El orégano tiene muchas propiedades medicinales, entre ellas se cuentan las antisépticas, antioxidantes y curativas. Es uno de nuestros remedios naturales más conocidos en el Mediterráneo. Sin embargo, conviene tener en cuenta que no todo es alegría en el monte como anuncia su origen etimológico. Ya lo dice el refranero: no todo el monte es orégano. Una frase que alude con sabiduría a una cierta contención en el gasto, y también a la gestión responsable de los recursos públicos y las expectativas futuras de prosperidad. Este último aspecto, me da a mí en la nariz, se nos ha ido pasando por alto. Yo, al menos, lo detecto cada vez menos en términos generales.
Si viviéramos instalados en la cima de una montaña de orégano, además de atufados por el intenso olor herbáceo, tendríamos razones para confiar en un mañana sin estrecheces. Claro que tendría que ser orégano de verdad, y no un remedo de plástico adquirido en un chino market de los que proliferan por nuestras ciudades. Es decir, conviene basar nuestro bienestar actual en el dinero que tenemos y no en la deuda, y exigir un gasto adecuado y responsable, sobre todo, de lo público. Nada le hace más daño al imaginario colectivo que coletillas de fanfarria como «sanidad y educación gratuitas». Gratis, lo que es gratis, no hay nada en este mundo. Ni siquiera en el otro, vistos los precios de los entierros.
No hace falta ir a una carísima universidad inglesa para saber que la sanidad y la educación públicas no son gratis, sino que las pagamos entre todos a través de los impuestos. Razón por la que tenemos buenos hospitales y unas magnificas universidades. Esto nos permite en España hablar de igualdad de oportunidades, que no de resultados porque eso depende de si el alumno es brillante o zoquete. Como todo en la vida, el menos esforzado o aplicado acaba recibiendo menos recompensas. Pero contamos con eso, con el poder situar a todos en el punto de partida. Lejos de esas universidades elitistas europeas de ricachones, explotadores y nuevos fascistas que en el futuro querrán explotar al pueblo llano y trabajador.
Pensaba esto porque no entiendo que haya gente entre nosotros que mande a sus hijas a estudiar a sitios como la prestigiosa universidad de Bristol (Reino Unido). Pagando solo por la educación 40.000 euros al año, 160.000 euros por el grado sin contar extras, además de la manutención y la residencia. Algo solo al alcance de una casta privilegiada. Claro que se trata de un edificio señorial con más de 150 años de historia (el impresionante campus de Clifton), que parece sacado de un cuento de hadas, o de una de las películas de Harry Potter. Y que esa misma gente sin empatía con los demás ciudadanos ni el medioambiente, incluso se permita ir a visitar a su retoño en un avión particular para 80 personas. Este sí, gratis total. Llenando de emisiones de CO2 el Canal de la Mancha.
Por esos motivos, los defensores de la igualdad de oportunidades defendemos la educación pública, y nos parece reaccionario a la par que estrafalario, quien muestra esas actitudes teniendo en España a nuestras ancestrales y reconocidas universidades públicas. Hay que ser muy poco patriota, creer muy poco en la igualdad y ser como tirando por lo bajo un clasista irredento para comportarse de ese modo. Por ello, siempre he tenido la duda de si estoy en el lado correcto de las ideologías y, querido lector, hoy confieso que no. A nadie le amarga un dulce, y menos para su familia e hijos. Yo también quiero esos privilegios clasistas y elitistas para los míos, y que le den por el culo a lo público. Lo malo es que llego tarde para hacerme socialista.
