Libertad sin palabras

          Es difícil asumir que una libertad sin palabras pueda considerarse realmente libertad. Uno puede elegir el voto de silencio como hacen algunos religiosos, pero esa es una decisión libre y voluntaria. Otra cosa muy diferente es callar para conservar lo que se tiene, para no sufrir represalias directas o soslayadas ni ser perjudicado por rumores e incluso injurias. En la sociedad actual, el individuo es inevitablemente encasillado, etiquetado y colocado en la estantería de sus comentarios y opiniones convenientemente cocinados y aliñados por terceros.

          Este hecho, quizá era ya conocido desde los tiempos de Confucio cinco siglos antes de Cristo. De ahí, que los tres monos sabios representaran esa negación simbólica de los males del mundo tapándose los ojos y los oídos, además de la boca para que un inapropiado comentario no les trajera la desgracia en la antigua China. Una situación que debemos suponer no debía traer nada bueno a quien la sufriera.

          Pero la libertad, incluso bajo un gobierno democrático, en vez de uno autocrático como algunos pretenden prohibiendo medios de comunicación, no es ni mucho menos algo que se pueda dar por hecho. No puede serlo en una sociedad de bandos en lucha y competencia por destruirse el uno al otro, por hacerse con el control del poder y someter al conjunto de la población bajo la falacia de la supuesta voluntad del pueblo.

          No es libre el «pueblo» que tiene la voluntad de perjudicarse así mismo según quien tenga el poder en cada momento. Que intenta destruir sus puestos de trabajo, sus carreras profesionales, boicotear sus negocios o hablar mal de ellos para evitar que les lleguen oportunidades, o les ensucia la imagen personal o académica… Solo por sus opiniones o ideas.

          Conozco a personas muy inteligentes y formadas, con merecidas posiciones sociales y económicas. Gente reconocida por sus contribuciones y logros que no se atreven a opinar de casi nada. Sobre todo, de nada que tenga que ver con lo fundamental en la sociedad en la que viven y de la que depende su felicidad o su desgracia: nada de política, de economía, de organización social, o de los impuestos, de la corrupción o de los nacionalismos. Personas que simplemente practican un confucionismo moderno al que llaman libertad, adoptando la pose de los monos chinos.

 

Vacaciones en agosto

          Los españoles tenemos la costumbre de coger las vacaciones en agosto de manera mayoritaria. Es cierto, que con el tiempo este hábito ha ido cediendo espacio a otras épocas del año, sobre todo, con la globalización y los trabajos cada vez más deslocalizados y menos dependientes de un jefe y una oficina con horario comercial. Lejos quedan aquellas imágenes del seiscientos cargado como un camello, con las jorobas atestadas de maletas y cachivaches de playa.

          Agosto sigue siendo el mes de asueto por excelencia, ese en el que llames a quién llames no está de servicio; en el que hasta las grabadoras automáticas de atención al cliente tardan en soltar el mojito para atender la llamada. Si tienes la mala suerte de que algún cacharro deje de funcionar o se tome un descanso, para tu desesperación, lo más probable es que nadie le eche un vistazo hasta septiembre. Si caminas por la mayoría de las calles comerciales de las ciudades españolas, la sensación vuelve a ser la de los recientes años de la pandemia. 

         A mí, personalmente, nunca me han gustado las vacaciones en agosto. Al menos, para viajar o dejar mi lugar de residencia habitual. Otra cosa es quedarme en Madrid, conduciendo por la Castellana como si fuera el patio de mi casa o la M30 un circuito privado para desplazarme de un lado a otro. Eso me aporta una extraña sensación de marginalidad, de excluido de la manada que, por raro que parezca, tiene su punto de rebeldía y me proporciona una sensación de libertad muy recomendable. 

          A veces, camino a solas por un centro comercial casi vacío, en el que el aire acondicionado está ajustado para un volumen de clientes cien veces mayor que los pocos zombies que deambulamos por unos pasillos brillantes e inmaculados. Nos cruzamos sin dirigirnos la mirada, avergonzados de nuestra presencia en tan inapropiado lugar, y temerosos de reconocernos. Algunas puertas automáticas se abren a nuestro paso invitándonos a un espacio igual de vacío, pero más íntimo. De reojo observamos que nadie atiende el negocio, y que las prendas y utensilios están allí colgados de perchas o posados sobre estanterías, sin esperanzas de rescate.   

Suena a verano de alquiler

          Hace un par de semanas titulé este breve comentario que publico cada domingo así: huele a verano. Hoy, me ha parecido interesante contarles mi experiencia respecto de los sonidos que, y no son pocos, llevo conmigo en la mochila de mi calendario vital durante esta época del año.

          El verano lo identifico, además de por el agobio del calor, con una etapa del año en la que hace mucho ruido. Es como si cogieras el autobús circular de Sevilla y cada tres paradas se detuviera en la calle del Infierno en plena feria de abril. Que es, dicho sea de paso, el ejemplo de calle mejor denominada que conozco. Es posible, que ese bus imaginario recale junto a los autos de choque (los coches locos le decíamos en mi tiempo), en medio de una tormenta de decibelios provocada por las trifulcas musicales de Camela, los requiebros amorosos de los Chichos o el desesperante quejido de Las Grecas.      

          Mis veranos suenan a gritos urgentes reclamando litros de cerveza fría que se vierten en cataratas inagotables por los grifos de salmuera; suenan a golpes de platos cargados de papas “aliñás” sobre los mostradores de aluminio; suenan a gargantas con las carótidas inflamadas ajustando cuentas añejas; suenan a la voz ronca de Camarón que llega a caballo de la calima; suenan a ronquidos a través de las ventanas abiertas y al zumbido amenazante de un mosquito tigre. Y, algunas noches, suenan a los indiscretos colchones de la casa vecina alquilada en la playa por unos turistas. 

          Algunas mañanas esos veranos suenan al inoportuno camión de la basura, con sus sinfonías y retahílas de vertedero a las siete de la mañana. Es el concierto de los tres despertadores: el recién nacido que ensaya a pleno pulmón como un barítono loco, el papá del verraco que le mete el puño al ciclomotor hasta lo imposible mientras huye al tajo, y el portazo de plástico de la tapa del contenedor de la basura junto a los estertores del motor diesel del camión remontando la calle en su huída cargada de residuos.

          Por las tardes suena el incesante jarreo del agua de la ducha, que por turnos va arrastrando sal y cremas aguas abajo a unos y a otros. Y suenan los ecos de esa música machacona y veraniega procedentes de alguna parte, donde al son del perreo, una fauna sedienta de juergas comienza una larga noche de tortura para los oídos.

 

 

Las agujas del reloj

          Hay veces que, por puro arte de llevar la contraria, las agujas del reloj giran en sentido inverso aspirando a borrar las huellas dejadas por el tiempo aplicando una brisa tramposa. También lo hacen muchos mecanismos y cachivaches variopintos, en cuyos manuales de uso, imposibles de leer, ya se avisa de la aviesa forma de proceder. Gire en sentido contrario a las agujas del reloj, se indica. Como si la física fuera maleable y las personas no fuéramos mareables. 

          Después de todo, el relativismo griego quedó superado de largo por la posverdad moderna y el deliberado ejercicio de ingeniería social consistente en que nada signifique nada. Nunca una sociedad fue tan moldeable a los gustos del «ingeniero o ingeniera» que aquella que no consigue tener claro, ni siquiera, el sentido en el que corren las agujas del reloj.

          Se nos augura un otoño casi apocalíptico, en función de si llega o no el apocalipsis y, por supuesto, si hay un próximo otoño y no retrocedemos a una sorprendente y anticipada primavera en septiembre. Nosotros, los ciudadanos de a pie debemos manejar esa incertidumbre, como aquellos malabaristas que con sus palos y extremedidades sostienen y hacen bailar los platos en el aire con una sonrisa resignada.

 

   

          Vivimos una guerra en Europa, soportamos una inflación nunca vista desde  hace casi medio siglo, financiamos niveles de paro estratosféricos y estamos aun atenazados por los efectos sanitarios de una pandemia sin precedentes desde 1918. Vivimos en un mundo polarizado, ideologizado, engañado, con riesgos geopolíticos, demográficos, ambientales, con autocracias en crecimiento y, seguro es, que nos caerá otro meteorito tamaño dinosaurio un día de estos.

          Quizá por eso, nos gusta pensar que las agujas del reloj pueden girar hacia atrás si así lo queremos. Y esa, puede que sea la razón por la que las calles están a rebosar de gente gastando dinero, las agencias de viajes no dan a basto, la ocupación hotelera es del 100% en muchos lugares y, todo ello, contradiciendo la física, la lógica e incluso la hermenéutica. Porque si no es eso, es que ya estamos en otra fase: la de no me creo nada. 

El recolector de contenidos

          Desde hace muchos años, por unas razones u otras, he tenido bastante relación con lo que los urbanitas llamamos la gente del campo. No de ahora, que se van haciendo cada vez más visibles a fuerza de resistirse a la esclavitud moderna. Sino desde hace unas cuantas décadas, cuando la mano de obra era local, y los campos aún no eran territorio marroquí, rumano o polaco, por citar algunas de las nacionalidades que más fresas o naranjas nos recogen. Ya por entonces, el campo era un oficio muy complicado, incluso ingrato.  

          Trabajar jornadas de sol a sol por una peonada, doblando la espalda, pinchándote las manos, tragando polvo, tostándote la piel, no es un trabajo que se pueda decir agradable. Y para el poseedor de la tierra tener que ejercer de adivino; arriesgar desconociendo la meteorología del año, las plagas, y además tener que sufrir las mermas de las furgonetas nocturnas. Esas que entre lo que destrozan y lo que se llevan van minando los menguantes beneficios.

          Recordaba estas circunstancias campestres escuchando esta semana a un novelista en una entrevista radiofónica. No diré su nombre, pero sí diré que promocionaba su cuarta novela, que es un actor muy conocido, y del que yo no tenía ni idea que también escribiera ficción. Y fue una frase la que me hizo pensar en el campo: «con la literatura no se gana dinero». Y relató lo que sabemos quienes hemos escrito una novela: las horas y horas de trabajo, la soledad, la investigación, las revisiones, las correcciones, y así un largo etcétera.  

          Es doloroso ver como los agricultores llegan a tirar la fruta o las verduras, o a dejarlas pudrir en los campos porque les sale a pérdidas si intentan recolectar y vender. Porque un quilo de naranjas, que se puede comprar en el supermercado por 85 céntimos, es imposible que deje nada en el campo salvo miseria y frustración. Como consecuencia, la gente emigra y abandona algo tan necesario como el cultivo de la tierra para que todos comamos o se ve obligada, en ocasiones, a contratar mano de obra ilegal con salarios de esclavos.

         En el mercado editorial se mueve mucho dinero gracias a los creadores de contenidos; los contadores de historias. De todo ese dinero la editorial se lleva un 10%, la distribuidora un 15%, las librerías el 35% y encargados de promociones, correcciones etc el 30%. Y usted se preguntará: ¿Y el autor? Y la respuesta es fácil, una naranja de cada saco de cinco quilos, suponiendo que la piratería, como la furgoneta nocturna, no se la coma primero.  

          

Una cara nueva

          Después de casi dos años, a partir del miércoles, usted tropezará con una cara nueva cada día. Los rostros desnudos le parecerán un espectáculo inédito, y es posible que descubra nuevas bellezas y fealdades. A mucha gente se le va a caer la máscara y se mostrará con sus encantos naturales, o con sus defectos sin corregir. La vida volverá a ser, ahora sí, como era antes de la pandemia, o casi.

          Casi, porque seguirá siendo obligatorio su uso en transportes públicos, lo que provocará aún más rebeliones individuales de las que hemos visto. Recuerden las escenas de individuos que retaban la prohibición, e incluso agredían a policías y agentes de seguridad en el metro, por citar un ejemplo. El hecho de que ahora su uso obligatorio sea residual no facilitará la conducta cívica, y sí podría empeorarla.

          Se alude al derecho de admisión en los establecimientos, por ejemplo, en las grandes superficies. Es decir, que quizá sea obligatorio el uso de mascarilla en Mercadona, pero no en Carrefour, o solo en días alternos en El Corte Inglés. Esto se me antoja otra fuente potencial de conflictos. Además, para hacer uso de ese derecho de admisión, la prohibición de entrar sin mascarilla debe estar bien visible para todas las personas. Esto me recuerda a mis tiempos de juventud, cuando en las discotecas no te permitían pasar si llevabas zapatillas de deporte, y en las trifulcas a palos que a veces provocaba la situación.

          Puede que la mascarilla como elemento genérico de higiene tenga sentido: se traga menos contaminación, no se difunden tantas gotas minúsculas de saliva encima del pescado, o de la fruta etc. Pero, en mi opinión, no parece que tenga un gran valor preventivo de contagio de un virus. Las mascarillas las usa el común de los mortales como un Kleenex todoterreno. Un elemento de quita y pon que rueda por las mesas de las terrazas, que viaja de un bolsillo a otro arrastrando todo tipo de inmundicias. He visto incluso limpiar una silla con una mascarilla y luego ponerla en la boca. 

         Después de todo somos unos animales muy domesticables, tragamos con todo. Estos dos años de pandemia han servido para que, a pesar de las mascarillas, a muchos se les haya caído la máscara. Nunca habíamos tragado tanto como hemos tragado, y a muchos les ha cambiado la vida, a algunos para siempre y a otros, al menos, hasta que se les acabe el dinero de los pelotazos gracias a las mascarillas. 

Trabajador esencial

          Tengo gratos recuerdos de la asignatura de filosofía que realicé allá por mediados de los años ochenta. También de la asignatura de literatura, y recuerdo perfectamente a los dos profesores que la impartían en C.O.U. en el instituto Ramón Carande de Sevilla. Hasta allí había llegado yo, rebotando como todo mal estudiante de un lado para otro. A veces pienso, dado el recorrido académico que tuve después, que el conjunto de mis profesores tuvieron mucho que ver tanto en el rebelde y repetidor que fui, como en el adulto que acabó de sociológo sacando un doctorado.

          Del profesor de filosofía recuerdo que fumaba como un carretero durante toda la clase, un Ducados detrás de otro. Y que en la cafetería era frecuente ver como se metía un lingotazo de Veterano a horas un tanto intempestivas. A pesar de ello, sus clases se pasaban volando. Tenía la habilidad de despertar en nosotros la curiosidad, y de avivar los interrogantes que todo chaval de dieciocho o diecinueve años solía tener ante la vida. Las palabras de Platón o Aristóteles, de repente, parecían las mismas que nos preguntábamos algunos en el patio. Entonces el mundo era tan nuevo que no había internet, ni teléfonos móviles y la chavalería solía hablar y pensar, de vez en cuando. 

          Al profesor de literatura lo recuerdo mejor, porque entonces ya era escritor, que es algo que yo quería ser. Se llama Antonio Rodríguez Almodovar. Hoy tiene 80 años, y casualmente nació el mismo día que yo, eso sí, 24 años antes. Un humanista de Alcalá de Guadaira, con una prolífica obra literaria de novelas y, sobre todo, de cuentos que es su gran especialidad. Don Antonio, hoy es miembro correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua. Que yo recuerde ni fumaba ni bebía, y tenía la habilidad en sus clases de hacer que me entraran unas irreprimibles ganas de leer. En los dos años que estuve en aquel instituto, compré y leí las 100 obras más importantes de la literatura clásica, a una por semana. 

          Mucho ha cambiado el mundo desde 1983, cuando recalé por aquel centro de enseñanza, poco después, aprobé la selectividad e inmediatamente tuve que hacer el petate para ir a Cerro Muriano a cumplir con el servicio militar. Aquellos dos años aportaron más fundamentos a mi forma de pensar y a la construcción de mi personalidad, que todos los cursos anteriores. Y todo ello, gracias a la filosofía y la literatura.

          Por eso no puedo entender como en una sociedad tecnológica, donde el conocimiento se adquiere de forma visual sin que, en muchos casos, los alumnos alcancen una mediana comprensión lectora, y en la que las lenguas clásicas han desaparecido, alguien puede tener la idea de eliminar la filosofía como asignatura. ¿Qué será lo próximo, la literatura? Recuerdo una frase de la película La Lista de Schindler que me llamó mucho la atención. En una cola donde los nazis daban o no la tarjeta azul de trabajador esencial, un tal Moses se identificó como profesor de música y literatura y le denegaron el salvoconducto. El hombre, apesadumbrado, preguntaba a su alrededor: ¿Desde cuándo no es esencial la música y la literatura?    

El perfil del elegido

          El perfil del elegido en las urnas, es decir, democráticamente por ciudadanos libres, debería pasar un exhaustivo análisis psiquiátrico antes de que su nombre pudiera imprimirse negro sobre blanco en una papeleta. Y no solo eso, sino que si después de ser elegido y tras alguna de las revisiones periódicas de su salud mental, se detectara alguna deriva neurótica o psicopatológica, se le inhabilitara de forma automática. Así, quizá viviríamos todos en sociedades más sanas. 

          Hay que tener en cuenta varias consideraciones: primero que en el programa político de los partidos, ese panfleto que casi ningún votante lee, no se dice, y ni siquiera se insinúa, cuáles son las verdaderas intenciones de quienes se presentan en las listas elaboradas por los jefes a base de añadir a los más pelotas y sumisos, cuando no a las más complacientes. Y por alguna de estas maniobras del azar y las papeletas llegó una tal Clara Ponsatí a las instituciones políticas catalanas. 

          Convendrán conmigo que esta señora, que en plena guerra en Europa, que se fugó de la justicia española por delitos graves contra su país, asevere lo siguiente en TVE2 es de psiquiatra: «la independencia de Cataluña, bien vale la vida de personas». Es un claro indicativo de desequilibrio mental. En una entrevista en la que dando pares y nones, dejó entrever que por ella que palmen unos cuantos catalanes y catalanas podría ser un precio aceptable del conflicto. Y obviamente, por su histórico de huidas en plena noche, deducimos que no se refiere a palmar ella o sus familiares, sino sus votantes y los hijos de estos.

          El discurso de esta clase de gente es siempre ambiguo, sucio, lleno de claroscuros y ambigüedades. Pasa de decir en un momento de la entrevista que ella por supuesto que renuncia a la violencia y que no se refiere a eso, a meter la cuña entre pliegues de que la muerte de unos cuantos catalanes por la independencia sería aceptable. ¿De qué iban a morir me pregunto yo, de un resfriado? Los cobardes no solo suelen darse a la fuga, tampoco hablan claro, no sea que se les note demasiado.

         Es desalentador ver como se nos llenan las instituciones de lo peor de nuestra sociedad: de ladrones de cuello blanco, de psicópatas, de sectarios y radicales, de gentes llenas de odio, de exterroristas, de delincuentes condenados en sentencia firme, y todos ellos se pasean con tranquilidad y chulería por los pasillos en los que se reparten el dinero y el esfuerzo de las gentes.

          Es posible que como representantes del pueblo sean, desgraciadamente, una muestra de lo que tenemos en España. Pero también es posible que no, y que simplemente con el tiempo, con los sistemas electorales que tenemos, el descontrol en los partidos y el ninguneo de la justicia; la política y las instituciones hayan sido tomadas al asalto por un ejército de piratas. 

Heridas que no cierran

          Las heridas que no cierran es una de las consecuencias más claras y, a saber porqué, de las que menos se tiene en cuenta en los conflictos sociales. Y, en particular, en las guerras. En España, sabemos de ello una barbaridad, no solo por nuestra trágica Guerra Civil, sino por nuestro histórico de siglos como país. Las secuelas, los daños, y las desgracias inhumanas se transmiten de generación en generación, creando un ideario colectivo de odio que se va auto alimentando con el tiempo.

          En nuestro país, ya en plena democracia, hemos visto rostros de asesinos de hombres, mujeres y niños, con los ojos inyectados de ira entre rejas, siendo juzgados por crímenes como el de VIC o el de Miguel Ángel Blanco. Hablamos de asesinatos perpetrados más de un cuarto de siglo después de disfrutar de libertad, democracia, y capacidad para elegir a quienes gobiernan. Sin embargo, la semilla del diablo ahí seguía. Tratando de remediar una Historia de hace 80 años.

          Putin, en su descerebrada maniobra de invadir un país del tamaño de España y someterlo, tampoco tiene en cuenta este factor que, además con los nuevos tiempos y tecnologías perdurará aún más. Las imágenes de muertes en directo, destrucción de ciudades, hospitales, maternidades, civiles aniquilados por familias enteras y el aluvión de refugiados huyendo de la muerte, no se borrarán durante siglos.

          Es inútil que trate de cortar las comunicaciones en Rusia con el exterior, que boicotee a la prensa, que censure, o que intente construir un relato para consumo interno. Parece mentira que Putin siga creyendo que vive en los años de la Guerra Fría y que la globalización no ha llegado a su país. Que como hiciera Hitler, ocultar el Holocausto a los alemanes sería suficiente para que no se supiera lo que estaban haciendo.

         Putin ganará la guerra, pero Ucrania nunca será suya. Ni su población, ni su Historia, ni sus gentes que durante generaciones sentirán por Rusia un desprecio merecido, cuando no un odio que se irá alimentando con la esperanza de romper los vínculos con el invasor. Putin morirá, más pronto que tarde, y su legado, lejos de ser una gran Rusia, será el de un genocida. Un asesino recordado por sus crímenes de lesa humanidad.  

El dilema de la guerra

          Europa, y buena parte del mundo, vive ante el dilema de la guerra. Dice nuestro diccionario de la lengua que dilema es aquella: «situación en la que es necesario elegir entre dos opciones igualmente buenas o malas». Recuerdo, de niño, una vez que llegué del cole con un ojo morado. Mi madre solía decirme que dos no se pelean si uno no quiere. Y cuando me preguntó que me había pasado, le contesté que había seguido su consejo y no había querido pelearme con mi agresor. Confieso, eso sí, que no volví a considerarlo una opción.

          Europa tampoco quiso pelearse con la Almena nazi, pero eso poco importó a los agresores. Celebre es el inútil esfuerzo de Chamberlain y su documento en la mano con el acuerdo de Munich; papel mojado del que Hitler se reía en privado mientras preparaba la invasión de Polonia primero, y del resto del continente después. Al menos, la Historia puede decir que se hizo lo posible por evitar el desastre, pero no se pudo.

          Occidente mantiene la respiración esperando la mejor solución a la invasión rusa de Ucrania, pero hace bien en prepararse para lo peor. La amenaza de un desequilibrado con pocas diferencias respecto del que la humanidad sufrió hace 80 años, parece muy real. Un megalómano fuera de todo contacto con la realidad, con 70 años de edad, con el botón nuclear y anclado en la añoranza de la gran URSS no es cosa de broma.

          Rusia es uno de esos regímenes iliberales, como Venezuela, Cuba, o recientemente Nicaragua. Es decir, sistemas donde el Estado de Derecho ha sido liquidado por una oligarquía que, como en el caso de Rusia, utiliza una serie de herramientas: fraude electoral, represión, corrupción, atentados contra los derechos humanos y, en caso de necesidad, asesinatos. Todo ello, como contra propuesta a las democracias liberales de occidente.

          Lo que el mundo se juega en esta ocasión está por ver. Quizá tengamos algo más de suerte, y una bien elaborada operación Valquiria nos libre del desastre de una guerra total. Hablar mientras te bombardean, matan a tu familia, e intentan destruir tu país es complicado. Es la típica solución que dan algunos que, o bien prefieren ese tipo de tiranías, o bien desde su bisoñez acomodada en el sofá y en la moqueta, son aún más ingenuos que el propio Chamberlain.