Globotontos

          La globalización, un término ya en desuso, prometía grandes bondades. Entre ellas, se nos vendió un mundo más pequeño en términos metafóricos, aunque «parajódicamente» cada vez con más gente dentro. Un espacio planetario en el que las fronteras se vuelven líquidas y el comercio se hace más fluido desde Cochabamba hasta Albacete. A ello contribuye cada vez con más ahínco la tecnología, que nos une en una realidad virtual inagotable. Hacemos scroll como ratones en la noria a golpe de clic cada 7 segundos. Nos mola, por lo que sea, saturarnos el cerebro de gilipolleces sin cuento. Como para pararnos a leer el Quijote, la Ilíada o la Odisea, con lo divertido que es tragarse lo último de Gran Hermano.

          La globalización ha derivado, poco a poco, en un proceso más prosaico. En un tránsito de mercancías y pequeñas cosas como un cortaúñas. Algo que antes comprábamos en la tienda de Pepe debajo de casa y ahora lo pedimos por Internet a un tal Xo Ling. Desde allí, nuestro pequeño instrumento de aseo navega en un buque lleno de contenedores con matasuegras, cajas de condones y un sinfín de baratijas que se venderán físicamente donde estaba la tienda de Pepe y ahora hay una nave de nombre Chuan Pekín. Una tienda enorme en la que el dueño chino supervisa detrás de un cristal opaco a nuestros jóvenes españoles que emplea por unos pocos euros la hora.

          Hace falta para esta deriva tener a una sociedad un poco adormecida y disponer de una masa de ciudadanos globotontos. Para esta operación las aplicaciones que llamamos apps, para entendernos, han jugado y juegan un papel fundamental. El mecanismo es tan sencillo como obtener nuestros datos primero, luego nuestros gustos y hábitos y finalmente pastorearnos hasta el comedero de pienso. Todo ello, con una maestría de tal habilidad que el rebaño ni lo percibe, simplemente se deja llevar. De este modo, consumimos no solo productos y servicios, sino que además nos tragamos todos los mecanismos de consolación.

          Para hacernos globotontos pacíficos y conformes, los medios de comunicación son imprescindibles. Una maquinaria aniquiladora de conciencias y voluntades. Nos sentamos a comer y clic ponemos la tele: allí tenemos a una señora, en la ciudad de Petanca del Norte en una isla filipina cualquiera, que ha metido un pie en una zanja y se ha roto la cadera. Luego a un motorista en una colina del Himalaya que se ha caído montaña abajo, o a una culebra que ha picado a un señor gordo en la selva del Perú. Cosas todas ellas, necesarias para nuestro discurrir diario en Madrid o en Algeciras.

          Los globotontos ya no leemos porque los cerebros dopados de basura no tienen espacio para más cosas. El mundo se ha reducido tanto y condensado a tal nivel que necesitamos mucha atención para que no se nos escape nada de lo que ocurre en una lejana región del Tíbet. La globalización tiene, no obstante, sus ventajas. Nos anestesiamos frente a lo que tenemos más cerca. Nos impide ver al pobre Pepe marchito y abandonado en una residencia de mayores, nos ayuda a aceptar la colonización de nuestros barrios y el empleo de esclavos de nuestra juventud y, lo más cojonudo, es que como buenos globotontos cuando ya no podamos más nos montaremos una guerra contra nosotros mismos.    

 

2 opiniones en “Globotontos”

  1. El globotonto, se ha despojado de lo más valioso q un ser humano debe poseer: Educación, valores y pensamiento crítico, todo ello unido al adoctrinamiento imperante de una élite con intereses dudosos, nos ha llevado a la deshumanización, algo muy peligroso para nuestra propia supervivencia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *