El burka invisible

          El burka invisible es ese que hoy llevan algunas personas desde los colegios electorales a los platós de televisión. Está fabricado con una fina tela de propaganda y no es transpirable. Este, como el otro más visible e infame que todos conocemos, también permite enfocar la mirada en una sola dirección frontal: la que se le ha impuesto a sus portadoras a base de dádivas y polarización inoculada sin límite con dinero público. Tanto, que hay quien llega a justificar el oscuro y denigrante estigma de lona negra que pasean algunas mujeres por las calles de nuestro país. Venidas aquí, por cierto, a mostrar su esclavitud a ojos de nuestra libertad.

           Al principio, supongo yo, les debe resultar extraño vivir en un entorno cerrado y de ambiente tan cargado. Uno de esos en los que se da por sentado que tanto el sol como el cielo son visibles solo desde la escotilla. Siempre desde el mismo ángulo; con los mismos colores; desde el mismo rincón y con la mirada fija en el desconchón del muro de la pared de enfrente. Un mundo monocolor y monocorde, en el que con perseverancia y a ritmo de latigazo te van marcando el paso de neurona para que no te salgas de la fila. El horizonte se achica cada día, y el efecto túnel en la visión se convierte en la única amplitud de miras posible. Lo imagino asfixiante como el tugurio de un rastafari.

          Lo comparo con la situación de aquellas personas secuestradas que sufren el Síndrome de Estocolmo. La víctima experimenta una regresión emocional, sintiéndose dependiente del captor para sobrevivir. Esto suele generar desconfianza hacia las autoridades policiales o de rescate o, en el caso que nos ocupa, aversión ante las diferentes opciones de organización de una sociedad que se derrumba bajo los pies. Es, por otro lado, el mecanismo tipo de las sectas tóxicas: capturan la voluntad del individuo hasta despersonalizarlo y convertirlo en el apóstol ciego de cualquier disparate.

        En febrero de 2005 se estrenó la película El hundimiento. El argumento muestra una Alemania de 1945, en la que mientras la ciudad arde sobre sus cabezas, Hitler y su ministro de Propaganda, Josef Goebbels (Ulrich Matthes) siguen esperando una victoria final. Hitler ordena a lo que queda de su ejército que regrese a Berlín. Sus generales no sólo no contravienen sus órdenes, sino que hacen todo lo posible por cumplirlas. Hitler dice a Albert Speer (Heino Ferch), ministro de Armamento y consejero personal suyo, que, una vez Alemania haya ganado la guerra, el bombardeo de las ciudades facilitaría la recogida de los escombros y el comienzo de la reconstrucción. Speer, sin embargo, le pide que abandone la capital para salvarse a sí mismo, a la ciudad y a sus habitantes de la destrucción. Hitler le responde que o gana o afrontará su derrota, y si es así lo que ocurre ordena a Speer que destruya toda Alemania y que no deje al enemigo más que tierra quemada.

          Muy pocos de los que se aprovecharon de la situación mientras duró fueron capaces de desprenderse de la capa que les había proporcionado cobijo envenenado a cambio de connivencia. Ello significaría, tanto en 1945 como en 2026, y en cualquier país del mundo, reconocer errores y complicidades. Quizá también ambiciones y comportamientos reprobables, cada cual a su nivel. Incluso puede que la necesidad de lavarse las manos untadas con la grasa de las chistorras y pegajosas del polvo blanco de los días felices. Y, luego está el pueblo y el ciudadano de a pie, ese que caminaba en la fila con el burka invisible sobre su cuerpo, que se resiste a reconocer su participación y cambiar de opinión por la verguenza que sienten sin decirlo de haber sido miserablemente engañados. 

           

            

Manía

          En 2021 se estrenó la película No mires para arriba, dirigida por Adam Mckay. La trama, en resumidas cuentas, es  la siguiente: dos astrónomos del montón descubren que un meteorito se va a estrellar contra la Tierra. Es un hecho inevitable. Lo hacen público a las autoridades de todo el mundo y, pese a la evidencia, nadie hace el menor caso mientras el cataclismo se acerca. Es una crítica a la sociedad anestesiada, al rebaño que lo mismo come garbanzos que alfalfa, o igual comulga con obleas de trigo que con ruedas de molino. 

          Cinco año después, acabo de leer una novela imprescindible: Manía, de la autora estadounidense Lionel Shriver. Es también una crítica social con un punto distópico. Nos narra la historia de dos amigas en una sociedad americana en la que el wokismo extremo ha alcanzado un nivel patológico. La igualdad se ha impuesto por ley hasta el punto de anular cualquier tipo de diferencia entre las personas. El conjunto de medidas que se toman para conseguirlo raya en lo cómico por lo absurdo y, por supuesto, en las consecuencias imposibles.

          La autora perfila con maestría la personalidad de las protagonistas en unas subtramas intensas, derivadas de los instintos humanos más básicos y de la necesidad de adaptarse a una ridícula tiranía. Nadie puede ser evaluado. Desaparecen los exámenes de cualquier tipo en universidades y colegios, se prohiben palabras como retrasado, tonto o mérito. Destacar está mal visto y hasta el individuo más zote puede ejercer la medicina aunque no sepa distinguir un bisturí de un destornillador. Se iguala a la sociedad por el único lugar posible, es decir, en el nivel más bajo del intelecto y las capacidades cognitivas.

          Pensaba esto porque es posible que si seguimos construyendo una clase política como la actual, y llenando las instituciones de mentecatos, incluso sin entrar en conductas delictivas vamos al abismo. En política los mecánicos de electrodomésticos pilotan aviones, los vendedores ambulantes de ferias de pueblo operan a corazón abierto, y el kiosquero de barrio pretende levantar catedrales. Hasta el más tonto hace relojes. Y lo peor de todo es que lo damos por bueno. Creemos, pese a los cadáveres en las vías de los trenes o a que nos dejen a oscuras el país entero, que nos gobierna una gente capaz a la que se le paga una fortuna porque lo merecen.

          Quizá la novela de Lionel Shriver tiene de distópica menos de lo que parece. Los cambios de civilización solo se ven desde la perspectiva histórica. Sus protagonistas, a pesar de que viven el proceso desde dentro, no perciben la dimensión real del cambio. Puede que ya estemos en una situación así: una en la que la revolución de los inútiles hace tiempo que triunfó y se instaló. Y están tan cómodos que, incuso avisados de que el meteorito se nos cae encima, continuan revolcándose en una estúpida complacencia que nos va a aniquilar a todos. 

          

 

Sociedad anónima

          Si a usted no le interesan los temas de empresas y, aún así, después de leer sociedad anónima ha decidido seguir leyendo le tengo buenas noticias. Esta columna de hoy no va de formas de adoptar la personalidad jurídica. Va de algo mucho más ramplón y cotidiano, pero que no por ello deja de tener un significado sociológico en el que cabe profundizar: el gusto por el anonimato. Una puerta que da paso al lado oscuro de la personalidad individual que, nunca antes como ahora, las redes sociales han hecho posible de forma masiva.

          Al margen de los bots y trolls automatizados, masivos en la contienda política y diseñados para amenazar e insultar a quien opine distinto o disienta, está el ciudadano en apariencia normal. Una especie de doctor Jekyll y Mr. Hyde de mesa camilla que, con un perfil con la cara del pato Donald y unas iniciales en el nickname, se concede el derecho de atacar indiscriminadamente a otros usuarios. Los motivos pueden ser peregrinos y variopintos, pero por lo general, en el actual estado de polarización es porque se hooliganea en alguno de los bandos. El tipo o la tipa, se reafirma así en sus prejuicios a base de vómitos detrás del burladero virtual.

          La mayoría de la gente no les entra al trapo y directamente pasa de ellos. Otros le mientan a la santa que los parió, pero claro, al no ir dirigido hacia nadie en concreto el efecto es vacuo. Al contrario, el propio individuo tras el parapeto se viene arriba y sube la apuesta. Yo solo me he ciscado en la madre de otro usuario en un par de ocasiones tras ser insultado, pero porque eran tipos con nombres y apellidos en su perfil, como yo. Alguno que ese día decidió chulear pensando que era gratis y se llevó un zapatillazo en la boca.  

          Lo que muchos no sospechan es que aquellos que se esconden en las redes sociales, con frecuencia son los mismos que mutan de vecino amable que te saluda en el rellano a psicópata de manual detrás de un perfil anónimo. Es el mismo efecto que el del tipo que te ha cedido amablemente el paso en el ascensor de Mercadona, pero que cinco minutos después en una rotonda te echa el coche encima y te pega una pitada de animal desesperado. Todo, después de que él no haya respetado el ceda el paso o no sepa cómo circular en ese espacio ni que intermitentes debe usar.

          Una buena parte de la población es pura animalidad domesticada. Esto se ve trágicamente en los conflictos bélicos. Lo sabemos por la Historia: cómo el prestatario asesina al prestamista a sangre fría; el despechado viola delante del marido a la que fuera objeto de su deseo y luego los mata a ambos; cómo el sirviente que recibió cobijo y salario desvalija y quema la hacienda del dueño. Y, ahora, en tiempos de paz, lo que vemos es cómo toda esa psicopatía efervescente bulle en las redes sociales al amparo del anonimato. Enseñando la patita por debajo de la puerta a la espera de que alguien la abra.

 

El ejemplo de los mayores

          En esta época, marcada por nuevos “ismos”, el ejemplo de los mayores hace tiempo que dejó de ser un valor esencial. Se trata del fenómeno conocido como edadismo. Al menos, en muchos ámbitos de la sociedad. No obstante, no dudo de que hay quien mantiene en alta consideración las enseñanzas de sus mayores. Sin embargo, me da a mí que es algo que ocurre cada vez menos. Es, desde mi punto de vista, un auténtico despropósito y un error craso. No solo porque la cultura en mayúsculas siempre se ha transmitido de una generación a otra, sino porque, además, nunca hubo un contingente de mayores más preparados y mejor cualificados que ahora.

          Hace tiempo ya, al menos en España, asumimos que si te quedabas parado a partir de los 45 años ya te podías poner a rezar. A una distancia de dos décadas de la jubilación, en las entrevistas de trabajo ya eras demasiado mayor. O en el paroxismo de la contradicción, estabas sobre-cualificado. No digamos si te encontrabas en la cincuentena, entonces eras literalmente un desecho de tienta (permítaseme la tauro expresión ya que estamos en Feria). La experiencia, por alguna razón incomprensible, se convirtió  en un lastre, y lo que otrora fuera un baluarte pasó a ser una carga indeseable. Al mismo tiempo, la bisoñez cobró valor y cotizó al alza el tirarse a la piscina vacía.

          Se pusieron de moda palabras como carca, viejuno, carroza, carcamal, anticuado y otras por el estilo. Y aquella generación de sangre y savia nueva que abanderó la ruptura con los mayores y las tradiciones se hizo, a su vez, también mayor. Hoy les vemos por todas partes: el mundo de la política, en los medios de comunicación y en muchos aspectos de nuestra vida cotidiana. Muchos mienten sin ningún pudor acerca de sus cualificaciones, incluso a las instituciones que se supone dirigen. A veces, convertidos en personajes siniestros que acaban en prisión después de ostentar cargos de primer nivel.

          Pensaba esto porque es una pena. Hoy, otra generación se sustenta en el hecho de que ya no ha bebido de las fuentes tradicionales en casa. No ha heredado un cuerpo sólido de valores, sino que se ha criado con el ejemplo de una cohorte de venidos arriba que rompieron con sus mayores para comandar ellos un trayecto sin rumbo. Personajes, con frecuencia potenciadores del enchufismo y destructores de la meritocracia, detractores del esfuerzo y amantes del dinero fácil, o voceros de la igualdad creando cada vez más desigualdad.

          Yo soy racionalista, algunos me llaman pesimista, pero intento analizar siquiera como sociólogo de brocha gorda lo que veo a diario. Una nueva hornada, con demasiados miembros que sueñan con vivir y enriquecerse sin esfuerzo. No todos, como es lógico. Pero circulan nuevos modelos como por ejemplo convertirse en influencer, incluso sin haber terminado el bachillerato. Como hicieran quienes les educaron, a veces explican sus ideas con una fonética incomprensible marcada por sonidos guturales. En fin, qué decir, en parte, muchos elementos de este rebaño estarán, por pura ley de vida, llamados a dirigir las riendas de nuestro gran país mientras sueñan con llegar a Marte por arte de magia. O mejor aún, que alguien les lleve aunque no sepa volar.

Los afrancesados

          Tras el desastre napoleónico en España (Bailen, 19 de julio de 1808. Los gabachos se rindieron en vez de morir con honor). No sería el único ni el último de los gestos serviles con las tropas enemigas. A mediados del siglo XX en menos de una semana el ejército francés cayó en Las Ardenas ante la invasión alemana y, poco después, Philippe Pétain ya se había puesto al servicio de los nazis con un gobierno títere conocido como régimen de Vichy. Los hechos históricos no son muy condescendientes con el concepto de «colaboracionista» ni, en el caso de algunos compatriotas de entonces, con los «afrancesados».

          En España, durante la «monarquía» de Pepe Botella, que así se conoce a José I Bonaparte el borracho, muchos de los españolitos de entonces que solo aspiraban al bon vivant se afrancesaron para defender de boquilla al invasor. Sin embargo, como es lógico, en 1813 salieron por patas cuando las cosas volvieron a su ser natural en la batalla de Vitoria. Pensaba esto porque hoy, en un mundo globalizado, el colaboracionismo se puede ejercer a distancia y sin necesidad de arriesgar el propio pellejo sobre el terreno. Es, desde esa perspectiva, bastante más despreciable por lo que añade de sevicia y cobardía a partes iguales.

          Aquí,  nuestros actuales afrancesados a distancia han defendido durante décadas a regímenes tan infames y criminales como el de Venezuela o el de Irán. Mientras el mundo contemplaba atónito las ejecuciones masivas de su propia población,  o el robo de elecciones y la censura; las expropiaciones y demás vilezas, algunos traidores patrios hacían de valedores. Incluso conociendo que se trataba de países que encarcelan y torturan a españoles comprometidos con la libertad como en el infame edificio Helicoide de Caracas. Los colaboracionistas nunca hicieron referencia entonces a las Naciones Unidas, al Derecho Internacional o a los Derechos Humanos por esas cuestiones. Más bien miraban para otro lado, cuando no ponían la cuchara.

          Con los recientes acontecimientos internacionales, en los que el derecho internacional se quebranta, sí que escuchará usted a los afrancesados poner el grito en el cielo. No antes, mientras contemplaban impávidos las violaciones, sino ahora, que muchos asesinos en regímenes todavía medievales están siendo atacados. Ahora sí, los colaboracionistas a distancia levantan la voz en platós, en blogs, en la radio y en tele Pedro. Ha sido un simple golpe de corneta del maestro de orquesta y todos a llenarse la boca de Naciones Unidas y a darse golpes de pecho como plañideras. Antes no, ahora sí. Ese eslogan es el verdadero y no el apolillado no a la guerra.

          El relato no puede ser más propio e infame. Como el de muchas de aquellas figuras despreciables del pasado que en muchas ocasiones fueron colgadas en nuestros campos y huertas. Antes no por qué: pues porque no eran sus madres las ejecutadas por un velo; no eran sus hijas las violadas y asesinadas; no eran sus hijos gays los ahorcados; no eran sus propiedades las confiscadas y sus patrimonios los enajenados; no eran sus hermanos los torturados y los exiliados. Ahora sí por qué: pues porque le interesa al puto amo en clave interna. Nada define mejor a un colaboracionista afrancesado que las diatribas diarias del sanchismo y sus huestes. Y su asquerosa cobardía de mercenario de mesa camilla.  

          

Los Premios Goye

          Un año más se acaba de celebrar la ceremonia de los Premios Goye, en los que se premia a una nutrida representación de las artes escénicas. Gentes del mundo del cine, la crítica, la prensa y hasta la clase política se reúne en una noche mágica. Mágica porque no solo se celebran los éxitos, sino como ya viene siendo costumbre se reivindican desde la creatividad los valores sociales y democráticos que todos compartimos. Sé que hay una parte de la sociedad que esto no lo comparte, pero a pesar de todo, es necesario visibilizar por parte de quien puede hacerlo, las enormes injusticias que padecemos y los tiempos oscuros que casi todos vemos.

          Este año, como es lógico, se ha hecho referencia al derrocamiento del dictador bolivariano Nicolás Maduro. Un sátrapa que usurpando las elecciones del pueblo venezolano y mediante tortura, secuestros y asesinatos, ha sometido al país durante décadas a una brutal represión desde el seno de una organización narco-estatal. Y, como no podía ser de otra manera, se ha ensalzado el Premio Nobel de la Paz de Maria Colina Machado. Una luchadora valiente, mujer, y comprometida con la democracia en su país.

          Quizá uno de los momentos premonitorios de lo que iba a suceder esa noche fue cuando el auditorio, preso de la tristeza, recordó las 40.000 personas asesinadas en Irán hace pocas semanas: mujeres, niñas, niños, niñes, por cualquier cosa. Asesinados por homosexuales, por no querer someterse a la tiranía del burka, por gritar ¡LIBERTAD! Fue un momento de epifanía, una revelación de que el mundo entero debería apoyar la caída del régimen iraní y sus tiranos.

          Aún así, la comunión general estaba por llegar. Un gigantesco auditorio de pie con las manos levantadas recordando a las víctimas de nuestro terrorismo patrio. Clamando porque los asesinos pidan perdón, colaboren con la justicia y cumplan sus penas. Fue un momento épico, inolvidable diría yo. Una tremenda manifestación de decencia del mundo artístico, que de ese modo se manifiesta libre, no dependiente de dictados ni de platos de garbanzos públicos: gente auténtica como corresponde.

          Por eso me gustan cada año más los Premios Goye. Porque vamos avanzando en el camino correcto. Sé que a todo el mundo no les gusta, e incluso que hay quien prefiere otros premios como los Goya, con su gigantesco premio que se cae por su propio peso. Sin embargo, a mí esos premios y esa gala no me importan un pimiento. De hecho, ni recuerdo haberlos visto en los últimos 40 años, ni por lo que me cuentan, me interesa un carajo lo que en ellos se dice.  

Torpeza histórica

          Llevamos un tiempo asistiendo a la torpeza histórica de la izquierda política, recurrente por otra parte, cuyo proyecto consiste en una idea muy simple: el miedo. Tengo edad suficiente para recordar al ingenioso Alfonso Guerra esgrimiendo la tarjeta de racionamiento en los mítines, y las soflamas de aquel partido socialista en los años noventa contra la vuelta al pasado. Un partido que estaba corrompido, como hoy, hasta los tuétanos. También entonces, como ahora, intentaban tapar la montaña de casos de saqueo de las arcas públicas con la manta del franquismo. 

          Esta estrategia, un tanto mentecata, la seguimos viendo en cada ciclo electoral: las amenazas de que volverán los fascistas por la Castellana, los sobres con balas amenazantes, que resucitará Franco de ultratumba y todas esas zarandajas que, sinceramente, supongo que debe de haber algunas mentes que aun se lo creen, por lo que sea. Sin embargo, cuando cayó Felipe Gonzalez en 1996 no vimos desfiles de botas negras al paso de la oca, como era obvio suponer. Lo que sí vivimos fue una asombrosa etapa de crecimiento económico y en el empleo. Un tiempo que, como todo el mundo sabe, duró hasta aquel trágico atentado de 2004.

          Llevamos casi una década de sanchismo. Una izquierda salvadora y regeneradora (lo entiendo, yo también me río por no llorar), que clama porque cada vez hay más vulnerables, que aúlla porque es necesario ayudar a una creciente pobreza infantil, que se mesa los cabellos por la falta de vivienda, en fin, que se proclama la salvadora de tanta devastación social. No sé si ustedes atisban el tamaño del timo. A cada año que pasa de sanchismo-socialismo, peor pinta el panorama. Y, claro es, la solución pasa porque sigan gobernando ellos para que no vuelva el fascismo-franquismo (siempre la misma monserga). O sea, ni en los primeros capítulos de Barrio Sésamo los guionistas eran tan simplones.

          Esta semana, el ingenioso exindepe de la corte ha montado una party con unos colegas para ganar las elecciones que vengan. Se ve que ha hecho números y observa que cada vez les quedan menos incautos dispuestos a votarles. Uno esperaba que el as de la manga que iba a sacar sería un sólido proyecto social con números, cifras, proyecciones y compromisos. O alguna impresora 3D de la mochila para mostrarnos como se hacen viviendas para pobres. Pero… adivinen de que iba el gran proyecto, pues sí, de eso: de parar a la derecha y al fascismo y los franquistas. Y lo cojonudo es que els quatre gats que asistieron lloraban de la emoción, de lo lúcido de la idea, del inigualable talento del Mesías de denominación de origen Jaén afincado en Cataluña.

          La torpeza histórica es la del discurso rancio y regurgitado una y otra vez, pero hay que reconocerles una cierta habilidad de prestidigitadores y una buena porción de cemento en el rostro, si quiera, porque consiguen no por convencimiento, sino por dinero, un buen número de adhesiones inquebrantables. Cada vez menos, pero con un suelo sólido; uno construido con el dudoso éxito de que su necesidad de supervivencia se basa en el miedo, y en que cada vez haya más personas necesitadas, vulnerables y empobrecidas. Después de todo, en un país próspero, de emprendedores, de gentes que no necesiten su discurso ni sus mentiras quién les iba a votar.   

Una lana gorda

          Hace unos días, una simpática y agradable concursante del conocido concurso televisivo Pasapalabra, se hizo con el bote millonario. Rosa, como muchos ya saben, una joven hispano argentina con ramalazo gallego se “embolsó” la graciosa cantidad de 2.716.000 euros: una lana gorda. Concursaba Manu contra ella, otro chaval también joven y muy simpático, que durante muchas semanas estuvo a punto de llevárselo, pero que en cualquier caso ha sacado buena tajada gracias a sus habilidades lingüísticas y de conocimientos: 270.600 euros brutos.

          Esas cantidades, tan merecidas como abultadas, no salen de la puerta del plató sin pasar por caja como es obvio. Y, he aquí mi sorpresa, no de que tengan que pagar a Hacienda como todo el mundo, sino del incongruente comentario de Rosa al conocer lo que se lleva. Dijo textualmente: «Estoy contenta con el premio, y no me importa que sea un poquito menos por los impuestos». Reconozco que lo leí recién levantado y con la primera taza de café en la mano, pero me dio la risa floja o, como se suele decir, me entró una suerte de inesperado baile de San Vito.

          La razón de mis convulsiones es que el concurso va de conocimientos generales en los que, además, es imprescindible conocer el significado de muchas palabras y su uso en el contexto en el que se emplean. Por eso, al ver el adverbio de cantidad acentuado en diminutivo como expresión de cosa ínfima se me pusieron los ojos en blanco: «poquito menos». Reconozco que después de recoger el desastre sobre el mantel debido al rociado de café que se me escapó por la boca, pensé en diferentes posibilidades. Una, que realmente Rosa no sea tan lista fuera del rosco y esté muy desinformada. Otra, que su percepción sobre tamaños y cantidades difiera de la del común de los mortales. Y, por pensar mal, que prefiera quedar bien con sus saqueadores públicos no sea que aún le hagan más daño. La cosa le queda así:

  • Premio total: 2.716.000 €.
  • Retención inicial: La productora aplica una retención a cuenta del IRPF del 19%.
  • Impuesto final (IRPF): como ganancia patrimonial no derivada de transmisión, tributa con un tipo marginal del 47% en total tras la declaración de la renta.
  • Neto aproximado: Recibirá alrededor de 1.350.000 € – 1.439.000 €.

          Es decir, un poquito menos que la verdadera ganadora: Marizú Mopongo, que sin saber hacer la O con un canuto ni pronunciar un sustantivo se lleva lo más gordo. Quizá era a eso a lo que se refería con aquello de «un poquito menos». Me llevo un poquito menos que doña Mopongo para sus cosas en el gobierno y la campaña de Andalucia. 

          A mí, como a muchos que pueden permitírselo, me gustaría poder emigrar mientras esta banda continúe en la Moncloa, pero no me lo puedo permitir. Vivir en un país gobernado por una mezcla de bandarras y puteros, y que me quiten más del 50% de lo que gano me parece un atraco: un robo con violencia, por decirlo en fino. Un dinero, que en gran parte se lo llevan crudo para sus golfadas en vez de mantener las infraestructuras. Y para colmo la indecencia de argumentar en el Parlamento, con 47 cadáveres aun calientes, que ellos lo hacen todo bien y no tienen culpa de nada. 

Patrones oscuros

          Los patrones son formas de conducta o comportamiento, además de un modo de referirse a un determinado nivel de jerarquía. De todos es conocido, gracias a la serie televisiva El patrón del mal, el significado del término y a quién se refería en concreto en la Colombia de los años 80 y 90. También es muy habitual, por otro lado, que los jefes o personas al mando en organizaciones desarrollen patrones oscuros para llevar a cabo su labor. En política es lo habitual, pero no solo, también en el mundo de las empresas resulta algo sorprendentemente común. Es decir, jefes o líderes oscuros que perfilan patrones oscuros.

          Pensaba esto porque hay determinadas empresas que, incluso vulnerando las leyes y normas que defienden al consumidor, persisten en sus actitudes contrarias al derecho de los clientes. No son una o dos, pero entre todas, destacan las que se dedican a servicios de reservas de viajes y hoteles. Yo ya tuve con una de ellas un vaivén de intentos de fraude encubierto y líos varios. En concreto, con eDreams, y por lo que he revisado en la red no han cambiado. La intención detrás de sus formas o, como decía antes, de sus patrones de relación con el cliente, es claramente perjudicial para este y a cambio ellos se benefician y le sacan la pasta a la peña de forma borderline cuando no ilegal.

          Los patrones oscuros se basan en la cantidad de víctimas potenciales de actos fraudulentos disponibles, ya que superan con mucho el típico miedo de las empresas a perder clientes o reputación. De hecho, si uno mira las opiniones en internet de estas empresas, comprobará la cantidad de damnificados que se ciscan en sus madres y antepasados. Lo que sorprende ante este hecho, es que además desde las empresas responden con la chulería y el desdén que proporciona el saberse bastante impunes. Las respuestas de atención al cliente suelen ser algo así como: «Te jodes como Herodes, o también te jodes y bailas».

          Recientemente se aprobó en España una norma por la que darse de baja de una suscripción debe ser tan fácil —es decir por el mismo medio— que darse de alta. Esto se incumple y dificulta sistemáticamente. Más o menos darse de alta es tan fácil como mear en el campo,  mientras que de baja resulta tan complicado como subirse la cremallera de la bragueta con las manos atadas a la espalda. Enlaces que no existen en la web  y que remiten a teléfonos donde te atiende una locución inacabable hasta que decide cortarse la llamada etc. Eso sí, mientras tanto, los datos de pago no los puedes eliminar. Te han pillado la visa por el escroto y te la van a calentar con suscripciones recurrentes si no la anulas en el banco.

          Se trata de empresas trileras como la ya mencionada. Que, además, ubican sus call center en Indonesia del sur o por allí alrededor para escapar a todo tipo de acciones inútiles de la OCU española y de chiringuitos o asociaciones de primos hermanos de la OCU. Lo mejor, desde luego, es no dejarse pillar por los anuncios de todo tan fácil y todo tan barato, porque como dice el refrán: al final, lo barato sale caro. 

Ucronía del tren

           Desde que gobierna la derecha y la ultraderecha de Feijoò y Abascal, en este país no ganamos para desgracias. La última, la tragedia de esta semana en Adamuz que ha costado la vida a más de 40 personas (45). Y, como siempre hace la derecha y la ultraderecha, desde el gobierno piden a voz en grito que no se politice lo ocurrido. Claro, la vía más simple de estos fascistas para que no se les pidan responsabilidades. Aquí no hay nada que reprochar a las autonomías mayoritariamente socialistas como en la DANA. Así que, una vez más, tenemos que decirles alto y claro: «No pasarán».

           No podemos obviar que los avisos sobre el deterioro de las infraestructuras de la red ferroviaria han sido una constante. Hasta los sindicatos han comunicado en varias ocasiones en el último año por escrito el riesgo y el miedo de los trabajadores y trabajadoras del tren. Los propios pasajeros hoy víctimas de este gobierno fascista y criminal del PP y VOX, denunciaron en muchas ocasiones las anomalías en los trenes. Además de innumerables parones en pleno verano, esperas interminables, noches en la cuneta y pérdidas de días de trabajo. ¿Y qué hizo el ministro fascista? Chulear en la redes sociales con su cara de neandertal. 

          Por eso los socialistas, desde la oposición, no podemos quedarnos con los brazos cruzados. Esto ha sido un crimen, así de claro. Mientras los responsables se gastaban el dinero en sobrinas, en drogas y en llevárselo crudo. No basta con que el exministro de transporte esté en la cárcel, ni que el asesor de AZVI (la empresa trucha que reparó las vías), fuera ese tal Boldo también en la cárcel. Ni que la expresidenta de ADIF esté imputada por corrupción. Todo eso, solo es el reflejo y la evidencia de como funciona este gobierno franquista.

          Por eso, los socialistas junto con los sindicatos  y otras fuerzas sociales hemos convocado una mariscada transversal, resiliente e inclusiva como forma de protesta para este domingo, y luego una manifa ya cubata en mano. Llamamos a todas las compañeras de pelos de colores a la batucada, y a que confeccionen grandes pancartas con el lema «Asesinos». Vamos a llenar las calles de manos manchadas de pintura roja en honor a las víctimas. Este gobierno debe caer porque son unos asesinos y unos criminales. Y luego iremos a rodear el Congreso para pedir dimisiones. Camaradas, las calles siempre han sido nuestras, pero las vías de la muerte son de ellos.

……………………………….  Fin de la ucronía. 

          Usted, lector que vive al otro lado de la realidad, comprobará con asombro que en esta historia lo único real es la tragedia de esta semana. Olvídese del resto. Ese es el poder de las ucronías, una herramienta de la imaginación que nos permite asomarnos por encima del muro y visualizar una realidad alternativa. Y perfectamente plausible. Es cierto que a los dos lados del muro no somos iguales, ni de lejos. Hay muchos, cada vez más, que no actuamos de la misma forma miserable y rastrera que los del otro lado,  porque la vileza de las actuaciones son fruto de esa querencia al derrote por el pitón izquierdo que todos conocemos.