Ensayo y error. Serie de post «the missing link» 2

          Todo lo hecho y conseguido por el hombre ha sido a base de ensayo y error. O dicho de otro modo, vas y pruebas, te la pegas y lo intentas de otra manera. No es que sea un método muy sofisticado, pero funciona para casi todo el mundo. Siempre hay, como es conocido, quien prefiere reiterar en el error hasta hacerse daño, pero ese es tema para otro día. En el mundo empresarial, siempre dado a los eufemismos, se le llama hacer un ensayo piloto. En la ciencia también, pero en vez de meter a un piloto en un transbordador espacial para convertirlo en polvo estelar, meten a un macaco en una jaula y le pinchan cosas en el lomo.

          En la película dirigida por Franklin J. Schaffner basada en la novela de Pierre Boulle, «El planeta de los simios» (1968), las tornas cambian y son los humanos quienes hacen de cobayas. Hoy decimos que se trata de un relato distópico. Los simios evolucionaron a partir de la raza humana, o prevalecieron, después de que nosotros destruyéramos el mundo tal y como lo conocíamos en el siglo xx. Mi teoría es que no necesitaremos llegar al año 3978 como en la historia protagonizada por el coronel George Taylor (Charlton Heston), sino que ocurrirá mucho antes.

          Después de 1945 y del lanzamiento de las armas nucleares inventadas por Robert Oppenheimer, el mundo ha conocido un tiempo de paz a nivel global (guerras locales o bilaterales no ha dejado de haber nunca), impensable hasta entonces, a la luz de la Historia desde tiempos de Alejandro Magno. Una amenaza con un poder disuasor tan grande que hizo impensable usarla unos contra otros por lo absurdo del resultado final: no es posible el juego de suma cero si el resultado es cero ganadores.

          Pensaba esto mientras escribía mi ya avanzada segunda novela, porque esta semana ha saltado una nueva alerta mundial en China que ha colapsado los hospitales. Un virus respiratorio que ataca selectivamente a los niños. La parte de la población no ensayada con el COVID-19 y que tuvo como diana primaria a la población mayor. Hemos pasado de las residencias de ancianos a las guarderías infantiles. La pregunta es: ¿Y si somos un gigantesco laboratorio planetario antes de poner en marcha el plan definitivo? Es posible que China, que en asuntos de población masiva tiene experiencia, haya entendido antes que nadie que dentro de poco no vamos a caber todos en este planeta. O, al menos, no todos haciendo cada cual lo que mejor le parezca, es decir, no todos en libertad.

          Si la fisión nuclear nos pareció un engendro del diablo, soplado al oído a Oppenheimer, un arma biológica sin restricciones puede ser el siguiente paso hacia la distopía. Y usted se preguntará qué encontraremos allí. Algo que Zaira ya le preguntó a Zaius: «¿Qué encontraré allí, doctor?» y él contestó: «Su destino».

To be continued. 

El club de los sueños cumplidos

          En pocos lugares como en un club de lectura se vive la magia de los sueños cumplidos. Ayer, después de la escena final del encuentro se apagaron los focos, cayó el telón, cesaron los comentarios, y quedaron apaciguados los ánimos. Fue el momento de la verdad. Como ocurre en el teatro, en las tramoyas la ficción se revela y no se conforma con ser un invento del autor. Al contrario, se hace presente y como el famoso protagonista de madera de Carlo Collodi, lucha por alcanzar su alma de niño para ver cumplidos sus sueños.

          Collodi es una hermosa localidad de la Toscana en Italia. Allí hay un precioso parque dedicado a Pinocchio, la obra mundialmente conocida del escritor florentino Carlo Lorenzini que es su verdadero apellido. Ayer sábado, decía que en el primer aniversario del Club de lectura Sevilla, recibimos a Aldo Ares, un escritor argentino enamorado de Florencia. La obra que nos trajo: «El nieto del misionero». Un original artefacto literario repleto de pinceladas y anécdotas del Renacimiento. Sala llena, y una generosa participación de las nuevas incorporaciones a quienes aprovecho para expresarles una afectuosa acogida.

          Paso a paso, aprovechamos para dar un singular paseo partiendo de la Piazzale Michelangelo, era visita obligada la vista de la ciudad desde ese punto. Prendados del Duomo hicimos una incursión de la mano de personajes como Michelangelo, Savanorola, Leonardo o Los Medici, entre otros, por los vericuetos de las calles florentinas. Asistimos a alguna ceremonia inquisitorial y analizamos el papel de la Iglesia y sus papas en la época. Mientras caminábamos también nos llegó algo de música de reguetón, y el olor a horno de leña donde se preparaba la pasta para degustar con los caldos de la Toscana.

              Al final de la caminata, un poco cansados y acalorados hicimos una parada en el camino. Fue el momento de la tertulia más distendida, donde por aquello de tener presente nuestros orígenes, nos despachamos una paella junto con otras viandas. Que fácil fue entonces descubrir las ilusiones de quienes escriben o aspiran a hacerlo, de quienes leen y disfrutan con los mundos creados por los autores y del encuentro entre unos y otros.

             Mientras observaba la escena pensé que el Club de lectura Sevilla, que cumplía su primer aniversario, era también el Club de los sueños cumplidos. Desde la nada a una iniciativa que ya toma cuerpo. Y para celebrarlo, habíamos viajado a Florencia de la mano de Aldo Ares, hicimos de la ficción la virtud de sentirnos en las vidas de otros y en otro tiempo. La literatura es, ante todo, un lugar de encuentro atemporal en el que es posible crear una burbuja mágica en la que pasar unas horas aspirando a dejar de ser un muñeco de madera.   

          

Dolorosa certeza

          Olvidamos con frecuencia la dolorosa certeza de que somos seres humanos. Acostumbrados como estamos a escuchar desde que nacemos, y creer de mayores, que esa casualidad es una maravilla incontestable. No cabe duda de que, al menos a priori, es mejor pertenecer a la especie humana que ser un roedor o un reptil. Lo que no es óbice para que haya humanos que se comporten como ratas o se arrastren como serpientes. Paradójico resulta que ninguna de esas criaturas se comporte jamás como una persona, por algo será.

          La evolución de nuestro cerebro nos faculta de habilidades para prevalecer como especie dominante, al menos de momento, al precio nada barato de exterminarnos de forma constante e inmisericorde desde que aparecimos sobre la Tierra, hace unos cien mil años. No solo nos liquidamos a nosotros mismos, sino al resto de la fauna animal y vegetal y, cada vez más, al propio planeta en el que vivimos. Destruimos por encima de nuestras posibilidades, y nos llamamos a nosotros mismos individuos civilizados.

          El humano nada tiene que envidiar al comportamiento de un virus cualquiera, por ejemplo el Corona o similar. No en vano, somos un conglomerado de virus y bacterias envueltos en cuero y dotados de un centro de mando gelatinoso encima de los hombros. Un mando cuyo timón, con frecuencia, lo maneja un mono borracho o una orangutana hasta las trancas de maría. ¿Qué puede salir mal?

          Pensaba esto porque esta semana ha empezado otra guerra en Oriente Medio. Entre esos que tanto proclaman su amor por Dios. Decía Iván Karamazov: «Si Dios no existe, todo está permitido». Dostoyevski intuyó una de nuestras humanas debilidades y la señaló en la genial obra «Los hermanos Karamazov»: hacer lo contrario de lo proclamado. Luchar, matar y morir en nombre de aquello en lo que no creemos. Quizá sea esa  certeza dolorosa la que lleva al humano a comportarse peor que una alimaña contra sus propios congéneres. La desesperación que produce la conciencia del ser.

          Hemos tenido cien milenios para aprender a convivir y acostumbrarnos a nosotros mismos, sin éxito. Es difícil perseverar durante tanto tiempo en el error. Tan difícil, que quizá no sea un error sino la constatación de un hecho que ya resulta irrefutable. Una dolorosa certeza: el ser humano no es lo que los bien pensantes y parlantes nos cuentan, sino lo que nuestros ojos horrorizados ven cada día. Lo que la especie humana se hace así misma y a todo lo que la rodea. Eso es lo que nos describe y nos define.   

Al calor de Lolita

          La Casa del Libro, un edificio de cuatro plantas en el centro de Sevilla, parecía un hormiguero en hora punta. Había caminado desde el Paseo de Colón zigzagueando entre turistas abrumados por el calor, carritos todoterreno de recién nacidos adormilados y algún que otro goloso lamiendo una bola de helado. Los grifos de cerveza, cercana ya la hora del mediodía, comenzaban a llenar los vasos y las jarras de una tropa sedienta. Al atravesar la puerta de la librería, mi agobio se vio reconfortado por el aire acondicionado y, sobre todo, al ver las colas en las cajas para comprar libros. También había sed de lectura y de conocer nuevas historias.

          En la última planta, destinada a las actividades culturales, en una cómoda sala que ya conocía, el Club de Lectura Sevilla nos había convocado al calor de Lolita. La célebre novela publicada en 1955 por Vladimir Nabokov. Una obra controvertida y criticada a partes iguales, tildada de genialidad o de simple pornografía, según quién y según cuándo la haya leído o se haya dejado llevar por la opinión de otros para subirse al carro de moda.

          La sala se llenó de lectoras con la novela en la mano, en el bolso o en el recuerdo. Pero todas, con un ojo crítico experto. No es fácil encontrar un público capaz de analizar en profundidad, de manera certera y desde múltiples perspectivas, un libro como Lolita. Se expusieron los sentimientos que su lectura provoca, sin duda en muchas personas, al tratar de un asunto como la pederastia. Lo fácil habría sido quedarse en ese punto y pasar página, pero no fue el caso. El debate fue mucho más enriquecedor y acertado, alejado de una simple corriente de opinión bien pensante.

          La mirada puesta en una sociedad hipócrita como la estadounidense de los años cincuenta, en el elemento denuncia implícito en la novela. El acento en la habilidad del autor para tocar a los personajes con respeto, para coser una historia con hilos de maestría literaria. Una de las participantes confesó que tras terminar la última página del libro había comenzado por la primera. Lo llevaba consigo, como se custodian los objetos a los que concedemos valor y el privilegio de acompañarnos a pasear un sábado por la mañana.

          El encuentro finalizó tras hora y media que a mí, personalmente, me pareció apenas un suspiro o una conversación casual con una amiga en cualquier esquina del centro de la ciudad. Volví a sumergirme en el mar de personas que inundaban el casco antiguo de Sevilla, con el calor añadido por la reunión de este Club de Lecturas. Noté tras de mí unos pasos más cercanos de lo habitual, me giré pero solo había sido una sensación mía. Sin embargo, al volver sobre mis pasos sentí que una voz grave me susurraba al oído: spasibo

Visible e invisible

          Visible o invisible, de eso va el libro que acabo de terminar. Es corto, se lee en una tarde. Lo escribe un periodista conocido en los medios de comunicación. El objetivo del «ensayo» es, según mi entendimiento, decir a los autores o creadores de contenidos que quienes mandan en este mundo son los periodistas. Este objetivo parte de una razón y una premisa: la razón es que ellos son los que mandan, la premisa que si no te sabes dirigir a ellos eres un ceporro. Por ejemplo, si envías un email y te permites unas líneas iniciales de saludo cortés es porque eres gilipollas y les haces perder el tiempo. 

         Yo a menudo pienso lo mismo de mi vecina del quinto. Algunas mañanas se sube al ascensor y me saluda con simpatía, me sonríe y me desea los buenos días. Estoy seguro de que es un tiempo perdido utilizado innecesariamente en los preliminares, y que por ello nunca se consuma la aventura durante el trayecto que, de eso no estoy muy seguro, ella piensa cada día.

          Desde que me dio por escribir e intentar hacerme hueco en el mundo de las letras, solo he encontrado gente que manda. Me refiero a individuos que no escriben ni crean contenidos, pero son los que mandan en el business. Tenemos a los editores, por supuesto, sin ellos nada que hacer. Pero hay que añadir a los libreros, correctores, diseñadores, marquetinianos, distribuidores y, por si fuera poco, los periodistas. Ellos deciden, antes eran los críticos a sueldo, quién es bueno, malo, o qué se da a conocer y qué no.  

          Esto no es nuevo. En el mundo de la música, por ejemplo, ha ocurrido siempre. Cuando el autor llega al plato de lentejas es porque ya ha dado de comer jamón de bellota y langostinos a un número de «gente necesaria» equivalente a cinco legiones romanas. Y si el creador de contenidos quiere jamón y langostinos tendrá que pescar 1 por cada 10 o cortar 10 lonchas para comer 1 y repartir las otras 9. Esto, antes de que Hacienda se arrime al pastel.

          Crear cosas: novelas, poemas, pinturas, estas cosas tradicionales que se comen una parte de nuestras vidas muy considerable, es de tontos y tontas. Por lo general lo hacemos palmando pasta, y cuando en alguna ocasión suena la flauta se sienta a la mesa hasta el Sursuncorda y ya, para colmo, que se llegue el periodista y te diga que además de tonto, te toca pagar la cuenta. 

                   

Literatura y tecnología

          Literatura y tecnología han ido siempre de la mano desde la invención de la imprenta de Gutenberg a finales del s. XV. Incluso antes de ese descubrimiento que marcó un antes y un después, nuestros antepasados habían fabricado herramientas —léase tecnología— para grabar paredes con relatos pictóricos o escribir papiros capaces de perdurar milenios aun siendo obras únicas realizadas con escasos rudimentos.

          Pienso en esto cuando leo y escucho, cada vez con más frecuencia, lo poco que le queda al libro impreso y a los creadores de obras literarias tal como las conocemos desde hace siglos. A esta creencia contribuyen diferentes circunstancias como la enorme oferta audiovisual, los planes de estudio en los que se anulan materias como la filosofía, o el empecinamiento en imponer la formación y el ejercicio de profesiones en lenguas vernáculas que solo hablan un puñado de personas. 

          Por si eso no basta, la IA —inteligencia artificial— está propiciando la aparición de aplicaciones capaces de escribir solo con pedirle que lo haga sobre un asunto determinado. A lo que hay que sumar el auge de los audiolibros para hacernos más perezosos y, en vez de gozar de la lectura y aprender al mismo tiempo, que simplemente nos coman la oreja.

          Aún así, en mi opinión la literatura escrita y quienes a ello se dedican no desaparecerán. Es cierto que el mercado, los avances tecnológicos y el hecho de que cada vez la calidad de lo que se publica es peor, no ayudarán a frenar la tendencia. Una gran mayoría de la oferta literaria, en realidad, no lo es. Son productos impresos en los que presentadoras de la tele, miembros de la farándula, futbolistas o cocineros ponen su nombre y alguien les escribe el resto. A las editoriales les salen los números y eso es todo. Son 300 páginas para regalar en Navidad o un cumpleaños que acaban intactas en una estantería o un cajón.

          Esta semana he oído a un periodista en la caja tonta decir que como boomers es la generación que ahora tiene entre 58 y 77 años, pues que todo el mundo será boomer si vive hasta esa edad. Cambié de canal porque la ignorancia es contagiosa, y me encontré para mi regocijo con la alumna que ha quedado primera en su promoción de periodismo de la Complutense. Me recordó con ternura a aquellas verduleras de mi infancia, que a grito pelado emitían frases mal construidas y casi ininteligibles con la intención de vender sus lechugas. Por eso creo, que después de todo, las cosas no cambian ni tanto ni tan rápidamente. 

Ese lector

         Ese lector que de repente sale de la nada y se materializa en una feria del libro es el objetivo del escritor. Ese lector para el que todo escritor escribe sin conocer; sin saber dónde vive; a qué se dedica o qué le motivará para comprar un ejemplar del libro. El miedo de los escritores suele ser que ese lector no exista. Ni siquiera uno, y que todo el esfuerzo realizado, en realidad, sea solo un ejercicio individual cuyo resultado se comparte con un par de amigos y algún sparring familiar. 

          Las ferias del libro, como la de Madrid que esta semana se está celebrando con enorme éxito de público, es una de esas ocasiones en las que puede ocurrir que aparezca ese lector. Después de los nervios, preparar la entrevista, haber hecho lo posible por dar difusión al evento en las redes sociales y afilar la pluma, llega el día y la hora de la firma. A un servidor le tocó el viernes día 3 de junio a las 19:45, en la caseta de Lantia Publishing, poco después de ser entrevistado por J.D en Publishers Weekly, un tío amable y simpático de Cádiz.

          A mí, como imagino le ocurre a muchos de los nuevos en este mundo, ya me habían confirmado la asistencia algunas personas conocidas y algún familiar, lo cual me aliviaba la angustia de verme, quizá, allí solo como un monigote suplicante viendo pasar los rostros de los visitantes por delante de la caseta. Sin embargo, ocurrió lo inesperado. 

          A las 19:45 en punto, apenas me había acomodado en la silla, apareció de la nada ese lector. Con mi novela en la mano y aspecto de haber sido muy sobada. Un chaval de unos veintitantos años. Y exclamó: ¡Por fin!… Ya pueden imaginar mi sorpresa. Reconozco que lo primero que pensé fue: «vaya, no va a comprar el libro porque ya lo trae». Pero, lo que ese lector me contó, fue mucho mejor. Había comprado la novela cuando se publicó en el verano del pandémico 2020, y  en la feria del libro de septiembre del año pasado, me había buscado y había preguntado por mí por toda la feria para que se la firmara. Que se había convertido en una novela de referencia para él y otros compañeros de criminología de una conocida universidad madrileña, y que estaban metidos en ella y en el estudio de las sectas. Imaginen mi cara de pasmo y agradecimiento.

          Ignoro cuántos como ese lector de mi novela puede haber. No sé cuántos Daniel, así dijo llamarse y así le firmé su ejemplar añejo, andan enredados entre unas páginas y unos personajes que inventé y escribí para él y otros como él o ellas a las que no conozco. Por suerte, después de Daniel continuó un modesto goteo de firmas y visitas, incluyendo alguna colega escritora, que hicieron de ese rato algo emocionante. Pero, que en mi primera experiencia en una feria del libro me haya aparecido ese lector, para mí, lo cambia todo. Gracias, Daniel. 

Gente luminosa

          Me gusta El Arrebato, no el mío, sino el de la gente luminosa. Se llama Francisco Javier Labandón Pérez y es un músico como la copa de un pino y, además, sevillista. Es un tipo gracioso, fácil de trato, simpático y en las entrevistas brilla con luz propia. Uno de sus últimos éxitos es un tema titulado «Gente luminosa».

           Yo creo, personalmente, que para escribir y componer una canción tan llena de energía positiva hay que ser diferente. «Me quedo con quien me cuida, me quedo con quien se queda, a pesar de todo». Desde el principio, el tema va de mensajes cargados de agradecimientos a esa gente buena con la que uno tropieza en la vida.

          Esta será la semana grande de la gente buena en la Feria del Libro de Madrid. Por allí pasarán cantidad de autores, con sus ilusiones y sus libros bajo el brazo camino de alguna caseta con la esperanza de conocer algún lector. Un amigo mío me dijo hace un par de días cuando le anuncié que firmaría el próximo viernes día 3 de junio: «mucha mierda». Se lo agradecí, pero confieso que no es una frase que me agrade. La había oído antes entre la gente del cine y del teatro, pero no tanto en el mundo de las letras. A pesar de que en este negocio, como en cualquier otro, no hay manera de evitar pisar alguna mierda donde menos te la esperas. 

          «Me quedo con quien se alegra más que yo si tuve un golpe de suerte» dice el interprete en su letra, y eso sí que es complicado de encontrar. Los dos años y pico de pandemia han hecho estragos en muchas familias, negocios, proyectos y, por encima de todo, en muchas cabezas. En algunas para iluminarlas con nuevos caminos. Decía un colega mío que la pandemia ha sido un gran director de innovación que nos ha obligado a reinventarnos. Desgraciadamente, a otras cabezas las ha dejado con las neuronas colgando. 

         «Pero que guapa es la gente luminosa. Me quedo con quien enciende bombillas en mi camino». Ese es el espíritu positivo que deseo encuentren todos los colegas que vayan al maravilloso parque de El Retiro, con sus ilusiones y el fruto de mucho trabajo y esfuerzo, de interminables horas de elaboración artesana en soledad y silencio. Ahora tocan las luces amigos míos, y os deseo como suele decirse: Mucha suerte.  

Vamos al cine

          Los domingos me traen recuerdos de expresiones como ¡vamos al cine!, y de tardes calurosas apaciguadas con el aire acondicionado de la sala de proyecciones. Del olor a palomitas recién hechas y de aquella sensación fresca y burbujeante de la Coca Cola pasando gaznate abajo. Por fortuna, en los años 90, que fue mi segunda etapa cinéfila, ya no se permitía comer pipas y estropear la película con el incesante crujido de las cáscaras mordidas.

          Las salas estaban casi siempre llenas, desde el viernes por la tarde la afluencia de padres y chavalería era continua. El ritual pasaba por sacar las entradas; una visita a la sala de juegos donde echar una partida en aquellas máquinas mamotretos en las que habitaban los «monstruos» que había que liquidar; y el obligado paso por el ambigú de las golosinas donde elegir el avituallamiento de gomitas azucaradas y refrescos.

          A finales de los 90 mi hijo tenía 5 años, y probablemente vivió una de las etapas más doradas de la historia del cine. Era tal la cantidad de películas que se estrenaban y, a cuál mejor que la anterior, que había ocasiones en las que agotábamos la oferta de las carteleras después de ir casi todos los días. Y duró años. Además, las películas tenían un efecto de retardo. En ausencia del internet generalizado en los smartphones, un chaval que veía Toy Story pasaba jugando con Buzz Lightyear un tiempo que iba hasta el infinito y más allá. 

          Desfilaron por las fantasías de una generación historias como Harry Potter, El señor de los anillos, Patch Adams o el Club de los poetas muertos. Películas que no dejaban a nadie indiferente y que, una vez terminada la cinta, el espectador volvía a casa lleno de sensaciones. Con ganas de reflejar en sus juegos o en sus vidas, las maravillosas historias, reales o fantásticas, que había visto… Y luego, todo eso desapareció.

         Ignoro la causa. No sé si se dejaron de importar productos internacionales de esa calidad o, simplemente, internet, los videojuegos y las plataformas se comieron el mercado. Lo cierto es que hoy al cine no va nadie, y la oferta que nos presentan o es clase B americana o alternativa de Tombuctú para ser multiculturales. Y, por supuesto, ese producto español subvencionado con un millón de euros que recauda unos cuantos miles que no cubren ni el gasto de la máquina de palomitas. Y es que, las mismas caras, y la misma película contada de quinientas formas diferentes, aburren hasta a las butacas.

Trabajador esencial

          Tengo gratos recuerdos de la asignatura de filosofía que realicé allá por mediados de los años ochenta. También de la asignatura de literatura, y recuerdo perfectamente a los dos profesores que la impartían en C.O.U. en el instituto Ramón Carande de Sevilla. Hasta allí había llegado yo, rebotando como todo mal estudiante de un lado para otro. A veces pienso, dado el recorrido académico que tuve después, que el conjunto de mis profesores tuvieron mucho que ver tanto en el rebelde y repetidor que fui, como en el adulto que acabó de sociológo sacando un doctorado.

          Del profesor de filosofía recuerdo que fumaba como un carretero durante toda la clase, un Ducados detrás de otro. Y que en la cafetería era frecuente ver como se metía un lingotazo de Veterano a horas un tanto intempestivas. A pesar de ello, sus clases se pasaban volando. Tenía la habilidad de despertar en nosotros la curiosidad, y de avivar los interrogantes que todo chaval de dieciocho o diecinueve años solía tener ante la vida. Las palabras de Platón o Aristóteles, de repente, parecían las mismas que nos preguntábamos algunos en el patio. Entonces el mundo era tan nuevo que no había internet, ni teléfonos móviles y la chavalería solía hablar y pensar, de vez en cuando. 

          Al profesor de literatura lo recuerdo mejor, porque entonces ya era escritor, que es algo que yo quería ser. Se llama Antonio Rodríguez Almodovar. Hoy tiene 80 años, y casualmente nació el mismo día que yo, eso sí, 24 años antes. Un humanista de Alcalá de Guadaira, con una prolífica obra literaria de novelas y, sobre todo, de cuentos que es su gran especialidad. Don Antonio, hoy es miembro correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua. Que yo recuerde ni fumaba ni bebía, y tenía la habilidad en sus clases de hacer que me entraran unas irreprimibles ganas de leer. En los dos años que estuve en aquel instituto, compré y leí las 100 obras más importantes de la literatura clásica, a una por semana. 

          Mucho ha cambiado el mundo desde 1983, cuando recalé por aquel centro de enseñanza, poco después, aprobé la selectividad e inmediatamente tuve que hacer el petate para ir a Cerro Muriano a cumplir con el servicio militar. Aquellos dos años aportaron más fundamentos a mi forma de pensar y a la construcción de mi personalidad, que todos los cursos anteriores. Y todo ello, gracias a la filosofía y la literatura.

          Por eso no puedo entender como en una sociedad tecnológica, donde el conocimiento se adquiere de forma visual sin que, en muchos casos, los alumnos alcancen una mediana comprensión lectora, y en la que las lenguas clásicas han desaparecido, alguien puede tener la idea de eliminar la filosofía como asignatura. ¿Qué será lo próximo, la literatura? Recuerdo una frase de la película La Lista de Schindler que me llamó mucho la atención. En una cola donde los nazis daban o no la tarjeta azul de trabajador esencial, un tal Moses se identificó como profesor de música y literatura y le denegaron el salvoconducto. El hombre, apesadumbrado, preguntaba a su alrededor: ¿Desde cuándo no es esencial la música y la literatura?