Soñar despacio

          Cumplir con los deseos, a veces, requiere tener paciencia y soñar despacio. El corto plazo como criterio suele traer días con altos contenidos de decepción y dudas al no ver cumplidas las expectativas, en muchas ocasiones, no por desajustes con lo posible sino con los tiempos necesarios para darles cumplimiento. 

          Esta idea me pasaba por la cabeza durante los días de la feria del libro de Sevilla, en los que he tenido la suerte de volver a mi tierra y, además, hacerlo para conocer a otros escritores y lectores durante una sesión de firmas de mi primera novela. Ha sido una experiencia de esas con las que uno sueña cuando inicia un proyecto y que, como es lógico, no sabe si algún día se hará realidad.

          Recuerdo el mes de julio de 2020, fecha en la que salió al mercado La novia del papa se desnuda, como un tiempo muy complicado para todo el mundo. Días tristes que cuesta recordar sin sentir aquel vacío en el estómago; aquella incertidumbre acerca de si volveríamos a la normalidad o, en todo caso, qué aspecto tendría lo que empezó a llamarse «la nueva normalidad». La novela salió a la luz de forma modesta, sin promoción ni publicidad salvo la que yo mismo realizaba en redes sociales. No había presentaciones en librerías para nadie, como era lógico, ni tampoco se celebraron ferias del libro. Esto, unido a la dificultad de hacerse un hueco en las estanterías, me desanimó. 

         No podía imaginar que dos años más tarde, en junio de 2022 firmaría en la feria del libro de Madrid y en octubre en la de Sevilla. Si me hubieran enseñado las fotografías, los videos o la entrevista del Chester rojo de Publisher Weekly no lo habría creído. Habría pensado que eran mis sueños convertidos en un pasatiempo para hacerme sufrir.

          La determinación de no tirar nunca la toalla y aprender a soñar despacio me ha ayudado mucho a lo largo de mi vida. Que yo recuerde, no he abandonado nunca un proyecto que haya decidido poner en marcha. Algunos me han traído más sombras que luces, y otros al contrario, pero los he sostenido con mano firme. Pienso en todo lo que se pierde cuando uno abandona algo que le gustaría ver hecho realidad, ya sea porque deja de creer en ello o porque elige un camino diferente. Prefiero que mis sueños me acompañen aunque, con el tiempo, tanto ellos como yo caminemos a solas siguiendo un rumbo incierto. 

          

Olivia y Sandy

          

          Esta semana nos han dejado dos seres inolvidables: Olivia y Sandy. Cada una con sus características y su historia de vida y, sin embargo, dos bellezas idénticas como mujeres. Una nos sirvió como ejemplo profesional y la otra nos enseñó cómo vivir con ilusión. La vida de la primera ha sido una batalla contra la adversidad librada con valentía durante treinta años, con sentido de la responsabilidad e incluso con una rara dosis de entusiasmo. La vida de la segunda ya está en el Olimpo de las creaciones cinematográficas.

          Olivia nació en Inglaterra en 1948 y Sandy en USA en 1978, y estaban predestinadas la una a la otra como dos gotas de agua en un mismo vaso.  La primera nació para ser una gran artista, y gozó de un amplio abanico de reconocimientos musicales y personales tanto en el Reino Unido como en Australia: sus dos nacionalidades. Sin embargo, como si el destino tendiera al equilibrio entre lo bueno y lo malo, se vio obligada desde muy joven a luchar contra la enfermedad. Treinta años de batalla para caer con honor.

          Sandy nació para enamorar y enamorarse y, sobre todo, para hacer creer en el amor. Olivia, una mujer de hierro con un corazón de líder, le prestó lo mejor de ella. La ayudó a navegar por las inevitables inquinas, envidias y desvíos de la edad adolescente en una historia que muchos de mi generación recordamos con una enorme nostalgia. Esa que nace de reconocer cada momento de la historia en su contexto, y que no mira con ojos de cancelación lo que, en muchos casos, ni siquiera se vivió de primera mano.

         Olivia se ha ido esta semana, más o menos del mismo modo que nos iremos todos. Como dice uno de mi pueblo: aquí no va a quedar ni el tato. Y tiene razón, lo importante no es permanecer tal como somos, porque además es imposible dada nuestra esencia biológica. Tenemos un tiempo prestado para conquistar territorios perdurables, espacios de la memoria colectiva hasta que el olvido nos  haga prescindibles.

          Olivia puede ir tranquila. Sandy se queda con nosotros para siempre porque como el amor, ella tampoco es mortal, y porque ya pertenece al tejido de las emociones colectivas en millones de corazones. Millones que, como Olivia, no vemos otra cosa en Sandy que una mujer joven, enamorada y que lo explica de modo que bien hubiera merecido el Oscar por lo universal de su mensaje: siempre en el recuerdo… Hopelessly devoted to you.  

 

 

El profesional

          La película «El profesional» de 1981 es conocida, fundamentalmente, por dos cosas: por su protagonista Jean Paul Belmondo y por la banda sonora del gran Ennio Morricone. A veces, la versión cine de una novela alcanza unas cotas de popularidad que no se obtuvieron en el papel unos años antes. Es el caso de «Death of a Thin Skinned Animal» de Patrick Alexander, publicada en 1976 y en la que se basa la conocida cinta cinematográfica.

          La historia cuenta, más allá del relato particular, hasta dónde puede llegar una persona convencida de hacer el trabajo de forma profesional. La necesidad de sentir que ha cumplido con el propósito superando, incluso, el nivel de lo razonable o sensato. Belmondo hace uno de esos papeles estelares que están al alcance de muy pocos profesionales, si se me permite este uso intencionado del término que no pretende ser un descuido redundante, sino un recurso cómplice. 

          Decía en una entrevista el gran Mario Vargas Llosa algo así como que él siempre lo tuvo claro desde el principio: todo al mismo propósito. De ninguna manera se resignaba a conformarse con ser un diletante de la literatura; a hacer las cosas a medias o a dejar en el lector ese regusto a refrito mal guisado. Al contrario, ser profesional es una consagración personal al oficio; un voto de lealtad inquebrantable al ejercicio de aquello a lo que uno dedica la vida porque es su vocación.

         Yo decidí ser escritor muy joven, más o menos a los 20 años. Escribí una novela que permanece inédita y no escribí nada más durante los siguientes 35 años. Nunca más he tomado una decisión como esa, una de la que tuviera que arrepentirme el resto de mi vida. Y eso, que me he equivocado como la mayoría de las personas, miles de veces. Sin embargo, y aún así, me resisto a no ser un profesional. El tiempo es importante, pero no puede serlo más que la intención o la determinación. Por eso, si no llego a ser el profesional que pude ser, al menos, tampoco quiero ser el aficionado que, como Mario decía, no valía la pena ser.

          La gloria quizá tenga que esperar, pero que espere ella. O quizá no llegue nunca, o quizá llegue cuando yo no pueda verla ni sentirla y, lo cierto, es que me importa poco. Prefiero que alguien me recuerde con una bonita banda sonora como a Jean Paul Belmondo el día que, como a todos, me toque olvidar los anhelos y deseos incumplidos o satisfechos. Queridos lectores, para todos vosotros: Chi Mai de Ennio Morricone, en una despedida inolvidable de ese sí: el profesional.  

Gente luminosa

          Me gusta El Arrebato, no el mío, sino el de la gente luminosa. Se llama Francisco Javier Labandón Pérez y es un músico como la copa de un pino y, además, sevillista. Es un tipo gracioso, fácil de trato, simpático y en las entrevistas brilla con luz propia. Uno de sus últimos éxitos es un tema titulado «Gente luminosa».

           Yo creo, personalmente, que para escribir y componer una canción tan llena de energía positiva hay que ser diferente. «Me quedo con quien me cuida, me quedo con quien se queda, a pesar de todo». Desde el principio, el tema va de mensajes cargados de agradecimientos a esa gente buena con la que uno tropieza en la vida.

          Esta será la semana grande de la gente buena en la Feria del Libro de Madrid. Por allí pasarán cantidad de autores, con sus ilusiones y sus libros bajo el brazo camino de alguna caseta con la esperanza de conocer algún lector. Un amigo mío me dijo hace un par de días cuando le anuncié que firmaría el próximo viernes día 3 de junio: «mucha mierda». Se lo agradecí, pero confieso que no es una frase que me agrade. La había oído antes entre la gente del cine y del teatro, pero no tanto en el mundo de las letras. A pesar de que en este negocio, como en cualquier otro, no hay manera de evitar pisar alguna mierda donde menos te la esperas. 

          «Me quedo con quien se alegra más que yo si tuve un golpe de suerte» dice el interprete en su letra, y eso sí que es complicado de encontrar. Los dos años y pico de pandemia han hecho estragos en muchas familias, negocios, proyectos y, por encima de todo, en muchas cabezas. En algunas para iluminarlas con nuevos caminos. Decía un colega mío que la pandemia ha sido un gran director de innovación que nos ha obligado a reinventarnos. Desgraciadamente, a otras cabezas las ha dejado con las neuronas colgando. 

         «Pero que guapa es la gente luminosa. Me quedo con quien enciende bombillas en mi camino». Ese es el espíritu positivo que deseo encuentren todos los colegas que vayan al maravilloso parque de El Retiro, con sus ilusiones y el fruto de mucho trabajo y esfuerzo, de interminables horas de elaboración artesana en soledad y silencio. Ahora tocan las luces amigos míos, y os deseo como suele decirse: Mucha suerte.  

Caza de brujas

          A principios de la Edad Moderna, allá por el siglo XV, nació en Europa un fenómeno conocido como «Caza de Brujas». Un despropósito colectivo consistente en la persecución de, sobre todo mujeres, acusadas de practicar y alentar un nutrido catálogo de acciones contrarias a la Iglesia o a las normas de convivencia. Un puritanismo fariseo que, cinco siglos después, en España mantiene una vigencia y fortaleza de primer orden.

          Si eras víctima de la cacería, lo más probable es que ardieras entre teas impregnadas de miedos, recelos, odios y fantasmas que era necesario conjurar mediante las llamas de una buena pira en plaza pública. Un espectáculo jaleado por una muchedumbre gritona y sedienta de sangre ajena, una masa cuyo apetito de carnaza nunca llegaba a verse del todo saciado. Un esperpento impulsado por unos poderes que necesitaban alimentar, de vez en cuando, el resentido lado oscuro de la gente.

          Recordaba este antiguo fenómeno social viendo en Netflix un brillante y recomendable documental sobre el caso Wanninkhof – Carabantes, los apellidos de dos chavalas asesinadas hace ahora veinte años (entre 1999 y 2003): Rocío y Sonia. Fue de tal calado el impacto social de la primera muerte, la de Rocío Wanninkhof, que la premura por hacer justicia llevó a una inocente, Dolores Vázquez, a pagar una infamante injusticia. Una amiga de la madre de la víctima convertida en bruja por los medios de comunicación, los gurús de las tertulias, los carroñeros y, sobre todo, por el pueblo ciego, desquiciado y sediento de carnaza.

          Es desgarrador imaginar lo que aquella inocente debió sentir al ser abucheada mientras era conducida por la policía o los guardias civiles. Esposada y tapada la cabeza, insultada y ultrajada sin piedad al grito de asesina por sus propios vecinos, vilipendiada en noticiarios, tertulias de majaderos en la tele y posteriormente condenada y encarcelada por unos jueces condicionados hasta la ceguera por semejante cacería de brujas.

          Sin embargo, el precio mayor lo pagó tres años después, otra niña con apenas 19 años.: Sonia Carabantes. Brutalmente violada y asesinada por la misma mano criminal que había acabado con la vida de Rocío Wanninkhof. Basta con oír el testimonio de su madre, para comprender la responsabilidad que todos tenemos cuando nos comportamos como inquisidores amparados en la masa: «Sonia no habría muerto si no se hubiera condenado a una inocente, y se hubiera seguido con la investigación hasta encontrar al culpable».

          Nadie ha pedido perdón a Dolores Vázquez. Ni a ninguna de aquellas brujas que ardieron en la noche de los tiempos. 

                        

Un día con Mayúsculas

          Las tradiciones son parte de nuestra identidad individual y colectiva. Actúan como mecanismo transmisor de eso que llamamos cultura y que, dicho sea de paso, no es solo saber leer y escribir o conocer por dónde pasa el río Pisuerga. En tiempos de contracultura, aprovechando el cauce de las aguas que riegan Valladolid, hay quien pretende levantar un edificio carente de cimientos. Una torre hecha a base de escombros y recortes de viejas ideologías que sirva de atalaya desde la que observar el derribo de una sociedad naif.

          Hoy, Domingo de Ramos, es un día grande y con mayúsculas que diferentes gobiernos y contracorrientes intentan mermar cada año con ataques y derrotes sin ton ni son. No importa que ni siquiera conozcan el significado de la palabra imaginería; pedirles conocimientos de historia del arte sería punto más que conseguir peras de un olmo. Y mejor así, ya que al menos evitamos que Juan de Mesa o Juan Martínez Montañés corran la suerte del almirante Cosme Damián Churruca, y acaben por ser encasillados como escultores franquistas al margen del siglo en el que vivieron.

          Este será, por segundo año consecutivo, un día condicionado por las circunstancias y distinto al que muchos mantenemos en nuestra memoria en ciudades como: Sevilla, Málaga o Valladolid entre una larga lista de lugares de nuestra geografía. Mis recuerdos son de mañanas soleadas, de olor a naranjos y azahar, de luz desparramada sobre una Giralda esbelta y orgullosa. De mantillas, de chaquetas cruzadas con botonadura dorada, y de una brisa de incienso dando un aire de misterio a unas figuras presurosas que, envueltas en capas y capirotes, se dirigen a sus parroquias. 

          Eran días en los que cada cual vivía la experiencia a su manera: algunos participando activamente en las cofradías, otros como meros espectadores de las maravillas artísticas y, por qué no decirlo, algunos como un simple anticipo de las ferias y jaranas de primavera. Sin embargo, la reverencia no era sustituida necesariamente por la gilipollez de los argumentos de aquellos que preferían otro tipo de espectáculo, sino más bien, por un calculado y acertado silencio.

          Mucho me temo, que esta Semana Santa, y dados los tiempos que corren, oiremos de nuevo las mismas diatribas cansinas, torpes y huérfanas de sentido. Y de nuevo cosecharán el mismo resultado: ninguno.

          El Domingo de Ramos seguirá escribiéndose con mayúsculas.     

                 

                

El rey allegado

          Quienes ya pintan canas o se les ha caído el pelo recordarán aquel anuncio de las muñecas de Famosa en el que, con pasitos robóticos, se dirigían al portal de Belén cada Navidad. No sé si hoy sería un anuncio políticamente correcto, o por el contrario, estaría incidiendo en la perpetuación del estereótipo heteropatriarcal de dominación de género, trufado además, de una pátina inconcebible de religiosidad malsana en un Estado aconfesional. O cualquier otra chorrada rimbombante por el estilo, de las que hoy nos cuestan el dinero de los impuestos cada vez más confiscatorios. 

          Ignoro si esta Navidad la conocida marca de juguetes repetirá el anuncio, o lo estará rediseñando al estilo United Colors of Benetton, con muñecas transgénero, muñecos de diferentes razas y colores y un arco iris gigante. Todos en fila dispuestos a fumarse un peta en el portal con una desconocida Jesusita con un lazo morado en el pelo, mientras unos animalistas protestan por la presencia de la mula y la vaca. Lo que sí sabemos, es que el rey emérito quiere volver a España para ver a sus allegados.

          Es un mal momento el que atraviesa Juan Carlos I. No la monarquía, como muchos quisieran; del mismo modo que no se cuestiona la Generalitat catalana por el hecho de que haya estado dirigida por una familia de la mafia durante décadas. Ni se cuestiona la Junta de Andalucía, por mucho que una banda de bucaneros se gastaran el dinero destinado a fomentar el empleo en polvitos mágicos para la nariz y bares con lucecitas de colores. El rey emérito también vendrá dando pasitos robóticos debido a su avanzada edad, y tendrá que poner la jeta para que se la sigan poniendo colorada. 

          Tendrá que venir porque es su país, y porque los españoles merecemos que dé la cara, reconozca los errores cometidos –también tuvo muchos aciertos–, repare el daño causado y, si la justicia así lo dice, pues que cumpla lo que le impongan. Ese sería un legado de gallardía que situaría al personaje en un lugar merecido para él en la Historia. 

          Merecemos ese acto de valentía, además, por comparación con lo que hoy tenemos en las instituciones: gente sin dignidad ni vergüenza, matones de tasca barata, chulos de telediario, exterroristas, condenados por estafar a la seguridad social, pederastas e incluso atracadores de bancos. También ignoro, como tantas otras cosas, el proceso sociológico por el que decidimos agrupar toda esa basura y meterla en el Parlamento pero… Es lo que hay, con estos polvos nadaremos en el lodo de las taifas y satrapías en las que pretenden convertir lo que queda de España esa horda que dirige el país.         

           Por eso el rey es un allegado para muchos que como yo, desaprobando un buen puñado de sus conductas, e incluso respetando la presunción de inocencia, entendemos que no ha sido ejemplar. Pero sabemos, que vivimos bajo las directrices de una tropa mucho más mezquina y peligrosa.  

Las miradas

Reconozco que he puesto el título con intención de reclamo, aunque lo mismo actúa en sentido contrario y echa para atrás a posibles lectores, hartos de que les tomen el pelo desde unas instituciones con funciones inanes y sin el menor sentido del ridículo. Pero no, no va este artículo de esas miradas que podrían a usted (si es hombre), llevarle ante un juez por lascivo, acosador y delincuente por apreciar las curvas de una mujer. 

Las miradas que me han interesado esta semana, en un viaje relámpago a mi tierra de nacimiento, son las que mis paisanos me han proyectado a través de la actitud frente a la crisis sanitaria y económica, la incertidumbre y la falta de apoyos que no sean los de familiares y amigos. 

El gremio del taxi por ejemplo, del que me he servido en mis desplazamientos, ha sido devastado. Un año sin Feria de abril ni Semana Santa, sin turistas internacionales y con escaso movimiento entre comunidades autónomas, ha obligado a estos pequeños empresarios a trabajar tan solo dos días a la semana. A consumir los recursos –por lo general escasos– que cada cual tuviera como reserva, o a tirar de los créditos de las tarjetas o de pequeños apaños. Una mirada con más desaliento y resignación ante la fatalidad, que esperanza en el futuro. 

Sin embargo, y como suele ocurrir, también hay quien no pierde la actitud positiva así caiga el meteorito. Y he sido atendido con profesionalidad, simpatía y excelentes productos en el sector de la hostelería. Un gremio este, que en Sevilla tiene una maestría ganada a pulso durante décadas. No negaré que la alegría que en septiembre suele haber en la ciudad ha desaparecido casi por completo, y que algunas obras en el centro son, además, una invitación a salir corriendo. Pero me quedo con el sabor de boca y la certeza de que, más pronto que tarde, la fuerza de los que resisten hará de nuevo el milagro de devolver el pulso a la ciudad. 

La capital andaluza se distingue por muchas cosas bonitas, entre ellas, indudablemente por la belleza de sus mujeres –lugareñas y visitantes– que tanto en primavera como en otoño lucen palmito por sus calles atemperadas por los naranjos, o por el diseño sinuoso y estrecho de los rincones del barrio de Santa Cruz.

Algunas cosas sí tengo claras en la vida: una de ellas es que mientras respire usaré mis miradas para rendir tributo a la belleza en todas sus formas de expresión. Y por supuesto, para admirar la que le regala al mundo el encanto de una mujer.