A una buena parte de la hinchada argentina la ha infectado el virus de la conspiranoia. Una infección que se contagia a patadas y afecta al normal funcionamiento de las neuronas, lo cual es a la par peligroso y un tanto chistoso. Guarda cierta similitud con los terraplanistas diría yo, con los antivacunas y los defensores de la vida exoplanetaria. Y radicaliza posiciones absurdas, propiciando una hemiplejía que impide percibir la realidad al completo. Yo tengo dicho, en alguna parte, que tanto consumo de vaca asada conlleva el riesgo de acabar siendo un poco cabestro, eso sin contar los perjuicios del colesterol.
Los que hemos seguido el mundial de fútbol, hemos visto a una selección de Argentina con sus méritos y sus deméritos. Empezando por los primeros: enorme capacidad de resiliencia y lucha cuando se va perdiendo, entrega sin cuartel para remontar resultados adversos y jugadas brillantes de la mano del líder del equipo aprovechadas por sus compañeros. Victorias merecidas unas, cuestionables otras, pero ante rivales bisoños como Egipto o cobardicas como Inglaterra. Y también hemos visto una hinchada que llena estadios y plazas en USA como si les fuera la vida en ello, cosa que agradecen los jugadores como es lógico.
Lo malo es cuando le das la vuelta a la moneda y sale la cruz. Un juego guarro y tramposo la mayor parte del tiempo, incluso violento en ocasiones, con la sospechosa aquiescencia de los arbitrajes en todo el torneo. Un Paredes macarra y matoncete con los más pequeños, un Simeone que, como su padre, además de futbolista solo podía haber sido portero de un after hour, o una afición llorona y provocativa incluyendo a los medios de comunicación deportivos de Argentina. En definitiva, algo de fútbol, y muchos desechos humanos y deportivos para representar a un país que merece proyectar más clase y un mejor comportamiento.
No obstante, espero que la enfermedad se les pase pronto, pues la picadura del virus ha sido comedida. No quiero imaginar si pierden una final con algunos detalles de los perpetrados contra España. Por ejemplo, el robogol que el arbitro le quitó a España por la cara, o que España se hubiera dedicado a dar cornadas como los centrales argentinos, o que por cada una de las mil faltas no pitadas hechas por Argentina se las hubieran concedido a España. Supongo que el arbitro se habrá llevado su parte del trato, que Infantino se habrá tragado su disgusto como se ve en las imágenes y que Trump le habrá soltado una colleja por gilipollas.
El virus les hizo a jugadores y cuerpo técnico girarse para no ver y reconocer la excelencia del ganador. Incluso después de que España le hiciera el pasillo. La típica actitud de mal criados a los que papá no les soltó alguna vez una buena hostia. España les pasó por encima en juego, en clase, en fútbol y en categoría deportiva. Pero quien dejó de verdad a Argentina a la altura de una mierda fueron sus jugadores y técnicos. El resto, como la guinda del pastel, lo han puesto una caterva de indocumentados infectados por el virus de la conspiranoia. Esperemos, y sería deseable, que la FIFA los ponga una temporada en cuarentena.

Jaja…, conspiranoia muy bueno.
Un abrazo!