Hooligans

         Seguramente habrá oído esta palabra alguna vez (suena juligans), y es un anglicismo usado para referirse a los hinchas de fútbol ingleses. Son fáciles de ver en los campos: semidesnudos, borrachos, alterando el orden y, con mucha frecuencia, provocando disturbios y peleas en las gradas. Más de una tragedia han provocado. Quizá la más conocida por sus consecuencias fue la del estadio Heysel en mayo de 1985 en la que murieron 39 aficionados. Es obvio, que nada más verlos uno comprende que no es gente que atienda a razones.

          Esta forma de comportamiento y ceguera racional también se ha instalado en muchos ámbitos fuera de los campos de fútbol. Por ejemplo, en los bares, restaurantes, incluso en las reuniones familiares y, por supuesto, en las redes sociales y los medios de comunicación. Hay días, que incluso se producen conatos de hooliganismo en los escaños del Parlamento, divididos como las canchas de fútbol en gol norte y gol sur.

          Reconocerá el alma de un hooligan cuando descubra que solo defiende una sola cosa: lo que diga el jefe de filas. Sea lo que sea y sobre el tema que sea. En el caso de la prensa lo que digan los amos del negocio, o quienes pagan el chiringuito mediático. La otra pista inconfundible es el basto –con b, claro– conocimiento que poseen de todo: desde epidemiología a vulcanología pasando por astrofísica y cabalística. Es sorprendente, dado que no debe ser fácil adquirir tantísimo conocimiento pasando el día de plató en plató, o en Twitter, dando la matraca y mal metiendo aquí y allí.

          Ya dije que la derecha de este país se equivoca de plano con el tema de las pensiones. Blindarlas es una cuestión de justicia social y, revalorizarlas según el IPC, también. Lo diga quien lo diga. Es una cuestión de prioridades. No se puede negar algo así mientras se dilapidan miles de millones de euros en cuestiones menores como la promoción exterior de algunas regiones, se pagan sueldos estratosféricos para embajadas del feminismo o de lo que sea, o se estima el coste de la corrupción en 90.000 millones de euros al año. En todo caso, y ya que  parece no haber remedio: primero las pensiones y luego las mangadas, y no al revés.

          Estos días atrás, la derecha vuelve a tropezar en el vicio del hooliganismo, entrando al trapo para quemarse en un sin sentido. Comer sano, bajo en grasas y azúcar, con poca carne roja y hacer deporte es, lo diga quien lo diga, lo más sensato y racional que se puede hacer para mantener una buena salud. El centro derecha necesita apartarse de las maneras juliganescas que hemos visto en la extrema izquierda y los comunistas desde que llegaron al gobierno, incluso en buena parte de los socialistas. Es obvio, que al votante de centro derecha no le va tanto el hooliganismo como al gol sur. Si no, y después de lo que ha llovido y la que han montado estos colegas desde hace dos años, cómo explicarse que las calles estén serenas y tranquilas en vez de incendiadas y en llamas.      

El barranco digital

          Seguro que usted ha oído hablar de la brecha digital. Una distribución desigual en el acceso a diferentes servicios públicos y privados para determinados grupos sociales: por ejemplo, las personas mayores o con menor formación. Es la consecuencia de esa decisión que nadie ha tomado, según parece, pero que se ha impuesto en todas partes: aquí todo el mundo debe tener un teléfono inteligente y manejarse con las descargas, las memorias internas de los móviles, las redes y demás trampas tecnológicas. Y el que no, pues que se atenga a las consecuencias. 

          La banca fue uno de los sectores más agresivos en este sentido. Aquel abuelete que iba con su cartilla un par de veces al mes para que se la pusieran al día, de la noche a la mañana, se encontró con el infranqueable muro tecnológico. Trató de pedir asistencia y se encontró con el careto de sorpresa de una directora de oficina recriminándole que no tuviera un smart phone, que no se manejara por el mundo de las apepés como un estudiante de Silicon Valley y que, para colmo, no tuviera un nieto a mano del que tirar. O sea, un estorbo de cliente.

          Esta semana he tenido que viajar en avión a Oporto desde Madrid y he vivido otra de esas situaciones de deshumanización tecnológica. Vaya por delante que, incluso para quienes nos manejamos con cierta soltura en el mundo tecnológico, la cosa es correosa y pesada. Para salir de España se necesita la documentación habitual y algunos extras: DNI o pasaporte, certificado COVID-19 y formulario de los portugueses donde les juras que no les vas a provocar un brote pandémico. Sacas la tarjeta de embarque la metes en el monedero electrónico y una vez tienes asiento asignado rellenas el formulario online o en papel. Para volver más de lo mismo, pero además necesitas rellenar el formulario español Stph ya sea familiar o individual y que, cosas nuestras, a cantidad de gente se le queda enganchado y no puede volver a intentarlo. Además, solo puedes rellenarlo 2-3 días antes del vuelo siempre que tengas la tarjeta de embarque.

          Como es lógico, al llegar al aeropuerto de Oporto, no todo el mundo había conseguido salvar la carrera de obstáculos. Un matrimonio mayor –entre 65 y 75 años– había encallado en el laberinto virtual. Él en estado de shock sin saber qué hacer y ella, temblando y con lágrimas en los ojos, hablando con un hijo que en destino no sabe muy bien como ayudarles. Nadie de la compañía les asiste, al contrario, les habían apartado como apestados, para que resolvieran el asunto como pudieran. Imaginen la incertidumbre y el miedo a perder el vuelo y quedarse varados en la incomprensión.

          Les ayudamos, claro. Navegando por sus cosas, sus fotos, sus emails, usando nuestros propios portátiles, y ciscándonos entredientes en la desidia y mala baba de unos despiadados empleados aeroportuarios. Pero lo realmente indignante es que esos diligentes uniformados ni siquiera conocen lo que piden. A mí, personalmente, me intentaron convencer de que el certificado COVID que les mostré, el oficial de la UE, no era válido porque no indicaba cuántas dosis de vacuna me habían puesto. Cosa que sí figura en dicho certificado digital, solo había que desplegar una pequeña pestaña en el borde superior derecho de la pantalla para verlo.    

La kafkada diaria

          No sé si a usted, querido lector o lectora, le pasa también o solo soy yo el que conjura marrones irresolubles en mi entorno. Quizá tengo una especie de imán para los y las gilipollas que se me pegan por las mañanas. Tampoco es descartable que el gilipollas sea yo y todavía no me haya dado cuenta. Admito que todo es posible. El hecho es que, más allá de tener que soportar de vez en cuando a mi cuñado Ramiro, como diría el comandante Lara, nos estamos fabricando un mundo a la altura de los informes que indican que aprobar a tarugos y tarugas con cuatro suspensos es otra gilipollez mal intencionada.

          Esta semana, cosas del destino, me he visto en la obligación de comprar un lavavajillas. La inquilina de mi casa de Sevilla me llamó preocupada porque se había estropeado el susodicho cacharro y, después de que un técnico dictaminara su defunción funcional, había que sustituirlo. Allá que va uno, como propietario capitalista malo y abusador de necesitados al MediaMarkt, a comerse la cola, a la gorda refunfuñona, al papá tarugo arrastrando el barrigón cervecero que te fuma en la cara. En fin, una tarde agradable. Apoquina unos cuantos de cientos y lo envía para abajo, al sur.

          Allí ahora se han puesto exquisitos, hasta el punto de que si uno o una sabe poner un tornillo plano, no necesariamente sabe poner uno de estrella. El caso es que la entrega se concertó para un lunes, cosa que le dije a la inquilina (una doctora técnico superior de la UE), o sea con una agenda apretada. La señora cambió sus quehaceres al lunes, pero casi como era de esperar el lunes no apareció nadie. El lunes por la noche enviaron un mensaje: lo entregamos el miércoles. Cambio de agenda, llega el miércoles y nada. Otro mensaje: el jueves, y así hasta que lo entregaron el viernes. Una entrega que incluye retirada del viejo y estropeado e instalación del nuevo: equidequá ríete tú del circo.

          Me llama la señora y me pone al fulano que ha llevado el lavavajillas que dice que no sabe quitar el viejo, si acaso que lo haga yo. Y que el nuevo no sirve para ponerlo allí, y que si quiere se lo lleva (el nuevo que he pagado por adelantado, claro). Me pasan con un encargado que me dice exactamente: hay 3 tipos de lavavajillas, el integrable, el de libre instalación y el panelable que tiene usted y que ya no se hace. Bien, dije yo, haga lo que tenga que hacer y arreglemos el asunto. Respuesta: yo no puedo, hable con atención al cliente.

          Y lo conseguí: hablé con atención al cliente. Me dieron la solución. Nosotros no podemos quitar el viejo porque es cosa de empresas de instalación de cocina, además su lavavajillas nuevo no es panelable, es integrable, encargue usted una puerta de madera como la de la cocina. O quizá, devuelva ese y compre uno libre si le devuelven el dinero o, si lo ve muy complicado, péguele fuego a la puta cocina y cómprese otra, gilipollas. 

          Y así vamos haciendo camino. De estas tengo una cada semana desde hace tiempo. Y aún estoy cuerdo, y todavía no he comprado un arma. De momento. 

           

  

Jubilarse a los 75 y más allá

          Llevo toda la semana dándole vueltas a algo que me parece una asombrosa perogrullada y que, por raro que parezca, algunos se empeñan en no ver. O si la ven, hacen como que no existe y continúan hacia delante como acémilas cargadas de sinrazones. En fin, que no hace falta ser un genio para darse cuenta de que oponerse a la subida del salario mínimo o a la revalorización de las pensiones según el IPC es mal negocio. No hay partido político que vaya a encontrar grandes mayorías a favor de esas negativas.

          Mi teoría al respecto es que las razones en contra carecen de fundamentos de peso. Algunas son inciertas y otras bastante forzadas. Entre las más oídas encontramos que habrá más paro por subir 15 míseros euros en un sueldo mileurista, o que no hay dinero para pensiones porque somos muchos y vivimos más. Sin considerar básico en el análisis que lo justo no puede ser negado porque el sistema lo haga inviable.

          Y luego las soluciones de prontuario, de esas que se sueltan a bote pronto: esta semana hemos tenido que oír el dislate de una jubilación a los 75 años. O sea, en un país donde una persona que se queda en paro a los 50 años ya es considerada por el mercado un excedente laboral, les dices que se jubilen un cuarto de siglo después. No sé, también les podemos decir que se tiren por un barranco, como Iván Redondo, por ejemplo. Actualmente, hay más de un millón de personas de esa edad en desempleo de larga duración, viviendo el drama de la pobreza y la exclusión. Condenados a una pensión de subsistencia.

          Es cierto que para pagar una pensión máxima de hoy hacen falta dos o tres sueldos de mileuristas, pero el problema no está en la pensión, está en los sueldos de miseria que se pagan. Aquí se cobra 10 euros la hora, a veces sin contrato ni permiso de trabajo, por la limpieza de la casa. Mientras se paga a un joven periodista, por ejemplo, con máster y tres idiomas 960 euros al mes, 6 euros la hora.  Ese es el problema. Y además, si no dice o escribe lo que le mandan, se la juega o lo echan.

          Es falso como un billete de madera de 15 euros decir que no hay dinero para salarios dignos y pensiones. Dinero hay mucho. La cuestión es en qué se gasta ese dinero. No es un tema de cantidad, es de prioridad. Cubiertas las espaldas de cientos de miles de vividores: pensiones garantizadas, vidorras de vino y rosas, sueldazos por darle al palique, el trinque y la mamandurria. Embajadas de la señorita pepis para enviar a los amiguetes a ensuciar el nombre de España con el dinero de todos los españoles, además de todo eso… Hay que tragar con que no hay suficiente para pagar dos prioridades sociales que son de justicia y quizás jubilarse a los 75 años.

          En fin, desde mi punto de vista, no merece gobernar quien propone la receta de la miseria sin sanear la parte podrida de la manzana. 

Mi vecina la vulcanóloga

          Mi vecina es una persona muy conocida y habitual en los platós de algunas cadenas de televisión. En algunos programas de esos que duran un día entero suele ser una de las protagonistas. Según el tema de la semana se explaya un poco más o le soplan un poco menos por el pinganillo. Pero es muy versátil y da el pego estupendamente para su público objetivo.

          Esta semana andaba yo de zapeo (no confundir con tapeo) a la hora de comer, cuando me la encontré en uno de esos canales de la tele hablando de la colada. Admito que no me resultó sorprendente que se tratara de trapos sucios en ese tipo de espacio televisivo y, mucho menos, que lo hiciera una experta en la materia. Sin embargo, y para mi completo asombro, justo cuando me disponía a cambiar de canal deduje que el asunto iba de vulcanología.  

          Yo había ido asumiendo durante los últimos meses su amplio conocimiento en epidemiología y virología, ya que alguna vez la escuché debatir con vehemencia con sus colegas de tertulia sobre la pandemia. Lo mismo cuestionando las proyecciones de incidencia de la OMS, que postulando sobre la conveniencia de una u otra vacuna según estuviera basada en ARN o en vectores (en arena o ventiladores creo que dijo). Pero es algo que se puede atribuir  a las interferencias del pinganillo.

          Sin embargo, es más difícil asumir, incluso durante un breve zapeo, que sean las personas que presentan programas serios o noticiarios quienes confundan el archipiélago Canario con el Balear. Se refieran a Formentera por Fuerteventura o confundan Las Palmas (Gran Canaria) con la isla de La Palma, cuando no con Palma (Mallorca). Es natural, que la premura que imponen los acontecimientos propicien algunos deslices como los mencionados, pero sospecho que hay algo de base que también lo justifica. 

          Si una va a hablar de coladas porque se siente con los conocimientos necesarios bien asentados, lo menos que puede hacer es repasar el catálogo de marcas de detergentes disponibles, las últimas novedades en electrodomésticos y cosas por el estilo. De lo contrario, es fácil quemarse en público. 

Caza de brujas

          A principios de la Edad Moderna, allá por el siglo XV, nació en Europa un fenómeno conocido como «Caza de Brujas». Un despropósito colectivo consistente en la persecución de, sobre todo mujeres, acusadas de practicar y alentar un nutrido catálogo de acciones contrarias a la Iglesia o a las normas de convivencia. Un puritanismo fariseo que, cinco siglos después, en España mantiene una vigencia y fortaleza de primer orden.

          Si eras víctima de la cacería, lo más probable es que ardieras entre teas impregnadas de miedos, recelos, odios y fantasmas que era necesario conjurar mediante las llamas de una buena pira en plaza pública. Un espectáculo jaleado por una muchedumbre gritona y sedienta de sangre ajena, una masa cuyo apetito de carnaza nunca llegaba a verse del todo saciado. Un esperpento impulsado por unos poderes que necesitaban alimentar, de vez en cuando, el resentido lado oscuro de la gente.

          Recordaba este antiguo fenómeno social viendo en Netflix un brillante y recomendable documental sobre el caso Wanninkhof – Carabantes, los apellidos de dos chavalas asesinadas hace ahora veinte años (entre 1999 y 2003): Rocío y Sonia. Fue de tal calado el impacto social de la primera muerte, la de Rocío Wanninkhof, que la premura por hacer justicia llevó a una inocente, Dolores Vázquez, a pagar una infamante injusticia. Una amiga de la madre de la víctima convertida en bruja por los medios de comunicación, los gurús de las tertulias, los carroñeros y, sobre todo, por el pueblo ciego, desquiciado y sediento de carnaza.

          Es desgarrador imaginar lo que aquella inocente debió sentir al ser abucheada mientras era conducida por la policía o los guardias civiles. Esposada y tapada la cabeza, insultada y ultrajada sin piedad al grito de asesina por sus propios vecinos, vilipendiada en noticiarios, tertulias de majaderos en la tele y posteriormente condenada y encarcelada por unos jueces condicionados hasta la ceguera por semejante cacería de brujas.

          Sin embargo, el precio mayor lo pagó tres años después, otra niña con apenas 19 años.: Sonia Carabantes. Brutalmente violada y asesinada por la misma mano criminal que había acabado con la vida de Rocío Wanninkhof. Basta con oír el testimonio de su madre, para comprender la responsabilidad que todos tenemos cuando nos comportamos como inquisidores amparados en la masa: «Sonia no habría muerto si no se hubiera condenado a una inocente, y se hubiera seguido con la investigación hasta encontrar al culpable».

          Nadie ha pedido perdón a Dolores Vázquez. Ni a ninguna de aquellas brujas que ardieron en la noche de los tiempos. 

                        

Lo seguro del seguro

           Lo diré sin muchos rodeos: el negocio de las compañías de seguros se basa en cobrar las pólizas y evitar por todos los medios tener que pagar los siniestros de los asegurados. Es así de simple. ¿En qué me baso? En que nadie se lee la letra pequeña, y a veces ni la grande, de lo que firma cuando contrata una póliza de seguro. Ya sea por desidia, porque de todos modos la tiene que contratar al ser una exigencia legal, o porque se la cuela el amigo matutero una tarde tonta de esas que todos tenemos.

          El trato se plantea de la siguiente manera: en la primera página, a todo color y con letra visible a un metro de distancia incluso con vista cansada, ahí están las coberturas. Es decir, todas aquellas desgracias, accidentes, infortunios y jugarretas del destino de las que mediante la firma del papel se le salva a usted de las consecuencias económicas y legales en caso de que ocurran. Y en las siguientes 30 ó 40 páginas, en letra tamaño prospecto farmacéutico, se le informa de todas las circunstancias –exenciones le llaman ellos– por las que el seguro no asumirá dichas consecuencias. Es decir, todo tipo de ocurrencias entre las posibles desde una perspectiva lógica y basada en la experiencia, e incluyendo lo improbable y hasta lo estrambótico.     

          El seguro es un negocio seguro. Y además, es de una simpleza abrumadora. Se trata de un chiringuito donde trabajan una serie de personas, que reciben puntualmente un dinero fresco que les sirve para pagar las nóminas, los gastos, algunos impuestos y mantener la persiana abierta. No hay proveedores con camiones en la puerta, ni mercancías que mantener en stock, no hay cadenas de producción porque nada produce una compañía de seguros salvo frustraciones y desengaños. No hay innovación tecnológica, ni eso que llaman I+D+I; pero a cambio si tienen mogollón de operadoras en los call center offshore en Colombia, Perú o República Dominicana porque la nómina que pagan no llega a los 300 euros al mes. Son esas simpáticas señoritas que le llaman a la hora de la siesta.  

          Viendo esta semana los incalculables destrozos provocados por las tormentas en ciudades como Toledo o Tarragona, y la desesperación de familias enteras que ven pisoteados sus recuerdos, embarrados sus enseres y derribados los muros de sus casas, me invade un sentimiento que creo que se podría definir como compasión. Un pellizco en el estómago provocado por ver sus primeros testimonios de esperanza, entre lágrimas, cuando hablan de que por suerte cuentan con el seguro.

          Ese seguro que les va a pedir los papeles que han perdido en la inundación, las facturas de los enseres que nunca conservaron o también perdieron; y al que todo eso se lo van a tener que explicar por teléfono mediante una asistente virtual que les va a cortar la comunicación dos de cada tres llamadas. Ese seguro que les va a decir, cuando les diga algo, que así no se reclama porque deben seguir los 1.001 puntos, cláusulas, plazos, estipulaciones, peritaciones, salvoconductos y bulas papales que figuran en la letra pequeña y así, hasta la completa desesperación.    

          Hace un par de años otra DANA se llevó por delante vidas y haciendas de muchas familias que aún no han visto un euro del seguro. Dos años, háganse a la idea. Para que dos años después te salgan con la frase preparada: «se va a hacer cargo el consorcio, cuando la administración pague, o como es zona catastrófica….» En fin, lo único seguro del seguro es que si tiene usted problema, el problema es suyo.  

Una sociedad anómica

          Mucho se ha escrito sobre las tendencias autodestructivas de los individuos. En España, la cifra de suicidios son de vértigo, unos 10 casos al día: más de 3.500 muertes al año y creciendo casi al 4% anual. El doble de fallecidos que en accidentes de tráfico. Una tragedia que afecta al triple de hombres que de mujeres. Resulta, además, realmente sobrecogedor que la franja de edad con mayor número de casos es la de 30 a 40 años.

           Cabe preguntarse qué expectativas incumplidas, qué falta de arraigo y esperanza en el futuro, qué clase de decepción con la sociedad y con uno mismo, qué hartazgo, en definitiva, lleva a una persona en la plenitud de su edad a quitarse la vida. ¿Es esta una muestra más de la decadencia occidental y de la española en particular? El caso es que mientras en Europa desciende la incidencia, en nuestro país va en aumento. 

          Según lo exponía el sociólogo francés Émile Durkheim, el suicidio tiene su origen en causas sociales. De los cuatro tipos de suicidios descritos por él, quizá el anómico es el que más nos concierne hoy en día. Es decir, el relacionado con sociedades decadentes, en transición o con estructuras e instituciones incapaces de sacudirse complejos, controlar la convivencia y preservar la seguridad y el bienestar de los ciudadanos: una sociedad anómica. 

          Es desalentador el paseo matutino por las noticias. Es casi imposible encontrar algo que no sea malo, grotesco o directamente absurdo. Esta semana hemos leído que una okupa llamó a la policía para que le abrieran la vivienda que estaba ocupando ilegalmente, porque el dueño había puesto una cadena y un candado. Las autoridades le abrieron la puerta y detuvieron al dueño. O que un hombre de 77 años disparó dentro de su propiedad a un ladrón que empuñaba una sierra eléctrica y enviaron a prisión al hombre que estaba en su casa. Una semana antes, 3 ladrones mataron a un hombre en su vivienda cuando entraron a robar y el juez los puso en libertad con cargos. Y, claro es, el muerto al cementerio y a otra cosa. 

          Ayer, sin ir más lejos, otros 3 individuos cuya procedencia no diré para que no me llamen racista –son marroquíes–, drogaron, violaron y torturaron quemándola con cigarrillos a una chavala de 18 años. Dada la procedencia de los criminales no habrá interminables reportajes de manadas, no saldrán sus fotografías en todas las teles durante semanas, ninguna ministra feminista saldrá indignada: nadie hará nada. La víctima no forma parte del plan de autodestrucción de la sociedad española.

          Resulta paradójico que se destinen 180 millones de euros para la lucha contra la violencia de género de la que unas 45 mujeres son víctimas mortales cada año, y nada para la prevención de suicidios de los que casi 1.000 mujeres son víctimas, igualmente, cada año. Una sociedad en descomposición es la que muestra con sus leyes y normas la inmoralidad, a veces cercana a la sociopatía, de sus dirigentes políticos. La sociedad occidental, en general, se descompone como un azucarillo y, España en particular, como alumna aventajada. Algo es algo.         

Trampa mortal

          Vaya por delante que además de conductor experimentado con más de un millón de kilómetros en el cuerpo, soy asiduo usuario de bicicleta, deporte muy recomendable para mantener la forma física y pasar un buen rato solo o en compañía de otros ciclistas. Además, como medio de transporte es cada vez mas habitual, como también ocurre con los patines motorizados o eléctricos y diversos aparatos con ruedas.

          No creo que todos los conductores veteranos tengan una alarma en el ordenador para revisar las nuevas normas de la DGT cada cierto tiempo, ni que dicho organismo se esfuerce mucho en comunicarlas cuando las publican. Y, claro es, ello conlleva frecuentes confusiones entre usuarios de la vía pública. Ya comenté en otro artículo, el error del ciclista al cruzar por el paso de peatones pedaleando y creyendo que está en su derecho. Lo que conlleva no pocas discusiones y encontronazos con los conductores de vehículos y motocicletas.

          Pero, sin lugar a dudas, lo que me parece una trampa mortal, probablemente ideada por algún iluminati de Baviera, de esos de los que con dos cafés se creen el gran Salomón, es lo de los carriles bici. Sí, esos que invaden las calles de nuestro país por lugares lógicos unas veces y arbitrarios otras muchas. Que usan tanto los ciclistas como los nuevos kamikazes de los patines y, sobre todo, las mascotas y sus dueños para los paseos y las evacuaciones fisiológicas.

          La trampa no es otra que conceder, según la DGT, siempre la prioridad de paso al ciclista o patín cuando circulen por dicho carril. Esto conlleva a que, por ejemplo en un cruce con un ceda el paso para el vehículo que llega a la intersección, por ejemplo por su izquierda amigo lector, y que como dicta la norma tenga que parar si usted llega al mismo tiempo y cederle el paso, el ciclista o usuario de patín no tiene que hacerlo porque tiene siempre preferencia. Y el que debe parar es usted.     

         O sea, que si es un cruce del que usted conoce el ceda el paso, y la bici o patín mal iluminado no es visible a primer golpe de vista, que suele ser de una milésima de segundo y le aparece por el carril bici, se le estamparía en su lado izquierdo por que usted que NO tiene el ceda el paso, no se lo ha cedido al ciclista y se ha parado. Todo muy lógico, si lo que se pretende es idear una trampa mortal.  

El cuento del tonto feliz

          Va para año y medio que el mundo cambió. En algunos países, la mutación social fue más rápida que en otros, pero la forma de vida conocida hasta las Navidades de 2019 se esfumó unas semanas después de las uvas de fin de año. De la pericia en la gestión o la imprudencia, de la empatía y el liderazgo o el sectarismo, dependía la economía y la vida de millones de personas a nivel global. Cada cual y su conciencia que aguante su palo y que, el palo de la justicia, en todo caso, caiga sobre quienes lo merecen antes de que se escurran por las rendijas de madera de las bodegas de unos barcos que dejan en dique seco.  

          Desde una perspectiva nacional, ya sea española o sudafricana, la pandemia ha alterado la vida de los ciudadanos de formas diferentes dependiendo del contexto económico, de la fortaleza de sus sistemas sanitarios y, como es lógico, de los gobernantes de turno que por dicha o por desgracia les tocó tener en ese momento. Recuérdese que nuestra mala suerte, según la exministra Calvo, devenía del hecho de estar situados, en el mapa global, un poco más al oeste que otros países. Mientras en Portugal, con una situación mucho mejor que la nuestra en aquel entonces, miraban para la Azores silbando con disimulo.  

          Sin embargo, cabe la sospecha de que, al margen de que no hay nada más preciado para los depredadores del mercado que un tonto con dinero, en este caso, los tontos seamos una inmensa mayoría de los casi siete mil millones de personas que habitamos el planeta. A excepción, eso sí, de un reducido grupo de líderes, entre los que, obviamente, no tenemos plaza ni para llevar los cafés. Lo normal en un tonto es que tropiece y tire la merienda y pringue a los invitados. Y eso lo sabe todo el mundo.

          Sospecho que media Europa está asistiendo con España a una especie de Show de Truman, en la que nuestro Jim Carrey particular, envuelto por una nube de burbujas de jabón, inhala poder de una cachimba mágica que lo convierte en una marioneta, a veces locuaz y otras veces retraído, como un peluche agazapado en su palacio de cristal. Esa zona segura, en la que un ejército de masajistas lo embadurnan a toda hora.

          Sospecho que es feliz, porque su anhelo de inmortalidad es tan patético como irreal. Y lo es, porque se fijó en el personaje equivocado. El deseo de vida de Pinocho era limpio, puro, inocente; algo de lo que un muñeco de madera creado por la mano de un genio de la literatura puede hacer y perdurar en la Historia. Por eso, sospecho que ni siquiera como imitación, su ridícula figura pasará a la Historia, salvo como la del tonto que nos tocó en el peor momento.