no les soltó alguna vez una buena hostia. España les pasó por encima en juego, en clase, en fútbol y en categoría deportiva. Pero quien dejó de verdad a Argentina a la altura de una mierda fueron sus jugadores y técnicos. El resto, como la guinda del pastel, lo han puesto una caterva de indocumentados infectados por el virus de la conspiranoia. Esperemos, y sería deseable, que la FIFA los ponga una temporada en cuarentena.  

El día de la banderita

          Hoy es uno de esos días, escasos y prácticamente anecdóticos, en los que cualquier ciudadano puede pasearse con la bandera española sin temor a ser amonestado. Y utilizo ese término por no decir insultado, etiquetado como fascista o incluso franquista. Hoy puede usted empapelarse de banderas de España y meterse en Vallecas, plantarse en Portugalete y navegar la ría de Bilbao o meterse en un bar de Gerona y gritar viva España. Mal se le tendría que dar la excursión para que le ocurriera lo habitual de otros días y tuviera que salir por patas para no liarse a hostias o recibirlas.

          Es uno de los milagros que obran los grandes eventos deportivos, y en particular y de manera muy especial el fútbol. Más allá de cuatro gatos amargados, que de todo tiene que haber, todo el país anima y apoya a la selección española. Desde Finisterre a Cabo de Gata. La rojigualda inunda las calles, los torsos y las cabezas bien amuebladas e incluso las desvalijadas. Hoy, por lo que sea, desaparece esa apropiación indebida de la bandera que sí existe el resto de los días que no se juega una gran final. Los españoles, según algunos, tenemos que usar la bandera de nuestra patria como los trajes de los domingos, cuando a papá le parece conveniente, o le sale de los cojones.

          En diciembre de 2017, Víctor Laínez, un paisano de 55 años de edad tuvo la «fatal idea» de vestir unos tirantes con la bandera de su país. Se fue a un bar de Zaragoza a meterse unos chatos, y uno de esos referentes éticos anónimos que tiene la izquierda radical lo asesinó por la espalda cuando salió a la calle. Al tipo le metieron 18 años de cárcel, por lo que es posible que ya ande por el mismo bar metiéndose un cubata o que le falten dos telediarios. Victor, desde la tumba o donde quiera que ande, es posible que hoy de coraje se vuelva a poner los tirantes sin miedo a que Freddy Krueger le arañe la cara. Y, es posible también, que su asesino hoy se haya puesto la rojiblanca con el nombre de Porro a la espalda, y que además se lo esté fumando tranquilamente.

          Hoy he visto en las redes sociales una euforia roja y amarilla en gentes que a diario reniegan de los colores de la bandera. Incluso a quienes han mudado de bando y ahora la reivindican como suya y de nadie más. Mogollón de tontolabas que se pasan el día por los platós señalando a los de la pulsera con la banderita como fachas y hoy se colocan una en el pecho: «pa facha yo», parece que reivindican con cara de haberse esnifado a un suplente de la selección. Si se llama Raya, han debido pensar, llevar la misma camiseta no puede ser nada malo.

          Independientemente del resultado del partido de hoy, que ojalá gane España, mañana de nuevo quedará abolida la libertad de lucir la bandera nacional so pena de ser considerado un fascista peligroso. Nada de pulseritas, que saldrá un erudito tertuliano con gafas y tatuajes llamándole facha y, ni por asomo, se le ocurra decir aquello de «Viva España» si no quiere que le tachen de ser más antiguo que Manolo Escobar. Tómeselo como un receso de noventa minutos, y disfrute de ser español mientras vemos uno de esos partidos que solo se ven dos veces en la vida. 

El monte de orégano

          El orégano tiene muchas propiedades medicinales, entre ellas se cuentan las antisépticas, antioxidantes y curativas. Es uno de nuestros remedios naturales más conocidos en el Mediterráneo. Sin embargo, conviene tener en cuenta que no todo es alegría en el monte como anuncia su origen etimológico. Ya lo dice el refranero: no todo el monte es orégano. Una frase que alude con sabiduría a una cierta contención en el gasto, y también a la gestión responsable de los recursos públicos y las expectativas futuras de prosperidad. Este último aspecto, me da a mí en la nariz, se nos ha ido pasando por alto. Yo, al menos, lo detecto cada vez menos en términos generales.

          Si viviéramos instalados en la cima de una montaña de orégano, además de atufados por el intenso olor herbáceo, tendríamos razones para confiar en un mañana sin estrecheces. Claro que tendría que ser orégano de verdad, y no un remedo de plástico adquirido en un chino market de los que proliferan por nuestras ciudades. Es decir, conviene basar nuestro bienestar actual en el dinero que tenemos y no en la deuda, y exigir un gasto adecuado y responsable, sobre todo, de lo público. Nada le hace más daño al imaginario colectivo que coletillas de fanfarria como «sanidad y educación gratuitas». Gratis, lo que es gratis, no hay nada en este mundo. Ni siquiera en el otro, vistos los precios de los entierros.

          No hace falta ir a una carísima universidad inglesa para saber que la sanidad y la educación públicas no son gratis, sino que las pagamos entre todos a través de los impuestos. Razón por la que tenemos buenos hospitales y unas magnificas universidades. Esto nos permite en España hablar de igualdad de oportunidades, que no de resultados porque eso depende de si el alumno es brillante o zoquete. Como todo en la vida, el menos esforzado o aplicado acaba recibiendo menos recompensas. Pero contamos con eso, con el poder situar a todos en el punto de partida. Lejos de esas universidades elitistas europeas de ricachones, explotadores y nuevos fascistas que en el futuro querrán explotar al pueblo llano y trabajador.

          Pensaba esto porque no entiendo que haya gente entre nosotros que mande a sus hijas a estudiar a sitios como la prestigiosa universidad de Bristol (Reino Unido). Pagando solo por la educación 40.000 euros al año, 160.000 euros por el grado sin contar extras, además de la manutención y la residencia. Algo solo al alcance de una casta privilegiada. Claro que se trata de un edificio señorial con más de 150 años de historia (el impresionante campus de Clifton), que parece sacado de un cuento de hadas, o de una de las películas de Harry Potter. Y que esa misma gente sin empatía con los demás ciudadanos ni el medioambiente, incluso se permita ir a visitar a su retoño en un avión particular para 80 personas. Este sí, gratis total. Llenando de emisiones de CO2 el Canal de la Mancha.  

          Por esos motivos, los defensores de la igualdad de oportunidades defendemos la educación pública, y nos parece reaccionario a la par que estrafalario, quien muestra esas actitudes teniendo en España a nuestras ancestrales y reconocidas universidades públicas. Hay que ser muy poco patriota, creer muy poco en la igualdad y ser como tirando por lo bajo un clasista irredento para comportarse de ese modo. Por ello, siempre he tenido la duda de si estoy en el lado correcto de las ideologías y, querido lector, hoy confieso que no. A nadie le amarga un dulce, y menos para su familia e hijos. Yo también quiero esos privilegios clasistas y elitistas para los míos, y que le den por el culo a lo público. Lo malo es que llego tarde para hacerme socialista.   

Nunca digas nunca jamás

          En 1983 se estrenó la versión cinematográfica de la novela de Ian Fleming Operación Trueno, publicada en 1961. La cinta llegó a las salas españolas bajo el nombre de Nunca digas nunca jamás, traducción de su título original inglés Never say never again. Yo confieso que la primera vez que escuché la expresión nunca y, seguidamente, jamás, me quedé un poco sorprendido por la contundencia de la innecesaria redundancia. Creo que por entonces andaba yo con los problemas de trigonometría en bachillerato, y me sonó a aquello de menos por menos es más en las operaciones matemáticas. Era un poco lío, y muchos nos confundíamos con el baile de signos.

          Por aquel entonces las películas de James Bond las protagonizaba el inigualable Sean Connery. Y para desesperación hormonal de quienes entonces frisábamos los veinte años, la contraparte femenina en esta peli la daba Kim Basinger. ¡Que tiempos aquellos!…, cuando ir al cine era pura magia de domingos por la tarde a base de palomitas, refrescos y apretones de manos furtivas buscando objetivos bajo telas y elásticos de unas prendas siempre incómodas de apartar. En la pantalla el irresistible protagonista salvaba mundos de la devastación.

          En la trama un miembro de una organización criminal se ha operado un ojo para copiar la retina del presidente, y de ese modo burlar los sistemas de seguridad basados en identificación retiniana. Pero Bond cuenta con un aliado voluntarioso, un tipo hoy conocido como Mr. Bean, y que se llama Rowan Atkinson en la vida real. En la peli es un funcionario patoso y estrafalario. Es fácil de reconocer por su movimiento de cejas, luego muy imitado en España donde se rodó parte de los exteriores. Pero sin duda, su escena más cómica es cuando públicamente llama a James Bond por su propio nombre destapando la cobertura de la operación.

          Recordaba esto porque no había vuelto a escuchar la frase desde entonces. Y, mire usted por dónde, durante la última semana ha caído sobre los medios un diluvio repetitivo de una versión extendida: nunca—jamás—nunca en modo continuo. Ignoro aplicando la ley de los signos matemáticos a dónde conduce la expresión trina, que lo mismo viene a significar que un montón de veces. O algo así como cada vez que lo estimé oportuno y conveniente y me salió del papo porque tenía ganas de café. Lo cierto es que debe de ser algo alambicado, porque, claro, para decir o contestar a una pregunta simplemente con un no sería patológico enredarse en semejante bucle.

          Las películas de Bond marcaron una época grande del cine internacional. Dicen que el título Never say never again, se le debe a la mujer de Connery, el cual había dicho que nunca volvería a hacer una nueva película de James Bond tras Octopussy estrenada solo unos meses antes ese mismo año. La nueva realidad nos demuestra que hemos perdido mucho con el tiempo, demasiado diría yo. Ahora en vez de a Mr. Bean tenemos a un imitador metido a joyero, y a Kin Basinger la hemos cambiado por una Charo en pijama y gafas con cristales de culo de vaso repitiendo una mentira: nunca—jamás—nunca. No me digan que no es para odiar las palomitas. 

          Trailer: Nunca digas nunca jamás

Idearriba e Ideabajo

          Idearriba e Ideabajo podrían ser dos pueblos de nuestra geografía patria. Puede que a usted le resulten nombres raros y poco ocurrentes. Sobre todo, si los comparamos con Peleas de Arriba y Peleas de Abajo en Zamora o con La Ramera de Arriba y La Ramera de Abajo en Asturias. Pero si me permite, estimado lector, podemos usarlos como conceptos más que como municipios. Y considerar que se trata de dos localidades ideales para sus gobernantes, donde ocurre aquello que más les interesa. Como usted ya habrá intuido en Idearriba van para arriba y en Ideabajo van para abajo, porque esto ya lo aprendimos en la época de Barrio Sésamo. No me pregunten por el caso de Asturias porque no lo conozco.

          En Ideabajo cada vez hay más gente a la que ayudar en todas sus formas: crece la pobreza infantil; cada año hay más personas que padecen de una situación de vulnerabilidad; crece la violencia de género; aumenta la inmigración desordenada y sin papeles con permanencias ilegales; escala la corrupción; decae el índice de transparencia internacional y ocurren cositas por el estilo. Es obvio que, para combatir todas estas lacras, se necesita un gobierno y un partido cuya bandera sea atajar los problemas y, en todo caso,  perseguir a quienes hacen que Ideabajo vaya de culo y, sí, claro, cuesta abajo.

          En Idearriba todos se pusieron muy contentos cuando hace casi una década un nuevo gobierno en Ideabajo llegó con las soluciones debajo del sobaco. Promulgó una ley de violencia de género y la dotó mediante riego por inundación con un presupuesto de 160 millones de euros, pero el problema ha aumentado en un 48% en denuncias, y las asesinadas cada año son las mismas, una o dos más o menos según el año. Efecto nulo. Se enfocó entonces en la lucha contra la pobreza, o eso dicen, y aumentó la pobreza infantil en casi un 6% y el riesgo de exclusión social pasó del 30% al 33% en una década. Cuando el gobierno bonito llegó a combatir los problemas citados, en Ideabajo vivían 107.000 personas extranjeras sin papeles y, ahora por lo que sea, han pasado a ser 840.000. Recientemente, en Ideabajo se ha abierto un proceso para «regularizarlos» y han recibido 900.000 solicitudes.

          Todavía lloro de la emoción cuando en el nuevo gobierno de Ideabajo, hace casi una década, un ministro regordete me hizo sentir aquella exaltación tan fuerte de alegría al escucharlo clamar contra la corrupción. Pobre de él que ahora caído en desgracia, según manifiesta, debido a los ataques de los habitantes de Idearriba y de los jueces malvados, está en la cárcel. Y no solo eso, sino que además por culpa seguramente de Trump, del volcán de La Palma, del apagón misterioso y de que la Tierra empezó a girar más lentamente, Ideabajo ha caído en el índice de percepción de países más corruptos del puesto 41 al 49, muy por debajo de Rwanda o Botswana. Con todos mis respetos para los mencionados países africanos. 

          Yo creo que el gobierno de Ideabajo se sustenta en que cada vez tiene más abundancia de aquello que necesita para vender su mercancía averiada. Después de todo, su justificación era y ha sido siempre la misma: combatir la corrupción; acabar con la pobreza infantil y la exclusión social; terminar con la violencia de género; prestar apoyo a los vulnerables; recoger a todo el que llegue y prestarles asistencia sanitaria y sustento para vivir y, para qué negarlo, de eso cada vez hay más. Por eso, querido lector, hay algo que no me encaja siendo como soy de natural desconfiado. Si no existiera nada de lo mencionado, para qué votaría nadie un gobierno como el de Ideabajo. ¿Será que el verdadero negocio no es resolver los problemas, sino administrarlos para que aumenten y nunca desaparezcan? Y, claro es, ¿no le da a usted un cierto tufillo en la nariz a… busca la bolita, ¿dónde está la bolita?, busca la bolita.

Los churchillitos

Discursos de Churchill en tono de humor actual por los churchillitos del día a día.

          Alguien tendría que hacer una serie para Netflix o similar y titularla «Los Churchillitos». Otra opción sería que Santiago Segura lo acabe valorando después del éxito arrollador de Torrente presidente, y se aventure con una nueva película de esas que inundan las salas de público. Los Churchilitos creo que puede tener cierto gancho como título y, como todo el mundo intuye, hace referencia en diminutivo al gran político que fue el británico Winston Spencer Churchill (1874-1965). Un personaje cuya larga biografía es tan extensa y fructífera como las cosechas de champán que se bebió a modo de conservante para llegar a los 91 años. Cuentan las malas lenguas que su incineración duró varios días…

          Churchill, como se le nombra coloquialmente, agigantó su figura en los tiempos más oscuros de la Europa del siglo XX ante la amenaza del nazismo. Tras la postura pusilánime de un iluso Neville Chamberlain (1869-1940), que creyó aplacar a la bestia alemana con papel y pluma de ganso, Churchill se posicionó en el lado complicado de la Historia. El tiempo, muy poco después, demostraría que tenía razón. Para entonces, se vivía una época en la que la radio era el vehículo por excelencia de la comunicación política. Y lo que el británico pudo ofrecer, según locutó para todo el país en uno de sus famosos discursos, fue sangre, sudor y lágrimas. Una de sus conocidas frases. No fue la única, ni mucho menos.

          Churchill pasó a la Historia (con mayúsculas), y ahí sigue, como vivo ejemplo de liderazgo en tiempos difíciles. Lo ejerció con una visión decimonónica de la guerra y sirviéndose de sus derrotas pasadas como la sufrida en Galipoli, pero sobre todo, con un magistral uso del lenguaje y la retórica. Quizá, una de sus arengas más conocidas es la que todos hemos escuchado y en la que repite al principio de cada frase las mismas tres icónicas palabras: we shall fight. Seguro que ya lo recuerda… lucharemos en las calles, lucharemos en las colinas, lucharemos en el mar… Pues bien, no es que le faltaran recursos lingüísticos y por eso se repetía tanto, que va, esa fórmula se llama anáfora retórica. Se usa, básicamente, para dar fuerza al discurso. Es obvio decir que es pertinente en situaciones como aquella, donde la nación se jugaba su supervivencia ante la amenaza de una guerra total. locución de Churchill

          Pensaba esto porque cada vez es más frecuente escuchar el mismo recurso por la radio o la tele en boca del que hasta hace unos meses era el frutero del pueblo, o regentaba el quiosco de la calle del Percebe y ahora se ha metido a político. Pero no solo eso, sino que en un alarde de erudición, estos personajes suelen combinar la anáfora con el uso del pleonasmo. Que es algo, dicho sea de paso, que a don Winston se le pasó por alto, por lo que fuera. El resultado queda con frecuencia a medio camino entre el galimatías sin sentido y el monólogo del Club de la comedia, y que me perdonen los de esa casa que a veces son geniales. En fin, es como si de pequeños les hubieran lobotomizado el neocórtex con una cucharilla de postre.

          El otro día escuchaba una cháchara de un indignado con no sé bien qué elecciones autonómicas que decía algo como: frente a estos retrocesos de derechos nos tendrán luchando en la puerta de Mercadona, frente a este retroceso que trae una mayoría de votantes ignorantes nos comeremos una centolla, frente a este retroceso de no se qué partido malo malísimo nos tiraremos a la piscina haciendo la bomba. Y remataba con un amenazante alarde de pleonasmos encadenados: entraremos dentro de donde haga falta y saldremos fuera, subiremos arriba y si no están bajaremos abajo. Completando así el manejo experto de las figuras del lenguaje en modo churchillito.

Derechos infinitos

          Los derechos infinitos no existen, de hecho, nada en la vida es infinito hasta que esta no se acaba. La organización de Naciones Unidas aprobó hace casi un siglo La Declaración de los Derechos Universales (París, 10 de diciembre de 1948). Treinta derechos, por los que se pretendía que las naciones se rigieran en materia de comportamiento humano. De los 58 países que formaban entonces la ONU, 48 votaron a favor. El mundo acababa de dejar atrás la II Guerra Mundial con todos sus horrores. Sin embargo, 10 de los países vencedores en la contienda bélica, todo el bloque socialista liderado por la Unión Soviética, no apoyaron la declaración. Solo ellos, junto a Sudáfrica con argumentos racistas se quedaron fuera del gran pacto. El plan como se comprobó a posteriori era otro: solo en Rusia, en los Gulag (entre 1948 y 1953) el socialismo asesinó a unos 300.000 conciudadanos por pedir derechos y libertades. Y consolidó una dictadura de aniquilación, esclavitud y sometimiento de su propio pueblo, paradójicamente después de vencer al nazismo para evitar la esclavitud y el sometimiento de los pueblos. 

          Casi un siglo después, las sociedades modernas que firmaron aquella declaración, junto con muchas otras como España, que ingresó en la ONU en 1955, dicen seguir aquellos 30 derechos como guía de garantías sociales y humanas. En la Constitución Española de 1978 se redactó lo siguiente: art. 10.2 «Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España». Desde entonces, se ha producido lo que podemos llamar una inflación de derechos. Una corriente de peticiones que con tendencia al infinito sobrepasan cualquier capacidad jurídica o de ordenamiento de las relaciones sociales. Y, paradójicamente, se ha convertido en el estandarte de la oratoria socialista.

          Derechos para todos y derechos de todo tipo. O lo que en términos coloquiales podríamos decir «jamón pa tol mundo». A mí, desde luego, me encanta la idea porque me encanta el jamón de bellota. Sin embargo, como en materia de derechos, los límites no los marca el deseo, sino la capacidad de obtenerlos y mantenerlos con los recursos disponibles. Y, vaya por Dios, esto les crea a la nuevas generaciones un elevado nivel de frustración. Resulta que ahora se dan cuenta de que no pueden tener de todo, para todos, a todas horas y sin límite ni necesidad de pagar por ello. Algo ha fallado, y no hace falta darle muchas vueltas para comprenderlo: lo que ha fallado es que les pintaron un mundo utópico, cargado de mentiras y de expectativas irrealizables. Una permisividad sin cuento, una dejadez de obligaciones y un abandono del mérito que solo podía traer consecuencias indeseadas.

          Prometer hasta meter es la estrategia política más habitual. Se les llena la boca de sanidad universal y gratuita para todo el mundo, y luego se fuman un puro y se quedan tan anchos. El centro de salud de mi localidad, por citar un ejemplo que es general en toda España, atiende a una población empadronada de 15.000 personas, pero la demanda real de asistencia supera los 25.000 individuos. Incluidas gentes de otras localidades, con o sin tarjeta sanitaria, con papeles o sin papeles y regulada o sin regular… A lo que hay que añadir que de las citas que se dan para consultas médicas cada mes hay casi 300 personas que no se presentan. Qué fácil es salir luego en la caja tonta mañanera y decir: la sanidad no funciona y todo el mundo tiene derecho a una sanidad universal y gratuita. Y a otra cosa mariposa. Que la pague Rita la cantaora. 

          Es solo un ejemplo, pero vista esta semana la huelga de profesores en varias comunidades autónomas no me extraña. Para sueldos de pelagatos, encima tienen que aguantar aulas atestadas de adolescentes con móviles de mil euros que con demasiada frecuencia no hacen ni el menor caso a las explicaciones, que les faltan al respeto, que acosan a otros alumnos o alumnas o que, directamente, amenazan al profesorado. Sus papás, les han dicho que tienen garantizados todo tipo de derechos en todas partes y, no solo eso, sino que el desarrollo de más derechos todavía, para ellos y para todo el planeta Tierra, es infinito y solo hay que tomarlos por lo civil o por la fuerza. En fin, pues ya verán la que se van a dar cuando el burro frene y salgan despedidos por encima de sus orejas.