La agenda de Noel

          A papá Noel la agenda se le está complicando tela marinera. Me refiero a una moda que viene de lejos y que, sobre todo, hemos inventado en nuestra querida España. ¿Qué moda? Pues la de cambiarle la agenda con el trabajo que tiene preparar los renos. Pero sí, a veces los cambios vienen, como en Bérchules (Granada), provocados por la anécdota de un apagón en 1994. Desde entonces, estas tradicionales fiestas que incluyen el movilizar a gente como Noel, se celebran en agosto en esa localidad.

          Otras veces, sin embargo, la cosa no va de recoger la anécdota para convertirla en algo digno de admiración y mención, sino en una astracanada fruto de vaya usted a saber qué, pero todo apunta a aquello de Panem et circenses. En Venezuela, donde recientemente y a pesar del mudo verificador internacional español, el dictador Maduro les ha robado las elecciones a los venezolanos, ahora dice que adelanta la Navidad a primeros de octubre. Anuncio que un público seleccionado aplaudía en televisión con sincronización coreana.

          No aclara el dictador si este adelanto es para siempre desde este año, o solo por una vez para entretener el hambre, la miseria y la represión política violenta. La UE no reconoce la legitimidad democrática en el país, ni los Estados Unidos tampoco, pero mientras tanto el dictador amenaza con asaltar la embajada de Argentina donde se refugian los vencedores de las elecciones. Por desgracia, los venezolanos tienen pocas esperanzas de que la comunidad internacional intervenga por la fuerza como se hizo con Noriega en Panamá.

          Noel no les traerá la libertad a los venezolanos por mucho que se dé prisa en llegar con sus sacas de regalos. El mundo se está partiendo en dos bloques, y las socialdemocracias de las que tanta prosperidad hemos conseguido en Occidente se agotan. Tiranías como las de Maduro cuentan con la protección de países no democráticos como Rusia, China o Irán. Es esa parte del mundo donde los derechos humanos no importan y la libertad se le arrebata por la fuerza a los ciudadanos.

          Pensaba esto, más que nada, por las próximas generaciones. Europa no está libre de culpa ni del riesgo de partirse en dos, y no en buenos y malos como nos quieren hacer tragar. No así, sino en dos mitades fallidas que es una solución mucho peor, porque ninguna de las dos propuestas a las que tienden los países, incluido el nuestro, tendrá diferencias con la dictadura de Maduro, por mucho que adelantemos la Navidad, si es que la Navidad no es derogada antes por decreto Ley y Noel se queda con contrato fijo discontinuo. 

¿Y si fue la vacuna…?

           Todos hemos oído, leído e incluso reído con las teorías de la conspiración durante la última pandemia global que nos sacudió de lo lindo. Un repaso en toda regla a la prepotencia humana y la falta de previsión que costó 15 millones de vidas solo durante los primeros dos años, según Naciones Unidas.  España estuvo, como otras veces lo está en fútbol, a la cabeza del desastre, la manipulación informativa y el número total de muertos que, según el gobierno y sus palmeros, fueron sobre todo asesinados por la presidenta de Madrid: la señora Ayuso, que cada vez que hay elecciones les pasa la mano por la cara. 

          Nos comimos como campeones dos encierros inconstitucionales durante meses (por eso cambiar el TC), nos jamamos igualmente más años de mascarillas que de antigua mili, para ver si Koldo y su mafia ministerial liquidaban el stock chino, nos dejamos comer la oreja por el tonto Simón de un caso o dos como mucho y, además, aplaudimos como focas en los balcones según el tum tum de los tambores de un tipo que salía a darnos charlas paternales de una hora sin haber ganado nunca unas elecciones. Ni para presidente de su comunidad de vecinos.

          Pensaba esto después del bochornoso espectáculo de esta semana. Un prófugo de la justicia perseguido por delitos de extrema gravedad. Un delincuente internacional con orden de detención, que se mea en la cara de un país como España y lo hace en directo. Anuncia su agenda: cuándo viene, dónde da la charla pública televisada y, con las mismas, se va y se ríe de todos nosotros a la mansión que pagamos con nuestros impuestos. Allí supongo se saca la chorra de nuevo la moja en cava catalán y se la limpia en las cortinas decoradas con la bandera española. 

         Yo no creo que así por las buenas la humillación pública sea algo soportable de forma natural. Hoy, y con razón, le dices a un tipo amanerado maricón en un bar, o guarra a una que parezca una guarra de pago y acabas con grilletes en el calabozo. Después acusado de un delito de odio (nadie sabe cuál es el baremo ni el tipo objetivo), y lo mismo arruinado y maltratado. Eso si no te han metido antes una paliza el dueño del bar y sus amigos, dependiendo de si estás en La Moraleja o en Rivas Vaciamadrid. 

          Yo creo que nos metieron el chip, ya me jode darle la razón a Miguel Bosé, pero no hay otra explicación. Los humanos siempre tuvimos dos cosas que nos caracterizaban: la capacidad de vivir en sociedad, y el acecho preventivo para que no nos convirtieran en rebaños ciegos y rendidos. Nunca imaginamos que una masa amorfa de carne a 36 grados  sería capaz de tragar con todo sin rebelarse, sin hacer como en otras épocas hizo: darle caza al traidor y sus valedores y colgarlos por los pies en plaza pública. 

Marimacho

          Cuando yo iba al cole siendo adolescente el wokismo no existía. De USA lo que se importaba era el Winston y las películas de indios y vaqueros. De hecho, los niños solíamos pedir en Reyes, entonces Noel no había nacido, el equipo de shérif con su cinto repleto de balas y el revolver, además del sombrero y la estrella de seis puntas para prenderla de la pechera con un alfiler. Las niñas eran más de muñecas y cocinillas. Ninguna pedía unos guantes de boxeo. 

          Cierto es que, como en todas las épocas, había niños que se pirraban por echar mano a las cocinillas y las muñecas, y niñas que pasaban de esos juguetes y eran más de jugar al fútbol. El balón de reglamento, que así lo llamábamos, era otro de los regalos estrella de los niños junto con la camiseta del equipo preferido y las botas de tacos. Se hacía raro ver niñas jugando al fútbol, ¿quién nos iba a decir que las hijas de aquellas niñas acabarían siendo campeonas del mundo?

          Pensaba esto porque por aquel entonces a las niñas que se salían del carril los niños nos referíamos a ellas como marimachos, término hoy recogido por la R.A.E y que se refiere de manera despectiva a las niñas que se comportan y actúan como niños. Por suerte, con los años y la cultura de la igualdad bien entendida, las conductas y actividades de las personas no definen ni identifican el sexo de quienes las realizan. Tenemos hombres que son los mejores cocineros del mundo, y mujeres campeonas a nivel mundial en muchas disciplinas deportivas.

          Pensaba esto porque el wokismo como disparate, que no como ideología, nos quiere hacer comulgar con ruedas de molino. Lo vimos esta semana cuando un hombre embutido en un cuerpo de mujer, con cuerpo de hombre, cara de hombre y bíceps de hombre, de un solo puñetazo en menos de 30 segundos dejó K.O a la boxeadora italiana. En este caso, pensé, no se puede hablar de un marimacho porque no es lo que hace, sino los atributos fisiológicos y hormonales los que la acercan más al sexo masculino que femenino.

          Como quiera que sea, esa deportista encuadrada en torneos femeninos no tiene permitido competir en boxeo a nivel mundial, pero se «coló» en las Olimpiadas creando una situación injusta que ninguna feminista woke ha salido a criticar. No dudo que veremos a mujeres trans con barbas y bíceps como los de Tyson masacrando a chavalas de toda la vida en el ring para regocijo del wokismo pero, que quieren que les diga, para mi la argelina no es un marimacho, es un macho con vagina.     

Adictos al brócoli

          Por estas fechas todos los años menudean las compras de alimentos como el brócoli, las lechugas de tallos verdes y amargos, y diferentes ramajes que la gente consume como si se convirtieran en seres herbívoros por devoción. La intención, al parecer, es no mostrar en la playa unas lorzas que se han estado cebando durante todo el año con mimo y paciencia. Yo hace años que me he resignado al hecho de vivir en un mundo que está hecho al revés.

          Estoy convencido de que en otros mundos, quizá a no muchas galaxias del nuestro, el cordero y el cochinillo asado adelgazan y bajan las cifras de colesterol malo. Si además se les hace la cama previamente con un litro de cerveza fría y luego se riega con un bueno vino, entonces también se reduce el riesgo de infarto o de acumular grasa en el hígado. Y también doy por hecho que unos buñuelos con nata para terminar, o una copa de helados variados bajan los niveles de azúcar y evitan la diabetes.

          Pensaba esto porque estoy convencido de que no nos hemos podido fabricar a conciencia un mundo a la medida de lo malo, de lo que no nos gusta. Y que para mayor padecimiento todo lo bueno y rico de consumir se convierta en una espada de Damocles, o nos mancille la imagen con el estigma del sobrepeso y las miradas reprobatorias de los adictos al brócoli. Esos seres escasos que caminan por la orilla reclamando una mirada que nadie les presta, con cara de estreñidos o de amas de llaves del castillo de los horrores. 

          Estoy casi seguro de que en ese otro mundo, el sitio bueno y al que no hemos ido a parar por nuestra mala cabeza, mientras menos se trabaja más dinero se gana, porque doblar el lomo le gusta a poca gente. Los que se esfuerzan y se dejan media vida currando acaban pobres y sin amigos por no dedicarles tiempo, y terminan viviendo de la beneficencia. Si además reúnen los vicios propios de los herbívoros es probable que no lleguen a la esperanza de vida por alguna complicación sanitaria.

          En ese mundo donde el brócoli está prohibido, y sus plantaciones se han sustituido por la marihuana gratis, el jamón de bellota está más barato que la cebolla, y las fuentes de las plazas tienen dos grifos: uno de agua para los patos y otro de manzanilla fresquita para el humano. Yo estoy seguro de que alguien nos hizo el mundo un día que se sintió mala persona, y en un acto de locura nos mandó de una patada a esta huerta de padecimientos, donde si no eres adicto al brócoli lo llevas crudo. 

La zorra y sus cuentos

                    Yo no he visto hasta el día de hoy ninguna zorra de carne y hueso, al menos que pueda recordar. Cierto es que no se trata de un animal doméstico ni fácil de ver. Supongo que, a menos que se frecuente el bosque cuando estos animalitos salen de paseo, es complicado coincidir con las zorras que queden por el ancho mundo. Y ahora que lo pienso no sé si no será debido en parte a la mala fama que le hemos dado los seres humanos. Desconozco si en otros idiomas llamar zorra a una mujer es tan peyorativo como en español, pero en nuestro idioma desde luego lo es.

          Pensaba esto viendo a la representante española en Eurovisión ayer noche. Una señora que cantaba una canción llamada «zorra», referidas la letra y el título del tema a una individua ficticia (la interprete) de vida alegre, que según entendí del argumento sale cuando le da la gana, o se viste o alterna como mejor le parece. Y claro, deduzco aunque no me enteré muy bien de toda la letra, que se quejaba de que los demás la llamaban zorra de forma peyorativa por vivir a su manera. En fin, ese sería el argumento, más o menos. Todo ello envuelto en una coreografía que supongo representa a un colectivo determinado y no al conjunto de españoles. Desde luego, a mí no me representaban. No creo que sea esa la España real. En fin, resultado del experimento: castañazo gordo hasta la posición 22 con menos puntos que el Almería, más o menos.

          Aquí en nuestro país neowoke los medios nos han atribulado a base de la necesidad de boicotear a Israel (por suerte no he oído aquello de al perro judío), aunque sí hemos visto un Tuit de una ministra del gobierno llamando al exterminio de los judíos de forma literaria: «desde el río hasta el mar», tuiteó sin el menor reparo. Claro que es posible que esa ministra de lo que sea desconozca que ese lema lo adoptó Hamás en 1980 (puede que tampoco sepa que Hamás es una organización terrorista). Con esta gente nunca se sabe.

          El odio diseminado por los defensores del buen rollo, de la necesidad de querernos mucho, de la distensión y los no creadores de bulos incluido ese mismo de no crear bulos, no ha surtido el efecto buscado. Sí que escuchamos algunos silbidos durante la actuación de Israel y, sobre todo, las redes sociales con ejércitos de cuentas pagadas para distribuir basurilla gubernamental estuvieron muy activas. Algunas excéntricas que durante los días previos llamaban poco menos que a un progromo debieron sufrir un síncope vasovagal al ver que Israel quedaba entre las 5 primeras, que nuestra zorra woke era enviada al cubo y que los españoles, con esa verdad del pueblo que tanto ensalzan, votaron así:

 

           

Donde habita la verdad

          Alguna vez he hecho mención al concepto de sociedad líquida, creado por el sociólogo ya fallecido, Zygmunt Bauman. Y también al juego que sigue dando su teoría si la aplicamos a diversas cuestiones relevantes como la verdad o la ficción, la percepción de la realidad o la versión interesada que nos venden con frecuencia quienes, precisamente, menos creen en la verdad y más interesados están en convertirla en algo líquido e interpretable. 

          Hace unos años se puso de moda aquello que se llamó la postverdad, que venía a ser el anticipo del punto en el que nos encontramos hoy. En resumidas cuentas, la verdad no era lo que veíamos y tocábamos o comprobábamos personalmente, la verdad pasó a ser el relato. Lo que quien quiera que estuviese interesado en deformar o inventar una realidad alternativa e interesada tuviera la ocasión de hacerla pública. Hoy es lo habitual. Seguramente, habrá oído usted de escándalos que harían caer gobiernos que, como por arte de magia, desaparecen del debate y la información pública y son sustituidos por otros más convenientes a quien tiene el poder.

          Pensaba esto porque más allá de la postverdad, en lo que hoy podríamos llamar la cotidiana mentira, existe el mundo de la ficción y sus personajes, que como defiende Umberto Eco, son una verdad no sujeta a interpretaciones. Sus identidades son incuestionables. Dice Eco en su libro: Confesiones de un joven novelista.  

 «En la vida real no estamos seguros de la identidad del Hombre de la Máscara de Hierro; no sabemos realmente quién fue Kaspar Hauser o si Anastasia Nikoláevna Romanova fue asesinada con el resto de la familia real rusa en Yekaterinburg o sobrevivió. En cambio, leemos las historias de Arthur Conan Doyle estando seguros de que, cuando Sherlock Holmes se refiere a Watson, designa siempre a la misma persona, y que en la ciudad de Londres no hay dos personas con el mismo nombre y la misma profesión». Watson es una verdad más allá de cualquier duda razonable.

          Por eso, ahora que nadamos en la abundancia de la manipulación más descarnada, que hemos alcanzado una realidad en la que la mentira es moneda de valor en alza y curso legal, que además se puede practicar con impunidad, de forma pública y sonrisa en los labios sin miedo al reproche o repudio social, nos queda la ficción. Ese mundo en el que las identidades creadas son auténticas, únicas, irrepetibles e inmunes a la manipulación interesada de quienes construyen mentiras y las venden como realidades.  

Una patada a la olla

          Una patada a la olla es lo que esta semana nos ha venido a advertir doña Ursula von Der Leyen. Un mensaje en forma de aviso de que lo conocido desde el final de la Segunda Guerra Mundial podría no ser para siempre. Hace casi un siglo que Europa disfruta de una paz y prosperidad sin precedentes en la Historia, pero eso está bajo amenaza. Una, en concreto, que se cierne sobre el continente con rapidez, y que esta señora estima incluso tan inminente como en cuestión de un par de años.

          Los europeos estamos inmunizados al dolor de la guerra a base de palomitas y experiencia en la pantalla plana de nuestros salones, o en las del cine cuando había cines y la gente iba a las salas. Pero ese es todo el contacto, por suerte, que hemos tenido con la cruda realidad de la guerra desde 1945. Nadie está preparado psicológicamente para un conflicto bélico, pero nosotros, probablemente, lo estamos menos que nadie. La seguridad de quienes piensan en la jubilación y la prosperidad de las nuevas generaciones podrían saltar por los aires hechas añicos.

          Vivimos acostumbrados a que, mal que bien, todo funciona aceptablemente. Los cajeros sueltan algo de dinero, hay luz y calefacción o aire acondicionado y aunque no llueve al abrir el grifo sale agua limpia. Las estanterías de los supermercados están cargadas de todo tipo de alimentos frescos, conservas, productos de higiene y, en definitiva, todo lo necesario para vivir con unos altos niveles de cobertura de necesidades. ¿Qué ocurriría si la mayoría de cosas que damos por hecho dejaran de existir o funcionar en cuestión de semanas?

          Los europeos se negaron, o no quisieron ver, la amenaza que suponía el nacionalsocialismo y Adolf Hitler, a pesar de las muchas pruebas que fue dando antes de desatar el desastre en septiembre de 1939. Hoy, casi un siglo más tarde, Putin está siguiendo los mismos pasos en sentido contrario: expandir el espacio vital desde el este hacia centro Europa. El problema es que cuando se comienza por ese camino la Historia nos enseña que no es fácil encontrar el punto de frenada, pero sí el de no retorno.

          Yo no confío en los burócratas y gordinflones bien alimentados del Parlamento Europeo, una especie de corte romana distópica convertida en un remanso de políticos amortizados en sus países, de arribistas viviendo como marajás y de días de vino y rosas. Con ellos mal se puede hacer frente a una amenaza como la que asoma por el Volga, solo nos queda la esperanza de que Putin no dure mucho y que, detrás de él, haya algo de cordura que no es algo que pinte fácil.   

          

El idioma Z

         No hay nada tan clarificador para entender la evolución del lenguaje como relacionarse, siquiera durante un cumpleaños, con miembros de generaciones diferentes. Por ejemplo y en mi caso particular, con una joven de la generación Z: mi sobrina Ana, que acaba de cumplir sus 18 primaveras. Entre risas con ella y con mi hermano (su padre), aprendí ayer que los escritores debemos explorar esos territorios de significado que desconocemos. Territorios por completo ajenos al habla habitual de quienes ya ni siquiera pintamos canas porque no tenemos donde pasar la brocha.  

          De qué otro modo podría alguien escribir una historia que llegue a interesar a los más jóvenes si nunca ha tenido noticias de la existencia de una RAVE o de un Parquineo. Incluso desconozco si esas palabras están bien escritas. Al parecer, la chavalería hoy monta fiestas breakbeat, en las que se reparten calificaciones entre las chicas acerca de lo agraciados o no que les resultan su congéneres varones. 

          Nunca se me hubiera ocurrido que esos chavales que, desgraciadamente y por pura inconsciencia, caen en las garras de la toxicidad y se quedan escuetos reciban el apelativo de comíos: un tipo flaco y desmejorado según me aclaró. O que los menos agraciados debido a su fealdad ahora sean calificados como cracos. Tuvo mi sobrina que apuntarme una lista con el bolígrafo prestado de una camarera una cantidad extensa de terminología Z que me resultaba ajena, además de profusa en lo descriptivo cuando se conoce la semántica de cada término de ese lenguaje particular.

          Me vino a la mente otro detalle. En la Feria del Libro de Madrid de hace un par de años, mientras firmaba en la caseta de Publishers Weekly, mi cuñada se acercó a saludarme con mi sobrino Tristan de apenas 8 años. Al verme escribir las dedicatorias con una estilográfica Montblanc que tengo en mucho aprecio, le hizo ver al niño el artilugio como si estuviera usando una pluma de ganso, o un artefacto arqueológico. Lo malo es que el pequeño quedó fascinado por el hecho de que algo así pudiera usarse para escribir.

          Nunca he sido, o no me he considerado un abuelo cebolleta, de hecho no tengo nietos. Sin embargo, cada año que pasa me voy dando cuenta de lo fácil que es quedarse atrás en los usos y costumbres de las nuevas generaciones. No todo se aprende en Internet o en las bibliotecas, hay que salir y hablar con los más jóvenes. Hay que preguntarles y averiguar qué se dicen entre ellos, cómo se comunican, o de lo contrario no salimos de escuchar siempre las mismas canciones de la Pantoja o Paquito el Chocolatero. Y claro, así vender historias es cada vez más complicado.  

Panem et circenses

         Soy de una generación que estudió latín en el instituto (B.U.P y C.O.U). Nada menos que tres años, y uno de griego clásico para rematar la jugada. De este último apenas recuerdo algunas palabras del diccionario, pero de latín puedo incluso recitar alguna conocida parte de las Catilinarias de Cicerón. Recuerdo con afecto esa lengua que la LOMLOE dio por muerta, y en la práctica eliminó del catálogo lectivo para hacerle sitio a algunos dialectos y contentar a los más cafeteros: la Lolailo que, como hemos sabido recientemente por el informe PISA, comienza a dar sus frutos.

         Del latín y la Historia clásica aprendí no solo a declinar Rosa Rosae, sino que descubrí una determinada lógica de construcción del lenguaje difícil de aprender en otros idiomas. Además, el español se embellece y, sobre todo, se entiende desde una perspectiva etimológica que lo llena de sentido y lo vincula con su origen. Como es lógico, por otra parte, no todo lo heredado de Roma y de las civilizaciones clásicas fue de lo bueno lo mejor y de lo mejor superior. Los romanos eran muy listos en el manejo de los intereses de la gente.

          Al romano medio le venía a dar más o menos lo mismo Juana que su hermana. Que Agripina envenenaba al gran Claudio para hacer emperador al majareta de Nerón, no pasaba nada. Que el nuevo emperador no solo era un desquiciado psicópata, tampoco pasaba demasiado. Al romano medio con pan y circo la cosa ya le llegaba. Se cuenta (hoy lo llamaríamos fake según interese a la realidad líquida), que incluso cuando incendió la mismísima Roma se dedicó a tocar el Arpa mientras contemplaba las llamas.

          Pensaba esto porque al margen de que Nerones  y personajes atrabiliarios hemos tenido desde entonces, con mayor o menor grado de desequilibrio mental y cuota de poder público, la ciudadanía tampoco ha cambiado demasiado. Ligeras modificaciones en la conducta, no más. Entre los tocados hoy por la mano del César hay más un gusto mezquino por las drogas o los prostíbulos, también por el jamón de pata negra o por la carne asada de vaca, según el nivel de sofisticación del agraciado.  

          A mí lo que me parece que menos ha cambiado es esa inclinación a la sopa boba que decimos hoy. El otro día uno de estos frikis de las nuevas generaciones, en uno de esos programas basura de las teles bien dopadas, aseguraba que el gobierno tenía la obligación de mantenerlo si quería su voto. Que rápido aprenden. La afición, si se quiere, por la también conocida frase «a mí dame pan y llámame tonto», no es más que una probable evolución de aquel Panem et Circenses. Y luego, si hay que quemarlo todo, pues se quema y  los que vengan detrás que arreen.  

TIA: Tonta inteligencia artificial

          No deja de sorprenderme lo inteligentes que son los motores de rastreo en la red, la IA y los algoritmos de identificación de preferencias según mis movimientos internautas. La habilidad extraordinaria que tiene la tecnología para conocerme, identificar mis gustos  y preferencias, o mis desviaciones inconfesables e incluso adyacentes a las más peligrosas conspiraciones. Todo lo que hago deja un rastro virtual que me delata, me descubre y me deja con la patas colgando.

          Ayer, sin ir más lejos, comencé a recibir anuncios y sugerencias para alquilar un trastero guardamuebles en Oxford (UK), después de que media hora antes me ofrecieran un apartamento de lujo en Oxfordshire a un precio de ocasión. Incluso me llamó una amable comercial, que en inglés y con afectada voz británica, deseaba ampliarme información sobre inversiones en la zona. Mantuvimos una breve conversación sobre las bondades de la vida en Headington, y las peculiaridades de sus famosos pubs.

          Hará algo así como un mes comencé a recibir ofertas y notificaciones acerca de yates en venta en Coral Gable (Miami), con fotografías de auténticas maravillas. Se ve que, de momento, lo único que el Big Data y la IA no han logrado situar en su punto correcto es el nivel de mi patrimonio, que ni de lejos, alcanzaría todo junto para un yate de lujo. Me complace que se me tenga en consideración, no obstante, por si en algún momento me toca la mano de la diosa fortuna.

          Pensaba esto porque se me ocurrió lo divertido que es engañar a la máquina. Digamos que basta con dejarles las miguitas de pan en un camino alejado de nuestros intereses. Las palabras introducidas en los buscadores tienen el sonido de las notas de la flauta de Hamelin. En la tele ocurre lo mismo, y según vas eligiendo canales en Netflix, por ejemplo, las guardan en el histórico para ofrecer lo que según ellos te gusta ver. Si alguien quiere gastar una broma que use el perfil de su pareja cuando no esté en casa y ponga películas porno. Así tendrá un motivo para pedirle explicaciones la siguiente vez que entre en su perfil para ver una peli juntos y le sugieran a Manolo el Mandinga con un nivel del 100% de match.

          Yo me lo paso bien mientras escribo algún capítulo nuevo de mi próxima novela. Navego como hacen la mayoría de escritores por los escenarios reales donde se desarrolla la acción. Visito restaurantes, busco extravagancias que son del agrado de mis personajes  por cualquier parte del mundo. Luego dejo de escribir y ya veo a esa inteligencia artificial con sus super poderes preparándome la oferta de productos y servicios que algunos incautos van a pagar para ofrecerme su publicidad en el escritorio de mi Mac.