Ensayo sobre la ceguera

           José Saramago publicó en 1995 la novela «Ensayo sobre la ceguera»; para mí una de sus mejores obras. No les daré detalles de la trama, por si piensan leerla, más allá de que transcurre durante una supuesta pandemia. Pero sí diré que muchos de los efectos colaterales, tanto en lo personal como en lo social, que se describen en la obra son observables también en nuestros días.

           Con cierta frecuencia, como supongo les ocurre a ustedes, hablo con personas que piensan distinto a mí en relación con la situación de la pandemia, la gestión que se está realizando y, como algo inevitable, se habla también de la situación política que atraviesa el país. De la crispación, la polarización o el desvío no sé si irrecuperable de la manipulación en los medios de comunicación y, en particular, de la televisión.   

          Y la conclusión a la que llego a menudo es que tenemos razones para ser pesimistas. Es complicado mantener una conversación cuando la otra persona tiene fijadas apriorísticamente todas las defensas posibles, los contraargumentos y contraataques y, por alguna razón que no termino de entender, presenta una ceguera casi absoluta frente a los desmanes de quienes militan en el partido por el que se declaran seguidores o votantes.

          Los más cafeteros me dirán que la ideología es lo primero. Y que da lo mismo si el tipo que gobierna tiene tendencia al pucherazo, a montar urnas detrás de las cortinas y cosas por el estilo. A enchufar a ejércitos de amiguetes, a meterle la mano en el bolsillo para pagarles. O si lo sostiene quien asegura querer pegar a una periodista hasta sangrar, roba tarjetas de móviles de las queridas o envía a sus escoltas como matones infiltrados a reventar manifestaciones de los opositores. Nada de eso se ve, o si se ve, es mentira o hay una explicación que casi siempre es la misma: es un bulo. 

          No es fácil comprender la mecánica por la que una mente, en principio, racional y sin trastorno aparente, puede obcecarse hasta el suicidio como si una enfermedad autoinmune le afectara solo a la capacidad de discernimiento. Supongo, que debe tratarse de la sobreexposición a una realidad que a uno no le gusta y lo fácil que es aferrarse a los argumentos populistas, sean del signo que sean.

Vuelva usted mañana

          Mariano José de Larra publicó, en el Pobrecito Hablador número 11 del año 1833, un conocido artículo titulado: “Vuelva usted mañana”. Sorprende que casi dos siglos después, la satírica visión que este romántico tenía de aquella España bien pudiera seguir de actualidad en cualquier artículo periodístico de hoy en día. La lástima y el asombro que sintió por Mr. Sans-délai, el ingenuo francés que en quince días pretendía resolver asuntos burocráticos a la velocidad del sentido común, bien podemos padecerla hoy de forma generalizada por los españoles que pretendemos cosa semejante.

          Cada vez es menos frecuente la visita personal para la realización de las gestiones que con alguna de las innumerables administraciones públicas se nos obliga a realizar. En este hipermoderno y tecnológico S.XXI donde casi nada funciona, se nos insta a hacerlo casi todo a través de las webs, las APP, las firmas digitales, los links y las dobles y triples verificaciones, encriptaciones y otras tocadas de cojones. Consecuencia de una cohorte de vendemotos de feria, que se han hecho de oro a base de dar charlas sobre la necesidad de digitalizarlo todo. 

          Hace unos meses me caducó la firma digital y yo, iluso de mí, y dado que no soy un completo zoquete tecnológico como demuestra mi experiencia profesional; incluso he desarrollado una plataforma SaaS de estudios de mercado, me dije: esto es cosa de un momento. Craso error. No comentaré aquí todo el periplo por no aburrir pero baste mencionar que después de descargarme el entorno JAVA, actualizar el software, recuperar la contraseña de la FNMT, instalar el archivo, cambiar el código en el llavero de claves, incluir la extensión en el navegador, cambiar de navegador a uno de los compatibles y un largo etcétera. Una semana después sigo sin firma digital, que además no sirve para todas las comunidades autónomas. 

         Hoy no tenemos aquellas ventanillas donde suplicar a alguien que nos atienda nuestros asuntos. La moderna eficiencia de costes ha llenado las listas del INEM con aquellos rostros enmarcados y, por lo general mal encarados, que solían decirnos con displicencia: “vuelva usted mañana”. Y nos los han cambiado por un Call Center offshore en el que trabaja una persona con acento sudamericano que controla miles de contestadores automáticos. Así, consiguen pasarnos del pulse 1 al diga si, o diga no, diga de qué se trata, pulse asterístico, ahora almohadilla, para que después de 20 minutos de repente se corte la llamada sin previo aviso. Dejando nuestro asunto, según la teoría de Larra, en el aire como el alma de Garibay.

          Casi doscientos años después, en España lo mismo da una pandemia que una nevada, sigue vigente el “vuelva usted mañana” o mejor aún: no vuelva. Vivimos en una estructura colapsada de ineficiencias e ineficientes, de colocados, enchufados, soplagaitas y diferentes pelajes y fauna de lameculos embutidos en la administración pública y en las grandes corporaciones privadas. Inútiles con sueldo a fin de mes sumergidos en un marasmo de procedimientos que no entienden, de instrucciones que no se siguen, de responsabilidades tan diluidas que no pertenecen a nadie, de falta de empatía y de desgana generalizada. Líbrese usted de tener que tratar con una ENDESA, una Movistar o una Iberia para que le resuelvan un asunto, o no digamos ya un ayuntamiento o una consejería. Mejor, vuelva usted dentro de doscientos años.  

Ni se lo imaginen

          En ocasiones hay fantasmas que nos visitan sin previo aviso. Como de paso, para abrir alguna ventana a la imaginación o al desaliento, según se mire. Decía no sé quién, ni ganas tengo de buscarlo, que cada vez que tomamos una decisión renunciamos a otras mil vidas diferentes que ya nunca serán y que, como en el famoso castigo romano para los enemigos del Estado, pasan a formar parte de una variante del damnatio memoriae.

          Imaginen la propuesta de nuestro fantasma: nos enseña un gobierno de coalición PP+Cs+Vox que ha estado en el poder en 2020 y que, por aquellas cosas del patriotismo, hubiera celebrado el día de la bandera española a primeros de marzo. Eso, a pesar de los avisos de la OMS, de la pandemia ya desatada en Italia, y de saber que en España teníamos positivos de COVID-19 en las UCIS desde finales de enero. E imaginen a M.Rajoy salir una semana más tarde a anunciar un estado de alarma sin precedentes ante la explosión de la enfermedad en España y la cascada de víctimas.

          Imaginen a un VP Espinosa de los Monteros (por poner un ejemplo), o a un Albert Ribera con las manos en jarras y gesto chulesco, declararse en la tele como responsable de las residencias de ancianos, y que durante los siguientes meses y sin que se tome ninguna medida mueren a millares nuestros mayores sin que sus hijos, nietos o parejas alcancen a despedirse, ni a darles un último abrazo. 

         Imaginen que, mientras todo eso ocurre, M. Rajoy asalta la televisión pública para soltarnos enormes peroratas diarias. Y que mientras tanto a través de las compras públicas llueven los pelotazos a los amigos del poder, se enchufan a dedo parientes de Abascal, De Guindos, Girauta y un largo etcétera. Imaginen que se inventan un comité de expertos y unas actas que no existen. Que condenan a Toni Cantó por no pagar la seguridad social, investigan a Teodoro por machirulo roba móviles…. Y venga muertos, y venga pedirle a la gente que se queda sin empleo y que no cobra los ERTE que salgan a los balcones a aplaudir.   

          Imaginen que ante tal descalabro, ese gobierno trifachito decide meterle mano a la justicia, al CGPJ, a la Corona, y que para ello no tiene más remedio que pactar lo mismo con Juana que con su hermana. Mentir hoy, desmentir mañana. Y que a todos nos quede claro, que la moral, la decencia, la verdad, la humanidad y todas esas monsergas han pasado al olvido, de la mano del gobierno. 

          Menos mal que los fantasmas no existen, y que cuando uno despierta se impone la realidad que, como suele ocurrir, supera a la ficción. Gracias al gobierno que tenemos no hemos tenido que sacrificar a ningún perro como cuando la crisis del ébola, que costó la muerte de DOS personas. Gracias a que muchos se echaron a la calle contra aquel gobierno y su mala gestión sanitaria, a que se hicieron manifas, se encadenaron a fachadas, como digo, gracias a eso el virus se acojonó y volvió a África. Ahora, por el contrario, con las derechas calladitas, el virus se ensaña con nosotros como el peor país en la gestión de la crisis. Esto, como es lógico, es culpa de las derechas.    

El pianista ingenuo

          ¿Quién, de entre los amantes de la música, no ha deseado alguna vez tocar el piano? Uno escucha a los grandes virtuosos del instrumento y, al observar como hacen literatura con sonidos prestados al tacto preciso de cada una de las 88 teclas, cree que es algo al alcance de cualquiera; digamos que, más o menos como aprender a montar en bicicleta usando las manos en vez de los pies. Pero nada más lejos de la realidad. 

          La mayoría de quienes nos acercamos a la música y, en particular, al piano a una edad madura llevamos sobre los hombros, a modo de capa de tuno, la infantil e ingenua idea de que la cosa consiste en tener más o menos oído y localizar las notas probando con los dedos. Y, sin embargo, lo que uno comprende es que habría hecho bien en empezar con el aprendizaje unas décadas antes: de niño, por así decir.     

          La primera experiencia cuando estás delante del teclado es que, hagas lo que hagas, lo único que consigues es ruido. Si no se han estudiado algunos fundamentos básicos antes de tomar asiento en la banqueta, la experiencia es como abollar con la cuchara un batería de cocina. Y el consiguiente deterioro de la convivencia con el vecindario. Poco margen a la improvisación deja el perfecto sistema y disposición de sonidos que produce un teclado, y ninguna piedad con los osados.

          Mi ignorancia se dio de bruces con la realidad al empezar en el conservatorio. Para empezar me quedé descolocado al saber –así de lejos de la realidad andaba yo– que es un instrumento que suena a dos voces, es decir, que cada mano toca una cosa distinta. Esto puede parecer baladí, sin embargo, pruebe algo fácil:  batir un huevo con una mano mientras da la vuelta a una tortilla con la otra. Y por si fuera poco, ponga el cuenco con el huevo a batir a una altura y la sartén con la tortilla a otra. Y, por favor, obtenga un resultado coordinado y que se vea en la armonía de movimientos.

          Otra cosa que nunca imaginé es que los dedos de las manos no son libres al tocar el piano; una tiranía impensable en los tiempos que corren. Cada obra, así sea de una hora de duración como de cinco minutos, obliga a ejecutar una secuencia definida de movimientos para cada uno de los cinco dátiles de cada mano. Y es obligado hacerlo así, a menos que se quiera uno meter en un laberinto sin solución.

         Pocas cosas imaginé tan retadoras, debe ser por eso que me metí en la aventura de la música y la interpretación del piano. Bueno, por eso, y porque es un instrumento capaz de hacerte mejor persona cuando intuyes que con esfuerzo y trabajo se puede llegar a tocar con cierta habilidad.       

Los violentos de Kelly

          La conocida película (1970) dirigida por Brian G. Hutton y protagonizada, entre otros, por Clint Eastwood, Donald Sutherland y Telly Savalas, cosechó un notable éxito y, aún hoy, medio siglo después, sigue siendo una obra de culto del cine bélico. El guión, escrito por Troy Kennedy, está basado en una historia real en el contexto de la Segunda Guerra Mundial.

          La idea principal gira entorno a un mundo descompuesto por la violencia, las tiranías y las ideologías totalitarias. Y en el que, incluso luchando en el lado de los buenos, la ambición y la codicia condicionan a las personas en determinadas circunstancias y las convierte en delincuentes interesados tan solo en su propio provecho y beneficio inmediato.

          Hoy, por suerte para nuestra generación, no vivimos en guerra, al menos, no en guerras declaradas y conflictos abiertos entre ejércitos de diferentes países. Sin embargo, no quiere decir que las libertades individuales y colectivas no estén amenazadas de múltiples formas. Y que no sea necesario fortalecer a toda costa el andamiaje social que nos ha posibilitado la vida en tiempo de paz en Europa desde 1945.

          En España, hemos construido un gran país desde 1976, con luces y sombras, pero con más prosperidad que nunca. Los que entonces éramos niños hemos vivido quizá una de las etapas con más posibilidades de nuestra historia. Sin embargo, no todo se ha hecho con cabeza. En particular, las interesadas leyes teñidas de tintes ideológicos. Unas normas de convivencia que permiten, por ejemplo, que hordas de saqueadores acaben destrozando negocios, mobiliario urbano, violentando y agrediendo a ciudadanos y, a la mañana siguiente después de haber sido detenidos, sean puestos en libertad. O, por poner otro de los ejemplos más sangrantes, que te ocupen la casa y seas tú quien tengas que suplicar al usurpador que se vaya, pagar un rescate o, en el peor de los casos, quedarte sin la propiedad durante años.

          Quienes esto permiten y propician viven con sueldazos, casoplones, seguridad privada, comilonas fastuosas, mienten cada día por la mañana y por la tarde a los ciudadanos, manipulan la información y muestran claros indicios de autoritarismo patológico. Una sociedad sana nunca ha sido una sociedad radicalizada dirigida por sátrapas de un signo ideológico u otro. Ni siquiera la Venezuela de Maduro vivirá para siempre, como no lo ha hecho la Cuba de Castro, ni la Rusia comunista, ni lo hizo el fascismo o el nazismo. Nos harán pasar malos tiempos, amordazar la libertad de expresión, manchar todos los símbolos que puedan porque no respetan el pluralismo, atacar a la lengua, favorecer el extremismo nacionalista y,a la postre, nos dejarán el país hecho unos zorros, arruinado y dividido. Pero, más pronto que tarde, ellos serán quienes pasen al desprecio del olvido. 

         Lo más sangrante de todo es el silencio cómplice de quienes miran para otro lado por miedo a ser señalados, o por dejar de recibir favores profesionales,  o de contar para las reuniones con el concejal de turno o, temerosos de que empresas dirigidas por hooligans de un bando, no los contraten. Esos, como los violentos de Kelly, hace mucho que cambiaron y optaron por formar parte de los malos.       

Quo vadis España ?

El escritor polaco Henryk Sienkiewicz escribió la conocida obra “Quo vadis?”, un clásico de la literatura universal entre 1895 y 1896 con una clarividente visión de futuro. Inicialmente fue entregada por fascículos y poco después fue publicada como novela. Se trataba de una de las muchas historias de Roma que siempre se han contado, centrada en la época de Nerón. El argumento es bien conocido y carece de interés reseñarlo. Si la traigo a colación en este artículo es porque, cada día más, cabe hacernos la misma pregunta a muchos ciudadanos españoles.

¿Adónde vamos? Y no me refiero a nuestro destino como consecuencia de la pandemia, que también, sino a la desenfrenada carrera hacia una sociedad desquiciada y gobernada por dirigentes ajenos a las miserias de la gente pero ahítos de privilegios. Es obvio, que al igual que al elegir una novela, o una película de cine, compramos el relato que más nos gusta o interesa. Escuchamos perplejos a responsables de partidos políticos decir cosas como que España necesita más pateras y menos turistas, o que ocupar una propiedad privada es un derecho que asiste a algunas personas por su situación, en vez de que el gobierno les dé una solución para que no la encuentren quitándosela al vecino. Que se puede acosar a una dirigente opositora embarazada de nueve meses, escupirle y empujarla hasta hacerla entrar en pánico. Pero cuando la cosa se vuelve contra según quién, entonces es acoso. Y así, asistimos cada día a esa hemiplejia moral que ya se muestra sin disimulo en el indecente oficio de muchos periodistas que ejercen de mercenarios. Oímos decir, en fin, a quienes gobiernan que su amor a España es un sentimiento compartido con quienes desde las instituciones llevan años tratando de despedazarla. 

Y tiene usted que tragar, so pena de ser tachado de fascista -cosa, por otra parte, desgastada y que nada significa de tanto usarla sin sentido y, a menudo, sin conocer su origen y significado–. Dice la conocida paremia en La Celestina que Zamora no se ganó en una hora, y ahora sabemos que tomar el cielo por asalto tampoco es tan sencillo. Se llega antes a la comodidad del amplio jardín, a la piscina y las tarimas de madera climatizada. Se pasa por arte de birlibirloque de mileurista a burgués acomodado en menos que canta un gallo: sin inventar nada, sin vender nada salvo motos metafóricas, sin crear nada. A costa de todos los demás.

Para mantenerse, o incluso perpetuarse en el poder de esa manera, se necesita una sociedad pobre y analfabeta, inculta y necesitada. Una sociedad rota por el resentimiento y el odio, el frentismo, repleta de sectarios cuya única forma de entender la vida es el hooliganismo, la bulla, la revuelta, el insulto y la infamia contra los demás. Para que de ese modo, el sátrapa se vea en la necesidad de anunciar la nueva lucha contra el capitalismo y sus miserias, mientras el que lo oye apenas entiende lo que le dicen, mermado por el hambre y ocupado en rebuscar algo que llevarse a la boca en el cubo de basura. 

Y oiga, si ese es el objetivo. Vamos por muy buen camino.