El paraíso fascinante

Cada verano disfruto teniendo noticias por la tele del paraíso fascinante que mis compatriotas, durante el tiempo que lo sigan siendo, disfrutan en agosto. Menciono este mes porque, como todo el mundo sabe, es el del asueto por excelencia. Para acceder al paraíso fascinante es necesario viajar fuera de nuestras fronteras mientras sigan siendo las que son y, si es posible, a lugares muy poco desarrollados y primitivos. Ese tipo de sitios donde cagan en el campo solo desplazando el taparrabos, sin agua corriente y donde te ponen la gallina en la olla con el pellejo y la cabeza completa con su cresta colorada y todo.

Según parece y cuentan, lo primero que a uno le sorprende de esos paraísos fascinantes es la cantidad de mosquitos hijoputas que hay en armonía con la naturaleza. Han adquirido un tamaño y una mala leche que, obviamente, la sociedad occidental no habría permitido con su ceguera exterminadora. Son pequeños inconvenientes que, a mis compatriotas ungidos del espíritu de Magallanes, se les pasa con un poco de ungüento tópico. Puede que aliviando el inconveniente cenando una imitación de pizza con tropezones sin una filiación identificable, que es la gran contribución de la cocina italiana al mundo nómada y trashumante.

Me dicen, por otro lado, que lo realmente enriquecedor no es tirarse en la playa llena de piedras y agujeros por donde asoman las cabezas de los cangrejos, ni tampoco bañarse en un manto de sargazo, sino el trabajo de campo. Un poco de antropología, para entendernos y entender a los demás en esos territorios ignotos. La increíble experiencia sobrenatural de beberse el agua tibia de un coco, que no es comparable para nada con esa mala costumbre de la cerveza fría del chiringuito español. O lo eficaz que es el ron natural, sin ningún tipo de control sanitario, para perder peso mediante el lavado de estómago.

Con todo, las caras más alucinadas de mis viajeros favoritos se dan en los mercados. Esa sorpresa al descubrir lo rico que está ese pollo rebozado en alguna cosa hirviendo, probablemente aceite de maíz o de coco, con harina de color pardo. Todo ello les abre los ojos a un universo desconocido, lleno de maravillas ambulantes que les hace sentirse como en otro mundo. ¡Qué poco sabemos de la vida! Se dicen a sí mismos comprensivos y magnánimos pensando en los pelanas que nos quedamos en Matalascañas.

Pensaba esto, porque ahora que acaba agosto, te los encuentras ya de vuelta en la barriada. Con los rostros bermellones llenos de cremas para quemaduras de segundo grado, y unos habones en piernas y brazos como judías de La Granja. El rostro entre cansado y preocupado. Y es que son mortíferas las largas horas de espera en aeropuertos y esos vuelos eternos en turista, encogidos y apretados como mejillones en conserva. Y para colmo, de frente asoma la cuesta de septiembre con las tarjetas hasta arriba de gastos, y la cuenta corriente con menos fondo que una lata de anchoas.

8 opiniones en “El paraíso fascinante”

  1. Bravo!! Qué bien explicado y que cierto. Aunque a todos nos gusta alguna vez dar un salto al Caribe ehh…, pero como las playas nacionales y nuestros chiringos náaaa!!
    Un abrazo grande!!

  2. Gracias, Miguel Ángel, por confirmar mis sospechas. Imaginaba, ese idílico paraíso tal cómo lo explicas y detallas. La verdad, te agradezco la sinceridad, por tu reciente experiencia… que en verdad no es solo aventura y tortura, también existe la ilusión por tanto tiempo soñada de conocer y vivir el paraíso y ver cumplido esos anhelos, ya valen la pena. Los sinsabores que luego aparecen, son imprevistos que surgen por arte de extraña birlibirloque… que bueno,son un rico añadido a la sensación de odisea, sin lo cual no podría llamarse así a dicha experiencia.
    Y te agradezco tu sinceridad, repito, porque es costumbre nacional, hablar de las maravillas y no de los inconvenientes, que de todo hay en la viña del Señor.
    Mi familia y yo que vivimos en un pequeño paraíso nacional, Mallorca… decidimos buscar la perfección en nuestra hermana, Menorca. Cierta y sinceramente, la encontramos solo fueron cuatro días… demasiado pocos… porque hasta los mosquitos que sí me pican se mueren pero que a mi esposa la torturan, allí no existen. Desayunábamos a veinte metros del mar, y desde nuestros pies hasta la mitad del mismo, un verde y tupido cesped era continuamente visitado por bandadas de gorriones, unas cuantas torcaces, tórtolas y un par de gaviota iban y venían… en silencio, no molestaban ni eran molestados… solo el rumor plácido de un mar en calma.
    Y soy sincero, no estoy abonado ni me apunto al deporte nacional, también gubernamental.

      1. Por favor, tutéeme, usted, Don Miguel Ángel.
        Quizá no me expliqué bien con mi comentario.
        Supe, por sus redes, que usted visitó uno de los muchos rincones idílicos que aún quedan en el mundo. Ciertamente es así. Y existen otros muchos, también, en nuestro bello planeta azul.
        Estoy convencido de que a pesar de como actúa la humanidad, corrompiendo, degradando, ensuciando y estropeando esta esfera celeste, queda un 90% de la misma, que podemos clasificar como verdadero paraíso.
        Lo que quise expresar es que, al igual que su estimada amiga Charo, soy también de los que prefiero disfrutar de esos paraísos a través de los documentales, bien aposentado en mi butacón o echado en el sofá, y mi mojito, si cabe, en la mesita de al lado. Y eso… Teniendo en cuenta, paraísos tan cercanos que tenemos, a mano, en mi propia casa, a tres km o a treinta.
        Sin embargo, mi espíritu se animó al leerle y comprender unas recientes certezas mías. Le explicó.
        Una pareja amiga nuestra, realizó… un viaje muy parecido al suyo, al mismo archipiélago. Cuándo llegaron… la esposa, muy amante de nuestro deporte nacional, comenzó a marear la perdiz a mi esposa. Sólo ver, la cara del marido y las muecas que me dirigía, delataban cada una de las falsedades de las crónicas que relataba su parienta. A parte, me confesó que lo había disfrutado y mucho, mucho… Aunque luego añadió, un pero… que ella, precisamente ella, había dejado por allá la comida de un mes atrás y algunos otros sinsabores…
        Suele ocurrir. Todos sabemos, por poco o mucho que se haya viajado, que suceden cosas a cada instante en la vida, en casa y fuera, nada es perfecto.
        La sinceridad, hoy más que nunca rodeados de tanta falsedad, es un valor que personalmente aprecio muchísimo. Es oro puro. Y ví esa sinceridad tuya reflejada en el artículo de hoy, de ahí mi agradecimiento. Mi respuesta, tal vez, con la mente puesta en mi reciente experiencia, se fue por los cerros de Úbeda. Luego, con las prisas de la familia que me llamaban para el almuerzo, ni repasé lo escrito… que por cierto hay algunas falta de ortografía, comas mal puestas y otros errores….
        Las prisas nunca son buenas consejeras. Nos tuteamos, ¿verdad?. Un fuerte abrazo, Miguel Ángel.

        1. Claro que sí, querido amigo. Me abstuve de contarte la guinda del pastel, y es que nada más aterrizar en España pillé el COVID, no lo había padecido nunca desde 2019 cuando apareció y, ya ves, me tocó en agosto de 2026. Un malestar pasajero de 20 días que, por suerte, ya ha desaparecido. Un abrazo, Juan.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *