Encuentros variopintos

          En estas fechas navideñas cada año se produce un tsunami de encuentros variopintos. En algunos casos, son reuniones de personas que se ven a diario, pero en otros casos, se trata de aquellos que solo coinciden casualmente o incluso una sola vez cada mes de diciembre. Sin embargo, la situación no varía mucho, y el nivel de riesgo tampoco es muy diferente. Las comilonas típicas de la época, por alguna razón poco estudiada, tienen como efecto muy habitual un cierto grado de orgía de las emociones y las conductas. 

          Destacan en estos aquelarres las cenas de empresa. En ellas lo habitual es la división por facciones a modo de legiones romanas en formación antes de la batalla. El jefe imperator, situado en una de las cabeceras de la mesa principal, suele estar flanqueado por un par de pelotas o lameculos habituales en disputa con la amiguita con aspiraciones. Si se trata de jefa emperatriz empoderada, lo frecuente es una guardia pretoriana de amazonas feministas en busca de gestos o miradas inapropiadas de los machirulos salidos para tomarles la matrícula.

          Estos encuentros variopintos también se dan fuera del ámbito laboral: por ejemplo entre amigos, a veces divididos por sexos y otras veces de forma mixta, celebraciones entre familiares llegados de diferentes ciudades, o compartidos de forma más intima y secreta con amantes, e incluso con la otra familia a escondidas con los hijos no reconocidos. El mapa de posibilidades es tan amplio como lo son la cantidad de mentiras y fingimientos que se dan en estas fechas tan señaladas para el amor y la concordia.

          Pensaba esto por las posibilidades de estudio que tienen los personajes de estas escenas costumbristas. La magia que se produce debido a los efectos especiales provocados por el alcohol, los villancicos, la subida de azúcar en sangre, la bilis acumulada, el deseo insatisfecho y reprimido, la envidia, la complicidad, la tentación, la frustración, la exaltación de la amistad e incluso la imprudente confesión. En definitiva, un totum revolutum de micro historias basadas en la parodia de las relaciones humanas.

          Yo creo que la culpa de todo esto la tiene el que inventó la pandereta, porque con ello, le dio motivos a Don Antonio Machado para mostrarnos como son, según su clarividente visión, estos encuentros variopintos. 

La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y de alma quieta,
ha de tener su mármol y su día,
su infalible mañana y su poeta.
El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero.

 

Gente peligrosa

          Que el mundo está lleno de gente peligrosa es un hecho tan obvio que, a estas alturas, al común de los mortales les es indiferente, o casi. Poco parece que se pueda hacer. Los medios de comunicacion, como géiseres de lodo y sangre, se encargan de embadurnarnos en abundancia de su presencia y consecuencias a todas horas. Esas mismas fuentes, en la actualidad, están con frecuencia trufadas de mala gente. No obstante, aunque cada vez menos, quedan algunos combatientes de la verdad que pronto perecen engullidos por la apisonadora de la maldad.

          Siempre supimos de la existencia de los depredadores humanos. Y de la fatídica mala suerte de quien, de forma aleatoria, tropieza en el tiempo y  en el espacio preciso con uno de ellos y acaba sufriendo el zarpazo del victimario. Nos siguen mostrando ejemplos a diario en una incesante secuencia de hechos luctuosos, engarzados como una ristra de chorizos para nuestro cotidiano consumo. Un alimento que nos inmunice por saturación: una vacuna social infame.

          Pensaba esto porque de ese modo, creo yo, una sociedad con los vellos del pellejo abrasados no tiene capacidad para que se le ericen los pelos. Da la mismo que le muestren en directo un asesinato o que le enseñen las pruebas de las conductas más infames de quienes lideran una organización. El triunfo de la maldad se resume en una frase: todos somos iguales. Los sociólogos a ese proceso lo llamamos normalización social de la conducta desviada. Un punto en el que se desactiva el reproche colectivo, porque se acepta que a título individual se actuaría del mismo modo.

          Ese proceso que se enmarca en estrategias de ingeniería social nos lleva a convertir, con excepciones, a grandes masas de gentes en una banda de miserables con balcones a la calle. Y a los que se resisten, cuando pasan por debajo les revientan la cabeza de un macetazo y lo suben a Instagram en busca de likes. La pérdida de valores tiene premio porque las élites construyen ejércitos de mercenarios del bien vivir a cambio del mal existir.

          Los más hábiles en substanciar este modo de pasar por el mundo alcanzan el liderazgo de grandes masas de población: gobiernan países. Son los nuevos Nerones incendiarios de la convivencia a base de mentir, traicionar, de aupar la ausencia de valores a la excelencia y de convertir la ética en un trapo de cocina manchado de inmundicias. Cuando Occidente caiga y desparezca, como ya ocurriera con otras civilizaciones, ellos tendrán el mérito: la mala gente. Gente peligrosa.  

Entre Dios y la nada

          Estar vivos es situarse entre Dios y la nada, y no cabe duda de que ese es un sitio que no puede ser sino inconveniente. Aceptar al primero conlleva no saber en qué canasta coloca uno los huevos, y la segunda opción es aceptar una canasta sin fondo donde los huevos caen sin llegar nunca a la sima. Quizá por eso, lo de estar en medio siempre se ha considerado una pérdida de tiempo; salvo cuando los huevos sirven para hacer una tortilla de papas: ahí la cosa cambia.

          A veces se me saltan las lágrimas al pensar que me sitúo entre dos mundos irreconciliables: con cebolla o sin cebolla. Mis lágrimas me delatan enseguida, no obstante, apenas corto el alma blanca en juliana que irá a dar la razón de ser a ese universo temporal de sensaciones que el milagro de la vida nos ha regalado. Y creo que es, en esos momentos, cuando me hago la pregunta más trascendental. ¿A Dios cómo coño le gusta la tortilla de papas?

          Según cuentan las lenguas antiguas, Dios se reencarnó en 1798 en una abuela que vivió en Villanueva de la Serena (Extremadura-Spain), y no en Bilbao como el demonio defiende. Estoy de acuerdo con esta teoría porque soy andaluz, pero también porque sé que si un día caigo en el vacío por glotón, a ese espacio de nadie, en mi caída me agarraré al anfiteatro de Merida aunque me tenga que colgar de las melenas de Octavio Augusto. Sé que sigue por allí, metiéndose un cubata en la calle John Lennon a cara de perro, cuando nadie lo ve. Algunas noches me visita en sueños y señalándome con el dedo me dice: «ven pacá que te voy a dar pal pelo». Sabiendo el mamón de él que no tiene de dónde agarrar.

          Yo nunca he tenido inconveniente en agarrar la vida como si fueran unos huevos, y estrujarlos hasta que la yema me salga entre los dedos. Con las manos limpias uno puede hacer una magnifica receta y zampársela sin el menor escrúpulo. Sin embargo, cuando alguna vez, no muchas la verdad, me he animado a elaborar ese milagro que es la tortilla de papas, normalmente, me he cortado un dedo con el cuchillo, o me he quemado con la sartén. Lo que unido a la cebolla me ha dado muchas razones para derramar lágrimas. 

          Las últimas las he derramado esta misma semana cuando, otra vez, tuve la triste noticia de que una amiga ha caído en ese espacio intermedio que hay entre Dios y la nada. Me queda el consuelo de que sepa en su travesía no dejarse llevar por el engaño; hacer posada y fonda en las grandes maravillas de la historia que fuimos y que seremos. Y que cuando llegue el día, allí nos veremos. Todos sentados a la mesa frente a una tortilla de papas. Lo de la cebolla lo discutiremos en ese momento.

          

Liderazgo

          Liderazgo es una de esas palabras machacadas con el mazo de la persistencia. No es la única, al contrario, hay una larga lista de términos que se han convertido en lugares comunes. A bote pronto se me ocurren algunas como coaching, sostenible, resiliencia, la gente, y otras por el estilo. Pero hoy, me gustaría centrarme en el liderazgo. Ese status que se atribuye de forma interesada o por ignorancia a quién tiene el poder dentro de una organización. En el primer caso se trata del típico «lameculismo» vulgar y corriente, y en el segundo es un error de atribución.

          Pensaba esto porque el líder es alguien poco visible cuando no necesita hacerse notar, pero es una figura que se agiganta cuando su presencia resulta aconsejable o imprescindible. El líder es exactamente lo contrario de lo que solemos ver en la caja tonta: esos que siempre están presentes dando la chapa cuando a nadie interesan sus cotidianas mamonadas, pero salen corriendo cuando la situación se tuerce y se necesita liderazgo y mando para resolverla. Es fácil reconocerlos en sus diferencias: el líder apechuga y se pone al frente, no escapa a la carrera cuando llueve indignación, ni huye en el maletero de un coche como un vulgar cuatrero después de liarla parda.

          Es frecuente confundir poder con liderazgo, pero aunque algunas veces van de la mano, no siempre es así ni mucho menos. El poder se puede conseguir por la fuerza, el liderazgo no; el poder se puede mantener a base de traiciones y pagando mercenarios, el liderazgo no;  el poder puede ser detestable y estomagante, el liderazgo no; el poder no necesita que quien lo ejerce posea carisma pero, sin embargo, para el liderazgo es la seña de identidad. 

          Winston Churchill dijo que todo líder sabe ganarse la confianza y el aprecio de los ciudadanos. Sabe ponerse al frente en los momentos más difíciles y asume, el primero y sin titubeos, la responsabilidad ante la situación. Lo que los españoles solíamos decir aquello de «sacar pecho» ante la adversidad, la amenaza o los peligros. Un ejemplo de liderazgo cinematográfico nos lo brindó William Wallace en la conocida película Braveheart (1995) protagonizada por un enorme Mell Gibson. En un memorable discurso donde el protagonista puso de manifiesto los valores del liderazgo: coraje, valentía, ejemplo y determinación.

          Hace unos días, durante una grave crisis, me dio por encender la caja tonta y pude ver las dos caras de la moneda. El liderazgo ante la catástrofe, dando la cara y recibiendo la indignación lógica del pueblo caído en la tragedia. Un liderazgo sin poder para tomar decisiones. Y todos pudimos ver también el poder sin liderazgo, el opuesto a Braveheart. El fantoche con poder comprado detestado e insultado por el pueblo, dando cualquier cosa por salir corriendo y huir del peligro, pidiendo siquiera un caballito de cartón al que poder subirse para salir al galope. Un nadie de la gran Historia de España. Aquí os dejo lo contrario de lo que solemos ver…

https://www.youtube.com/watch?v=3_224m1yRB4

El inseguro

          El inseguro es ese documento que, en ocasiones obligados por la ley o los bancos, usted firma y contrata con una compañía de «seguros». Le parecerá un oxímoron, pero créame que nada hay más inseguro que una póliza de seguros. Esas 50 páginas en las que le prometen la salvación en caso de accidente o desgracia en los primeros párrafos, y las miles de razones por las que no lo harán en las siguientes 49 hojas. Uno de esos contratos que se denominan de adhesión en los que el cliente, como parte contratante, no tiene nada que negociar ni que decir. Lo tomas o lo dejas: punto. 

          Pensaba esto porque cada vez que ocurre una tragedia como la de esta semana, o el reciente incendio del edificio que ardió como una tea, no puedo evitar una sensación de desasosiego cuando pienso en los afectados, y en cuando intenten cobrar la indemnización que les haga sacar el cuello de la ruina y rehacer sus vidas. Ya se lo pueden tomar con una gigantesca dosis de paciencia para no provocarse una úlcera o una patología cardíaca. Una cosa debe tener en cuenta cada afectado: el seguro hará todo lo humanamente posible por no pagar ni un euro.

          Pronto descubrirán lo fácil que es perder la calma, apenas marquen el teléfono de la compañía y descubran que allí no suele haber nadie que responda. Lo más habitual es que le atienda una maquinita que lo mareará con una locución de media hora en dos idiomas informándole de sus derechos sobre protección de datos. Si tiene suerte y luego de comerse la chapa no se corta la llamada, que se prepare para el mareo de preguntas y que si marque tal o marque cual. Tras lo cual le pondrán una musiquita de la usada como tortura en los campos de concentración. Todo por ver si se aburre el cliente y cuelga o estrella el teléfono contra la pared.

          Si tras algunas mañanas dedicado en exclusiva a tratar de contactar lo consigue le darán una primera respuesta: su póliza no cubre lo que ha pasado. Es una respuesta estándar. Y quizá el desdichado, si le quedan ganas buscará un abogado para que le represente y al que le dirán lo mismo. Si aún así decide pleitear, y soltar dinero en vez de recibirlo, lo mas probable es que vea como se acorta su esperanza de vida sin que pase nada: sus hijos se hacen mayores y se casan; nacen nietos y se celebran muchas Navidades, pero todo ello sin saber nada del juzgado. Cosa que los del seguro saben más que de sobra que es así como funcionan las cosas en este país. Y aunque un día soleado gane el pleito, mejor que no lo dé por cobrado. Esa es otra pelea de recursos, apelaciones, más recursos, más nietos…

         Le puedo parecer exagerado, pero créame que lo sé por experiencia en propia carne. En 2020 tuve un siniestro cubierto por un seguro. Han pasado 4 años, tengo sentencia a mi favor y adivinen que: a fecha de hoy no he cobrado ni un euro. Solo deseo que esta vez haya con la tragedia de Valencia, al menos, un poco de tres ingredientes fundamentales: compasión, empatía y humanidad con tantos miles de familias afectadas que lo han perdido todo.     

 

Malotes sin disfraz

          Muchos de los personajes de mis novelas son malotes sin disfraz. Lo son de una manera visible. Son individuos de escasa moral, interesados en el dinero y el sexo, o sin escrúpulos para cometer actos delictivos con el fin de conseguir un beneficio personal. Y conviven con otros personajes mejor adaptados a la vida en sociedad. En definitiva, trato de que los habitantes de mis páginas sean, en la medida de lo posible, un reflejo de lo que vemos por la calle cada día.

          Pensaba esto, precisamente, porque la realidad suele tener esa manía incómoda de superar a la ficción. Estos días, en un alarde más de imaginación, nos ha presentado al malote disfrazado de superioridad moral. Una clase de individuo que bajo el disfraz de cordero y el discurso hueco y falsario esconde una personalidad abyecta hasta lo patológico. Una habilidad que le permite surfear entre bambalinas, rozando culos al descuido, acosando con frases a medio terminar, o pasando directamente a la violencia envuelta en el miedo de la víctima a las represalias.

          En la literatura estas escenas tampoco son nuevas, incluso yo describo algunas parecidas en mis novelas. Pero ninguno de mis personajes va de vendedor de biblias, ni de adalid de la superioridad moral que se enfrenta a los malos de siempre. Unos supuestos malos que, además de escuchar sin reaccionar, no se atreven a descabalgar de la burra a los pregoneros con carita de buenos. Mis personajes malotes se ven venir a lo lejos, presumen de serlo, actúan en consecuencia y, cuando los pillan, pagan las consecuencias.

          Vivimos en tiempos de cuentos y timadores, días de regeneradores que bien podrían refundar el cártel de Medellín con el dinero de los impuestos que nos sacan hasta la asfixia. De defensores de la igualdad y los derechos de la clase obrera y trabajadora que se hacen ricos en un par de años, y que pasan del pisito modesto a la mansión, del barrio obrero a las zonas más caras y exclusivas de Bruselas o París. Y todo ello, desde la superioridad moral.

          Sin embargo, pocas cosas hay más detestables en estos propietarios de la superioridad moral que escuchar su defensa del feminismo, su esfuerzo por la igualdad, sus caritas de monjes acartonados, su aliento podrido. Y ahora tener que imaginarlos tras la puerta de un baño, o en un dormitorio improvisado: golpeando en vez de amando, y humillando a una mujer. Maltratando en vez de acariciando, usándola como objeto, y no respetando el cuerpo ajeno. Es bueno tomar ejemplos de la realidad, no para escribir historias, sino para recordar que según detrás de qué superioridad moral suele habitar una gran montaña de basura.   

El picoteo adelgaza

          El picoteo adelgaza, aunque usted pensará con razón que me he vuelto turulato o que, simplemente, como vicioso del tapeo que soy intento justificarme y de paso contarle una milonga. Pero no, nada de eso, me refiero a que el picoteo adelgaza, pero no la grasa corporal sino la cuenta corriente, y sin necesidad de ingerir esa tapa de calamares con su caña fresquita de acompañamiento, o ese poquito de jamón o queso con su vinito Manzanilla.

          El picoteo al que me refiero es el de esos gastos menudos y casi invisibles que se le han ido colando en la economía, casi siempre con su consentimiento, por supuesto. Minucias según su criterio cuando picó o no leyó la letra pequeña, pero que acumuladas le acaban haciendo una persona más flaca en términos económicos. Hoy seguir esta dieta de adelgazamiento financiero es mucho más fácil que hace unos años, porque se hace a leves golpecitos de clic en momentos tontunos que todos tenemos.

          Pensaba esto porque tengo una pareja de amigos que, recientemente, se dieron cuenta de que pagaban Netflix para 12 personas: tenían una suscripción para 4 perfiles cada uno, más una agregada en Movistar para otros 4. Otras 12 de Amazon Prime por parecidas coincidencias y rebotes, y múltiples cargos recurrentes de entre 10 y 12 euros al mes de aplicaciones chorras que nunca usaban y ni siquiera recordaban haber contratado.

          Visto el desmadre hicieron un poco de investigación de sus finanzas, vamos lo que viene siendo revisar la cuenta corriente y tarjetas en plan histórico de un año. Y volvieron a saltar todas las luces rojas de las alarmas: comisiones de mantenimiento de cuentas y tarjetas que prometieron no cobrarles, seguros metidos de matute por el banco a razón de 7-8 euritos cada uno para que no se note, suscripciones a revistas que habían dejado de recibir en la última mudanza unos cuantos años atrás… Y un suma y sigue…

          Según mis colegas, en un año podían tener fácilmente una grieta con un desagüe de unos cuantos miles de euros en picoteo chungo. Obviamente, reconocen que la responsabilidad del adelgazamiento es de ellos, cosa que no les negué por razones obvias. Sin embargo, tengo la sensación de que es algo más común de lo que parece. Por ese motivo, lo primero que hice fue mirarme el ombligo para descubrir que, después de todo, creo que cada vez me veo más delgado sin estar a dieta.

         

Pido pendón

          Las personas suelen pedir perdón de forma individualizada cuando, después de haber cometido una ofensa consciente o inconscientemente, deciden reparar el daño al ofendido. Sin embargo, una petición colectiva de perdón me parece un sinsentido, una manipulación del noble esfuerzo personal que conlleva el reconocimiento de haber causado algún daño u ofensa.

          Pensaba esto porque ahora se ha levantado la recurrente polvareda mexicana de lo malo que fuimos (ojo al dato), hace 500 años los españoles. Y la necesidad de que yo ahora, o mis representantes institucionales, pidan perdón en mi nombre a los mexicanos de hoy. O sea, que yo, un fulano de Sevilla que vive en Espartinas le pida perdón a un güey que se está tomando una birra en Chihuahua o en Sinaloa con la boca llena de jalapeños.

          Imagino el careto del cabrón si me viera aparecer por su barrio, compungido yo y con cara de pecador y me postrara frente a él como para pedirle matrimonio y le dijera: «Te pido perdón por lo que hizo Hernán Cortés, por haber sacado hace 500 años a tus antepasados un poco caníbales del festival en el que vivían y haberles enseñado el español». Sinceramente, creo que solo podría esperar dos respuestas: que el güey me invitara a una raya y un tequila, o que me pegara dos tiros por majara. No pienso tentar a la suerte. 

          Yo no necesito que venga ningún italiano a pedirme perdón por la dominación del Imperio Romano sobre mi país, después de todo, aquí nacieron dos de los más grandes emperadores romanos, a poco menos de diez minutos de mi casa. Tampoco necesito que vengan más árabes, y mucho menos a pedirme perdón por los 700 años de dominación sobre mi tierra. Ni que vengan los tartessos, ni que vengan los fenicios, sobre todo, si lo que vienen es a pedirme el perdón de sus abuelos de hace mil años. 

          Yo quien sí creo que debe pedir perdón son los gilipollas, que por esas cosas del destino llegan a tener una cierta cuota de poder público. Tontolabas que no han leído en su puta vida un libro de Historia, que viven como grandes sabios y gastan como grandes productores de riqueza y que, en el colmo de la poca vergüenza, piden perdón en mi nombre como venderían a mi madre si estuviera viva, y se quedan tan anchos. A esos, si hay a quien tengo que pedir perdón, los tengo borrados de la lista por pendones. 

Perro

         Yo he tenido varios perros en mi vida. Al primero lo llamé Goso (pastor alemán), en un guiño lingüístico valenciano, y tuvo una pequeña hermana que se llamó Lasky (chuchita gamberra). Luego tuve otra perra a la que llamamos Amita, no me pregunten por qué, y que la tuvimos que sacrificar con 16 años por cuestiones de salud no remediables.

          Y ahora tengo un perro que se llama Warren, pero que todavía no ha nacido. Warren es un nombre en homenaje a Warren Sánchez del inigualable grupo Le Luthiers. Warren es un labrador retriever de color chocolate y ojos azules. Todavía no nos hemos conocido y ya nos queremos, no conozco a una raza tan noble y tan estrecha en su relación con el ser humano.

          Pensaba esto acordándome de una tarde en la estación de Atocha hace unos meses. Una labradora retriever, quizá la mamá o la abuela de Warren, atosigaba a un niño de unos 10 años. No le daba descanso, pero el chaval no dejaba de jugar con ella. Era una cosa muy especial. El crío estaba con su madre y su padre, esperando como yo, a poder embarcar en el AVE. 

          No pude evitar, metiche como soy, en acercarme y preguntar por el perro (enseguida me dijeron que era chica y tenía 10 meses). Y enseguida me di cuenta de que el niño tenía una discapacidad cognitiva. Era un matrimonio italiano, de paso por Madrid. La mamá del chico chapurreaba el españolo como dicen ellos, y me explicó la relación entre su hijo y la perra.

        Supe que el niño había superado enormes barreras de socialización desde que la perra llegó a su vida, y el animal lo adoraba como si fueran hermanos. Enseguida se sentó mirándome, pero protegiendo al chaval, situándose entre los dos. Mirándome con inteligencia canina: noble y de una entereza que ya quisiera yo ver en la mayoría de mis congéneres. Allí deseé que una perra así sea la que un día me dé a Warren.

         Soy un amante de los perros, me gustan mucho. Y no entiendo como tantas personas no los tratan como lo que son: auténticos amigos, con una enorme capacidad de amar y de protegernos, pero sí, necesitan ser cuidados y amados en consecuencia. 

La agenda de Noel

          A papá Noel la agenda se le está complicando tela marinera. Me refiero a una moda que viene de lejos y que, sobre todo, hemos inventado en nuestra querida España. ¿Qué moda? Pues la de cambiarle la agenda con el trabajo que tiene preparar los renos. Pero sí, a veces los cambios vienen, como en Bérchules (Granada), provocados por la anécdota de un apagón en 1994. Desde entonces, estas tradicionales fiestas que incluyen el movilizar a gente como Noel, se celebran en agosto en esa localidad.

          Otras veces, sin embargo, la cosa no va de recoger la anécdota para convertirla en algo digno de admiración y mención, sino en una astracanada fruto de vaya usted a saber qué, pero todo apunta a aquello de Panem et circenses. En Venezuela, donde recientemente y a pesar del mudo verificador internacional español, el dictador Maduro les ha robado las elecciones a los venezolanos, ahora dice que adelanta la Navidad a primeros de octubre. Anuncio que un público seleccionado aplaudía en televisión con sincronización coreana.

          No aclara el dictador si este adelanto es para siempre desde este año, o solo por una vez para entretener el hambre, la miseria y la represión política violenta. La UE no reconoce la legitimidad democrática en el país, ni los Estados Unidos tampoco, pero mientras tanto el dictador amenaza con asaltar la embajada de Argentina donde se refugian los vencedores de las elecciones. Por desgracia, los venezolanos tienen pocas esperanzas de que la comunidad internacional intervenga por la fuerza como se hizo con Noriega en Panamá.

          Noel no les traerá la libertad a los venezolanos por mucho que se dé prisa en llegar con sus sacas de regalos. El mundo se está partiendo en dos bloques, y las socialdemocracias de las que tanta prosperidad hemos conseguido en Occidente se agotan. Tiranías como las de Maduro cuentan con la protección de países no democráticos como Rusia, China o Irán. Es esa parte del mundo donde los derechos humanos no importan y la libertad se le arrebata por la fuerza a los ciudadanos.

          Pensaba esto, más que nada, por las próximas generaciones. Europa no está libre de culpa ni del riesgo de partirse en dos, y no en buenos y malos como nos quieren hacer tragar. No así, sino en dos mitades fallidas que es una solución mucho peor, porque ninguna de las dos propuestas a las que tienden los países, incluido el nuestro, tendrá diferencias con la dictadura de Maduro, por mucho que adelantemos la Navidad, si es que la Navidad no es derogada antes por decreto Ley y Noel se queda con contrato fijo discontinuo.