Cocodrilos en el río

          Casi todo el mundo conoce la frase «que el árbol no te impida ver el bosque». Es una metáfora aplicada con frecuencia a circunstancias de todo tipo: empresariales, familiares y, por supuesto, políticas y sociales. Es un aviso a navegantes contra los peligros de esos jardineros que plantan árboles en la ribera del río para ocultar un ejército de cocodrilos. Una maniobra que trata de romper el foco y la visión del cauce de la realidad en su conjunto. Crear un túnel mental que, como un agujero negro, lo engulle todo: razón, discernimiento y análisis crítico. Un árbol tan grande que no deja ver nada más.

          Un artefacto vegetal de ese calibre sirve para deslumbrar a incautos que, como los argonautas, se dejen embaucar por los cantos de sirena. El problema hoy es que la sociedad camina sin un Ulises al mando, ni una Circe que advierta del peligro. No hemos cambiado mucho desde aquella época, sobre todo respecto al riesgo de mudar la razón por deseo. Basta con que nos pongan una zanahoria frente a la nariz para que ya no seamos capaces de ver a dos metros de distancia. La estrategia solo requiere que se le añada una banda sonora adecuada para que la multitud quede embelesada por el señuelo.

          Escribía Ortega en su obra La rebelión de las masas que estas no son fáciles de engañar por una debilidad intelectual innata, sino por su arrogancia, complacencia y renuncia deliberada a pensar. Lo vemos a diario, lo que la masa maneja con soltura son las consignas que consume a ritmo de golosinas, con una fruición rayana en la incontinencia por quemar etapas. Vivimos envueltos en causas ajenas, concernidos por aquello que se nos sirve en el plato como menú del día. Da lo mismo que te invadan una ciudad como Ceuta desde un país extranjero, que haya que sacrificar a un perro para evitar el ébola o que fallezca una anciana a los 87 años. La hinchada, en cada caso, palmea la nueva pandereta como si su equipo marcara el gol de la final.

          Provoca desconcierto y, hasta cierto punto pavor, observar cómo los medios de comunicación responden a esta lógica de quemar bengalas con la misma rapidez que la población, o quizá actúan, precisamente, como batutas de orquesta que marcan el ritmo al que la masa se alimenta de consignas y titulares. Una sociedad que no piensa, que parlotea como loros las falsedades y argumentos interesados de quienes sí persiguen un objetivo, es una sociedad que acaba siendo sometida. Una sociedad que no lee, que carece de comprensión lectora y que usa como argumento fundamental el insulto y la amenaza es una sociedad condenada a la miseria, primero moral, y luego en el resto de los sentidos.

          Dentro de unas semanas vamos a ver si la masa, que una vez más está siendo salvajemente manipulada por quienes han convertido el ejercicio del poder en un sumidero, con estrategias propias del hampa más siniestro, sabe responder en las urnas que es donde tiene que hacerlo en tiempos de paz. Avergüenza ver cómo una población despistada y sus medios de comunicación, la mayoría mercenarios, olvidan lo que han sido estos ocho años para agarrarse como buitres carroñeros a la muerte de una anciana. Una señora mayor a la que no conocen ni personalmente, ni su historia de vida, y que además les importa un carajo la vieja. Pero hacen casus belli, estropeando aún más el problema y preparando por si la estrategia no funciona las herramientas necesarias para cortar el árbol y soltar a los cocodrilos.    

 

Invivible

          Invivible es un adjetivo poco utilizado, quizá también por indeseado dado el significado semántico: un lugar inhóspito y desagradable, uno en el que es difícil la convivencia pacífica. Por ello, como animales sociales que somos, nos hemos procurado modos de convivencia que eviten que nuestros países y sociedades se conviertan en invivibles. Hemos pasado de la selva en la que cada cual se procuraba su modus vivendi, a un modelo en el que la solidaridad junto al mérito y el esfuerzo construyen sociedades mejores y más justas. Al modelo le llamamos social democracia liberal o democracia y Estado de derecho, de forma genérica y para entendernos. 

          La manera más efectiva de volver a la selva es socavar y violentar las reglas comunes, y pueden creerme que hay un buen abanico de maneras de conseguirlo. Como es obvio, la más rápida es no respetar las reglas del juego o, dicho en términos lúdicos, si no gano yo se rompe la baraja. Conocí de chaval al típico niño de corte gilipollas en el patio del colegio, aquel que si no tiraba el penalti o ganaba su equipo cogía el balón y salía corriendo para que nadie jugara. Hoy muchos de esos niños tienen mi edad y han educado a sus hijos en ese modelo de conducta: no aceptes las reglas si no te benefician. Un modelo suicida para la convivencia. 

          Ustedes imaginen una sociedad que dé por bueno atracar bancos, y que compre el relato de que no se hace por codicia, sino por necesidad de dinero para comer. O que admita el contrabando de joyas, no por nada en especial, sino porque se pueden considerar un regalo, no mames güey. O que el tráfico de influencias solo es eso, un poco de tráfico. O que como decía esta semana una parlamentaria en España la política de vivienda se resume en ponerle un piso a una puta en la Plaza de España con el dinero de todos. Lo invivible toma en ocasiones tintes de insufrible y el caldo de cultivo de la rebelión ya solo necesita el mechero del pirómano.

          Invivible es que te invadan el territorio con una cantidad de invasores equivalente a casi la población completa que vive en sus casas. Que tu gobierno te abandone a tu suerte, y que luego, temiendo las consecuencias en las urnas o, quizá la inevitable necesidad de elecciones, monte una operación de distracción total. Solo ha necesitado una consigna, otro Excálibur el perro del Ébola, y un mechero para encender la mecha. Invivible es decir que se está en democracia y no aceptar lo que se vota en el Parlamento por mayoría, cuando a ese Parlamento se han llevado y aprobado infamias y traiciones sin cuento.

          Estamos en la situación del tonto del patio con su pelota. Arrinconado y encorajinado dando patadas y dentelladas a todo el que se acerca. Gritando a sus cuatro amigos que vengan a ayudarlo contra los malvados compañeros que quieren seguir jugando con las reglas que todos conocemos, pero que ellos ganan y eso es inaceptable. El tonto del patio es un personaje patético e inane de niño, pero ahora imaginen a ese tonto el día de mañana como director del colegio, y el quilombo que es capaz de montar hasta hacer el juego invivible. Pues así está el patio, queridos amigos. Invivible no por el alquiler de la pelota, sino porque la tiene el más tonto. 

 

Intriga y crimen

          Este viernes 18 de septiembre se celebró en el Ateneo de Sevilla el acto inaugural del Club Literario de Intriga y Crimen. Una iniciativa de Nina Vélez-Troya Anquela, periodista y escritora. La anfitriona, hija del referente de la investigación privada en España, recordó los inicios de la detectivesca en nuestro país. Y el papel de su padre, Eugenio Vélez-Troya, criminólogo y detective pionero de la profesión en España fallecido en 2007. En su memoria nace este proyecto gracias al legado que dejó.

          El acto giró en torno a tres verdades: la verdad buscada, la verdad probada y la verdad narrada. Siempre dentro del ámbito del detective privado, es decir, en el ejercicio de aquellas investigaciones que las FCSE no suelen realizar, por lo general, al tratarse de delitos privados o semipúblicos y carecer de medios eficientes para atender la enorme demanda actual. Pero, sobre todo, se trató de poner en contexto la profesión frente a la idea nada precisa que la población en general tiene a través de las películas true crime y de la literatura.

          El detective en España y en el ámbito europeo es un investigador muy alejado de los clichés clásicos. Baste mencionar que la representación femenina es amplísima, que la edad más común se sitúa quizá en el rango de 30 a 40 años y que una gran mayoría, ademas de haber cursado los 3 años de carrera en investigación privada dispone de grado o licenciatura universitaria. Abundan los graduados en Derecho y en Criminología. La labor principal es la obtención de pruebas que serán la base de los posteriores juicios en los tribunales. Verdades buscadas y probadas.

          Para esta labor el detective no asalta la vivienda de nadie ni le echa carne envenenada al perro, no roba documentación de los cajones, no soborna a policías corruptos y tampoco lleva gabardina ni una lupa ni fuma en pipa. Además, hace décadas que no persigue cuernos porque la infidelidad no tiene ningún valor jurídico. Tampoco investiga delitos perseguibles de oficio: asesinatos, secuestros, robos de bancos o narcotráfico. Estas ideas proceden del detective americano que nada tiene que ver con la profesión en España, y que se asemejaría más a la figura española del policía tipo Villarejo.

          Ignoro si los escritores a través de la literatura, algunos de ellos detectives como es mi caso, somos capaces de trasladar la imagen real de la profesión y elevarla al nivel que merece. Profesionales muy cualificados, en particular las nuevas generaciones, expertos en delitos cibernéticos y en ciberseguridad que emplean IA, que manejan con soltura técnicas de OSINT (investigaciones en fuentes abiertas) y audiovisuales o vuelo con drones. Investigadores capaces de realizar seguimientos y localizaciones por tierra, mar y aire. La verdad narrada es el tercer objetivo en definitiva. Contada de forma que no solo sea ilustrativa para el público en general sino que, sobre todo, resulte verídica y entretenida. 

¿Cuántos caben y cuánto nos cuesta?

          La ineficacia en la gestión de las migraciones, me refiero a inmigración específicamente, es tan abrumadora como fácil de comprobar. Nadie, que yo conozca o haya escuchado en política, se atreve a hacer la pregunta del millón con sus dos patitas: ¿Cuántos caben y cuánto nos cuesta? Pero claro, eso sería intentar gestionar recursos y demografía. Algo que es extremadamente complicado y que requiere de ausencia de propaganda, eliminar la palabrería barata y el megáfono de latón y liquidar las mafias que se lo llevan crudo. Cosas que, por desgracia, son las habituales y moneda de uso común en la clase política y aledaña.

          La primera cuestión es quizá la más sencilla. Pongamos el caso de África, donde hoy viven unos 1500 millones de seres humanos, por lo general en peores condiciones que en España o Europa. Se estima que en el año 2050 vivirán unos 2500 millones, casi 10 veces la población europea. Una de cada cuatro personas que habitarán el planeta será africana. Casi la mitad de esa población vive hoy en situación de pobreza extrema, con menos de 3 dólares al día. Bien, ese es el punto de partida. Y, ahora, como usted aficionado a la política es muy listo, ya está en disposición de decirnos cuántos caben en España o en Europa. Y, ya de paso, si nos comenta para hacer qué, mucho mejor, algo que no puedan hacer allí en sus lugares de origen. Si la respuesta es para hacer el trabajo de campo que no quieren los españoles o europeos, me temo que algo falla. Hoy hay más de 600.000 inmigrantes en España sin empleo. 

          La otra pata del asunto es la siguiente: pongamos por caso que hemos decidido que caben X individuos procedentes solo de África. Hay que poner un número porque los recursos son finitos. Seguro, por otro lado, que su sagacidad le hace sospechar que no llegan con la cuenta corriente llena, o con lo suficiente para pagarse el alquiler y la comida en condiciones europeas. Y, seguramente, tampoco nos gusta la idea de que anden como en Ceuta tras la invasión, es decir, tirados por las calles enfermos o dándose palos y navajazos por un bocadillo. Ese es un panorama que, según tengo entendido, a los ceutíes abandonados por el gobierno, no les está resultando nada agradable.

          Así que, ya ve usted que fácil es la gestión. El primer paso es acabar con la demagogia barata, la palabrería y las mafias. El segundo echar cuentas como lo haría usted en su casa a la hora de montar una fiesta con invitados, y el tercero decidir si en sus 90 m2 caben 30 invitados o 3.000, suponiendo que usted pueda pagar el champán para todos. Y a partir de ahí tendrá que contar con el beneplácito del resto de su familia para montar el quilombo. Y una vez hecho esto volvemos al punto de partida. En algún momento habrá que decir: ya no caben más, así que fronteras cerradas y no entra ni Dios. Lo que de nuevo nos convierte en esos racistas y xenófobos demonios fascistoides bla bla bla, otra vez. ¿O tiene usted una solución más inteligente?

          Hace unos días entrevistaban a una señora en medio de la calle que, con cara compungida, aseguraba que ella metería en su casa y mantendría a un inmigrante que no tuviera donde ir y que estuviera en la calle. El entrevistador, que sospechaba lo que pasaría, le presentó a un subsahariano que sentado a pocos metros pedía limosna para comer. Acto seguido le pidió a la señora que se lo llevara a su casa, al menos, hasta que pudiera solucionar su precaria situación. Y… ¿A que no adivinan la respuesta de la señora, muy socialista y solidaria ella al principio? Pues sí, eso mismo, pero con otras palabras, que le dieran por culo al negro y que se buscara la vida o volviera a su país. Recuérdelo cuando vuelva a escuchar en la puerta de Mercadona aquello de pobrecito el negrito, y cuántos racistas hay en España, y que si todos son de derechas. Que luego se emocionan y lloriquean cuando ven a esos multimillonarios actorcitos patrios en Hollywood con el puñito en alto y el pañuelito palestino en el pescuezo sobre el traje Armani de 10.000 pavos.

Ovulogía

          Ya sé que la palabra ovulogía no existe, y que lo más cercano que todo el mundo  conoce es ovulación. Lo que ocurre es que esta semana nos hemos puesto un poco ovulógicos. La cosa viene porque las jugadoras de fútbol profesional han descubierto algo que muchas mujeres ya sabían: que sus profesiones pueden verse resentidas, ralentizadas o, incluso acabadas, si se quedan embarazadas. La razón: ese pequeño inconveniente biológico que hace incompatible la reproducción con según qué otras actividades sociales como el trabajo. No sé si es tan injusto como hacerse viejo y que nadie te contrate porque ya tienes cincuenta años, pero en fin, ese sería otro tema diferente. Lo mismo hay que congelar también alguna otra cosa, además de los óvulos.

          Como decía, la cuestión viene de las jugadoras de fútbol, pero quiero entender que aplica a toda deportista femenina con carrera profesional: peloteras, pero también baloncesto, balonmano, natación, atletismo, esgrima sobre todo por lo fácil de que le pinchen la tripa, equitación, paracaidismo y, qué sé yo, salvo el póker que es más relajado, yo diría que afecta al conjunto de las deportistas en mayor o menor medida. Engendrar una vida en el interior del cuerpo debe de ser para la mayoría una experiencia maravillosa, pero no sin inconvenientes. Entre ellos, en nuestra sociedad moderna, la relación con las carreras profesionales.

         Se plantea ahora en el deporte, pero vamos, que la cosa es extensible a muchos ámbitos. Directivas que deben pegarse madrugones y pillar aviones, viajes a horas intempestivas, investigadoras científicas, aspirantes a astronautas y yo qué sé. No se me ocurre una mujer que embarazada y ejerciendo una profesión no tenga un plus de dificultad por superar. El plus de ser mujer, me refiero, y que se contrapone al privilegio de engendrar una vida.

          A mí, personalmente, no me parece mal lo de congelar óvulos para ser madre más adelante. En principio, no veo ningún inconveniente. Claro es, depende de para cuándo, dado que la biología es lo que es. Hoy ser madre primeriza a los cuarenta no representa un gran problema para la madre ni para el desarrollo del embarazo. La única duda que me surge es cómo afectará ese nuevo modelo de reproducción a las generaciones futuras. Creo que es una duda razonable desde una perspectiva sociológica. 

          Una mamá primeriza con 45 años tendrá un adolescente de 15 cuando ella cumpla los 60. Yo tengo 61, y un adolescente de 15 hoy sería mi nieto, si lo tuviera. No me considero un mastuerzo a tiempo completo, pero reconozco que mi conexión con los quinceañeros se parece un poco a la de Elliot con E.T en 1982. Practican un idioma parecido, sonidos guturales y señalan con el dedo enhiesto lo que no les gusta. Con una diferencia, estos nuevos cabrones no se dejan que les echemos una manta por encima de la cabeza y les demos unas collejas.   

Mi vecino el presidente

          Mi vecino el presidente de la comunidad del piso de la playa se toma muy en serio su cometido. El año que le tocó por turno presidir la convivencia de los cien inmuebles que formamos el pequeño mundo vecinal, consiguió que le apoyaran la mitad de los propietarios para cambiar los estatutos. Yo me abstuve, entre otras cosas, porque para un mes al año que paso en la vivienda tampoco es que me vaya en ello la vida o la hacienda. Me limito a pagar las cuotas, a aprobar las cuentas sin leerlas, y cuando hay alguna derrama a comprobar que en efecto se realizan las mejoras propuestas.

          Mi vecino el presidente lleva más de un lustro en el puesto. Gracias a unos cambios realizados en un nuevo estatuto vecinal. Se aprobó por mayoría que no habría más correturnos, sino que se elegiría presidente cada cinco años o más. Y volvió a salir elegido, y votado por los mismos que aprobaron las anteriores modificaciones. Hay un grupo que se ha hecho cargo de la gestión porque pasan casi todo el año en la playa, supongo que porque dos de ellos están jubilados, uno es liberado de un sindicato, otro asegura tener una incapacidad permanente y los dos restantes alternan trabajos temporales con contratos fijos discontinuos. El caso es que no viven mal. Van a la playa, juegan al pádel y montan timbas de dominó entre jarras de cervezas.

          Cada año, a los que venimos una vez al mes, nos toca revisar unas cuentas que son cada vez más opacas. No hay quien entienda las facturas de reparaciones que se han disparado no solo en importe sino también en la cantidad de cosas que se estropean y hay que arreglar. No nos gusta que se haga de aquella manera, es decir, sin IVA, y simplemente con un garabato en una servilleta de bar o en un impreso de la taberna de Jorge el cuñado del presidente. Según ellos seis, es lo más barato y efectivo para no tener que pagar tantos impuestos a la Hacienda pública.

          Este año ha habido en la reunión gritos y conatos de peleas, pues un abogado ha empezado a poner en duda la gestión. Faltan justificantes de gastos y por si fuera poco el presidente y sus acólitos aseguran haber realizado trabajos profesionales por los que han estado cobrando unas cantidades mensuales que nadie ha acordado. Hay unos trabajos de obras que nadie sabe dónde se han llevado a cabo, y mejoras de jardinería que no son apreciables por ninguna parte en las zonas comunes. En definitiva, mucho más gasto y nada apreciable a cambio.

          Mi mujer se ha encontrado hace poco con la esposa del presidente. Estaba radiante de alegría por cómo le ha quedado un nuevo baño de diseño, ya que ha reformado el antiguo. Se lo ha dicho mientras un equipo de jardineros y diseñadores ambientales entraba en su parcela. Al quedar la puerta abierta ha saludado al presidente, que, junto con el equipo de gestión, echaba una partida de mus entre mucha espuma de cerveza y risas alegres. Yo, por mi parte, no necesito ver más telediarios este verano, para qué, si las noticias las veo en directo.  

          

El punto óptimo de madurez

         Casi todo lo pasado del punto óptimo de madurez se vuelve fofo, blanducho y falto de consistencia y, poco después, se pudre. Hay grados intermedios, y se requiere para cada uno de ellos un tiempo concreto. Se trata de un proceso durante el cual se alcanza el estado ideal. Este hecho aplica tanto a la fruta y otros alimentos como a las personas en su conjunto y, como es obvio, a los diferentes países y sociedades. Casi nada, por no decir nada, escapa a la ley del ciclo de vida. ¿Quién no conoce el nacimiento de las civilizaciones, el cénit y su decadencia desde que el mundo es mundo?

          Para las personas este ciclo es, en perspectiva histórica, tan pequeño como un grano de arena en una playa. Este hecho hace, sorprendentemente, que cuando estamos inmersos en pleno cambio social no lo percibamos. Los tiempos sociales abarcan demasiado espacio temporal, salvo que sean bélicos o revolucionarios. No creo que el romano que vivió en Hispania en el siglo segundo después de Cristo sintiera la decadencia de Roma y la caída del imperio. Ni que al abuelo de Boabdil le quitara el sueño la posible llegada de unos Reyes Católicos que liquidaran la dinastía nazarí.

          Pensaba esto, porque es curioso que los períodos decadentes no coinciden en el tiempo con perfiles de liderazgo al mando, ni con grandes figuras de la Historia, sino más bien con satrapillas de tres al cuarto. Ocurre lo mismo que con una manzana marchita, en la que no tardan en aparecer los gusanos para hacer su labor de descomposición de la materia una vez pasado el punto óptimo de madurez. A las sociedades como la europea, y en particular a la española, les toca en este tiempo lidiar con esa situación. Lideradas por burócratas de tres al cuarto, con gordinflones y glotonas llenándose el buche y los bolsillos mientras el barco se hunde y nos venden propaganda barata. La decadencia hace que se repitan esos tics de fulanos que, en vez de combatir la situación, se dedican al solaz y a los placeres procaces como linimento final que alivie su fracaso como gobernantes y como personas.

          El punto óptimo de madurez de una sociedad es ese en el que brilla con su máximo esplendor, pero es pasajero. Y deriva en ese otro en el que la gente se vuelve tan bizcochable y complaciente que se la puede pisar, maltratar, invadir sus propiedades, expoliar y someterla mientras observa impasible. Gente anestesiada, sin mecanismos para la rebelión, ni agallas para levantar patíbulos o colgar cabezas de estacas en la plaza central. Es un momento fácil de detectar, porque son sociedades donde sus dirigentes actúan como porteros de prostíbulos, y se rodean de compinches que imitan a las limpiadoras de saunas donde se prestan favores sexuales disfrazadas de periodistas.

          Son innumerables los ejemplos a lo largo de la Historia en los que se han vivido estas mismas situaciones de podredumbre. En todas ellas, aparecen los personajes más deleznables: mercenarios, colaboracionistas y propagandistas. Recuerdan a aquellos comerciantes de carne humana de la antigua Roma sin los cuales el circo no funcionaba. Desde Grecia a Roma, desde el Cisma de Occidente a la caída de Constantinopla, siempre hay algunos puntos en común: el miserable que vende a su pueblo, que prostituye lo que un día dijo que eran sus ideas y entrega la sangre de otros antes de morir o huir sin honor ni vergüenza. Solo nos queda la esperanza de que no les dé tiempo a salir por patas y se les pueda colgar de ellas desde lo alto de un puente.  

Sobre las certezas

          Tuve noticia de la certeza de mi muerte el día que nací. Apenas reposado sobre el vientre de mi madre, aún sin cortar el cordón de sangre del que me alimentó durante nueve meses. Allí estaba su sonrisa dolorida, y nuestra primera mirada como anticipo de que no hay flor que dure dos primaveras. Recuerdo que, muchos años después, cuando me incliné sobre el ataúd para besar su rostro frío por última vez, tuve la certeza de que ella ya no habitaba aquel cuerpo que me dio cobijo. Fue entonces, cuando me supe definitivamente desahuciado, aunque ya hacía muchos años que habitaba el alquiler de mi propia existencia.

          Pienso sobre dónde habitarán todas esas vidas alternativas que no he vivido porque elegí vivir la que tengo. Fantaseo acerca de cómo irán por allí las cosas, en esos otros mundos a los que di la espalda, o me la dieron a mí pero que, aún así, son historias que continuaron su rumbo como una sombra que no renuncia a desvanecerse. En algún lugar, al otro lado de nuestra realidad, habitan los que nunca pasaron de las tramoyas al escenario. Personajes condenados a una vida de ensayos a la espera de un estreno imposible. Sé que viven allí, sin nosotros. En ese otro camino que no cogimos. Los trabajos que no hicimos, los viajes que quedaron pendientes; los hijos que no tuvimos. Nada de lo que existe en nuestro pensamiento es vacuo, porque solo por el hecho de pensarlo ya lo creamos.

          Decía un conocido filósofo que cada día iluminamos mil vidas con nuestras decisiones: las que elegimos son las que podemos tocar, y las otras 999 que desechamos solo las sentimos, pero que al haberlas pensado ya nunca desaparecen. Como seres materiales nos vemos obligados a las cadenas de una sola elección, pero atados para siempre, a todas esas otras existencias que nos acompañan hasta el fin de nuestros días. Esa es, y no otra, la certeza de sentir lo que somos: reos de nuestras múltiples realidades e infinitas casualidades y decisiones, pero protagonistas de un solo papel como actores principales. 

          Yo creo que con la evolución de la especie nos hemos acostumbrado a sabernos presentes y ausentes a la vez porque, después de todo, el único aliento que existe es el que respiramos a cada instante. Lo de ayer no volverá a ocurrir jamás, y lo de mañana es un ilusionismo que nunca termina de materializarse. Nadie vive en el ayer ni en el mañana. Yo soy un poco terraplanista en esto, porque estoy convencido de que el tiempo no existe. En realidad, es solo una ilusión de nuestro cerebro para poder explicar una presencia inasible,  porque no se puede agarrar en ningún instante concreto. El tiempo es solo un pacto con nosotros mismos, un premio de consolación.

          La única certeza que tuvo el gran filósofo griego fue que no sabía nada. Aunque bien mirado nos hizo un poco de trampas: reconocer que no se sabe nada es, simple y llanamente, saberlo todo. Tuve noticia de la certeza de mi muerte el día que nací, pero fue muchos años después cuando mi madre me contó que, en realidad, por unos minutos creyeron que había nacido muerto. Me negaba a respirar y no quería romper en llanto. Quizá, le aclaré, era porque justo en ese momento meditaba sobre qué decisión tomar: si salir al escenario con todo lo que ello conlleva, o quedarme tras la cortina entre sonrisas de cartón piedra, telares desparramados por el aburrimiento y habitar el atrezo de una vida postiza.  

           

La conspiranoia

          A una buena parte de la hinchada argentina la ha infectado el virus de la conspiranoia. Una infección que se contagia a patadas y afecta al normal funcionamiento de las neuronas, lo cual es a la par peligroso y un tanto chistoso. Guarda cierta similitud con los terraplanistas diría yo, con los antivacunas y los defensores de la vida exoplanetaria. Y radicaliza posiciones absurdas, propiciando una hemiplejía que impide percibir la realidad al completo. Yo tengo dicho, en alguna parte, que tanto consumo de vaca asada conlleva el riesgo de acabar siendo un poco cabestro, eso sin contar los perjuicios del colesterol. 

          Los que hemos seguido el mundial de fútbol, hemos visto a una selección de Argentina con sus méritos y sus deméritos. Empezando por los primeros: enorme capacidad de resiliencia y lucha cuando se va perdiendo, entrega sin cuartel para remontar resultados adversos y jugadas brillantes de la mano del líder del equipo aprovechadas por sus compañeros. Victorias merecidas unas, cuestionables otras, pero ante rivales bisoños como Egipto o cobardicas como Inglaterra. Y también hemos visto una hinchada que llena estadios y plazas en USA como si les fuera la vida en ello, cosa que agradecen los jugadores como es lógico.

          Lo malo es cuando le das la vuelta a la moneda y sale la cruz. Un juego guarro y tramposo la mayor parte del tiempo, incluso violento en ocasiones, con la sospechosa aquiescencia de los arbitrajes en todo el torneo. Un Paredes macarra y matoncete con los más pequeños, un Simeone que, como su padre, además de futbolista solo podía haber sido portero de un after hour, o una afición llorona y provocativa incluyendo a los medios de comunicación deportivos de Argentina. En definitiva, algo de fútbol, y muchos desechos humanos y deportivos para representar a un país que merece proyectar más clase y un mejor comportamiento.

          No obstante, espero que la enfermedad se les pase pronto, pues la picadura del virus ha sido comedida. No quiero imaginar si pierden una final con algunos detalles de los perpetrados contra España. Por ejemplo, el robogol que el arbitro le quitó a España por la cara, o que España se hubiera dedicado a dar cornadas como los centrales argentinos, o que por cada una de las mil faltas no pitadas hechas por Argentina se las hubieran concedido a España. Supongo que el arbitro se habrá llevado su parte del trato, que Infantino se habrá tragado su disgusto como se ve en las imágenes y que Trump le habrá soltado una colleja por gilipollas.

          El virus les hizo a jugadores y cuerpo técnico girarse para no ver y reconocer la excelencia del ganador. Incluso después de que España le hiciera el pasillo. La típica actitud de mal criados a los que papá no les soltó alguna vez una buena hostia. España les pasó por encima en juego, en clase, en fútbol y en categoría deportiva. Pero quien dejó de verdad a Argentina a la altura de una mierda fueron sus jugadores y técnicos. El resto, como la guinda del pastel, lo han puesto una caterva de indocumentados infectados por el virus de la conspiranoia. Esperemos, y sería deseable, que la FIFA los ponga una temporada en cuarentena.  

El día de la banderita

          Hoy es uno de esos días, escasos y prácticamente anecdóticos, en los que cualquier ciudadano puede pasearse con la bandera española sin temor a ser amonestado. Y utilizo ese término por no decir insultado, etiquetado como fascista o incluso franquista. Hoy puede usted empapelarse de banderas de España y meterse en Vallecas, plantarse en Portugalete y navegar la ría de Bilbao o meterse en un bar de Gerona y gritar viva España. Mal se le tendría que dar la excursión para que le ocurriera lo habitual de otros días y tuviera que salir por patas para no liarse a hostias o recibirlas.

          Es uno de los milagros que obran los grandes eventos deportivos, y en particular y de manera muy especial el fútbol. Más allá de cuatro gatos amargados, que de todo tiene que haber, todo el país anima y apoya a la selección española. Desde Finisterre a Cabo de Gata. La rojigualda inunda las calles, los torsos y las cabezas bien amuebladas e incluso las desvalijadas. Hoy, por lo que sea, desaparece esa apropiación indebida de la bandera que sí existe el resto de los días que no se juega una gran final. Los españoles, según algunos, tenemos que usar la bandera de nuestra patria como los trajes de los domingos, cuando a papá le parece conveniente, o le sale de los cojones.

          En diciembre de 2017, Víctor Laínez, un paisano de 55 años de edad tuvo la «fatal idea» de vestir unos tirantes con la bandera de su país. Se fue a un bar de Zaragoza a meterse unos chatos, y uno de esos referentes éticos anónimos que tiene la izquierda radical lo asesinó por la espalda cuando salió a la calle. Al tipo le metieron 18 años de cárcel, por lo que es posible que ya ande por el mismo bar metiéndose un cubata o que le falten dos telediarios. Victor, desde la tumba o donde quiera que ande, es posible que hoy de coraje se vuelva a poner los tirantes sin miedo a que Freddy Krueger le arañe la cara. Y, es posible también, que su asesino hoy se haya puesto la rojiblanca con el nombre de Porro a la espalda, y que además se lo esté fumando tranquilamente.

          Hoy he visto en las redes sociales una euforia roja y amarilla en gentes que a diario reniegan de los colores de la bandera. Incluso a quienes han mudado de bando y ahora la reivindican como suya y de nadie más. Mogollón de tontolabas que se pasan el día por los platós señalando a los de la pulsera con la banderita como fachas y hoy se colocan una en el pecho: «pa facha yo», parece que reivindican con cara de haberse esnifado a un suplente de la selección. Si se llama Raya, han debido pensar, llevar la misma camiseta no puede ser nada malo.

          Independientemente del resultado del partido de hoy, que ojalá gane España, mañana de nuevo quedará abolida la libertad de lucir la bandera nacional so pena de ser considerado un fascista peligroso. Nada de pulseritas, que saldrá un erudito tertuliano con gafas y tatuajes llamándole facha y, ni por asomo, se le ocurra decir aquello de «Viva España» si no quiere que le tachen de ser más antiguo que Manolo Escobar. Tómeselo como un receso de noventa minutos, y disfrute de ser español mientras vemos uno de esos partidos que solo se ven dos veces en la vida.