Casi todo lo pasado del punto óptimo de madurez se vuelve fofo, blanducho y falto de consistencia y, poco después, se pudre. Hay grados intermedios, y se requiere para cada uno de ellos un tiempo concreto. Se trata de un proceso durante el cual se alcanza el estado ideal. Este hecho aplica tanto a la fruta y otros alimentos como a las personas en su conjunto y, como es obvio, a los diferentes países y sociedades. Casi nada, por no decir nada, escapa a la ley del ciclo de vida. ¿Quién no conoce el nacimiento de las civilizaciones, el cénit y su decadencia desde que el mundo es mundo?
Para las personas este ciclo es, en perspectiva histórica, tan pequeño como un grano de arena en una playa. Este hecho hace, sorprendentemente, que cuando estamos inmersos en pleno cambio social no lo percibamos. Los tiempos sociales abarcan demasiado espacio temporal, salvo que sean bélicos o revolucionarios. No creo que el romano que vivió en Hispania en el siglo segundo después de Cristo sintiera la decadencia de Roma y la caída del imperio. Ni que al abuelo de Boabdil le quitara el sueño la posible llegada de unos Reyes Católicos que liquidaran la dinastía nazarí.
Pensaba esto, porque es curioso que los períodos decadentes no coinciden en el tiempo con perfiles de liderazgo al mando, ni con grandes figuras de la Historia, sino más bien con satrapillas de tres al cuarto. Ocurre lo mismo que con una manzana marchita, en la que no tardan en aparecer los gusanos para hacer su labor de descomposición de la materia una vez pasado el punto óptimo de madurez. A las sociedades como la europea, y en particular a la española, les toca en este tiempo lidiar con esa situación. Lideradas por burócratas de tres al cuarto, con gordinflones y glotonas llenándose el buche y los bolsillos mientras el barco se hunde y nos venden propaganda barata. La decadencia hace que se repitan esos tics de fulanos que, en vez de combatir la situación, se dedican al solaz y a los placeres procaces como linimento final que alivie su fracaso como gobernantes y como personas.
El punto óptimo de madurez de una sociedad es ese en el que brilla con su máximo esplendor, pero es pasajero. Y deriva en ese otro en el que la gente se vuelve tan bizcochable y complaciente que se la puede pisar, maltratar, invadir sus propiedades, expoliar y someterla mientras observa impasible. Gente anestesiada, sin mecanismos para la rebelión, ni agallas para levantar patíbulos o colgar cabezas de estacas en la plaza central. Es un momento fácil de detectar, porque son sociedades donde sus dirigentes actúan como porteros de prostíbulos, y se rodean de compinches que imitan a las limpiadoras de saunas donde se prestan favores sexuales disfrazadas de periodistas.
Son innumerables los ejemplos a lo largo de la Historia en los que se han vivido estas mismas situaciones de podredumbre. En todas ellas, aparecen los personajes más deleznables: mercenarios, colaboracionistas y propagandistas. Recuerdan a aquellos comerciantes de carne humana de la antigua Roma sin los cuales el circo no funcionaba. Desde Grecia a Roma, desde el Cisma de Occidente a la caída de Constantinopla, siempre hay algunos puntos en común: el miserable que vende a su pueblo, que prostituye lo que un día dijo que eran sus ideas y entrega la sangre de otros antes de morir o huir sin honor ni vergüenza. Solo nos queda la esperanza de que no les dé tiempo a salir por patas y se les pueda colgar de ellas desde lo alto de un puente.

Ya lo dijo “Pink Floyd” …estamos Comfortably numb
Total, impagable obra maestra. La dejo por aquí para los no anestesiados. https://www.youtube.com/watch?v=eHKG7EMxWW8
Un abrazo.
Sheep, otra canción fantástica de Pink Floyd.
Maravillosa, como todo lo de este grupo eterno.
Gracias, Juan Pablo.
Ha sido un placer sentarme y compartir mesa y manteles contigo en tu propio, famoso y recomendable restaurante “El Dominical”
Empezamos con un sorprendente aperitivo que ya nos hacía intuir el ágape que nos ibas a ofrecer.
Natural, que siendo el maestro de ceremonias, luego nos acompañaras con un “Vega” del año 32, tu exquisito plato de “Caza Real” propio y único.
Tras el cual y para no empacharnos, nos serviste unos sabrosos hojaldres con finísimas lonjas de manzana roja en su punto óptimo de madurez… Tan era así era su momento, como lo es el día de Luna Llena o Nueva.
Las copas hispanas y los cafés de Colombia continuaron la armonía creada desde el aperitivo.
No desentonaron para nada, muy al contrario el banquete en su conjunto fue tan apoteósico y maravilloso como cualquier Novena Sinfonía, ya sea la de Beethoven, de Dvorak o Mahler…
Luego, al despedirnos y salir a la calle, al instante, percibimos que tus palabras relatadas momentos antes… eran una realidad en nuestra vida, tanto o más oscura y tenebrosa no, lo siguiente… muchísimo peor.
Gracias, Juan. Un abrazo.