Triana eterna

          Ayer nos amanecimos con la triste noticia de la muerte del último miembro de Triana el grupo de rock andaluz que, cincuenta años después de su fundación, sigue siendo eterno. Eduardo Rodríguez Rodway tenía 81 años, y finalmente se reunía con su querido Jesús de la Rosa fallecido en 1983 con tan solo 34 años y su amigo Tele fallecido en 2002. Si bien en el grupo participaron otros músicos de forma eventual, el trío que hizo famosa y exitosa a la banda desaparece por completo este 2026 con la muerte de Eduardo.

          Un grupo sevillano al que el éxito no le llegó de golpe como en otros casos, el propio Eduardo en una entrevista hace unos años reconocía que de su disco El patio se vendieron 19 copias en el lanzamiento. No fue hasta el tercer disco cuando la varita mágica de la fortuna los visitó. Entonces llegaron los discos de platino, los escenarios llenos, la televisión, los conciertos por toda España y, finalmente, la tragedia en la carretera como ocurrió con tantos otros artistas de la época. Unas carreteras de los años 70 que hoy volvemos a padecer en muchos puntos del país gracias a que progresamos. 

          La magia de Triana la ponía Jesús de la Rosa, por eso tras su fallecimiento la banda desapareció como era conocida originalmente. Tele intentó relanzarla por su cuenta con otros músicos y de ello vivió hasta su muerte, pero no sin polémica y, desde luego, sin la repercusión de Triana. Eduardo fue generoso con esa decisión que como él mismo manifestó en muchas ocasiones le resultó dolorosa por parte de su amigo Tele, el famoso batería flamencón.

          Cincuenta años después sigo escuchando Triana con frecuencia, sobre todo en el coche, y me parece injusto el poco reconocimiento posterior que los españoles le dimos a la banda. A nivel internacional, aún menos. Si Jesús de la Rosa hubiera nacido en Liverpool en vez de en Sevilla hoy sería recordado al nivel que lo es John Lennon, no me cabe la menor duda. Sus letras son dignas de poemarios y han sido adaptadas en multitud de ocasiones.

          A mí, con la muerte de Eduardo, me viene a la mente lo aleatoria que es la vida. Lo difícil e inexplicable que resulta que el duende de la inmortalidad te acompañe o no, y que pases al olvido. Triana murió en 1983 con Jesús de la Rosa, ayer falleció su último componente que tuvo una vida larga y no precisamente exitosa, pero en nuestro recuerdo y el de muchas generaciones perdurará su música. 

Liderazgo frente a soberbia

         Navegaba ayer sábado por la televisión, a una de esas horas en las que ya cansado de leer y bajo el letargo previo a las horas de sueño nocturno me encontré con un regalo en el canal 20: nada menos que el concierto de Hans Zimmer en Praga. El espectáculo estaba ya muy avanzado pero, como quiera que la tecnología nos brinda cosas muy útiles, simplemente apreté el botón de ver desde el principio y me arrellané en el sillón, en una improvisada platea casera.

          Mucho antes de que me diera por estudiar música, Zimmer ya era para mí uno de los grandes de la música. Es difícil encontrar a una persona que no haya escuchado las exitosas bandas sonoras de películas como Gladiator, Piratas del Caribe, El código Da Vinci o Interestelar. Zimmer, el creador del muro de sonido, con la cantidad de recursos e instrumentos que utiliza, encandiló durante más de dos horas a un público entregado.

          Me llamó la atención como se las apañó durante todo el concierto para dar un reconocimiento individual a cada uno de sus grandes músicos en el escenario: fácil entre 15 y 20 artistas. Mujeres y hombres jóvenes, algunas de ellas auténticas virtuosas al violín, guitarra o percusión que, además, bien podrían ganar un certamen de Miss Universo sin ningún problema: un derroche de talento y estética difícil, si no imposible, de superar. Todo ello acompañado por un extraordinario coro de Praga que hizo las delicias del público con sus interpretaciones.   

          Zimmer derrochó liderazgo brindando a cada uno su minuto de gloria frente al público. Liderazgo frente a soberbia, de quien pudiera esperarse que reclamara para sí los aplausos y vítores de las decenas de miles de personas que asistían al concierto. Pero el talento y la sabiduría son lo contrario, precisamente, de la soberbia.

         Recordé entonces los sinsabores de esta semana en las noticias. Y me entristeció por un momento el ser consciente de lo fácil que es sumir a una sociedad en la desesperanza, lo rencores, el odio ideológico y la incertidumbre constante. Una sociedad dirigida, que no liderada, por la soberbia que no es otra cosa que la hija mayor de la ignorancia es una sociedad pobre. Una sociedad de la que el talento huye, y la magia de Zimmer se convierte en un espejismo.