Tuve noticia de la certeza de mi muerte el día que nací. Apenas reposado sobre el vientre de mi madre, aún sin cortar el cordón de sangre del que me alimentó durante nueve meses. Allí estaba su sonrisa dolorida, y nuestra primera mirada como anticipo de que no hay flor que dure dos primaveras. Recuerdo que, muchos años después, cuando me incliné sobre el ataúd para besar su rostro frío por última vez, tuve la certeza de que ella ya no habitaba aquel cuerpo que me dio cobijo. Fue entonces, cuando me supe definitivamente desahuciado, aunque ya hacía muchos años que habitaba el alquiler de mi propia existencia.
Pienso sobre dónde habitarán todas esas vidas alternativas que no he vivido porque elegí vivir la que tengo. Fantaseo acerca de cómo irán por allí las cosas, en esos otros mundos a los que di la espalda, o me la dieron a mí pero que, aún así, son historias que continuaron su rumbo como una sombra que no renuncia a desvanecerse. En algún lugar, al otro lado de nuestra realidad, habitan los que nunca pasaron de las tramoyas al escenario. Personajes condenados a una vida de ensayos a la espera de un estreno imposible. Sé que viven allí, sin nosotros. En ese otro camino que no cogimos. Los trabajos que no hicimos, los viajes que quedaron pendientes; los hijos que no tuvimos. Nada de lo que existe en nuestro pensamiento es vacuo, porque solo por el hecho de pensarlo ya lo creamos.
Decía un conocido filósofo que cada día iluminamos mil vidas con nuestras decisiones: las que elegimos son las que podemos tocar, y las otras 999 que desechamos solo las sentimos, pero que al haberlas pensado ya nunca desaparecen. Como seres materiales nos vemos obligados a las cadenas de una sola elección, pero atados para siempre, a todas esas otras existencias que nos acompañan hasta el fin de nuestros días. Esa es, y no otra, la certeza de sentir lo que somos: reos de nuestras múltiples realidades e infinitas casualidades y decisiones, pero protagonistas de un solo papel como actores principales.
Yo creo que con la evolución de la especie nos hemos acostumbrado a sabernos presentes y ausentes a la vez porque, después de todo, el único aliento que existe es el que respiramos a cada instante. Lo de ayer no volverá a ocurrir jamás, y lo de mañana es un ilusionismo que nunca termina de materializarse. Nadie vive en el ayer ni en el mañana. Yo soy un poco terraplanista en esto, porque estoy convencido de que el tiempo no existe. En realidad, es solo una ilusión de nuestro cerebro para poder explicar una presencia inasible, porque no se puede agarrar en ningún instante concreto. El tiempo es solo un pacto con nosotros mismos, un premio de consolación.
La única certeza que tuvo el gran filósofo griego fue que no sabía nada. Aunque bien mirado nos hizo un poco de trampas: reconocer que no se sabe nada es, simple y llanamente, saberlo todo. Tuve noticia de la certeza de mi muerte el día que nací, pero fue muchos años después cuando mi madre me contó que, en realidad, por unos minutos creyeron que había nacido muerto. Me negaba a respirar y no quería romper en llanto. Quizá, le aclaré, era porque justo en ese momento meditaba sobre qué decisión tomar: si salir al escenario con todo lo que ello conlleva, o quedarme tras la cortina entre sonrisas de cartón piedra, telares desparramados por el aburrimiento y habitar el atrezo de una vida postiza.

Absolutamente fantástica tu reflexión sobre la vida y esas otras vidas que no fueron. Muy distinta a lo que nos sueles publicar. Un gran acierto con la pluma nuevamente querido amigo.
Feliz verano!
Muchas gracias, querido. Un abrazo.
El giro final es fantástico, convierte una reflexión en un relato con su propio clímax.
Muchas gracias, compañero.
No me extraña nada… en esos últimos párrafos, lo aclaras todo, todito, todo.
No me extraña nada… antes de romper el primer llanto ya estabas meditando.
No me extraña nada… ya naciste filósofo.
Así nace un filósofo.
Te imagino, antes del primer llanto, sentado sobre el regazo de tu madre, pierna sobre pierna, y brazo codo, antebrazo y mano en “V” soportando el mentón de tu cabeza, pensante ya, antes de tomar la primera decisión.
Para alivio de tu madre, decidiste bien… y sabio ya.
He tardado en leerte… el verano aprieta… jajaja. Pero mañana, espero hacerlo nada más publicado. Fuerte abrazo. Ya que vives… Sé feliz.
Jajaja, gracias Juan. El próximo llegará el domingo 9, o sea hoy, desde bastante más lejos de lo habitual.