El libro y su competencia

          Recientemente se publicaron las cifras de ventas de libros en España en 2021, año todavía de pandemia. Y no sé si para sorpresa de las editoriales y distribuidores, los resultados muestran que hubo un incremento significativo respecto del período anterior. Lo primero que se nos podría ocurrir es lanzar las campanas al vuelo y descorchar algún caldo bien rico con el que celebrar tan grata noticia, sin embargo, lo mismo conviene ser prudentes.

          Es posible que más tiempo disponible debido a los confinamientos significara también más paseos curioseando las redes sociales para ver de qué se hablaba, quién había publicado libros o discos, y por supuesto consumir videos de todo tipo en Youtube, Tik Tok, reels de Instagram y demás devora minutos como si no hubiera un mañana. ¡Ay! Si muchos supieran que con las cien horas mensuales que, de media, dedican a estos menesteres procrastinadores podrían solucionarse muchos de sus problemas. Se quedarían pasmados. 

          La pandemia se ha mostrado, además de como una tragedia sanitaria, como un excelente director de innovación. Todos nos hemos tenido que reinventar y, ese detalle, puede que explique en parte el incremento en las ventas de manuales de bricolaje, publicaciones de autoayuda, recetas de cocina, cursos de inglés o chino. etc. Y por supuesto, de todo tipo de historias relacionadas con virus, pandemias, sanidad, enfermedades y cuestiones relacionadas.

          Otra competencia que fue eliminada para la venta de libros fueron los bares, terrazas y restaurantes. De repente, las tardes soleadas, los mediodías con los amigos, las noches de los viernes e incluso jueves, las salidas de los fines de semana… Todo eso, gran fuente de gasto en tiempo y dinero, se vio congelado de la noche a la mañana. Y tras consumir casi toda la oferta de Netflix, HBO y tertulias de sabios, la gente empezó a rebuscar por los rincones algo que aliviase el paso lento y monótono del tiempo.

         Para abrir el corcho de las celebraciones yo esperaría a ver las ventas del 2022 cuando se publiquen el año que viene. En este año en el que, casi vencido el virus, vuelven las Fallas, La Feria, las romerías de los pueblos, las playas a tope y, en definitiva, una normalidad muy parecida a la que teníamos en 2019. Y si se confirma esa tendencia, entonces no solo un buen vino, sino además, una rosa, un libro y una buena compañía con quien compartir la alegría. 

 

Barrio Sésamo

          Barrio Sésamo se emitió en España, por primera vez, allá por 1979 y fue muy popular en la década de los 80. Se trataba de un tele teatro infantil realizado por actores disfrazados de personajes como la Gallina Caponata o Espinete. Recuerdo las tardes en las que, sin posibilidad de zapeo, encendías la tele y allí estaban, con sus voces estridentes y entonaciones acentuadas, enseñando a los más pequeños la diferencia entre arriba y abajo y cosas muy básicas de ese estilo. Conceptos que se podían engullir junto con la tostada untada de Nocilla y los morros pringados de chocolate. 

          Muchos de aquellos niños ochenteros, hoy ocupan cargos de elevada responsabilidad en grandes corporaciones, o en altas instancias de la Administración pública (no confundir con políticos), es decir, altos funcionarios de carrera. Por no citar notarios, o científicos de toda índole y disciplina. Otros son profesores, catedráticos, en fin, un ejército de gentes que sostienen el país en pie. Cada cual, con su esfuerzo y posición, según su circunstancia y mérito, se fue labrando un futuro más o menos prometedor y hoy están en la antesala de la jubilación.

          Una gran parte de esas posiciones se consiguieron a base de sudor y mucho esfuerzo, de exámenes interminables, pruebas técnicas y entrenamiento. Es decir, invirtiendo el tiempo de las noches sin dormir en un futuro que, bañado en café y nervios a la hora de jugársela en el ruedo, acabó por merecer la pena. La realidad es dura: un piloto de aviones no se puede equivocar y pulsar el tren de aterrizaje en vez del piloto automático, un ingeniero no puede calcular mal la carga soportable para un puente y, usted haga lo que haga, seguro que si la fastidia le va a salir caro o, en el peor de los casos, puede que se quede sin empleo.

          Por eso, los niños de Barrio Sésamo saben distinguir entre arriba y abajo. Es posible que, en un mal día y con el despiste de la tostada, cometieran un error de apenas un segundo pero luego rectificaran enseguida. Y esa, es una gran diferencia con quienes hoy manejan nuestra barca política. La que hay entre aquellos niños y un alelado que, cobrando una pasta impresentable de las arcas públicas, es capaz de marrar 3 veces el mismo día al elegir entre la complicada disyuntiva SI o NO. Cuando además, le han señalado donde poner el dedo, y en un alarde de tozudez confirma el error.    

Como el Ave Fénix.

          Cada quinientos años le llegaba la hora de morir y, consciente de ello, fabricaba un nido a modo de sepulcro. Allí incubaba un único huevo durante tres días hasta que ardía por completo. Se quemaba y quedaba reducido a las cenizas de las que resurgía un nuevo ave Fénix. Desde entonces, este símbolo de la inmortalidad ha sido ejemplo de superación y de esperanza para la humanidad. Quizá por eso, ayer el concierto de año nuevo comenzó con la marcha Fénix de Josef Strauss.  

          Cuando Daniel Barenboim hizo aparición por tercera vez en la Sala Dorada del Musikverein de Viena, para dirigir a la sinfónica el primer día de este 2022, todo hacía presagiar un gran acontecimiento. Como así fue: grandioso. Barenboim es, para mi gusto personal, uno de los mejores directores de orquesta actuales. Y no lo digo porque yo tenga la menor idea de cómo se dirige una orquesta, sino por el carisma que desprende en su interpretación y lo que a mí, como oyente y espectador, me transmite.

          Barenboim cumplirá 80 años en 2022, que la salud, la suerte y el destino lo lleven hasta noviembre sin inconvenientes. Viéndole dirigir el concierto de ayer es fácil recobrar la ilusión por el trabajo cuando los que, de momento, aún estamos lejos de ser octogenarios. No se puede estar más en forma física y mental. No sé si es la música lo que lo conserva en semejante estado de gracia, pero seguro que ha contribuido y no poco a que haya disfrutado de una ya larga existencia, y esperemos que dure mucho más.

          No fue casual la pieza elegida por el director para dar inicio al concierto de ayer. Estaba claro que el guiño, elegido con intención certera, nos lanzaba un mensaje: prevaleceremos. En tiempos de pandemia, de incertidumbre y de dolor en muchas familias en todo el mundo, la música nos recordaba que el ser humano es capaz de sobrevivir a calamidades como esta.

         No hay mejor manera de empezar el año que dedicar algo más de dos horas a este acontecimiento anual. Dejarse llevar por el sabor del café, acomodados en el sofá como el ave Fénix en su nido y conjurar los males hasta hacerlos arder. Y de allí, renacer cada año como las aves de paso que somos, acompañados de la magia de la música. 

    

Como mola, Carmen

           Decía un escritor galardonado con el Premio Nobel hace unos años que lo suyo era la literatura, y que el mundo de los premios era otra cosa que a él le interesaba bastante poco. No obstante, le habían concedido el premio gordo y como es lógico lo aceptó. Mi madre, con su sabiduría a pie de calle, decía con frecuencia que a nadie le amarga un dulce. Ignoro si era un refrán aprendido o el fruto de su venerada afición por la repostería. En cualquier caso, a mí me parece lógico que a cualquier persona que escribe para que le lean le agrade recibir un premio por hacer lo que le gusta.

          Sin embargo, un premio literario puede ser también otras dos cosas: una trampa y un dulce envenenado. Lo primero porque hay decenas de ellos cada año promocionados por editoriales de prestigio, como es el caso de Planeta. Reciben cientos de manuscritos en cada edición, incluso algún millar. Muchos de los cuales, la mayoría cuenta la leyenda, ni siquiera llegan a los miembros del jurado. Se acepta que un premio es, sobre todo, una operación de marketing del sector editorial. ¿De qué otra forma se puede entender un adelanto de un millón de euros a una tal Carmen por mucho que mole? Cuando cada año demasiados lectores quedan decepcionados al leer lo que terminó siendo premiado.

          Hay otras ocasiones en las que una editorial decide premiar una novela de un autor desconocido, no es frecuente pero ocurre. Y es sensato pensar que lo hace como apuesta por la calidad literaria. Al menos, en mis manos han caído algunas novelas que cumplen ese criterio. Y luego, algo ocurre y el premiado autor nunca vuelve a publicar algo que merezca el aplauso del público y la crítica. Incluso se esfuma, y nunca más se sabe de él o de ella. Ya veremos las próximas novelas de los tres mosqueteros, unificados bajo el seudónimo de Carmen Mola, la acogida que reciben en el futuro.

          Estoy convencido de que muchos de ustedes han leído alguna de las tres novelas de la trilogía de Carmen Mola, yo también, una de ellas. Me gustó. Me pareció entretenida pero no soy muy amigo de las trilogías. Y tampoco soy muy de las tramas de moda, esto último me produce un tremendo cansancio. Hoy uno repasa la sinopsis de las veinte novelas más vendidas y… ¡Oh, casualidad. Quince siguen el mismo patrón argumental! Hasta no hace mucho era algo así como chico encuentra chica y se enamora, el amor se ve amenazado, y finalmente chico resuelve el conflicto y los dos son felices y comen perdices. Pues por el estilo.

          Por eso, puestos a hacer experimentos de lectura, es mejor no dejarse llevar por los premios y decantarse por algún completo desconocido como Abdulrazak Gurnah, por ejemplo. Un escritor  africano al que nadie lee y del que nadie ha oído hablar.           

            

Madrid «Grease»

     Pues eso, que como estaba previsto, el viernes asistí al musical «Grease» en el  Nuevo Teatro Alcalá. Vayan por delante los titulares: sesión de las 17 horas, gente hasta la bandera y cartel de no hay entradas. Público de todas las edades a partir de los 18 años. Mascarillas obligatorias pero sin distancia social posible en el teatro, ni en la calle, ni en el aparcamiento, ni en bares ni terrazas. La ciudad de Madrid de siempre. Grande, llena, luminosa y vibrante de actividad.  

          A mí me gusta tomar el pulso a esta gran capital y comprobar, una y otra vez, que vuelve a ser una de las más punteras de Europa. Hay que tener en consideración que el puente de octubre desaloja a millones de residentes que se van al pueblo, al mar o la montaña y que ceden el espacio a los millones de visitantes que llegan de todas partes de España y del extranjero: las gallinas que salen por las que entran.

          Confieso que me emocionan los ambientes del teatro y los musicales; los pasillos que conducen a las butacas en las plateas y los anfiteatros con su halo de misterio tras las puertas y las cortinillas; los mostradores de los guardarropas y el estratégico ambigú durante los descansos. La experiencia es, en sí misma, una performance. Un escenario dentro de otro escenario, que como las famosas muñequitas rusas –Matrioskas– van desvelando un mundo envuelto en capas de cebolla.

          No estuvieron John Travolta ni Olivia Newton John, por suerte para ellos, porque dudo que hubieran aguantado el nivel de energía, ganas y fuerza que desplegaron sus interpretes 43 años después del estreno de Grease en 1978. Más de 25-30 artistas en el escenario, según necesidades del guión, desplegaron una coreografía espectacular e interpretaron canciones conocidas en todo el mundo. Un regalo para vivir aquellas sensaciones de quienes, como yo, en los años 70 del siglo pasado, éramos adolescentes.

          Me llevo el buen sabor de boca de que hay una generación de jóvenes con una energía impresionante y muchas ganas. Montar un espectáculo como el que he visto este viernes lleva mucho trabajo. Meses y meses de esfuerzos y ensayos, de cansancio, de concentración y de ilusión. Espero que los aplausos con todo el teatro en pie les sirvan para recargar las energías, compensar el esfuerzo y ayudarles a crecer.    

Qué ganen los buenos, que pierdan los malos

          Vaya por delante que he tomado prestado para el título de este post, el estribillo de una estupenda canción de El Arrebato, un tío simpático y flamencón que canta de maravilla. Desde que escuché por primera vez este tema le he dado muchas vueltas, a pesar de que la letra es directa y fácil de entender, al asunto de los buenos y los malos y a la cuestión de la perspectiva ética según a quién se mire o se juzgue en un momento determinado.

          Esto nos lleva de cabeza a la construcción del relato. Hasta no hace mucho los buenos eran los que ganaban una guerra. Cosa obvia, porque el relato lo construían los vencedores y, conforme se iba transmitiendo de boca en boca y de oreja en oreja, la idea quedaba fijada en el subconsciente colectivo. Por ejemplo, después de la II Guerra Mundial los aliados fueron indiscutiblemente los buenos y los nazis los malos –esto era muy obvio, además de cierto–. Lo que quizá necesitó un poco más de elaboración es que los comunistas también fueran los buenos, pero se hizo, y aún hoy en España sigue siendo incomprensiblemente legal el partido comunista. Al margen de que la UE los condenara junto con los nazis por crímenes de lesa humanidad en el S. XX hace apenas año y medio.

           Esto las izquierdas lo han manejado siempre con maestría, desde luego a un nivel muy superior a las derechas, que en este sentido parecen siempre más acomplejadas o reticentes a construir una versión de parte. Viene este asunto a colación de lo fácil que les resulta a algunos hacer un relato bipolar, cosa que consiste en arrojar a la cara del contrario la merecida basura cuando le toca, al tiempo que se consigue ocultar y soslayar la misma basura en la casa propia.

          En España uno de los partidos mayoritarios es el que acumula más casos de corrupción y de condenados de toda la historia, sin embargo si usted pregunta a cualquiera por la calle por ese partido le dirá, casi con toda seguridad, que es el otro partido el más corrupto. Sin saberlo, sin datos, a bote pronto. No crea que haber robado 800 millones de euros de los parados para drogas o prostitución afecta mucho al relato popular. Los malos son los otros.

           Este modus operandi de la construcción de la idea del bien y del mal y la ocultación llega a extremos inverosímiles en Valencia en estos días. Donde una de esas buenas buenísimas personas de la izquierda ética, moral, y poco menos que celestial, ocultó los abusos sexuales de su marido a una menor. Y lo hace además, sin haber defendido la justicia y la dignidad de todas esas niñas abusadas durante la gestión del buenismo en Baleares. En fin, uno ya no sabe si entre los malos hay alguno bueno, pero entre los buenos hay mucho malo y mucha mala y mucho hijo de puta y mucha hija de puta.    

Ensayo sobre la ceguera

           José Saramago publicó en 1995 la novela «Ensayo sobre la ceguera»; para mí una de sus mejores obras. No les daré detalles de la trama, por si piensan leerla, más allá de que transcurre durante una supuesta pandemia. Pero sí diré que muchos de los efectos colaterales, tanto en lo personal como en lo social, que se describen en la obra son observables también en nuestros días.

           Con cierta frecuencia, como supongo les ocurre a ustedes, hablo con personas que piensan distinto a mí en relación con la situación de la pandemia, la gestión que se está realizando y, como algo inevitable, se habla también de la situación política que atraviesa el país. De la crispación, la polarización o el desvío no sé si irrecuperable de la manipulación en los medios de comunicación y, en particular, de la televisión.   

          Y la conclusión a la que llego a menudo es que tenemos razones para ser pesimistas. Es complicado mantener una conversación cuando la otra persona tiene fijadas apriorísticamente todas las defensas posibles, los contraargumentos y contraataques y, por alguna razón que no termino de entender, presenta una ceguera casi absoluta frente a los desmanes de quienes militan en el partido por el que se declaran seguidores o votantes.

          Los más cafeteros me dirán que la ideología es lo primero. Y que da lo mismo si el tipo que gobierna tiene tendencia al pucherazo, a montar urnas detrás de las cortinas y cosas por el estilo. A enchufar a ejércitos de amiguetes, a meterle la mano en el bolsillo para pagarles. O si lo sostiene quien asegura querer pegar a una periodista hasta sangrar, roba tarjetas de móviles de las queridas o envía a sus escoltas como matones infiltrados a reventar manifestaciones de los opositores. Nada de eso se ve, o si se ve, es mentira o hay una explicación que casi siempre es la misma: es un bulo. 

          No es fácil comprender la mecánica por la que una mente, en principio, racional y sin trastorno aparente, puede obcecarse hasta el suicidio como si una enfermedad autoinmune le afectara solo a la capacidad de discernimiento. Supongo, que debe tratarse de la sobreexposición a una realidad que a uno no le gusta y lo fácil que es aferrarse a los argumentos populistas, sean del signo que sean.

Vuelva usted mañana

          Mariano José de Larra publicó, en el Pobrecito Hablador número 11 del año 1833, un conocido artículo titulado: “Vuelva usted mañana”. Sorprende que casi dos siglos después, la satírica visión que este romántico tenía de aquella España bien pudiera seguir de actualidad en cualquier artículo periodístico de hoy en día. La lástima y el asombro que sintió por Mr. Sans-délai, el ingenuo francés que en quince días pretendía resolver asuntos burocráticos a la velocidad del sentido común, bien podemos padecerla hoy de forma generalizada por los españoles que pretendemos cosa semejante.

          Cada vez es menos frecuente la visita personal para la realización de las gestiones que con alguna de las innumerables administraciones públicas se nos obliga a realizar. En este hipermoderno y tecnológico S.XXI donde casi nada funciona, se nos insta a hacerlo casi todo a través de las webs, las APP, las firmas digitales, los links y las dobles y triples verificaciones, encriptaciones y otras tocadas de cojones. Consecuencia de una cohorte de vendemotos de feria, que se han hecho de oro a base de dar charlas sobre la necesidad de digitalizarlo todo. 

          Hace unos meses me caducó la firma digital y yo, iluso de mí, y dado que no soy un completo zoquete tecnológico como demuestra mi experiencia profesional; incluso he desarrollado una plataforma SaaS de estudios de mercado, me dije: esto es cosa de un momento. Craso error. No comentaré aquí todo el periplo por no aburrir pero baste mencionar que después de descargarme el entorno JAVA, actualizar el software, recuperar la contraseña de la FNMT, instalar el archivo, cambiar el código en el llavero de claves, incluir la extensión en el navegador, cambiar de navegador a uno de los compatibles y un largo etcétera. Una semana después sigo sin firma digital, que además no sirve para todas las comunidades autónomas. 

         Hoy no tenemos aquellas ventanillas donde suplicar a alguien que nos atienda nuestros asuntos. La moderna eficiencia de costes ha llenado las listas del INEM con aquellos rostros enmarcados y, por lo general mal encarados, que solían decirnos con displicencia: “vuelva usted mañana”. Y nos los han cambiado por un Call Center offshore en el que trabaja una persona con acento sudamericano que controla miles de contestadores automáticos. Así, consiguen pasarnos del pulse 1 al diga si, o diga no, diga de qué se trata, pulse asterístico, ahora almohadilla, para que después de 20 minutos de repente se corte la llamada sin previo aviso. Dejando nuestro asunto, según la teoría de Larra, en el aire como el alma de Garibay.

          Casi doscientos años después, en España lo mismo da una pandemia que una nevada, sigue vigente el “vuelva usted mañana” o mejor aún: no vuelva. Vivimos en una estructura colapsada de ineficiencias e ineficientes, de colocados, enchufados, soplagaitas y diferentes pelajes y fauna de lameculos embutidos en la administración pública y en las grandes corporaciones privadas. Inútiles con sueldo a fin de mes sumergidos en un marasmo de procedimientos que no entienden, de instrucciones que no se siguen, de responsabilidades tan diluidas que no pertenecen a nadie, de falta de empatía y de desgana generalizada. Líbrese usted de tener que tratar con una ENDESA, una Movistar o una Iberia para que le resuelvan un asunto, o no digamos ya un ayuntamiento o una consejería. Mejor, vuelva usted dentro de doscientos años.  

Ni se lo imaginen

          En ocasiones hay fantasmas que nos visitan sin previo aviso. Como de paso, para abrir alguna ventana a la imaginación o al desaliento, según se mire. Decía no sé quién, ni ganas tengo de buscarlo, que cada vez que tomamos una decisión renunciamos a otras mil vidas diferentes que ya nunca serán y que, como en el famoso castigo romano para los enemigos del Estado, pasan a formar parte de una variante del damnatio memoriae.

          Imaginen la propuesta de nuestro fantasma: nos enseña un gobierno de coalición PP+Cs+Vox que ha estado en el poder en 2020 y que, por aquellas cosas del patriotismo, hubiera celebrado el día de la bandera española a primeros de marzo. Eso, a pesar de los avisos de la OMS, de la pandemia ya desatada en Italia, y de saber que en España teníamos positivos de COVID-19 en las UCIS desde finales de enero. E imaginen a M.Rajoy salir una semana más tarde a anunciar un estado de alarma sin precedentes ante la explosión de la enfermedad en España y la cascada de víctimas.

          Imaginen a un VP Espinosa de los Monteros (por poner un ejemplo), o a un Albert Ribera con las manos en jarras y gesto chulesco, declararse en la tele como responsable de las residencias de ancianos, y que durante los siguientes meses y sin que se tome ninguna medida mueren a millares nuestros mayores sin que sus hijos, nietos o parejas alcancen a despedirse, ni a darles un último abrazo. 

         Imaginen que, mientras todo eso ocurre, M. Rajoy asalta la televisión pública para soltarnos enormes peroratas diarias. Y que mientras tanto a través de las compras públicas llueven los pelotazos a los amigos del poder, se enchufan a dedo parientes de Abascal, De Guindos, Girauta y un largo etcétera. Imaginen que se inventan un comité de expertos y unas actas que no existen. Que condenan a Toni Cantó por no pagar la seguridad social, investigan a Teodoro por machirulo roba móviles…. Y venga muertos, y venga pedirle a la gente que se queda sin empleo y que no cobra los ERTE que salgan a los balcones a aplaudir.   

          Imaginen que ante tal descalabro, ese gobierno trifachito decide meterle mano a la justicia, al CGPJ, a la Corona, y que para ello no tiene más remedio que pactar lo mismo con Juana que con su hermana. Mentir hoy, desmentir mañana. Y que a todos nos quede claro, que la moral, la decencia, la verdad, la humanidad y todas esas monsergas han pasado al olvido, de la mano del gobierno. 

          Menos mal que los fantasmas no existen, y que cuando uno despierta se impone la realidad que, como suele ocurrir, supera a la ficción. Gracias al gobierno que tenemos no hemos tenido que sacrificar a ningún perro como cuando la crisis del ébola, que costó la muerte de DOS personas. Gracias a que muchos se echaron a la calle contra aquel gobierno y su mala gestión sanitaria, a que se hicieron manifas, se encadenaron a fachadas, como digo, gracias a eso el virus se acojonó y volvió a África. Ahora, por el contrario, con las derechas calladitas, el virus se ensaña con nosotros como el peor país en la gestión de la crisis. Esto, como es lógico, es culpa de las derechas.    

El pianista ingenuo

          ¿Quién, de entre los amantes de la música, no ha deseado alguna vez tocar el piano? Uno escucha a los grandes virtuosos del instrumento y, al observar como hacen literatura con sonidos prestados al tacto preciso de cada una de las 88 teclas, cree que es algo al alcance de cualquiera; digamos que, más o menos como aprender a montar en bicicleta usando las manos en vez de los pies. Pero nada más lejos de la realidad. 

          La mayoría de quienes nos acercamos a la música y, en particular, al piano a una edad madura llevamos sobre los hombros, a modo de capa de tuno, la infantil e ingenua idea de que la cosa consiste en tener más o menos oído y localizar las notas probando con los dedos. Y, sin embargo, lo que uno comprende es que habría hecho bien en empezar con el aprendizaje unas décadas antes: de niño, por así decir.     

          La primera experiencia cuando estás delante del teclado es que, hagas lo que hagas, lo único que consigues es ruido. Si no se han estudiado algunos fundamentos básicos antes de tomar asiento en la banqueta, la experiencia es como abollar con la cuchara un batería de cocina. Y el consiguiente deterioro de la convivencia con el vecindario. Poco margen a la improvisación deja el perfecto sistema y disposición de sonidos que produce un teclado, y ninguna piedad con los osados.

          Mi ignorancia se dio de bruces con la realidad al empezar en el conservatorio. Para empezar me quedé descolocado al saber –así de lejos de la realidad andaba yo– que es un instrumento que suena a dos voces, es decir, que cada mano toca una cosa distinta. Esto puede parecer baladí, sin embargo, pruebe algo fácil:  batir un huevo con una mano mientras da la vuelta a una tortilla con la otra. Y por si fuera poco, ponga el cuenco con el huevo a batir a una altura y la sartén con la tortilla a otra. Y, por favor, obtenga un resultado coordinado y que se vea en la armonía de movimientos.

          Otra cosa que nunca imaginé es que los dedos de las manos no son libres al tocar el piano; una tiranía impensable en los tiempos que corren. Cada obra, así sea de una hora de duración como de cinco minutos, obliga a ejecutar una secuencia definida de movimientos para cada uno de los cinco dátiles de cada mano. Y es obligado hacerlo así, a menos que se quiera uno meter en un laberinto sin solución.

         Pocas cosas imaginé tan retadoras, debe ser por eso que me metí en la aventura de la música y la interpretación del piano. Bueno, por eso, y porque es un instrumento capaz de hacerte mejor persona cuando intuyes que con esfuerzo y trabajo se puede llegar a tocar con cierta habilidad.