Mi vecina la vulcanóloga

          Mi vecina es una persona muy conocida y habitual en los platós de algunas cadenas de televisión. En algunos programas de esos que duran un día entero suele ser una de las protagonistas. Según el tema de la semana se explaya un poco más o le soplan un poco menos por el pinganillo. Pero es muy versátil y da el pego estupendamente para su público objetivo.

          Esta semana andaba yo de zapeo (no confundir con tapeo) a la hora de comer, cuando me la encontré en uno de esos canales de la tele hablando de la colada. Admito que no me resultó sorprendente que se tratara de trapos sucios en ese tipo de espacio televisivo y, mucho menos, que lo hiciera una experta en la materia. Sin embargo, y para mi completo asombro, justo cuando me disponía a cambiar de canal deduje que el asunto iba de vulcanología.  

          Yo había ido asumiendo durante los últimos meses su amplio conocimiento en epidemiología y virología, ya que alguna vez la escuché debatir con vehemencia con sus colegas de tertulia sobre la pandemia. Lo mismo cuestionando las proyecciones de incidencia de la OMS, que postulando sobre la conveniencia de una u otra vacuna según estuviera basada en ARN o en vectores (en arena o ventiladores creo que dijo). Pero es algo que se puede atribuir  a las interferencias del pinganillo.

          Sin embargo, es más difícil asumir, incluso durante un breve zapeo, que sean las personas que presentan programas serios o noticiarios quienes confundan el archipiélago Canario con el Balear. Se refieran a Formentera por Fuerteventura o confundan Las Palmas (Gran Canaria) con la isla de La Palma, cuando no con Palma (Mallorca). Es natural, que la premura que imponen los acontecimientos propicien algunos deslices como los mencionados, pero sospecho que hay algo de base que también lo justifica. 

          Si una va a hablar de coladas porque se siente con los conocimientos necesarios bien asentados, lo menos que puede hacer es repasar el catálogo de marcas de detergentes disponibles, las últimas novedades en electrodomésticos y cosas por el estilo. De lo contrario, es fácil quemarse en público. 

Caza de brujas

          A principios de la Edad Moderna, allá por el siglo XV, nació en Europa un fenómeno conocido como «Caza de Brujas». Un despropósito colectivo consistente en la persecución de, sobre todo mujeres, acusadas de practicar y alentar un nutrido catálogo de acciones contrarias a la Iglesia o a las normas de convivencia. Un puritanismo fariseo que, cinco siglos después, en España mantiene una vigencia y fortaleza de primer orden.

          Si eras víctima de la cacería, lo más probable es que ardieras entre teas impregnadas de miedos, recelos, odios y fantasmas que era necesario conjurar mediante las llamas de una buena pira en plaza pública. Un espectáculo jaleado por una muchedumbre gritona y sedienta de sangre ajena, una masa cuyo apetito de carnaza nunca llegaba a verse del todo saciado. Un esperpento impulsado por unos poderes que necesitaban alimentar, de vez en cuando, el resentido lado oscuro de la gente.

          Recordaba este antiguo fenómeno social viendo en Netflix un brillante y recomendable documental sobre el caso Wanninkhof – Carabantes, los apellidos de dos chavalas asesinadas hace ahora veinte años (entre 1999 y 2003): Rocío y Sonia. Fue de tal calado el impacto social de la primera muerte, la de Rocío Wanninkhof, que la premura por hacer justicia llevó a una inocente, Dolores Vázquez, a pagar una infamante injusticia. Una amiga de la madre de la víctima convertida en bruja por los medios de comunicación, los gurús de las tertulias, los carroñeros y, sobre todo, por el pueblo ciego, desquiciado y sediento de carnaza.

          Es desgarrador imaginar lo que aquella inocente debió sentir al ser abucheada mientras era conducida por la policía o los guardias civiles. Esposada y tapada la cabeza, insultada y ultrajada sin piedad al grito de asesina por sus propios vecinos, vilipendiada en noticiarios, tertulias de majaderos en la tele y posteriormente condenada y encarcelada por unos jueces condicionados hasta la ceguera por semejante cacería de brujas.

          Sin embargo, el precio mayor lo pagó tres años después, otra niña con apenas 19 años.: Sonia Carabantes. Brutalmente violada y asesinada por la misma mano criminal que había acabado con la vida de Rocío Wanninkhof. Basta con oír el testimonio de su madre, para comprender la responsabilidad que todos tenemos cuando nos comportamos como inquisidores amparados en la masa: «Sonia no habría muerto si no se hubiera condenado a una inocente, y se hubiera seguido con la investigación hasta encontrar al culpable».

          Nadie ha pedido perdón a Dolores Vázquez. Ni a ninguna de aquellas brujas que ardieron en la noche de los tiempos. 

                        

Lo seguro del seguro

           Lo diré sin muchos rodeos: el negocio de las compañías de seguros se basa en cobrar las pólizas y evitar por todos los medios tener que pagar los siniestros de los asegurados. Es así de simple. ¿En qué me baso? En que nadie se lee la letra pequeña, y a veces ni la grande, de lo que firma cuando contrata una póliza de seguro. Ya sea por desidia, porque de todos modos la tiene que contratar al ser una exigencia legal, o porque se la cuela el amigo matutero una tarde tonta de esas que todos tenemos.

          El trato se plantea de la siguiente manera: en la primera página, a todo color y con letra visible a un metro de distancia incluso con vista cansada, ahí están las coberturas. Es decir, todas aquellas desgracias, accidentes, infortunios y jugarretas del destino de las que mediante la firma del papel se le salva a usted de las consecuencias económicas y legales en caso de que ocurran. Y en las siguientes 30 ó 40 páginas, en letra tamaño prospecto farmacéutico, se le informa de todas las circunstancias –exenciones le llaman ellos– por las que el seguro no asumirá dichas consecuencias. Es decir, todo tipo de ocurrencias entre las posibles desde una perspectiva lógica y basada en la experiencia, e incluyendo lo improbable y hasta lo estrambótico.     

          El seguro es un negocio seguro. Y además, es de una simpleza abrumadora. Se trata de un chiringuito donde trabajan una serie de personas, que reciben puntualmente un dinero fresco que les sirve para pagar las nóminas, los gastos, algunos impuestos y mantener la persiana abierta. No hay proveedores con camiones en la puerta, ni mercancías que mantener en stock, no hay cadenas de producción porque nada produce una compañía de seguros salvo frustraciones y desengaños. No hay innovación tecnológica, ni eso que llaman I+D+I; pero a cambio si tienen mogollón de operadoras en los call center offshore en Colombia, Perú o República Dominicana porque la nómina que pagan no llega a los 300 euros al mes. Son esas simpáticas señoritas que le llaman a la hora de la siesta.  

          Viendo esta semana los incalculables destrozos provocados por las tormentas en ciudades como Toledo o Tarragona, y la desesperación de familias enteras que ven pisoteados sus recuerdos, embarrados sus enseres y derribados los muros de sus casas, me invade un sentimiento que creo que se podría definir como compasión. Un pellizco en el estómago provocado por ver sus primeros testimonios de esperanza, entre lágrimas, cuando hablan de que por suerte cuentan con el seguro.

          Ese seguro que les va a pedir los papeles que han perdido en la inundación, las facturas de los enseres que nunca conservaron o también perdieron; y al que todo eso se lo van a tener que explicar por teléfono mediante una asistente virtual que les va a cortar la comunicación dos de cada tres llamadas. Ese seguro que les va a decir, cuando les diga algo, que así no se reclama porque deben seguir los 1.001 puntos, cláusulas, plazos, estipulaciones, peritaciones, salvoconductos y bulas papales que figuran en la letra pequeña y así, hasta la completa desesperación.    

          Hace un par de años otra DANA se llevó por delante vidas y haciendas de muchas familias que aún no han visto un euro del seguro. Dos años, háganse a la idea. Para que dos años después te salgan con la frase preparada: «se va a hacer cargo el consorcio, cuando la administración pague, o como es zona catastrófica….» En fin, lo único seguro del seguro es que si tiene usted problema, el problema es suyo.  

Una sociedad anómica

          Mucho se ha escrito sobre las tendencias autodestructivas de los individuos. En España, la cifra de suicidios son de vértigo, unos 10 casos al día: más de 3.500 muertes al año y creciendo casi al 4% anual. El doble de fallecidos que en accidentes de tráfico. Una tragedia que afecta al triple de hombres que de mujeres. Resulta, además, realmente sobrecogedor que la franja de edad con mayor número de casos es la de 30 a 40 años.

           Cabe preguntarse qué expectativas incumplidas, qué falta de arraigo y esperanza en el futuro, qué clase de decepción con la sociedad y con uno mismo, qué hartazgo, en definitiva, lleva a una persona en la plenitud de su edad a quitarse la vida. ¿Es esta una muestra más de la decadencia occidental y de la española en particular? El caso es que mientras en Europa desciende la incidencia, en nuestro país va en aumento. 

          Según lo exponía el sociólogo francés Émile Durkheim, el suicidio tiene su origen en causas sociales. De los cuatro tipos de suicidios descritos por él, quizá el anómico es el que más nos concierne hoy en día. Es decir, el relacionado con sociedades decadentes, en transición o con estructuras e instituciones incapaces de sacudirse complejos, controlar la convivencia y preservar la seguridad y el bienestar de los ciudadanos: una sociedad anómica. 

          Es desalentador el paseo matutino por las noticias. Es casi imposible encontrar algo que no sea malo, grotesco o directamente absurdo. Esta semana hemos leído que una okupa llamó a la policía para que le abrieran la vivienda que estaba ocupando ilegalmente, porque el dueño había puesto una cadena y un candado. Las autoridades le abrieron la puerta y detuvieron al dueño. O que un hombre de 77 años disparó dentro de su propiedad a un ladrón que empuñaba una sierra eléctrica y enviaron a prisión al hombre que estaba en su casa. Una semana antes, 3 ladrones mataron a un hombre en su vivienda cuando entraron a robar y el juez los puso en libertad con cargos. Y, claro es, el muerto al cementerio y a otra cosa. 

          Ayer, sin ir más lejos, otros 3 individuos cuya procedencia no diré para que no me llamen racista –son marroquíes–, drogaron, violaron y torturaron quemándola con cigarrillos a una chavala de 18 años. Dada la procedencia de los criminales no habrá interminables reportajes de manadas, no saldrán sus fotografías en todas las teles durante semanas, ninguna ministra feminista saldrá indignada: nadie hará nada. La víctima no forma parte del plan de autodestrucción de la sociedad española.

          Resulta paradójico que se destinen 180 millones de euros para la lucha contra la violencia de género de la que unas 45 mujeres son víctimas mortales cada año, y nada para la prevención de suicidios de los que casi 1.000 mujeres son víctimas, igualmente, cada año. Una sociedad en descomposición es la que muestra con sus leyes y normas la inmoralidad, a veces cercana a la sociopatía, de sus dirigentes políticos. La sociedad occidental, en general, se descompone como un azucarillo y, España en particular, como alumna aventajada. Algo es algo.         

Trampa mortal

          Vaya por delante que además de conductor experimentado con más de un millón de kilómetros en el cuerpo, soy asiduo usuario de bicicleta, deporte muy recomendable para mantener la forma física y pasar un buen rato solo o en compañía de otros ciclistas. Además, como medio de transporte es cada vez mas habitual, como también ocurre con los patines motorizados o eléctricos y diversos aparatos con ruedas.

          No creo que todos los conductores veteranos tengan una alarma en el ordenador para revisar las nuevas normas de la DGT cada cierto tiempo, ni que dicho organismo se esfuerce mucho en comunicarlas cuando las publican. Y, claro es, ello conlleva frecuentes confusiones entre usuarios de la vía pública. Ya comenté en otro artículo, el error del ciclista al cruzar por el paso de peatones pedaleando y creyendo que está en su derecho. Lo que conlleva no pocas discusiones y encontronazos con los conductores de vehículos y motocicletas.

          Pero, sin lugar a dudas, lo que me parece una trampa mortal, probablemente ideada por algún iluminati de Baviera, de esos de los que con dos cafés se creen el gran Salomón, es lo de los carriles bici. Sí, esos que invaden las calles de nuestro país por lugares lógicos unas veces y arbitrarios otras muchas. Que usan tanto los ciclistas como los nuevos kamikazes de los patines y, sobre todo, las mascotas y sus dueños para los paseos y las evacuaciones fisiológicas.

          La trampa no es otra que conceder, según la DGT, siempre la prioridad de paso al ciclista o patín cuando circulen por dicho carril. Esto conlleva a que, por ejemplo en un cruce con un ceda el paso para el vehículo que llega a la intersección, por ejemplo por su izquierda amigo lector, y que como dicta la norma tenga que parar si usted llega al mismo tiempo y cederle el paso, el ciclista o usuario de patín no tiene que hacerlo porque tiene siempre preferencia. Y el que debe parar es usted.     

         O sea, que si es un cruce del que usted conoce el ceda el paso, y la bici o patín mal iluminado no es visible a primer golpe de vista, que suele ser de una milésima de segundo y le aparece por el carril bici, se le estamparía en su lado izquierdo por que usted que NO tiene el ceda el paso, no se lo ha cedido al ciclista y se ha parado. Todo muy lógico, si lo que se pretende es idear una trampa mortal.  

El cuento del tonto feliz

          Va para año y medio que el mundo cambió. En algunos países, la mutación social fue más rápida que en otros, pero la forma de vida conocida hasta las Navidades de 2019 se esfumó unas semanas después de las uvas de fin de año. De la pericia en la gestión o la imprudencia, de la empatía y el liderazgo o el sectarismo, dependía la economía y la vida de millones de personas a nivel global. Cada cual y su conciencia que aguante su palo y que, el palo de la justicia, en todo caso, caiga sobre quienes lo merecen antes de que se escurran por las rendijas de madera de las bodegas de unos barcos que dejan en dique seco.  

          Desde una perspectiva nacional, ya sea española o sudafricana, la pandemia ha alterado la vida de los ciudadanos de formas diferentes dependiendo del contexto económico, de la fortaleza de sus sistemas sanitarios y, como es lógico, de los gobernantes de turno que por dicha o por desgracia les tocó tener en ese momento. Recuérdese que nuestra mala suerte, según la exministra Calvo, devenía del hecho de estar situados, en el mapa global, un poco más al oeste que otros países. Mientras en Portugal, con una situación mucho mejor que la nuestra en aquel entonces, miraban para la Azores silbando con disimulo.  

          Sin embargo, cabe la sospecha de que, al margen de que no hay nada más preciado para los depredadores del mercado que un tonto con dinero, en este caso, los tontos seamos una inmensa mayoría de los casi siete mil millones de personas que habitamos el planeta. A excepción, eso sí, de un reducido grupo de líderes, entre los que, obviamente, no tenemos plaza ni para llevar los cafés. Lo normal en un tonto es que tropiece y tire la merienda y pringue a los invitados. Y eso lo sabe todo el mundo.

          Sospecho que media Europa está asistiendo con España a una especie de Show de Truman, en la que nuestro Jim Carrey particular, envuelto por una nube de burbujas de jabón, inhala poder de una cachimba mágica que lo convierte en una marioneta, a veces locuaz y otras veces retraído, como un peluche agazapado en su palacio de cristal. Esa zona segura, en la que un ejército de masajistas lo embadurnan a toda hora.

          Sospecho que es feliz, porque su anhelo de inmortalidad es tan patético como irreal. Y lo es, porque se fijó en el personaje equivocado. El deseo de vida de Pinocho era limpio, puro, inocente; algo de lo que un muñeco de madera creado por la mano de un genio de la literatura puede hacer y perdurar en la Historia. Por eso, sospecho que ni siquiera como imitación, su ridícula figura pasará a la Historia, salvo como la del tonto que nos tocó en el peor momento.    

El cerdo agridulce

           Hace unos días me contaba un allegado una situación distópica que le ha ocurrido. Resulta que a este amigo, al que llamaré X como era costumbre en cierta literatura, y propietario de una vivienda unifamiliar en Sevilla que, por razones de trabajo, tiene normalmente alquilada ya que él vive en Madrid, se la han liado parda: «Vaya el alquiler de lo uno para el pago de lo otro». Solía decir.

          Hace tres años una inmobiliaria de la zona le propuso alquilar la vivienda a una familia de nacionalidad china, cosa a la que accedió no sin dificultades, dado que los citados chinos precisaban de intérprete para poder comunicarse. Se revisaron los papeles por parte de mi amigo y de la inmobiliaria; la solvencia de la familia; incluso hizo una pequeña consulta sobre posibles antecedentes judiciales (no había nada), y se pasó por el seguro de impagos que dio el okey. Todo correcto. Así que, como para mi amigo lo de ser chinos no era un impedimento, alquiló.

          Me contaba con ojos de incredulidad, como una tarde dos años después, al bajar del gimnasio y ver una llamada perdida en el móvil (un número de Sevilla), la devolvió de inmediato: era la Guardia Civil. Quienes con el poco tacto que les caracteriza para dar malas noticias le dijeron: su vivienda ha sido objeto de una organización de narcotraficantes y hemos tenido que reventarla (literal) para detenerlos. El resto ya se lo pueden imaginar. 

          Lo distópico del asunto es que mi amigo se encontró con lo típico en un país como el nuestro: el seguro de entrada se desentiende (en sus pólizas hay más salidas que en el metro), como se habían enganchado a la luz ENDESA se desentiende y cortó los cables, el ayuntamiento no quiso saber nada, ni la diputación… ni nadie. Solo estaban mi amigo y su casa reventada. Eso es todo. La broma le ha salido por unos cuarenta mil euros más abogados.

          Pero lo realmente alucinante me relataba, es que cada vez que vengo a la casa y miro en el buzón de Correos hay una notificación oficial dirigida al chino narcotraficante ofreciéndole ayuda legal, asistencia psicológica; que si la oficina del inmigrante; que si no se deje acusar de nada, en fin, ayudándole a que se declare vulnerable o insolvente etcétera con recursos que pagamos entre todos. ¿Y a ti que te han dicho? le pregunté. A mi no me han llamado ni siquiera por teléfono para ver cómo estoy o si necesito un vaso de agua. Y yo, no pude contestarle otra cosa que: «pues no digas que no te gusta el cerdo agridulce porque encima te acusarán por racista».    

Lo inevitable y lo evitable

          Recuerdo una asignatura de sociología, creo recordar que de tercer curso, que se llamaba «conflicto social y conducta desviada” que me llamó la atención por algunos de los conceptos y paradigmas que se manejaban. Entre ellos, uno relacionado con la criminología que defendía que, en cada sociedad y en cada momento de la historia hay, de forma inevitable, un número determinado de crímenes. Aquello me sonó como una condena, pero también como una toma de conciencia acerca de qué somos y qué podemos esperar de nosotros –los humanos– como organismo social o tribu organizada. 

          Recuerdo que se debatía sobre la historia del crimen conocido, algo tan tempranero como el leñazo que según las Santas Escrituras le metió Caín a su hermano Abel por pura envidia. Un sentimiento, por cierto, que hoy en el año 2021 d.C sigue siendo el más común entre los mortales. Después, si uno lee no solo la Biblia, sino que repasa el elenco de manifestaciones artísticas e históricas, encontrará una gigantesca derrama de sangre, odios, venganzas, crímenes abyectos y todo tipo de violencia que ninguna otra especie es capaz de superar. Por un simple motivo: porque solo los humanos sentimos envidia, odio y sentimientos similares, y solo nuestra especie mata sin necesidad de hacerlo para subsistir, sino por pura maldad.

          Esta última semana hemos asistido a varios acontecimientos de sevicia extrema, de crueldad y horrores inimaginables para una mente socializada y humanizada; para ningún ser humano que haya sentido una mínima llama de amor alguna vez. Sin embargo, y por mucho que haya que seguir esforzándose en la prevención y la mitigación de las consecuencias, debemos ser conscientes de que seguiremos asistiendo a los tremendos horrores de nuestra naturaleza humana.

          Es inevitable que, desde la perspectiva y el dogma sociológico, se produzca un cierto número de crímenes en cada sociedad, como lo es que haya un cierto número de accidentes de tráfico o de víctimas de enfermedades como el cáncer u otras patologías. Lo único que podemos hacer es luchar: tratar de minimizar los casos mediante el estudio, la prevención, la investigación, la generosidad y el esfuerzo común. Aunque sea para luchar contra lo inevitable, eso nos convierte en dioses de carne y hueso.

          Eso sí, podemos evitar lo evitable que es, además, lo más sencillo. Me refiero a evitar usar la tragedia para hacer propaganda, el dolor para generar más odio y confrontación. Evitar inventar conceptos vicarios y maniqueos para tapar una tragedia mayor no porque sea parte del remedio, sino porque es parte de la sucia solución de quienes pretenden sacar provecho del dolor ajeno. Evitar, en definitiva, que ese instinto de hiena carroñera salga a relucir de forma tan repugnante.        

El temazo

           El tema de la semana es que nada es caro, y mucho menos el recibo de la luz aunque a veces lo parezca y que, llenar la factura de tasas y recargos e incluso meterle el IVA a esos impuestos es, por así decirlo, algo normal. El temazo, por otro lado, no es el precio de la energía sino quién pone la lavadora en horario de imaginaria. A esta nueva filfa que con mano metódica nos van administrando; se han sumado los recordatorios a modo de descarga eléctrica, en las redes sociales, a quienes hacían bandera de la bajada del puntual puyazo. Sin el menor efecto en la dignidad, la vergüenza y, mucho menos, en los cargos de los interpelados.

          Desde la ventana de mi cocina se ven los lavaderos de los pisos del edificio de enfrente y, cada dia, a horas variables, veo a alguna persona sacando la ropa de la lavadora o tendiendo con alfileres la colada chorreante; a la antigua usanza. Es una visión inevitable, pues si quiero saborear un café tomando un poco de aire es como si me sentara en el cine en la tercera fila dispuesto a ver reiteradamente la misma película. La fauna vecinal que se dedica a estas labores es variopinta y variable: dependiendo de la hora a veces son unas personas y otras veces son otras. Y en las familias más extensas incluso se hace el trabajo en equipo.

           En mi casa, que no expone el lavadero públicamente, todos los que la habitamos metemos nuestras prendas necesitadas de lavado en una cesta de mimbre que, una vez llena, introducimos en la lavadora segregadas por colores para no enturbiar lo blanco. Yo soy el encargado de esperar hasta las diez de la noche para dar comienzo al festival de consumo eléctrico: a diario el lavavajillas y casi a diario, la lavadora. También me encargo habitualmente de retirar el material limpio y colocarlo en su sitio. Y una persona profesional, que viene una vez a la semana, hace la plancha.

          Me quedé sorprendido con las risitas tontunas de la ministra cuando sacó lo del temazo, para desviar la atención de aquello por lo que se le estaba preguntando –cosa que hace siempre–. Sorprendido por la chulería y la displicencia con la que tiraba de comodín para no responder al asunto del precio de la luz y de la salvajada de impuestos que incluye cada factura que nos vemos obligados a pagar. Sorprendido de que esta gente que son, en teoría, los progres del pueblo, casi lo único que han venido a hacer es enriquecerse y reírse de todos nosotros. 

          Me costó entender lo del temazo, y a pesar de que me produce bastante desazón escuchar a esta señora, acabé por entender lo que quería usar para evadirse. Por eso, esa misma tarde cuando me crucé en la escalera con la pareja del 6H, no pude resistir  la tentación de preguntarles por el temazo y para mi sorpresa se echaron a reír. Resulta que según me dijeron, tanto Teresa como Elena, ponen la una o la otra la lavadora cuando les da la gana.              

Qué ganen los buenos, que pierdan los malos

          Vaya por delante que he tomado prestado para el título de este post, el estribillo de una estupenda canción de El Arrebato, un tío simpático y flamencón que canta de maravilla. Desde que escuché por primera vez este tema le he dado muchas vueltas, a pesar de que la letra es directa y fácil de entender, al asunto de los buenos y los malos y a la cuestión de la perspectiva ética según a quién se mire o se juzgue en un momento determinado.

          Esto nos lleva de cabeza a la construcción del relato. Hasta no hace mucho los buenos eran los que ganaban una guerra. Cosa obvia, porque el relato lo construían los vencedores y, conforme se iba transmitiendo de boca en boca y de oreja en oreja, la idea quedaba fijada en el subconsciente colectivo. Por ejemplo, después de la II Guerra Mundial los aliados fueron indiscutiblemente los buenos y los nazis los malos –esto era muy obvio, además de cierto–. Lo que quizá necesitó un poco más de elaboración es que los comunistas también fueran los buenos, pero se hizo, y aún hoy en España sigue siendo incomprensiblemente legal el partido comunista. Al margen de que la UE los condenara junto con los nazis por crímenes de lesa humanidad en el S. XX hace apenas año y medio.

           Esto las izquierdas lo han manejado siempre con maestría, desde luego a un nivel muy superior a las derechas, que en este sentido parecen siempre más acomplejadas o reticentes a construir una versión de parte. Viene este asunto a colación de lo fácil que les resulta a algunos hacer un relato bipolar, cosa que consiste en arrojar a la cara del contrario la merecida basura cuando le toca, al tiempo que se consigue ocultar y soslayar la misma basura en la casa propia.

          En España uno de los partidos mayoritarios es el que acumula más casos de corrupción y de condenados de toda la historia, sin embargo si usted pregunta a cualquiera por la calle por ese partido le dirá, casi con toda seguridad, que es el otro partido el más corrupto. Sin saberlo, sin datos, a bote pronto. No crea que haber robado 800 millones de euros de los parados para drogas o prostitución afecta mucho al relato popular. Los malos son los otros.

           Este modus operandi de la construcción de la idea del bien y del mal y la ocultación llega a extremos inverosímiles en Valencia en estos días. Donde una de esas buenas buenísimas personas de la izquierda ética, moral, y poco menos que celestial, ocultó los abusos sexuales de su marido a una menor. Y lo hace además, sin haber defendido la justicia y la dignidad de todas esas niñas abusadas durante la gestión del buenismo en Baleares. En fin, uno ya no sabe si entre los malos hay alguno bueno, pero entre los buenos hay mucho malo y mucha mala y mucho hijo de puta y mucha hija de puta.