La intolerancia del tolerante

         Pocas personas he conocido en mi vida más radicales e intolerantes que algunos defensores de la tolerancia. Me ocurre algo parecido con muchos defensores de la libertad de expresión, el buen rollito, los «toremundoegueno» y especies asimiladas. Decía Fidel Castro que quería tanto a los cubanos que por ese motivo no los dejaba abandonar el paraíso del que disfrutaban. Cosa perecida viene ocurriendo en lugares donde la población es tan amada por sus dirigentes que no pueden dar un paso sin permiso.

          La intolerancia del tolerante suele estar oculta bajo un manto de sonrisas y buen rollito. Opera de forma sibilina, mientras mapea mentalmente y cataloga a quienes intuye que no son muy de rebaño. Entonces, el tolerante siente la incómoda sensación de que su protagonismo bien pensante podría hacer aguas por alguna de las muchas fisuras habituales. Porque la intolerancia del tolerante es como unos de esos perritos chihuahuas que algunas señoras llevan en el bolso, dispuestos a asomar la cabeza a la primera de cambio y emitir un par de ladridos estridentes y extemporáneos.

          Son fáciles de distinguir en cualquier ambiente. Siempre tienen algo que decir sobre cualquier tema y, sobre todo, disponen a mano de una recopilación de mensajes de autoayuda de contraportadas de libro de algún hindú sabelotodo. Son esas frases que sueltan como una sentencia incontestable, un dogma que solo los no iniciados ignoramos, y por eso necesitamos ser alumbrados.

          Usted, estimado lector, quizá haya coincidido, o incluso padecido, a algunos de estos adalides de lo correcto. Poseedores del catálogo de valores y principios que toda sociedad que se precie debe asumir como propios. Es gente poco dada a la controversia: por ejemplo, si lo que toca es asumir que la luna es cuadrada y color verde oliva, mal recibida será su opinión si lo que pretende decir es que suele ser blanca y redonda.

          La intolerancia del tolerante no concibe que nadie baraje las cartas, reparta juego, coja el micrófono y diga algo, asome las orejas, enseñe la patita, salude al respetable, sonría a la chica guapa, cuente un chiste o, no digamos ya, reste un atisbo de brillo a su enfermiza necesidad de protagonismo. En esos casos, es cuando más fácil resulta comprobar la impostura de una tolerancia de pose que es la más habitual en nuestros días.       

Dolorosa certeza

          Olvidamos con frecuencia la dolorosa certeza de que somos seres humanos. Acostumbrados como estamos a escuchar desde que nacemos, y creer de mayores, que esa casualidad es una maravilla incontestable. No cabe duda de que, al menos a priori, es mejor pertenecer a la especie humana que ser un roedor o un reptil. Lo que no es óbice para que haya humanos que se comporten como ratas o se arrastren como serpientes. Paradójico resulta que ninguna de esas criaturas se comporte jamás como una persona, por algo será.

          La evolución de nuestro cerebro nos faculta de habilidades para prevalecer como especie dominante, al menos de momento, al precio nada barato de exterminarnos de forma constante e inmisericorde desde que aparecimos sobre la Tierra, hace unos cien mil años. No solo nos liquidamos a nosotros mismos, sino al resto de la fauna animal y vegetal y, cada vez más, al propio planeta en el que vivimos. Destruimos por encima de nuestras posibilidades, y nos llamamos a nosotros mismos individuos civilizados.

          El humano nada tiene que envidiar al comportamiento de un virus cualquiera, por ejemplo el Corona o similar. No en vano, somos un conglomerado de virus y bacterias envueltos en cuero y dotados de un centro de mando gelatinoso encima de los hombros. Un mando cuyo timón, con frecuencia, lo maneja un mono borracho o una orangutana hasta las trancas de maría. ¿Qué puede salir mal?

          Pensaba esto porque esta semana ha empezado otra guerra en Oriente Medio. Entre esos que tanto proclaman su amor por Dios. Decía Iván Karamazov: «Si Dios no existe, todo está permitido». Dostoyevski intuyó una de nuestras humanas debilidades y la señaló en la genial obra «Los hermanos Karamazov»: hacer lo contrario de lo proclamado. Luchar, matar y morir en nombre de aquello en lo que no creemos. Quizá sea esa  certeza dolorosa la que lleva al humano a comportarse peor que una alimaña contra sus propios congéneres. La desesperación que produce la conciencia del ser.

          Hemos tenido cien milenios para aprender a convivir y acostumbrarnos a nosotros mismos, sin éxito. Es difícil perseverar durante tanto tiempo en el error. Tan difícil, que quizá no sea un error sino la constatación de un hecho que ya resulta irrefutable. Una dolorosa certeza: el ser humano no es lo que los bien pensantes y parlantes nos cuentan, sino lo que nuestros ojos horrorizados ven cada día. Lo que la especie humana se hace así misma y a todo lo que la rodea. Eso es lo que nos describe y nos define.   

En interés propio

          Nada hay más común y lógico que actuar en interés propio. Pero nada hay más perjudicial, peligroso y falsario que priorizarlo cuando se debe defender el interés colectivo. Rara vez el interés propio tiene un encaje perfecto con las necesidades del grupo; de ahí que el ejercicio de la representatividad requiera de unas cualidades humanas muy especificas: grandeza de miras, sinceridad, generosidad, empatía y, sobre todo, ausencia de egoísmo y egocentrismo. Cualidades, todas ellas, ausentes en el perfil personal del sátrapa y de sus beneficiarios.

          Lo que sí resulta factible es la adaptación de todos los atributos personales con tal de conseguir lo que más interesa en cada momento. Por ejemplo: dinero, posición, o statu quo. Esto es propio del comportamiento de las sectas y de la sociopatía. Solo importa el fin, los medios son lo de menos. En esa filosofía hay cuestiones relevantes que carecen de valor: la verdad, la palabra comprometida, la dignidad, el interés del colectivo o la vergüenza torera, que desparecen y se hacen invisibles. En ese estado de cosas es posible decir mirando a la luna: es blanca y redonda, y pasado un rato asegurar que es verde oliva y cuadrada. La realidad es la que el jefe de la banda diga en cada momento en interés propio.

          El ejercicio de mando en un Estado iliberal como forma de gobierno despótica requiere de algún sistema de defensa en el que apoyarse. Hoy, el dictadorzuelo moderno usa los medios de comunicación pagados por el pueblo. El periodismo actual, al menos en España, está tan prostituido que da pena pensar en ellos: vasallos sometidos por hambre a vivir de la falsedad y la ignominia. Gente que debe sentir una profunda tristeza de ánimo al mirarse por las mañanas al espejo. No les envidio. Bastante tienen con defender hoy lo contrario que defendieron ayer, y saber que es distinto de lo que dirán mañana si quieren seguir comiendo caliente. Cuando el amo les ordena: ¡salta!, a ellos solo solo se les permite una respuesta ¿hasta dónde? El dinero público, en esa situación, exige servidumbres vergonzantes para quien tiene vergüenza.

          Nos hemos acostumbrado a la irrealidad como nos acostumbraremos a un gobierno iliberal, traidor y que actúa solo en interés propio. Sin embargo, no debemos perder la memoria. Una sociedad mansa que acepta ese camino es una sociedad a la que se puede esclavizar. No como en la época colonialista, no hacen falta látigos, al menos al principio. No será que no hay ejemplos en Latinoamérica. No será que no vemos el desastre de Argentina, no será que no vemos el hambre en Venezuela, no será que no vemos a sus criminales compinches tomando instituciones y dinero público en España. Al menos, que nadie tenga la tentación de decir aquello de que no podía saberse cuando el desastre sea del todo inevitable.  

 

El último de la cola

          Mi primer recuerdo de las colas como fenómeno de personas en fila y esperando algo es de 1992. Para mí, antes de esa fecha, las únicas formaciones parecidas que había visto o de las que había formado parte fueron en el servicio militar. Una obligación cumpliendo órdenes de unos tipos que mandaban más que otros. Después de eso, como ya digo, no volví a ver el fenómeno hasta la Expo92 de Sevilla. Por aquel entonces, yo vivía en Madrid en la avenida de Burgos, y aluciné al ver por televisión a tanta gente que pasaba horas al sol para entrar en algún pabellón de cualquier país remoto.

          Desde entonces, no he tenido más remedio que comerme muchas esperas. Fenómeno que ha ido creciendo hasta alcanzar los límites del absurdo. He tenido que soportar de todo: el tipo con olor a zorruno delante mía, la halitosis de la señora de atrás soplándome en la nuca, las conversaciones que en nada me interesaban, algún pisotón o codazo e incluso el intento de colarse de los inevitables listillos de turno. Las colas deberían estar prohibidas por denigrantes e impropias de una sociedad moderna. Sin embargo, vamos a peor.

          Hoy esperar no es un imprevisto o una anécdota, sino la norma para todo. Esperamos hasta por teléfono y, además, porque nos lo dice una grabación después de pastorearnos por el teclado marcando con el dedito lo que nos indica. A mí me pasa, cada vez que llamo a cualquier compañía de servicios, que me siento como el sobrero al que los monosabios conducen a golpe de vara hacia los chiqueros. Una suerte de ganado humano cuyo tiempo no es valioso. Al que se le puede incluso cortar la comunicación después de diez minutos de musiquita enlatada, dejándolo con un palmo de narices.

          Pensaba esto porque he oído en alguna parte que para visitar ciertas ciudades, como Venecia, habrá que avisar con semanas o meses de antelación. Se trata de un sistema que consiste en coger cita, como para ir al dentista, y de que la autoridad competente (o no) diga: puede usted venir el jueves a partir de las cuatro de la tarde y largarse por donde ha venido el viernes a mediodía. Me imagino el descojone de las mafias que manejan a esa pobre gente con destino a los países europeos como Italia. No los veo, la verdad, gestionado en modo: para el miércoles no puede embarcar en el cayuco, hay overbooking en Venecia, o no me quedan entradas para esta semana.

          Un par de años después de la Expo del 92, El último de la fila ya se rebelaba contra las colas y nos cantaba: si tengo ganas de bailar para qué voy a esperar… llévame al cine y a comer un arrocito a Castellón». Poco podía imaginar Manolo García, por aquel entonces, que hoy hasta para comprar las palomitas antes de la película y, no digamos ya, para reservar una mesa, habría que hacerle honor al nombre de su grupo musical.   

 

A destajo

En Occidente no somos tan productivos como en Oriente. Allí curran a destajo, en esa tierra lejana que cuando pequeños nos señalaban en el mapa de colores como Sol Naciente. Recuerden ese hospital para mil camas que lograron construir y poner en marcha en diez días en la ciudad de Wuhan en marzo de 2020. Se dijo entonces, que en España habríamos empleado de dos a tres años. Me río yo de los profesionales de los pronósticos patrios.

Aquel domingo 1 de marzo los chinos pusieron la primera piedra para la que se venía encima. Y el miércoles de la semana siguiente allí estaba: magia. La mole con su equipamiento y sus 1400 médicos en orden de batalla. Aquí, mientras tanto, la Yoli y sus alegres comunistas planchaban el fular para la manifa del «hermana yo si te creo», mientras el corona se nos metía en las residencias de ancianos hasta los tuétanos. Sabían lo que iba a ocurrir, pero hicieron oídos sordos, quizá contando con que el macho alfa del gobierno lo solucionaría. Un poco caro, unas 625 vidas por cada hora perdida de esos diez días sin que nadie les haya puesto el lazo al cuello a los responsables. Al contrario.

Pensaba esto no porque a mí me guste el modo productivo de los chinos, que es el de semi esclavitud. Sino por la diferencia entre lo que pueden hacer en caso de necesidad, y nuestra forma de entender la vida. Tiene lógica, estamos en las antípodas, o como decía con acierto Luis Tosar en Los lunes al sol: «las anti-podas, lo contrario. Allí hay curro, aquí no». Aquí el tonto Simón dijo que tendríamos tres o cuatro casos y se nos diezmó la población; allí que tenían el foco de la infección solo palmaron tres o cuatro despistados: anti-podas, lo contrario. 

Entre mi pueblo y el de al lado hay una distancia de alrededor de doscientos metros en linea recta. La buena noticia es que desde la pandemia están construyendo un carril bici. Obviamente, se trata de algo mucho más complejo que un hospital de mil camas, de los que además, nosotros ya tenemos muchos. Cada mañana desde lo de Wuhan, una cuadrilla de unos veinte trabajadores se aplica en remover la arena de un lado para otro —aún no hemos llegado a la fase de alquitranado bermejo—, usando incluso maquinaria pesada, mientras un capataz con un gorro de paja y gafas de sol dirige las maniobras como un director de orquesta. Son, por así decirlo, parte del paisaje. Como esos portales de Belén que se conservan durante todo el año en algunas iglesias, con figuritas que se mueven, y pastorcillos que ordeñan la vaca.

Nuestra forma de entender el trabajo con dinero público es más continua y sosegada, más segura en el tiempo. Si hay que hacer un carril bici se hace bien. Se utilizan los recursos que sean necesarios en hombres (no hay ninguna mujer allí dándole al azadón), y así se crean medio centenar de puestos de trabajo con contrato fijo y, sobre todo, discontinuo. De ese modo baja el paro. Además, se planifica un carrusel de brainstorming en el bar de la esquina para analizar la evolución; un tiempo que redunda en la productividad de las fábricas de cerveza y que favorece el diálogo social con los productores de aceitunas. Nosotros, por suerte, no somos chinos. Lástima que todavía nos quede en común lo peor de su Historia.

El mes de los sustos

          Septiembre es, tradicionalmente, el mes de los sustos. También es el de la famosa cuesta; la Merced y el veranillo de San Miguel. Pero esos detalles vienen en la segunda quincena, conforme la lengua se nos va llenando de tierra de tanto arrastrarla por el suelo para llegar a fin de mes. 

          El primer susto es el más gordo, y suele llegar el día 1 por la mañana en el cuarto de baño. Allí a solas, como Dios le trajo al mundo a cada cual, pero con bastantes más arrobas de peso repartidas por el cuerpo. La primera sensación es de incredulidad, la segunda de consternación y la tercera de vergüenza ajena. ¿Cómo es posible? ¿Por qué es tan injusto? Pero si solo he bebido 50 litros de cerveza. Y no más de otros 30 o 40 de tinto de verano, pero cortitos de tinto. Además, si no he salido más de cuatro veces por semana de copas. ¿Cómo puedo haber engordado cuatro quilos solo por no ir al gimnasio? En realidad, cuatro quilos novecientos gramos. Con lo que he nadado en la playa… 

          Pensaba esto mientras me trabajaba la máquina de los abdominales, que tiene una posición privilegiada para observar al personal en su particular purgatorio: la congoja de uno al comprobar que la camiseta de mayo le deja al descubierto el ombligo, o a la otra en su pelea con la malla fucsia para que no le corte la circulación sanguínea. Se les reconoce fácilmente, llegan cabizbajos y buscan las máquinas más alejadas o arrinconadas, las que no dan a ningún espejo de esos en los que hace meses se hacían selfies para subir a IG con un leve retoque.

          Otro susto, apenas empezar el mes, es cuando llegan en cascada los recibos y cargos de las tarjetas de crédito. Lo hacen en modo Tsunami de Fukushima, arrastrando los palos de las sombrillas llenos de restos de espinas de sardinas y mariscos, de botellas vacías de Beefeater, y de recortes de chuletones sobre los que surfean restos de piña cansada de tanto baile en la coctelera o la cabeza de algún desdichado bogavante. Una corriente imparable que durante los primeros 4 o 5 días de septiembre se retira dejando la cuenta corriente como una escombrera.

          Pero septiembre es también uno de los meses más bonitos del año, quizá junto con abril, para mi gusto personal. Se van los calores africanos y vuelven las colas en las papelerías: los encargos de los libros, encuadernarlos después, los llantos infantiles, las matriculas de las actividades extras, los atascos y, con un poquito de suerte, la cara de «ya era hora» de la jefa en la oficina. A veces pienso, en lo heroico que es cargar con tanto peso después del verano.    

          

DIMITIR: el apellido ruso de moda.

          Decía Albert Rivera, en su breve paso por la política, que en España la gente cree que DIMITIR es un apellido ruso. Reconozco que la primera vez que lo escuché me hizo gracia, me pareció ingenioso. Sin embargo, era una frase cargada de un dramático realismo. Uno muy especial: hasta qué punto tenemos las instituciones infectadas de inútiles e incapaces mamándose del bote un sueldazo y una vida que no merecen. Tenemos ganapanes gestionando miles de millones de dinero público incapaces de llevar la comunidad de vecinos de su bloque, sobre todo, de hacerlo sin robar al menudeo en connivencia con el fontanero o el pintor de brocha gorda.

          No es de extrañar que tras las elecciones de mayo, anteriores a las sospechosas del 23J, miles de esos ganapanes se mostraran desolados por la pérdida de sus “trabajos”. Muchos de ellos y ellas deberían haber dimitido, algunos incluso estar encarcelados. Sin embargo se fueron de rositas, y otros ahí resisten a la espera cada día 28 del dinero de todos los españoles para su provecho. Una vez que se prueba lo fácil que es vivir del cuento no hay cuentas que compensen vivir de otra manera.

          Pensaba esto después de asistir a la indignidad de esta semana de un tipo que de estar embargado pasó, en 5 años, a vivir en un millonario ático junto a la sede del partido de su amigo Pedro Sánchez. Un tipo zafio y grosero que no puede representar al fútbol español, no por el beso, que esa es la torpe jugada de la izquierda sectaria, desatada y radical. Todos hemos visto que fue espontáneo y que la propia jugadora ni le hizo la cobra ni lo rechazó, al contrario, se abrazan y se mantienen mutuamente. El video hay que verlo sin las gafas del sectarismo, si no se ve borroso.

          Esta noticia ha tapado el hecho de que uno de los criminales puestos en la calle por la Ley «Solo sí es sí» y la nefasta gestión del gobierno, ha intentado violar a una mujer en Dos Hermanas, Sevilla. De esto, las sectarias feminazis y el partido de gobierno más nefasto de la democracia no ha dicho nada. Los lacayos televisivos también callados, y la prensa que debe estar metiéndose lo más grande con esta gente a base de servir de indignos mamporreros del discurso oficial.

          Nos estamos convirtiendo en una sociedad de mierda. Hay otras en países hermanos, y casualmente son sociedades de mierda donde gobiernan los zapateristas y narcotraficantes. Aquí la lacra del comunismo chulea y se enriquece como allí, caiga quien caiga y sin asumir, bajo ningún concepto ninguna responsabilidad. Si hay que montar follón que sea por un pico para desviar la atención de que estamos descuartizando España y vendiéndola a cachitos.

          Esta semana hemos sabido que la hija del infame Hugo Chávez, que en el infierno esté, vive en USA. Tierra de Satanás y olor a azufre según su difunto padre. Y que argumenta que sus cuatro mil millones de dólares de fortuna los hizo vendiendo AVON (cremas y pintalabios), casa por casa. Lo dice por una razón muy sencilla, porque este comunismo que se extiende como una pandemia ha aprendido que, además de ser narcos, ladrones, golpistas o terroristas, también se pueden reír en la puta cara de la gente sin que nadie les ponga una soga al cuello y los cuelgue de un palo en la Plaza Mayor, de momento. Pero empeño le están poniendo todo el que pueden. 

Estas son mis tetas

          No dejes que tu teta izquierda sepa lo que hace la derecha. Ya sé que la celebre frase del Evangelio según San Mateo se refiere a las manos y no a las ubres de ningún animal mamífero, pero a lo que vengo da lo mismo. El significado bíblico es que las buenas obras hay que hacerlas sin ánimo de reclamar luego lealtad o sometimiento. O en estos tiempos que corren, sin pedir además el voto, la concesión a dedo o la subvención cuando toque.

          A mí me ha sorprendido mucho el concierto de Amaral en Teherán. Un país en el que la libertad de la mujer está cercenada, la discriminación es brutal y la vida femenina tiene como eje la anulación de su rol en la sociedad. Mucho les queda por pelear allí para alcanzar lo conseguido en España: que no haya un solo derecho que tengan los hombres que no lo tengan también las mujeres, entre otras cosas, porque aquí es ilegal e inconstitucional. Me parece bien que se apoye la causa de las mujeres que viven sin libertad y bajo la opresión de la República iraní. 

          Enseñar las tetas, y no me pregunten por qué, también ha sido habitualmente una forma de hacerse notar. No sé, me vienen a la memoria las de Marta Sánchez en el Interviú (lo menciono en la novela La novia del papa se desnuda), la de Janet Jackson en el escenario ¿A quién se le ocurre algo así? Creo que a Justin Timberlake, o más recientemente las de Rita Maestre en Nigeria en una capilla de Boko Haram. Allí las niñas son violadas y esclavizadas y esta valiente feminista, ahora más con pinta de monja católica, se lanzó a la lucha reivindicativa como debe ser. 

          En nuestro país tenemos la suerte de poder dedicar recursos públicos (impuestos) mil millonarios, para conseguir que no haya violencia machista contra la mujer (estadísticas aparte). Ha sido un gran logro del ministerio más feminista de la Historia, que además, ha conseguido que los violadores estén donde según ellas tienen que estar. Yo si te creo hermana. La lucha debe continuar, hace falta subir los impuestos aún más, y necesitamos que se monte siquiera una asociación que nos recuerde lo bien que lo hacemos. Alguna peli por lo menos que nos hable de lo machista que es Pepe o Paco, y nos recuerde la necesidad de integrar a Mohamed con sus costumbres avanzadas de libertad con las mujeres.

          Pensaba esto porque esta semana nos ha deslumbrado una artista cincuentona con su naturaleza al aire, para recordarnos la suerte que tenemos en España de tener quien nos enseñe la teta izquierda sin que la derecha lo sepa o mire para otro lado con tanto meneo. Sin esperar nada a cambio: ni publicidad, ni tendencias en redes ni que yo, por ejemplo, que nunca me han gustado sus tetas, escriba este comentario. 

 

A lo fácil

          Esta semana leía que la universidad de Northwestern en Illinois, publicaba un estudio cuyo resultado más señalado es que las personas somos cada vez más tontas. Personas en general (género humano). Desconozco el mérito académico que tiene observar un hecho tan evidente y nítido para hacerlo pasar por un estudio científico. Pero en fin, al menos, se le ha dado difusión a algo que poca gente ignora y puede comprobar sin ningún esfuerzo así que vaya, por ejemplo, a comprar el pan o el periódico.

          Una de las evidencias del estudio se basa en los libros más vendidos. Yo ahí lo dejo, pero algo se tendrán que hacer mirar quienes los escriben,  quienes los publican y, sobre todo, los lectores que los compran para leerlos, regalarlos o, en muchos casos, ocupar espacio en esas estanterías huérfanas de contenido. Ya lo dijo el periodista Carlos Herrera referido a nuestro país: «En España hay más tontos que botellines, no caben más. Llega uno por La Coruña y se caen dos al mar por Algeciras».

          Yo confieso que me siento tonto entre los tontos, lo que supongo que algún mérito tiene. Es posible que con los años haya ido perfeccionando mi inutilidad para realizar tareas cotidianas. Por ejemplo, no me siento capaz de abrir con facilidad un envase de plástico de esos que llevan dentro un cable o conector, y que también se venden con algunos elementos de escritura: lápices o rotuladores. Con las manos me resulta imposible, son indeformables. Pero tampoco crean que a cuchillo o con tijeras la cosa mejora mucho. Hay que montar en casa, encima de la encimera, un auténtico disparate de navajazos y cortes para hacerse con el puñetero trozo de madera para escribir, o con el puto cable para el móvil.

          Pensaba esto, porque esta semana me llamó alguien del banco para decirme que a partir de ahora solo podría firmar las operaciones usando otra app de ese mismo banco. Es decir, ya tengo banca online en el ordenador, pero ahora necesito una app más para las firmas y que, además, solo se usa con el smartphone. Aquí, reconozco que me pilló un poco ocioso y le dije a la señorita que llamaba desde el Caribe —(lo sé por el acento y la hora de la llamada—durante la siesta—, que yo no tenía smartphone. De repente, se le desmontó el argumentario: sin el aparato, nada que hacer, pero tiró de ingenio. Me sugirió que llevara conmigo, como si fuéramos siameses, a un hermano mío con smartphone, a un sobrino, o a alguien dispuesto a hacer de Lazarillo bancario en caso de necesidad. Le hice notar, la dificultad de convencer a alguien de semejante tarea. Antes de que el diálogo de besugos terminara, después de muchos tiras y aflojas, me ofreció apuntarme gratis a un curso de aprendizaje de la app cuando me comprara un smartphone. He cambiado de banco.

          Con todo, lo que más me irrita son las tareas simples que alguien se encarga de complicar por pura sevicia. Se han puesto de moda las botellas de agua de cristal en los restaurantes (bien por eso). Pero en venganza, traen un tapón de aluminio que para abrirlo hay que hacer el mismo esfuerzo que para cambiar la rueda del coche. Además, desprende una tira cortante como una navaja, capaz de seccionar un dedo sin el menor inconveniente. Observe, y descubrirá de lo que hablo, una pista: el camarero siempre se la dejará cerrada para que la abra usted, que se supone que es el tonto.

          Nos hemos empeñado en hacer la vida antipática, nada de ir a lo fácil: eso de que las roscas de los envases abran y cierren con normalidad olvídelo, que los cajeros automáticos funcionen en verano es un mito, y aun menos pagar el parquin sin echar un rato en descubrir dónde está el lector de huellas, la ranura de la tarjeta o cómo se cambia el idioma que alguien de Castellón ha dejado en swahilli, solo por joder. Las cosas hay que hacerlas complicadas, antipáticas, difíciles de manejar, para que así pueda venir algún salvador de la gente de la calle a decirnos cuáles son nuestros derechos como honrados gilipollas con cara de paganinis.  

Sueldo para los ciegos

          Hasta hace poco vivía en una localidad de Madrid en la que trabajan, como en toda España, varios empleados de la ONCE. A uno de ellos lo trataba con cierta asiduidad como cliente. Diré que se llama Pedro, y que es un tipo simpático y dicharachero. Sabe vender su producto cada vez más diversificado: cupones, rascas, sorteos europeos y alguna cosa más. Coincidía con él en un conocido restaurante, y siempre le compraba algún boleto porque creo en la labor de esa institución. 

          Un día, y no me pregunten ustedes la razón, en una de esas conversaciones aleatorias sobre la situación del país salió el tema de los salarios. Al parecer, estos trabajadores cobran, como en la mayoría de los oficios de ventas, a sueldo y comisión. Una labor digna a la que dedican un horario regular y por lo que vienen a sacar de 1800 a 2000 euros al mes. Supongo que es una media que me facilitó, pero que hay quien lo supera y quien o no llega o se queda en ese entorno. Me parece bien. Son muchas horas por las calles, hablando con todo tipo de personas, con un poco de riesgo y andando de un lado para otro con el consiguiente desgaste físico. 

          Pedro tiene una discapacidad, pero no es ciego como solían ser hace años los vendedores de la empresa. Entonces, comprar un cupón de la ONCE era, según el dicho popular, jugar a los ciegos. Hoy es un trabajo mucho más inclusivo y uno encuentra todo tipo de personas con capacidades diferentes y un salario en consonancia. Paga impuestos como todo el mundo, pero cree, como muchos españoles, que son excesivos para lo que luego hay que ver… Ustedes ya me entienden.

          Pensaba esto porque, por circunstancias de la vida, conocí hace un par de años a otra persona con la que he tratado y de la que, motivo que no viene al caso, conozco su salario y su situación patrimonial. Les daré una pista: nómina de 7.000 euros netos, más dietas y gastos de todo tipo. Labor que la ocupa: uno de los miles de puestos de funcionario público de la UE. Función principal: hacer estudios para un mundo mejor (o esa es la intención aseguran un ejército de ellos).  Todos esos emolumentos son propios de quien ha triunfado en el mundo empresarial, donde se pagan impuestos cada vez más asfixiantes. No nos dejemos engañar, en España el esfuerzo fiscal es de más del 52%. En un país hecho unos zorros, sin justicia y donde la delincuencia campa a sus anchas. En este país, tenemos que soportar la confiscación impositiva y coactiva del Estado, para que los vividores vivan como si fueran genios.

          A mí no me extraña ese trabajo de ciegos del discurso ideológico que hacen quienes viven de la mamela pública. Quienes no han fabricado nunca nada, ni han producido un solo producto que se pueda utilizar. Quienes viven de darle a la lengua untada con veneno, de apuntar con el dedo, de señalar, de malmeter y de envenenar sociedades. No me extraña. Tener sueldos de genios siendo mercenarios se debe sentir como que Pedro el guapo te toque con su varita mágica y te solucione la vida. Por la cara, por ser aquello que se decía en la famosa película de Martin Scorsese de 1990: «Uno de los nuestros».