Vuelva usted mañana

          Mariano José de Larra publicó, en el Pobrecito Hablador número 11 del año 1833, un conocido artículo titulado: “Vuelva usted mañana”. Sorprende que casi dos siglos después, la satírica visión que este romántico tenía de aquella España bien pudiera seguir de actualidad en cualquier artículo periodístico de hoy en día. La lástima y el asombro que sintió por Mr. Sans-délai, el ingenuo francés que en quince días pretendía resolver asuntos burocráticos a la velocidad del sentido común, bien podemos padecerla hoy de forma generalizada por los españoles que pretendemos cosa semejante.

          Cada vez es menos frecuente la visita personal para la realización de las gestiones que con alguna de las innumerables administraciones públicas se nos obliga a realizar. En este hipermoderno y tecnológico S.XXI donde casi nada funciona, se nos insta a hacerlo casi todo a través de las webs, las APP, las firmas digitales, los links y las dobles y triples verificaciones, encriptaciones y otras tocadas de cojones. Consecuencia de una cohorte de vendemotos de feria, que se han hecho de oro a base de dar charlas sobre la necesidad de digitalizarlo todo. 

          Hace unos meses me caducó la firma digital y yo, iluso de mí, y dado que no soy un completo zoquete tecnológico como demuestra mi experiencia profesional; incluso he desarrollado una plataforma SaaS de estudios de mercado, me dije: esto es cosa de un momento. Craso error. No comentaré aquí todo el periplo por no aburrir pero baste mencionar que después de descargarme el entorno JAVA, actualizar el software, recuperar la contraseña de la FNMT, instalar el archivo, cambiar el código en el llavero de claves, incluir la extensión en el navegador, cambiar de navegador a uno de los compatibles y un largo etcétera. Una semana después sigo sin firma digital, que además no sirve para todas las comunidades autónomas. 

         Hoy no tenemos aquellas ventanillas donde suplicar a alguien que nos atienda nuestros asuntos. La moderna eficiencia de costes ha llenado las listas del INEM con aquellos rostros enmarcados y, por lo general mal encarados, que solían decirnos con displicencia: “vuelva usted mañana”. Y nos los han cambiado por un Call Center offshore en el que trabaja una persona con acento sudamericano que controla miles de contestadores automáticos. Así, consiguen pasarnos del pulse 1 al diga si, o diga no, diga de qué se trata, pulse asterístico, ahora almohadilla, para que después de 20 minutos de repente se corte la llamada sin previo aviso. Dejando nuestro asunto, según la teoría de Larra, en el aire como el alma de Garibay.

          Casi doscientos años después, en España lo mismo da una pandemia que una nevada, sigue vigente el “vuelva usted mañana” o mejor aún: no vuelva. Vivimos en una estructura colapsada de ineficiencias e ineficientes, de colocados, enchufados, soplagaitas y diferentes pelajes y fauna de lameculos embutidos en la administración pública y en las grandes corporaciones privadas. Inútiles con sueldo a fin de mes sumergidos en un marasmo de procedimientos que no entienden, de instrucciones que no se siguen, de responsabilidades tan diluidas que no pertenecen a nadie, de falta de empatía y de desgana generalizada. Líbrese usted de tener que tratar con una ENDESA, una Movistar o una Iberia para que le resuelvan un asunto, o no digamos ya un ayuntamiento o una consejería. Mejor, vuelva usted dentro de doscientos años.  

¡Viva Venezuela!

          Por razones impuestas a causa de la pandemia durante estas fiestas, en casa no hemos sido más de seis personas en ninguna de las celebraciones. Y, por razones que no vienen al caso comentar aquí, la mitad de las seis han sido ciudadanos de Venezuela. Maracuchos, para más señas. Orgullosos de su país, de la belleza de la Gran Sabana en el macizo de las Guayanas, de la riqueza de sus recursos naturales, de sus playas paradisíacas y del lugar de privilegio que ocupan en el continente americano y en el mundo.

          Personas que tuvieron que dejar con mucho dolor y sacrificio la tierra que los vio nacer, que los vio crecer y prosperar con trabajo y esfuerzo, y que acogió el nacimiento de unas hijas que, por las mismas razones, poco antes se vieron también forzadas a dejar su país mientras era envilecido sin piedad por una ideología arcaica y fracasada. Sin embargo, en cada cosa que hacen, en cada pensamiento y en cada idea que expresan sigue presente Venezuela.

          Me ha impresionado, sobremanera, verme reflejado en esas personas que, gozando de una posición de profesores universitarios tanto él como ella, y que teniendo el patrimonio razonable que se puede edificar a lo largo de décadas de oficio y buen hacer, hoy se ven lejos de su tierra y de sus familiares más queridos. Un peregrinaje forzado para recalar temporalmente aquí, en la España de las oportunidades en la que no hay oportunidades ni para ellos ni para casi nadie que, como allí de donde vienen, no se dedique a medrar, a formar parte del plan o parasite en los círculos tóxicos del gobierno.  

          Son ciudadanos normales que me han hecho ver, aún con más precisión, algo que resulta evidente para unos, pero que a la vez es sorprendentemente invisible para otros. El modo tan certero, preciso y comparable en el que avanzamos por las huellas desdichadas de su querida Venezuela. Paso a paso, en una estrategia milimétrica de empobrecimiento de la clase media, de control de las instituciones, de saqueo sistemático de los recursos públicos pagados por las personas privadas y, a la postre, del desastre de unas políticas caducas y siniestras de sometimiento de la población en su conjunto.

          Cuando miro, sin apasionamiento, cómo se hacen leyes para que la educación se convierta en almoneda de reyezuelos regionales, se legisla para perdonar a delincuentes condenados por graves delitos, se fomenta el ataque a la propiedad privada, se miente sistemáticamente y sin escrúpulos, se pacta con quienes nada quieren de España salvo su demolición… Siento la enorme tristeza anticipada de lo que, si no lo remediamos, nos pasará también a los españoles.

          No son revoluciones a la antigua las que hoy doblegan y transforman las sociedades. Ahora sería complicado poner guillotinas, arrasar por las armas o quemar iglesias como proponen en las redes sociales los malcriados nietos de aquellos catetos de la hoz y el martillo del siglo XX. Pero quizá consigan ser igual de eficaces: lo fueron primero en Cuba y luego en Venezuela, entre otros países.     

          En cada detalle y cada momento se aprecia la voracidad sibilina del enemigo. Y en estas fiestas, por supuesto, no iba a ser menos. Hemos asistido al boicot que una televisión pública y mercenaria le ha hecho al homenaje que Nacho Cano quiso tributar a las víctimas de la pandemia: el sectarismo gubernamental se lo impidió. Se saben culpables, se esconden. Y a la infamante estrategia de planos para tapar la iluminación de la Puerta del Sol con la bandera de nuestro país. Las evidencias no pueden ser más claras: a España la gobiernan los enemigos de España. Hemos metido el Caballo de Troya en las instituciones y, o mucho hacemos para evitarlo, o arderá España como ardió Troya. Y seremos respecto de ese gran país que es Venezuela, lo que Venezuela no quiso ser respecto de Cuba pero no consiguió evitar.       

Odio la Navidad

          Me dijo un amigo hace una semana: «Odio la Navidad». Un amigo de toda la vida, es decir, de esos que conoces bien y al que has visto con el gorrito de Santa muchas veces. Al que has visitado en años anteriores por estas fechas para tomar el vermú y, de paso, comprobar el esfuerzo invertido en adornar el portal de Belén en el salón y en montar un árbol con guirnaldas y bolitas doradas. Y aquellos brindis… «Feliz Navidad». Decía con una sonrisa de oreja a oreja.

          Me sorprendió tan irreverente confesión, mucho más, viniendo de alguien que sabe que conozco su historia de vida. Y, de repente, me vino a la cabeza aquella anécdota que cuentan con los nombres de las niñas después de la guerra. La pequeña que debajo del balcón llamaba a su amiguita a grito pelado: «Luna, baja Luna, vamos a jugar». Y que sorprendida vio asomarse apurada a la madre de Luna y decirle: «No grites, niña. Que te oye todo el mundo. Y se llama Carmen, que no se te olvide, se llama Carmencita».

          A mí, sinceramente, me da igual en lo que crea cada uno. En tiempos de negacionistas, terraplanistas, y todo lo que a ustedes se les ocurra que acabe en istas, que un amigo mude sus creencias y tradiciones hacia el cliché de los tiempos que corren me produce pena. Es algo que respeto y que no me supone la menor merma en mi estima hacia la persona que, por supuesto, sigue siendo parte de mis afectos. 

          Me produce pena por lo que tiene de renuncia impuesta por el entorno. Porque trabajar en según qué administraciones públicas en España se ha convertido en una tarea de alto riesgo. Tienes que ser sí o sí de la cuerda actual. A saber: antimonárquico rabioso, ateo, anticapitalista, debes odiar a determinados partidos políticos aunque no sepas una papa de ellos, ni hayas leído nada acerca de sus programas, debes defender con ahínco el derribo de la sanidad y la educación privadas, comprender el fenómeno okupa mientras vives acojonado por tu casa de la playa y, por supuesto, debes criticar con fuerza el discurso del rey y odiar la Navidad. Y aunque nadie te lo dice explícitamente, si no haces esta pequeña conversión serás encuadrado como un reaccionario. Y claro es, con todos los riesgos que conlleva la etiqueta, desde el desprecio de los compañeros a la pérdida del empleo.

          Es una ingeniería social planificada de dominación de los espacios públicos y privados. El objetivo es someter a la masa a los designios y consignas de unos gobernantes sin escrúpulos y dispuestos a todo por permanecer en el poder a costa de la confrontación, a practicar el lisado de las tradiciones y, en el peor de los casos, delinquir y pasar de la justicia o sus condenas. Como hemos visto en otros países se trata de la cultura del odio y la sinrazón. Por eso, cuando estas cosas le pasan a un amigo uno se siente apenado.          

Sevilla y el rey negro

          Hasta donde la memoria me alcanza la tarde del 5 de enero era el preludio de la noche mágica del año. El anticipo de unos hechos prodigiosos que, al amanecer, iban a colmar de felicidad las ilusiones infantiles de los más pequeños de las familias. Allá por la década de los años sesenta y setenta del siglo pasado, en mi querida Sevilla, la magia no era un conejo blanco sacado de una chistera, sino un vaso de leche medio vacío y unas migajas de galletas en un plato. Evidencias incontestables del paso efímero de los Magos de Oriente por el punto de avituallamiento en el que cada casa se convertía esa madrugada insomne, y en el que además, Los Reyes dejaban las peticiones hechas semanas antes a base de letras atropelladas a lápiz, torcidas y emborronadas a medias por dedos manchados de pan con chocolate.     

          Contar aquellas experiencias a las nuevas generaciones es tarea ardua porque requiere imaginar un mundo pretérito que, a pesar de no estar a años luz, tiene desde la mirada de hoy una apariencia prehistórica. Imaginar una vida desconectada, o el mundo antes de la aparición de internet es, incluso para quienes lo vivimos, un complicado ejercicio de regresión. Eliminar los ordenadores personales, los teléfonos móviles, las redes sociales y pensar que, por ejemplo China –la Tierra del sol naciente–, no estaba a diez horas de avión; sino a la imposible distancia que nos separaba del Sol. Así era, la vida hace apenas medio siglo.

          El próximo 5 de enero de 2021 será diferente a todos los demás. El Ateneo de Sevilla y el Ayuntamiento de la ciudad han tomado la decisión de suspender el tradicional desfile de las carrozas de la ilusión. Como podrán imaginar, se trata de razones de seguridad debido a la pandemia que padecemos. Hay que ir nada menos que ciento dos años atrás, hasta 1918, para encontrar una pandemia similar y un hecho insólito, pero coincidentes en el tiempo.

          La pandemia fue la gripe, conocida por razones que no vienen a cuento explicar aquí como la española de 1918. Nada menos que cincuenta millones de personas perdieron la vida en aquel mundo desconectado de satélites y de redes virtuales pero por el que el virus no encontró barreras para viajar. Fue una devastadora experiencia y un aviso de que, ahora quizá entendemos mejor, las cosas pueden cambiar muy rápidamente.  

          Ese año de 1918 fue el primero que la Cabalgata de Reyes Magos desfiló por Sevilla, desafiando al destino con canastas de caramelos para los niños. España no había sufrido los horrores de la recién acabada I Guerra Mundial, pero nos colgaron el Sambenito de la gripe que mató a más personas que el propio conflicto bélico. Aquel año, un botones del Salón Llorens, Antoñito de Santo Domingo, se convirtió en el primer rey negro, Baltasar. Desde entonces, generaciones de niños y niñas tomamos con especial simpatía a ese miembro caribeño del trío de Oriente. Y circulaba la leyenda de que era el más generoso, el que más caramelos repartía y el que siempre entregaba los juguetes que se pedían.

          Era como una consigna mágica: «¿tú a quien le has escrito la carta?» Y la respuesta más habitual era: «al rey negro, a Baltasar.»

          Ignoro si para el próximo año ya estaban designados los nombres de quienes tendrían el cometido de llenar las calles de Sevilla de ilusiones infantiles, de regalos y caramelos, en una de las tradiciones más entrañables que tiene la ciudad. En cualquier caso, el próximo 5 de enero, los padres y madres de miles de niños tendrán que improvisar una buena historia que logre suplir el mágico desfile en el corazón de los más pequeños y, preservar así, la ilusión de ese día. 

          

Mentir de Largo

          Hubo un tiempo en el que el verbo mentir, en español, venía a significar la acción de decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe y se tiene por verdadero y cierto. De hecho, algo parecido sigue recogiendo, de forma ya anticuada, la R.A.E. Y digo anticuada por dos cuestiones fundamentales: la primera, porque maquillar u ocultar parte de la verdad es también mentir, incluso de manera aún más perversa; y la segunda, porque se viene imponiendo sobre la verdad lo que ahora se denomina el relato y la post verdad.

          Algo de esto vamos a ver, en breve, en la obsesión por escribir una nueva memoria histórica contada con verdades a medias o, dicho de otro modo, con la peor de las mentiras. Resaltando solo lo bueno de los buenos y, señalando con saña, solo lo malo de los malos. Un método tan infantil como torticero para el consumo de masas y, sobre todo, para la educación ideológica por encima de la verdad y los hechos.

          En aplicación de la Ley de Memoria Histórica de 2007, que aprobó el gobierno de Rodríguez Zapatero, la Comunidad de Madrid va a retirar nombres y bustos o estatuas de Francisco Largo Caballero, entre otros protagonistas de la España del siglo xx. Como ya imaginan, esto no cuadra con las intenciones actuales anunciadas de escribir una memoria al gusto de una de las partes. Y como es lógico, poco han tardado desde el gobierno en reivindicar la «memoria honrosa» del personaje, ya que fue elegido en las urnas, se esgrime como baza fundamental. Como por cierto, también lo fue Adolf Hitler en 1933, es decir, más o menos por la misma fecha en Alemania. Quede constancia, de que esta comparación la hago exclusivamente en base al hecho de llegar al gobierno siendo elegido. Luego, las consecuencias para los países provocadas por unos y otros ya las conocemos. 

          La democracia, nos guste o no, es imperfecta aunque sea el mejor de los métodos de organización social que conocemos hasta ahora. Y lo es porque permite que entren en las instituciones de un país, aquellos cuyo objetivo es deshacer la unidad nacional o atacar y destruir al Estado del que pasan a formar parte. El conocido Caballo de Troya, o en términos de biología médica: el equivalente a un cáncer. De ese modo, el elegido en Alemania provocó una tragedia global y destruyó su país. O por ceñirnos a nuestro caso, tenemos representantes en el Parlamento, que ya sin la menor dignidad, dicen desde la tribuna que les importa un pimiento la gobernabilidad de España. Pero cobran del dinero público, y no poco, por dedicar su esfuerzo a deteriorar las instituciones españolas.  

          Francisco Largo Caballero, madrileño de Chamberí, fue un político y sindicalista español del PSOE. Poco menos que analfabeto, sin formación socio económica alguna. Su discurso, inane y simplón, se basó en repetir las consignas revolucionarias y antidemocráticas de Pablo Iglesias. Muy pronto, desde que en 1918 fue elegido secretario general del PSOE, la retahíla de dislates del personaje quedaron registradas en discursos y diarios de sesiones, que muestran, muy a las claras, eso que la ministra Calvo ahora llama su «honrosa memoria». Fue colaboracionista cuando le convino con la dictadura de Primo de Rivera, y dejó de serlo cuando esta empezó a debilitarse. Pero no sería, hasta después de la muerte de Pablo Iglesias, ya en 1933, cuando asomó su naturaleza real: la anti democrática y tirana en sus discursos y soflamas como quedó registrado en este fragmento de la época:

            «Se nos ataca porque vamos contra la propiedad. Efectivamente. Vamos a echar abajo el régimen de propiedad privada. No ocultamos que vamos a la revolución social. ¿Cómo? (Una voz en el público: ‘Como en Rusia´). No nos asusta eso. Vamos, repito, hacía la revolución social… mucho dudo que se pueda conseguir el triunfo dentro de la legalidad. Y en tal caso, camaradas habrá que obtenerlo por la violencia… nosotros respondemos: vamos legalmente hacia la revolución de la sociedad. Pero si no queréis, haremos la revolución violentamente (Gran ovación). Eso dirán los enemigos, es excitar a la guerra civil… Pongámonos en la realidad. Hay una guerra civil…»

          Un año más tarde encabezó un golpe de Estado contra la República en 1934, pero fracasó. Una intentona que costó una fuerte represión en Asturias por parte del ejército, enviado por el gobierno republicano. Acabó encarcelado en la Modelo, si bien, fue absuelto del delito que se le acusaba: rebelión militar. Un anticipo del desdén con el que se iban a tratar los innumerables asesinatos, ocupaciones, detenciones ilegales y desapariciones forzosas del Frente Popular hasta la rebelión militar de 1936. 

          Ustedes ya conocen el resto de la desgraciada historia de España, que radicales y desquiciados como este alentaron y provocaron, y que todavía estamos pagando. Ahora, que parece que su partido (PSOE) y sus compinches quieren volver al espíritu revolucionario, demoler la historia, y retomar los argumentos rancios y caducos del comunismo, conviene estar alerta y, sobre todo, no callar, no tener miedo. Porque, efectivamente, han sido elegidos en las urnas, cierto es que con engaño del electorado y haciendo justo lo contrario de lo dicho para pedir el voto. Quizá por eso, como demuestra la historia, no siempre el elegido es digno de haberlo sido.  

Calle del Desengaño, 21

A los aficionados a las comedias televisivas les sonará la dirección. Fue entre los años 2003 y 2006 cuando se emitieron las cinco temporadas de “Aquí no hay quién viva” de Atresmedia, que llegó a tener cuotas de pantalla propias de una final de la Champions League. El guión reunía lo necesario para convertir cada capítulo en una metáfora patria de lo que somos, es decir, un retrato social. Era ver al presidente de la comunidad –un tal Juan Cuesta–, interpretado por José Luís Gil Sanz, y acordarme de media docena de individuos reales con nombres y apellidos. 

Han pasado casi quince años, que se dice pronto, y hoy según algunos en España hay una pandemia provocada por un virus que asola el mundo y todo lo que existe entre nosotros y las antípodas. Opinan otros, que el virus es un bicho fake, un invento para atolondrar las cabezas de la gente. Y aún hay una tercera vía conspiranoica, o no, acerca de una novedosa fórmula china para hacer la guerra de forma más moderna y con menos vísceras esparcidas por los verdes prados que históricamente fueron campos de batalla. 

Cualquiera sabe, y quizá debido a la incertidumbre, anda el patio tan revuelto. Con todos los Juanes y Juanas y sus hermanas agarradas como lapas a sus puestos y cargos públicos bien adobados de magros sueldos y prebendas. Como le decía esta semana Albert Rivera a Pablo Motos en El Hormiguero: «Aquí no se va nadie porque la clase política piensa que “dimitir” es un verbo ruso.» Genial. Pero ojalá fuera la única razón. Aquí no se va nadie porque conceptos como: la verdad, la dignidad o la vergüenza han desaparecido en pos de un generalizado y tolerado por todos «dame pan y llámame tonto.» Vivimos instalados en una coherencia en la que cabe agitar las masas pobres desde un restaurante de a 100 euros la visita con vinazo incluido, defender las ocupaciones desde una mansión custodiada por un ejército de guardias civiles, o manejar el número de víctimas de la pandemia como quien juega al mus. Vivimos, en fin, en el más claro exponente del determinismo: un gobierno que todo lo hace bien en un país al que todo le va como el culo. 

¿Qué puede salir mal para acabar con el desastre actual de la pandemia y la crisis económica? No será que no se toman medidas: se va a resucitar el franquismo y a redactar la historia de nuevo, estamos aclarando lo de los piropos y el machismo de las actrices guapas en la pelis, y por si fuera poco, tenemos una ministra en portada en el Vanity Fair que antes era cajera de un super de Vallecas. Y para los golpistas condenados en firme por sedición, el indulto. ¿Qué era aquello que decían los venezolanos mirando a Cuba? ¡Ah!, sí, lo mismo que nosotros mirando a Venezuela: «eso aquí no puede pasar.» 

Recuerdo un presidente de comunidad que sisaba pequeñas cantidades en contubernio con el dueño de la ferretería apañando facturas para llevarse cuatro euros, o empleaba para la limpieza y jardinería a sus primos parados, a la cuñada o una amiguita cuando en verano la mujer se iba de vacaciones. Cuando en una junta de vecinos le pusieron las cartas sobre la mesa montó en cólera, gritó desnortado y presa de la ira pero, sobre todo, lo negaba con ahínco y anunciaba su intención de no usar el famoso verbo ruso. Al desgraciado tuvo que darle un infarto para que aparcara sus batallas y pirateos de pacotilla. Sin embargo, estoy seguro de que renunció pensando que había actuado como lo habría hecho cualquiera, ya fuera de presidente de la comunidad de vecinos, o de presidente de España.     

Quo vadis España ?

El escritor polaco Henryk Sienkiewicz escribió la conocida obra “Quo vadis?”, un clásico de la literatura universal entre 1895 y 1896 con una clarividente visión de futuro. Inicialmente fue entregada por fascículos y poco después fue publicada como novela. Se trataba de una de las muchas historias de Roma que siempre se han contado, centrada en la época de Nerón. El argumento es bien conocido y carece de interés reseñarlo. Si la traigo a colación en este artículo es porque, cada día más, cabe hacernos la misma pregunta a muchos ciudadanos españoles.

¿Adónde vamos? Y no me refiero a nuestro destino como consecuencia de la pandemia, que también, sino a la desenfrenada carrera hacia una sociedad desquiciada y gobernada por dirigentes ajenos a las miserias de la gente pero ahítos de privilegios. Es obvio, que al igual que al elegir una novela, o una película de cine, compramos el relato que más nos gusta o interesa. Escuchamos perplejos a responsables de partidos políticos decir cosas como que España necesita más pateras y menos turistas, o que ocupar una propiedad privada es un derecho que asiste a algunas personas por su situación, en vez de que el gobierno les dé una solución para que no la encuentren quitándosela al vecino. Que se puede acosar a una dirigente opositora embarazada de nueve meses, escupirle y empujarla hasta hacerla entrar en pánico. Pero cuando la cosa se vuelve contra según quién, entonces es acoso. Y así, asistimos cada día a esa hemiplejia moral que ya se muestra sin disimulo en el indecente oficio de muchos periodistas que ejercen de mercenarios. Oímos decir, en fin, a quienes gobiernan que su amor a España es un sentimiento compartido con quienes desde las instituciones llevan años tratando de despedazarla. 

Y tiene usted que tragar, so pena de ser tachado de fascista -cosa, por otra parte, desgastada y que nada significa de tanto usarla sin sentido y, a menudo, sin conocer su origen y significado–. Dice la conocida paremia en La Celestina que Zamora no se ganó en una hora, y ahora sabemos que tomar el cielo por asalto tampoco es tan sencillo. Se llega antes a la comodidad del amplio jardín, a la piscina y las tarimas de madera climatizada. Se pasa por arte de birlibirloque de mileurista a burgués acomodado en menos que canta un gallo: sin inventar nada, sin vender nada salvo motos metafóricas, sin crear nada. A costa de todos los demás.

Para mantenerse, o incluso perpetuarse en el poder de esa manera, se necesita una sociedad pobre y analfabeta, inculta y necesitada. Una sociedad rota por el resentimiento y el odio, el frentismo, repleta de sectarios cuya única forma de entender la vida es el hooliganismo, la bulla, la revuelta, el insulto y la infamia contra los demás. Para que de ese modo, el sátrapa se vea en la necesidad de anunciar la nueva lucha contra el capitalismo y sus miserias, mientras el que lo oye apenas entiende lo que le dicen, mermado por el hambre y ocupado en rebuscar algo que llevarse a la boca en el cubo de basura. 

Y oiga, si ese es el objetivo. Vamos por muy buen camino.   

Apenas un siglo

Ese es el tiempo que ha pasado desde que en 1918 el mundo padeciera su última pandemia global: la conocida como española. Aunque conviene señalar que, en realidad, aún hoy se debate sobre su verdadera nacionalidad o, en términos más epidemiológicos, sobre el epicentro o lugar donde se sitúa al paciente cero de aquel brote de gripe. Hay quien opina que España, siendo un país neutral en la I Guerra Mundial, no censuró la información sobre la enfermedad, mientras que sí lo hicieron la mayoría de los países que participaban en el conflicto bélico. Y que de ese modo, gracias a la difusión de la carnicería que aquí provocaba el enemigo invisible, se nos acabó atribuyendo la paternidad de la versión del bicho N1H1 que liquidó por su cuenta a unos cuarenta millones de seres humanos en todo el planeta. Mientras, y por ilógico que pueda parecer, los que lograban sortear el exterminio vírico apoyaban la iniciativa biológica a base de cañonazos o ensartando con la bayoneta a todo hijo de vecino. En una especie de locura exterminadora que nos viene escrita en el código genético. 

A pesar de que hace apenas cien años el mundo era mucho más grande que hoy, la muerte voló a golpe de tos y gotículas de esputo a una velocidad de crucero propia de un misil Tomahawk, y la humanidad pagó carísima la inmunidad de rebaño –la biológica–, porque de la estupidez no llegamos a curarnos. Solo un par de décadas más tarde, y una vez repuesto el contingente generacional de carnaza para el frente, nos dimos otra vez al pasatiempo del exterminio mutuo a lo grande. Entonces la naturaleza, siempre sabia, ahorró energías dado que debió parecerle claro que nos sobramos para acabar con la especie sin necesidad de ayuda.

Durante el periodo de descanso que nos hemos tomado desde mediados del siglo XX hasta hoy, hemos buscado nuevas vías de aniquilarnos, sobre todo, jodiendo el planeta. Acabar unos con otros a puñados cada cierto tiempo nos lleva al punto de inicio una y otra vez. Y la solución nuclear no nos parece entretenida, sino al contrario, rápida e indolora y esa no es la forma de proceder que nos gusta. A los humanos nos pone matarnos, pero con alevosía y sin que la muerte triunfe de forma definitiva y se haga el vacío. Somos los depositarios de la caja donde el gato de Schrödinger nos hace creer que conocemos los secretos de la física de lo imposible. Y nos engañamos a nosotros mismos con la ensoñación de que es posible consumir varios planetas aunque solo disponemos de uno. Quizá por eso, cada cierto tiempo, apenas un siglo, a la naturaleza se le inflan las pelotas y nos lo hace saber a un precio cada vez más caro.