Una generación aturdida

          A la mayoría de las personas les gusta la ficción, a mí también. Recuerdo épocas de mi vida en las que llegaba a agotar los estrenos disponibles en las carteleras de cine. Bien es cierto, que por entonces la oferta de ocio era mucho menor que hoy en día. Además, desde hace bastantes años, suelo tener varios libros en la mesita de noche y los voy alternando en la lectura, según me coja el cuerpo y el ánimo al final de cada día al acostarme.

          El cine, los libros, las creaciones artísticas nos han mostrado personajes de todo tipo. No sé si demasiados, pero comienzo a sospechar que tantos como para aturdir a una generación sobre expuesta a estímulos y criada en el exceso y la ausencia de control. Recuerdo una visita a un hotel de lujo de Madrid en el que dos pequeños energúmenos de apenas cinco o seis años saltaban sobre un sofá con los zapatos puestos. La tela del mobiliario pronto se llenó de restos de barro y manchas de chocolate. Nadie, ni el personal del hotel ni un padre tontolaba que les pedía por favor que parasen, consiguieron detenerlos hasta que les dio la gana de bajar al suelo motu propio. El sofá quedó hecho una mierda entre risas de las dos crías de kale borroka. 

          Es una generación víctima de la estupidez educativa. De esos desaprensivos que convencieron a políticos y otras especies de desecho de que lo correcto era dejarles hacer: sin límites. Que lo saludable pasaba por observarles mientras enloquecían quemando contenedores ya de adolescentes, o volvían con 15 años a casa hasta las cejas de alcohol, de rayas o de pastillas y, por supuesto, no molestarlos al día siguiente hasta que les pareciera bien levantarse a mesa puesta. Lo ideal, vamos, para educar a toda una caterva de ninis.

          Hoy vemos a algunos de ellos dando sus primeros pasos en la política. La savia nueva que dicen quienes les dan la oportunidad de estrenarse como loros o majaretas de tres al cuarto. Lo cierto es que lo más desalentador para una sociedad es ver la rápida maestría con la que aprenden valores como la desfachatez, la poca vergüenza, la capacidad de mentir sin inmutarse delante de las cámaras, de manipular o de rufianear desde un atril como si se tratase de la barra de un burdel.

          Pensaba esto porque quizá la culpa es de los escritores y creadores de ficción. Esa gente ha creado personajes imaginarios a los que han dotado de maldad sin cuento, de estupidez y villanía y, algunos también, con valores sanos y más elevados pero, por alguna razón ignota esos interesan bastante menos a esta generación aturdida por tantas posibilidades de vivir de la vileza y la servidumbre.   

No cabemos. Serie de posts «The missing link» 1

          No se puede llenar un vaso de agua que ya está lleno, o eso dice la Ley del vacío. A mí también me lo dice el sentido común y la experiencia personal, sin necesidad de normas ni postulados. Las perogrulladas no necesitan ser explicadas casi nunca. La única excepción es cuando la evidencia alcanza un tamaño tan enorme que no se puede abarcar entera con la mirada y, como resultado, no la vemos. Algo de esto ocurre con la población mundial. No cabemos todos los que seremos.

          Nos podemos apretujar más: que si échate para allá, recoge un poco las piernas o no pongas los codos en la mesa, pero poco más. La demografía engorda como esas bolas de nieve que se alimentan de lo que pisa mientras rueda y crece ladera abajo. La ves venir y nada puedes hacer para detenerla. Nada se puede hacer a estas alturas del siglo para que en 2050 no seamos 10.000 millones de seres humanos en el planeta. El doble que hace apenas unas décadas. Y, usted sagaz lector, ya se habrá dado cuenta de que la Tierra tiene el mismo tamaño que entonces, y  el mismo que hace decenas de miles de años cuando acaso éramos una pandilla de primates.

          ¿Y luego qué? Pues salvo que alguien se saque de la manga un planeta adicional, cosa poco probable, tenemos un problema. Para entonces, como ya se está anunciando, los ricos nos habrán abandonado en sus cohetes y naves espaciales pertrechados con sus sombreros de copa y sus puros habanos. A buen seguro se llevarán los toros de lidia para seguir con las corridas, las escopetas para cazar etés y las bodegas llenas de mollate en barricas de roble francés. Aquí quedará lo que ahora se ha dado en llamar «la gente», sin más. La gente a pelo y sin naves espaciales. El problema es que como ricos no hay tantos, yo no conozco personalmente a ninguno, deduzco que lo que es gente vamos a seguir siendo demasiados para un solo planeta.

           Dicen los pájaros de mal agüero que un nuevo episodio de extinción total es inevitable (ELE) –EVEN LINK TO EXTINCTION—. Ya saben, lo de los dinosaurios y el meteorito. Sin embargo, si uno lo piensa con serenidad esa solución no nos resuelve el problema. La solución para tratar una uña del pie incardinada en el dedo gordo no es la eutanasia por mucho que se arregle el problema. De modo que sí, la población seguirá creciendo y creciendo de forma descontrolada. Les doy un dato clarificador: en los próximos 27 años se duplicará la población africana de los 1.200 millones actuales a 2.500 millones y a finales de siglo se rozarán los 4.000 millones de personas en ese continente. ¿Se ve mejor así? Los europeos tendremos en el sur a unos vecinos con una población 10 veces la de Europa. Y es muy posible que necesiten lo mismo que cualquiera: seguridad y alimentos, e incluso bienestar.

          Como yo no estaré aquí a finales de siglo para ver ni contar nada, y no tengo recursos para construirme un cohete, me he metido en el garaje de casa. Estoy revolviendo cajas para ver si me puedo construir un DeLorean capaz de viajar en el tiempo como en «Regreso al futuro». En cualquier caso les iré contando de qué va la serie «The missing link», sin hacer espóiler de lo que aún no ha visto la luz.  

          

A destajo

En Occidente no somos tan productivos como en Oriente. Allí curran a destajo, en esa tierra lejana que cuando pequeños nos señalaban en el mapa de colores como Sol Naciente. Recuerden ese hospital para mil camas que lograron construir y poner en marcha en diez días en la ciudad de Wuhan en marzo de 2020. Se dijo entonces, que en España habríamos empleado de dos a tres años. Me río yo de los profesionales de los pronósticos patrios.

Aquel domingo 1 de marzo los chinos pusieron la primera piedra para la que se venía encima. Y el miércoles de la semana siguiente allí estaba: magia. La mole con su equipamiento y sus 1400 médicos en orden de batalla. Aquí, mientras tanto, la Yoli y sus alegres comunistas planchaban el fular para la manifa del «hermana yo si te creo», mientras el corona se nos metía en las residencias de ancianos hasta los tuétanos. Sabían lo que iba a ocurrir, pero hicieron oídos sordos, quizá contando con que el macho alfa del gobierno lo solucionaría. Un poco caro, unas 625 vidas por cada hora perdida de esos diez días sin que nadie les haya puesto el lazo al cuello a los responsables. Al contrario.

Pensaba esto no porque a mí me guste el modo productivo de los chinos, que es el de semi esclavitud. Sino por la diferencia entre lo que pueden hacer en caso de necesidad, y nuestra forma de entender la vida. Tiene lógica, estamos en las antípodas, o como decía con acierto Luis Tosar en Los lunes al sol: «las anti-podas, lo contrario. Allí hay curro, aquí no». Aquí el tonto Simón dijo que tendríamos tres o cuatro casos y se nos diezmó la población; allí que tenían el foco de la infección solo palmaron tres o cuatro despistados: anti-podas, lo contrario. 

Entre mi pueblo y el de al lado hay una distancia de alrededor de doscientos metros en linea recta. La buena noticia es que desde la pandemia están construyendo un carril bici. Obviamente, se trata de algo mucho más complejo que un hospital de mil camas, de los que además, nosotros ya tenemos muchos. Cada mañana desde lo de Wuhan, una cuadrilla de unos veinte trabajadores se aplica en remover la arena de un lado para otro —aún no hemos llegado a la fase de alquitranado bermejo—, usando incluso maquinaria pesada, mientras un capataz con un gorro de paja y gafas de sol dirige las maniobras como un director de orquesta. Son, por así decirlo, parte del paisaje. Como esos portales de Belén que se conservan durante todo el año en algunas iglesias, con figuritas que se mueven, y pastorcillos que ordeñan la vaca.

Nuestra forma de entender el trabajo con dinero público es más continua y sosegada, más segura en el tiempo. Si hay que hacer un carril bici se hace bien. Se utilizan los recursos que sean necesarios en hombres (no hay ninguna mujer allí dándole al azadón), y así se crean medio centenar de puestos de trabajo con contrato fijo y, sobre todo, discontinuo. De ese modo baja el paro. Además, se planifica un carrusel de brainstorming en el bar de la esquina para analizar la evolución; un tiempo que redunda en la productividad de las fábricas de cerveza y que favorece el diálogo social con los productores de aceitunas. Nosotros, por suerte, no somos chinos. Lástima que todavía nos quede en común lo peor de su Historia.

A lo fácil

          Esta semana leía que la universidad de Northwestern en Illinois, publicaba un estudio cuyo resultado más señalado es que las personas somos cada vez más tontas. Personas en general (género humano). Desconozco el mérito académico que tiene observar un hecho tan evidente y nítido para hacerlo pasar por un estudio científico. Pero en fin, al menos, se le ha dado difusión a algo que poca gente ignora y puede comprobar sin ningún esfuerzo así que vaya, por ejemplo, a comprar el pan o el periódico.

          Una de las evidencias del estudio se basa en los libros más vendidos. Yo ahí lo dejo, pero algo se tendrán que hacer mirar quienes los escriben,  quienes los publican y, sobre todo, los lectores que los compran para leerlos, regalarlos o, en muchos casos, ocupar espacio en esas estanterías huérfanas de contenido. Ya lo dijo el periodista Carlos Herrera referido a nuestro país: «En España hay más tontos que botellines, no caben más. Llega uno por La Coruña y se caen dos al mar por Algeciras».

          Yo confieso que me siento tonto entre los tontos, lo que supongo que algún mérito tiene. Es posible que con los años haya ido perfeccionando mi inutilidad para realizar tareas cotidianas. Por ejemplo, no me siento capaz de abrir con facilidad un envase de plástico de esos que llevan dentro un cable o conector, y que también se venden con algunos elementos de escritura: lápices o rotuladores. Con las manos me resulta imposible, son indeformables. Pero tampoco crean que a cuchillo o con tijeras la cosa mejora mucho. Hay que montar en casa, encima de la encimera, un auténtico disparate de navajazos y cortes para hacerse con el puñetero trozo de madera para escribir, o con el puto cable para el móvil.

          Pensaba esto, porque esta semana me llamó alguien del banco para decirme que a partir de ahora solo podría firmar las operaciones usando otra app de ese mismo banco. Es decir, ya tengo banca online en el ordenador, pero ahora necesito una app más para las firmas y que, además, solo se usa con el smartphone. Aquí, reconozco que me pilló un poco ocioso y le dije a la señorita que llamaba desde el Caribe —(lo sé por el acento y la hora de la llamada—durante la siesta—, que yo no tenía smartphone. De repente, se le desmontó el argumentario: sin el aparato, nada que hacer, pero tiró de ingenio. Me sugirió que llevara conmigo, como si fuéramos siameses, a un hermano mío con smartphone, a un sobrino, o a alguien dispuesto a hacer de Lazarillo bancario en caso de necesidad. Le hice notar, la dificultad de convencer a alguien de semejante tarea. Antes de que el diálogo de besugos terminara, después de muchos tiras y aflojas, me ofreció apuntarme gratis a un curso de aprendizaje de la app cuando me comprara un smartphone. He cambiado de banco.

          Con todo, lo que más me irrita son las tareas simples que alguien se encarga de complicar por pura sevicia. Se han puesto de moda las botellas de agua de cristal en los restaurantes (bien por eso). Pero en venganza, traen un tapón de aluminio que para abrirlo hay que hacer el mismo esfuerzo que para cambiar la rueda del coche. Además, desprende una tira cortante como una navaja, capaz de seccionar un dedo sin el menor inconveniente. Observe, y descubrirá de lo que hablo, una pista: el camarero siempre se la dejará cerrada para que la abra usted, que se supone que es el tonto.

          Nos hemos empeñado en hacer la vida antipática, nada de ir a lo fácil: eso de que las roscas de los envases abran y cierren con normalidad olvídelo, que los cajeros automáticos funcionen en verano es un mito, y aun menos pagar el parquin sin echar un rato en descubrir dónde está el lector de huellas, la ranura de la tarjeta o cómo se cambia el idioma que alguien de Castellón ha dejado en swahilli, solo por joder. Las cosas hay que hacerlas complicadas, antipáticas, difíciles de manejar, para que así pueda venir algún salvador de la gente de la calle a decirnos cuáles son nuestros derechos como honrados gilipollas con cara de paganinis.  

La sala de espera

          La sala de espera es el lugar idóneo para los experimentos de observación de los individuos. Son habitáculos a los que cada cual llega por un motivo, muchas veces compartido. Sin embargo, no es lo mismo la sala de espera de un hospital que la de un aeropuerto o una comisaria, y no digamos la de Hacienda. Son, eso sí, espacios adonde se llega por necesidad, lo cual ya dice algo importante a tener en cuenta: nadie va a una sala de espera por gusto o a pasar el rato. Y este, quizá sea el motivo por el que las personas se comportan de manera tan singular.

          Pensaba en esto en una de ellas esta semana. Un sala pequeña, de unos pocos metros cuadrados y diseñada para unas 8 o 10 personas a lo sumo, pero en la que no esperábamos más de 3 o 4 individuos. Yo tuve, como me suele pasar en la caja del supermercado, la mala suerte de estar en la cola de los torpes, por lo que durante mi media hora de confinamiento entraron y salieron varias personas más.

         Los que allí estábamos permanecíamos en silencio, todos pegados a la pantalla de sus móviles salvo un servidor-obervador, que se dedicaba a imaginar los motivos por los que aquellos esperaban turno. No nos habíamos dirigido la palabra en ningún momento. Cuando llegué había algo de concurrencia y saludé alto y claro: «buenos días». Recibí como respuesta varias miradas mudas e incrédulas, y la ignorancia absoluta del resto.

          El correturnos fue pasando, entraban y salían nuevos personajes que en el juego del Monopoly que es la vida, les había salido la casilla de la sala de espera. Entraban cabizbajos algunos, nerviosos otros, sin decir palabra. Nada. Miraban a un lado y a otro. Yo les sostenía la mirada como un perrillo a la espera del hueso en forma de saludo o, al menos, de la caricia de una sonrisa cómplice, pero nada. Nuestra nueva forma de relación social consiste en ignorarnos incluso en los espacios más reducidos.

          Hoy si das una opinión política te quedas sin la mitad de los contactos y acabas enfadado con media familia. Hay que militar en un bando o ignorarlo todo y mirar para otro lado, esa es la nueva realidad. El objetivo es la censura autoimpuesta, que todos seamos censores: Fulanito de Menganita, y Sutanita de  Catalino. Y como alternativa hacer de planta, como esos Potos lacios y alicaídos que cuelgan silenciosos y pacíficos en cualquier parte. Quizá por eso, en las salas de espera ya nadie saluda. Nadie dice: buenos días, temerosos que somos de que nos contesten: buenos serán para usted.   

Amistades líquidas

          Decía el desaparecido sociólogo polaco Zygmunt Bauman, que la sociedad líquida devoraba los vínculos humanos debido a la incertidumbre creada por la vertiginosa rapidez de los cambios sociales. Idea que me hizo pensar en el concepto de amistades líquidas como una derivada del amplio pensamiento del eminente profesor. La mayoría de las características que aplican a la sociedad líquida: pérdida y rotura de la identidad colectiva, el desempleo, las verdades maleables, cuando no prescindibles, etcétera, aplican a las relaciones de amistad.

          Quizá sea necesario haber llegado a una cierta edad, digamos que por encima de los 40, para disponer de experiencia y perspectiva suficientes para echar la mirada atrás. Hacia aquellas personas que un día formaron parte de nuestro día a día, que participaron de nuestros anhelos y deseos, de nuestras ilusiones, así como nosotros correspondimos de igual manera. Hasta que en algún momento, aquellas relaciones se diluyeron como un azucarillo en el café.

          ¿Quién no ha tenido amigos de la niñez que un día dejó de ver y nunca más volvió a saber de ellos? ¿Qué fue de aquellos chavales del instituto con los que pasábamos los días entre risas, pateando balones, contándonos las primeras conquistas, o pasándonos los apuntes de alguna asignatura? ¿Cómo les fue en la vida? De algunos se tiene, muy de tarde en tarde, alguna noticia de segunda mano. A veces, malas noticias, peores mientras más años van pasando. De otros muchos, ni siquiera eso. Y quizá sean ellos los destinatarios de nuestra mala nueva en algún momento. ¿Te acuerdas de fulano…, pues…?

          Pensaba en ello porque ahora vuelvo a cambiar de ciudad, después de 14 años. Vuelvo a Sevilla por razones profesionales. La primera vez que abandoné mi barrio y entorno para ir a trabajar y vivir en Madrid fue allá por 1991, después regresé unos años más tarde, pero volví a salir en 2009. Me he mudado de vivienda, exactamente, en 15 ocasiones. Y he vivido en varias ciudades desde entonces, en todas ellas he dejado amigos y enemigos. Qué se le va a hacer, uno es como es. El balance creo, no obstante, queda más o menos equilibrado.

          Como yo, muchas personas de mi generación han llevado una vida líquida (cervezas incluidas), y nos hemos dejado casi todo el pelo en la gatera. Ahora tenemos otras amistades, nuevas relaciones profesionales con las que vivimos el día a día unidos por intereses que, a veces, se parecen a una amistad. El roce hace el cariño dice el viejo refrán. Puede ser. Sin embargo, aquella rapidez de los cambios sociales y la incertidumbre en la que vivimos y que identificó Bauman continuará creciendo. A nosotros nos queda la tarea de conservar las relaciones y amistades capaces de honrar las que ya perdimos.   

          

            

              

De la IA a la tiranía

          De la IA a la tiranía puede que exista un camino mucho más fácil del que podamos imaginar. No soy contrario a los avances, si es lo que usted ha pensado al leer  la primera frase o el titular de este artículo. Al contrario, creo que es a través de la tecnología, la ciencia y el ingenio humano para superarse como hemos conseguido los niveles actuales de bienestar, al menos, en los países desarrollados. 

          No dudo que la IA pueda aportar innumerables beneficios a unos cuantos. Es lo que suele ocurrir. Pero a mí, personalmente, me parece que existen una cantidad de riesgos que no podemos ni debemos obviar. Hace unos días, por poner un ejemplo, el coordinador de una universidad en la que imparto clases de posgrado me dijo: no hace falta que pongas exámenes, ahora usamos unas cuantas palabras clave y ya nos sale un cuestionario. Tampoco le vamos a pedir trabajos a los alumnos porque no seremos capaces de saber si los han hecho ellos o no, y la mayoría serán muy buenos. O sea, que tanto profesores como alumnado estamos condicionados por este nuevo invento.

          Esta semana en las noticias hemos visto como ya hay programas de IA que pueden no imitar, sino suplantar, la identidad de una persona. Es decir, que usted puede estar haciendo una videollamada con su jefe, con un amigo, o con un vendedor de coches, sin saber que le están engañando. Imagine las posibilidades que le ofrece esto a los delincuentes, por ejemplo para llevar a cabo el fraude del CEO que hasta ahora se hace por teléfono. Para el criminal no solo va a ser más fácil, sino también más divertido.

          Si usted no es experto en el análisis de metadatos, lo más probable es que no pueda identificar un deepfake y caiga como un corderillo en las garras de los abundantes depredadores que habitan la fauna social. Unos querrán su dinero, otros sus propiedades, otros su voto y algunos quizá solo vengarse o dañarlo por puro placer de hacer el mal. De todos ellos, el más peligroso es sin duda el aspirante a tirano o autócrata. A este último le viene de perlas que la sociedad se convierta en una locura de mentiras, falsedades y verdades a medias. Es su ecosistema ideal.

          Un mundo en el que, no solo el discurso sino también quién lo dice, sea objeto de duda cuando es verdad, y también cuando es mentira, elimina cualquier posibilidad de razonamiento y valoración ética de la población. El autócrata, al margen de lo que haga o diga, tendrá en su mano el argumento fácil: todo lo bueno será obra suya y todo lo malo obra de los demás que se dedican a suplantarlo y crear ficciones sobre su figura. Mucho me temo que la IA nos lleve de la posverdad a la posrealidad.    

         

Visible e invisible

          Visible o invisible, de eso va el libro que acabo de terminar. Es corto, se lee en una tarde. Lo escribe un periodista conocido en los medios de comunicación. El objetivo del «ensayo» es, según mi entendimiento, decir a los autores o creadores de contenidos que quienes mandan en este mundo son los periodistas. Este objetivo parte de una razón y una premisa: la razón es que ellos son los que mandan, la premisa que si no te sabes dirigir a ellos eres un ceporro. Por ejemplo, si envías un email y te permites unas líneas iniciales de saludo cortés es porque eres gilipollas y les haces perder el tiempo. 

         Yo a menudo pienso lo mismo de mi vecina del quinto. Algunas mañanas se sube al ascensor y me saluda con simpatía, me sonríe y me desea los buenos días. Estoy seguro de que es un tiempo perdido utilizado innecesariamente en los preliminares, y que por ello nunca se consuma la aventura durante el trayecto que, de eso no estoy muy seguro, ella piensa cada día.

          Desde que me dio por escribir e intentar hacerme hueco en el mundo de las letras, solo he encontrado gente que manda. Me refiero a individuos que no escriben ni crean contenidos, pero son los que mandan en el business. Tenemos a los editores, por supuesto, sin ellos nada que hacer. Pero hay que añadir a los libreros, correctores, diseñadores, marquetinianos, distribuidores y, por si fuera poco, los periodistas. Ellos deciden, antes eran los críticos a sueldo, quién es bueno, malo, o qué se da a conocer y qué no.  

          Esto no es nuevo. En el mundo de la música, por ejemplo, ha ocurrido siempre. Cuando el autor llega al plato de lentejas es porque ya ha dado de comer jamón de bellota y langostinos a un número de «gente necesaria» equivalente a cinco legiones romanas. Y si el creador de contenidos quiere jamón y langostinos tendrá que pescar 1 por cada 10 o cortar 10 lonchas para comer 1 y repartir las otras 9. Esto, antes de que Hacienda se arrime al pastel.

          Crear cosas: novelas, poemas, pinturas, estas cosas tradicionales que se comen una parte de nuestras vidas muy considerable, es de tontos y tontas. Por lo general lo hacemos palmando pasta, y cuando en alguna ocasión suena la flauta se sienta a la mesa hasta el Sursuncorda y ya, para colmo, que se llegue el periodista y te diga que además de tonto, te toca pagar la cuenta. 

                   

El globo chino

          El globo chino ha sido esta semana otra de esas novedades con las que nuestra capacidad de sorpresa, ya anestesiada por saturación, ha lidiado en cada telediario. Hemos oído de todo: desde que se ha desviado por los vientos del sol naciente hasta Carolina del Norte en USA, a otras razones más pintorescas y descabelladas. Aunque no tanto como la que voy a aventurarles en este breve artículo, o quizá sea más probable de lo que parece.

          Nos quieren hacer creer que los ingenios y artificios del este se sienten atraídos por el olor de las hamburguesas y el pollo frito del oeste. Cosa que no es de extrañar según lo que venden en los mercados chinos como alimentos. ¿Quién no se montaría, como Willy Fox, en un globo para cambiar el pangolín con tomate, que se yo, por un simple Big Mac? Por otro lado, la teoría del globo meteorológico era de cajón una de las candidatas. La hemos oído desde que se avistaron los primeros platillos volantes a mediados del siglo pasado (OVNI o UFO), supuestamente cargados de hombrecillos verdes.

          Sea como fuere a los americanos ese globo blanco tamaño edifico de cinco plantas, cargado de ingenios electrónicos y placas energéticas no les gustó desde el principio. Además, el empecinamiento en situarlo sobre instalaciones militares estratégicas, con la que está cayendo, tampoco les debió parecer un sitio apropiado para aparcar. Por lo que después de unir un par de hilos y sacar entre Harvard y West Point alguna sesuda conclusión, le soltaron un pepinazo y lo estropearon para que se cayera al suelo.

          Aparte del cableado, lo que realmente huele a chamusquina es la comprensiva respuesta china. Que ha sido una especie de «arrieritos somos y en el camino nos encontraremos». Que suele ser la versión amenazante de pelillos a la mar. Yo tengo razones de peso para no fiarme de los chinos, sé bien lo que digo, pero no es materia de esta breve nota. Un cosa que tengo clara es que el mundo está entrando en una fase de guerra híbrida, en la que lo que está en juego es un nuevo orden mundial y geopolítico. Es, por otra parte, una teoría cada vez más extendida.

          Y los chinos, por su parte, ahora saben que cuando quieran soltar una inmensa cantidad de esos bichitos respiratorios en cualquiera de sus variedades, solo tienen que montarlos en un bonito globo blanco y soplar en la dirección adecuada. No es una idea nueva, ya la pusieron en práctica los japoneses contra los Estados Unidos al final de la Segunda Guerra Mundial, sin demasiado éxito. Pero no desestimemos la habilidad china para copiar maldades y mejorarlas. 

Libertad con impunidad

          En los tiempos que corren la libertad con impunidad es el combinado más apreciado para las noches de fiestas de los más cools, los guapos de la tele y la gente chic, para entendernos. Sorprendentemente, también es el combinado preferido de las bandas latinas, que campan a sus anchas con machetes para desbrozar la selva urbanita de competidores en los negocios del hampa. Es lo único que tienen en común estas dos faunas de la madrugada: libertad con impunidad.

          Los primeros suelen ser pacíficos, se desenvuelven en las zonas privadas de las salas de lujo o de moda, con baños aseados y privados en los que no ser sorprendidos por molestas interrupciones, y con porteros bien trajeados y convenientemente untados con generosas propinas. Los segundos son más de perreo y papelina sobre la barra si hace falta, mientras manosean la entrepierna de una morena que hace gestos de gatita, remoloneando al macho alfa para ganarse su atención.

          Todos ellos tienen sus hábitos y costumbres a la hora de recogerse, ya cuando el sol comienza a amarillear por el este. Unos, quizá porque sus costumbres son más expeditivas, terminan matándose por las calles a machetazo limpio o, en el peor de los casos, a puro plomo. Haciendo retroceder las calles de las grandes ciudades de este siglo XXI a aquellos puertos piratas, donde rufianes y fulanas ajustaban cuentas y se daban muerte por unas monedas o una botella.

          Otros, quizá por la calidad de los condimentos consumidos y la seguridad de ser conocidos y tener la cuenta llena, toman la calle con aire de amos. Sintiendo la falsa potestad de intervenir en aquellos asuntos que el azar les ponga por delante; salvo machetes o pistolas que eso hace pupa y no tiene ninguna gracia. Sin embargo, increpar a la policía si se tercia es una acción que reivindica la fortaleza de la libertad que la química del momento les hace sentir.

          Hemos construido una sociedad de mequetrefes y golfas y la hemos aderezado con lo peorcito de cada casa. Le hemos quitado a la policía la potestad de ejercer el control, e incluso se ha creado el relato de que la autoridad es presuntamente culpable, abusadora, y que sale por las noches a incomodar a la ciudadanía. Y lo peor es que los jueces con leyes desquiciadas, y los medios de comunicación con sus altavoces mediáticos, lo avalan. Pues nada, muy bien: ¡Que arda, Troya! Y al que le toque, que se joda. Luego, no se quejen.