Ensayo sobre la ceguera

           José Saramago publicó en 1995 la novela «Ensayo sobre la ceguera»; para mí una de sus mejores obras. No les daré detalles de la trama, por si piensan leerla, más allá de que transcurre durante una supuesta pandemia. Pero sí diré que muchos de los efectos colaterales, tanto en lo personal como en lo social, que se describen en la obra son observables también en nuestros días.

           Con cierta frecuencia, como supongo les ocurre a ustedes, hablo con personas que piensan distinto a mí en relación con la situación de la pandemia, la gestión que se está realizando y, como algo inevitable, se habla también de la situación política que atraviesa el país. De la crispación, la polarización o el desvío no sé si irrecuperable de la manipulación en los medios de comunicación y, en particular, de la televisión.   

          Y la conclusión a la que llego a menudo es que tenemos razones para ser pesimistas. Es complicado mantener una conversación cuando la otra persona tiene fijadas apriorísticamente todas las defensas posibles, los contraargumentos y contraataques y, por alguna razón que no termino de entender, presenta una ceguera casi absoluta frente a los desmanes de quienes militan en el partido por el que se declaran seguidores o votantes.

          Los más cafeteros me dirán que la ideología es lo primero. Y que da lo mismo si el tipo que gobierna tiene tendencia al pucherazo, a montar urnas detrás de las cortinas y cosas por el estilo. A enchufar a ejércitos de amiguetes, a meterle la mano en el bolsillo para pagarles. O si lo sostiene quien asegura querer pegar a una periodista hasta sangrar, roba tarjetas de móviles de las queridas o envía a sus escoltas como matones infiltrados a reventar manifestaciones de los opositores. Nada de eso se ve, o si se ve, es mentira o hay una explicación que casi siempre es la misma: es un bulo. 

          No es fácil comprender la mecánica por la que una mente, en principio, racional y sin trastorno aparente, puede obcecarse hasta el suicidio como si una enfermedad autoinmune le afectara solo a la capacidad de discernimiento. Supongo, que debe tratarse de la sobreexposición a una realidad que a uno no le gusta y lo fácil que es aferrarse a los argumentos populistas, sean del signo que sean.

La segunda caída de Occidente

          En el siglo III el imperio romano sufrió una crisis que anunciaba, con pocas dudas al respecto, la caída del dominio económico, político y militar en la mayoría de los territorios conquistados o de su ámbito de influencia. Lejos quedaban los tiempos de Trajano y el esplendor y la gloria alcanzadas también por Adriano: ambos “sevillanos” –dicho sea de paso– nacidos en Itálica y que, acaso, fueron los emperadores de mayor prestigio en Hispania y en la historia de Roma. 

          Pocas civilizaciones resisten el paso de los siglos sin que sus cimientos, como las empalizadas que cercan los territorios, no se vayan abriendo y dejando entrever las debilidades de unas organizaciones cada vez más incapaces, no ya de gobernar más allá de sus fronteras, sino de administrarse en los asuntos internos más básicos. Es, precisamente en ese momento, cuando al albur de la decadencia aparecen las oportunidades para quienes pasan a ser hegemónicos.

          Hoy conocemos como Occidente al espacio minoritario que ocupan en el planeta la Unión Europea, los Estados Unidos de América y Canadá y, aunque un poco forzado, cabe incluir a Japón, Australia y Nueva Zelanda. Una porción de la población mundial de alrededor del 20%, aunque a nosotros en nuestra visión más etnocéntrica, nos gusta pensar que somos lo más importante y poderoso: nada más lejos de la realidad. 

          La actual pandemia no conoce fronteras, como no las conocía la peste Antonina descubierta por Galeno en tiempos de Marco Aurelio y que, a la postre, marcó un punto de inflexión en aquella sociedad. Solo quiénes supieron afrontar la realidad con decisión, solidaridad, capacidad de gestión y visión estratégica, sufrieron menos las consecuencias y lograron formar parte del futuro tras el desastre. 

          Cuando Occidente hoy se debate entre la vida y la muerte a causa de la Covid-19, sus economías se resquebrajan; sus sistemas sanitarios colapsan; sus políticos, sindicalistas, religiosos, e incluso algunos militares huyen despavoridos a robar las vacunas de las viejas para inyectarse ellos el remedio, en un vomitivo acto de indecencia y cobardía, hay quien lo enfoca de otro modo. 

          En el epicentro de la pandemia apenas queda el recuerdo de que hace un año, en un mercado de Wuhan, surgió el contagio que en pocas semanas sembró el caos. Nosotros, casi todos los listos de Occidente, ahora vemos restringidas las libertades individuales, el auge de los populismos de todo signo empieza a ser asfixiante, se cierne sobre nosotros una crisis de hambre generalizada y, por poner un ejemplo, en España llegaremos probablemente a los 7 millones de parados con una presión en los impuestos que ahoga a millones de pequeñas empresas.  

          Nos queda el consuelo, lejano eso sí, de las imágenes que veíamos ayer en un estadio de tenis en Australia. A rebosar de público, sin distancia social, sin mascarillas, sin miedo, sin pandemia. Y uno se pregunta. ¿Nos merecemos mantener la “supuesta hegemonía” mundial, si de Occidente lo único sano y sensato que queda es Australia?             

El maná de las vacunas

          Según se cuenta en La Biblia, el maná fue una especie de escarcha milagrosa vertida por Dios sobre el pueblo de Israel para alimentarlo en el desierto. Desde entonces, se utiliza ese término para aquello que nos cae “de gratis” y en abundancia resolviendo las carencias más variopintas.

          En estos tiempos que nos ha tocado vivir, cada cual tiene, como siempre, sus perentorias necesidades. Pero podemos estar casi todos de acuerdo en que una o varias vacunas contra la pandemia es algo deseable por la mayoría. Como siempre, habrá quien tenga reparos en ponérsela y prescinda de ella, pero el resto, al menos, podrá defenderse de ser contaminado por un virus que lo mismo te hace estornudar que te mata en quince días de forma cruel y dolorosa.

          Para mí la decisión es fácil: se trata de usar la razón y un pequeño cálculo de probabilidades. Basta con conocer los porcentajes históricos de efectos adversos en vacunas similares, el nivel de eficacia que se compruebe por la comunidad científica, y el riesgo que uno corre si se infecta atendiendo a los factores de edad, patologías previas, etcétera. A la mayoría, la decisión razonada le va a sugerir que se la ponga.   

         Las multinacionales del gremio han desarrollado, en tiempo récord, las primeras promesas de vacunas en forma de anuncios que han revolucionado las bolsas mundiales. Es lógico, la pandemia ha paralizado la economía global de forma alarmante y, de manera trágica, en países como el nuestro. Quizá por eso, aquí el gobierno se ha apresurado a lanzar un pañuelito de consignas de marketing que le hagan sumar algunos puntos para limar la peor gestión que cabía esperar, al menos, a la luz de los datos comparativos con el resto del mundo. 

          La primera es la más graciosa de todas, y no dudo que habrá hecho que los directivos de Pfizer se vayan por la pata abajo de la risa. Y es que según nos anuncian desde Moncloa la vacuna será gratis para toda la población española. Han oído bien: gratis. No barata, sino caída del cielo como el maná. La lógica del argumento se basa en esa estupidez de que el dinero público no es de nadie y, por lo tanto, se concluye que a nadie le cuesta nada. Es el absurdo de la mentalidad que nos gobierna. La vacuna tendrá un precio medio de 50 euros, y si se vacuna solo el 75% de la población, pagaremos entre todos y a tocateja, la “módica” suma de 1.800 millones de euros. Un verdadero maná que caerá, de forma merecida, sobre los fabricantes y productores del remedio. Aun así, a muchos se les llenará la boca de gratuidad y se quedarán tan anchos.   

ELE (Evento ligado a la extinción)

          Hace la friolera de 65 millones de años ocurrió, según dicen los que conocen las técnicas de los viajes en el tiempo tomando y analizando huellas arqueológicas, un evento ligado a la extinción. Lo que se conoce por las siglas ELE (en español y en inglés). Durante el período que hoy llamamos cretácico-terciario o paleógeno, los sufridores del meteorito fueron los simpáticos dinosaurios, esos que tanto dinero han hecho ganar recientemente a la industria del entretenimiento. Desde entonces, han caído en la Tierra muchos peñascos de diferentes tamaños, como si Dios, de vez en cuando, tuviera la necesidad de meternos una pedrada. Cosa que no sería de extrañar.   

          Una de las características de estos ELE es que afectan a toda planta y bicho viviente sobre el planeta; ya sea terrestre, marítimo o volador. Y dejan, tras su paso, el mundo en un letargo de eones; en una noche de mutaciones y combinaciones de restos remotos e invisibles que luchan por volver a producir eso que un flower power como Allen Ginsberg llamaría «el milagro de la vida». Y ya se sabe, de recortes sacados del cajón de sastre, a veces, se obtienen inverosímiles obras maestras pero, otras veces, el resultado es una estrambótica combinación al azar. 

          Es obvio, que el ser humano sobrevive como especie por pura suerte y a pesar de su vehemente estupidez. De otro modo, no sería fácil encontrar una explicación plausible salvo la mano protectora de alguna deidad. Algún ente que al mirar para abajo a ver cómo nos va nuestra descerebrada gestión de la pandemia, descubre algo que le hace perder la confianza en los humanos: una mascarilla de ganchillo. Imagino el sobresalto, y el monumental cabreo por tener que levantarse e improvisar un nuevo remedio que nos salve de la extinción.

          Recuerdo que de adolescente hacíamos chistes malos cuando se producía en nuestro entorno cercano algún embarazo presumiblemente no deseado, y lo atribuíamos entre ocurrencias picantes a los condones fabricados a base de encajes de bolillos. Después de todo, el mal ya estaba hecho y las consecuencias no pasaban, unos meses más tarde, de la aparición de otro futuro lumbreras. 

          Hemos desviado el instinto de supervivencia hacia lo social e inmediato y, quizá por eso, el enfoque de muchos está en la negación de todo salvo del pensamiento único: todo es fake salvo la verdad oficial. No es cierto lo que se dice de la gestión de la pandemia, como no lo es que el número de fallecidos sea el doble del oficial, ni que se hayan quedado los ERTE de muchos sin cobrar, ni que se pacte con quien se dijo por ahí jamás, ni que la justicia esté tomada al asalto ni, por supuesto, que haya una amenaza de radicalización socialcomunista. Nada de eso es cierto, salvo para los conspiranoicos. Quizá por eso, y es solo una hipótesis, los defensores del pensamiento único acabarán poniendo de moda las mascarillas de ganchillo.        

¿Cuento chino?

          La versión más aceptada acerca de la etimología de la conocida frase «un cuento chino» es la que se atribuye a Marco Polo. Según esta teoría, fue acuñada gracias a los viajes del famoso veneciano recogidos por Rustichello de Pisa en la obra Los viajes de Marco Polo. Es fácil imaginar que, en Plena Edad Media, los hallazgos y vicisitudes narrados por el viajero y mercader italiano suscitaron todo tipo de suspicacias. Las historias fantásticas acerca de lugares, animales y costumbres nunca vistas debieron caer como herejías entre los más descreídos. Y de ahí que sus historias pasaran a la posteridad con esa etiqueta que, a de día de hoy, desdice más de los chinos que del propio Marco Polo.     

          Siete siglos más tarde, esta nueva pandemia que azota el mundo no es ajena a los relatos alternativos o, quién sabe, si como en el medievo los desviados de la realidad somos los incrédulos y quienes nos conformamos con el relato oficial, si es que hay alguno. Una cosa, al menos, tenemos clara. Este desastre lo está provocando la acción de un virus sobre la salud de las personas. Sin embargo, lo que quizá no es del conocimiento de la población en general es que los virus pueden ser de origen natural o no, es decir, pueden ser creados artificialmente.

          A considerar una posibilidad alternativa nos ha ayudado esta semana el periodista de investigación Iker Jiménez, conocido por su famoso Cuarto Milenio. En un nuevo programa  –Horizonte–, esta semana nos ha presentado a la doctora Li-Meng Yang. Una prestigiosa investigadora de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Hong Kong huida a Estados Unidos y protegida en lugar secreto por el FBI. Las declaraciones de la viróloga, en una entrevista que se convierte en un documento memorable visto en algunos tramos por casi siete millones de personas, no dejan indiferente a nadie. Menos aún, cuando proceden de alguien con publicaciones en las revistas científicas más prestigiosas del mundo como Nature o The Lancet.

          La posibilidad de que este virus proceda de una manipulación intencionada, por así decir, cierta o no, resulta desconcertante. No solo porque pudiéramos estar en manos de una estrategia bélica desconocida para el común de las personas y, que dicho sea de paso, ya se ha cobrado un millón de vidas, sino por algo aún más inquietante. La innegable certeza de que, más pronto que tarde, será posible fabricar armas biológicas sin restricciones, cuyas consecuencias globales pueden hacernos regresar a la edad de piedra sin derribar un solo edificio. 

          Sin duda esta línea de investigación debe seguir abierta, la cuestión es cuántas Li-Meng Yan hay en el mundo o, personas capaces de decir lo que ella dijo en directo durante la entrevista de Iker Jiménez: «seguiré desvelando la verdad al mundo, antes de que me maten.»