La ineficacia en la gestión de las migraciones, me refiero a inmigración específicamente, es tan abrumadora como fácil de comprobar. Nadie, que yo conozca o haya escuchado en política, se atreve a hacer la pregunta del millón con sus dos patitas: ¿Cuántos caben y cuánto nos cuesta? Pero claro, eso sería intentar gestionar recursos y demografía. Algo que es extremadamente complicado y que requiere de ausencia de propaganda, eliminar la palabrería barata y el megáfono de latón y liquidar las mafias que se lo llevan crudo. Cosas que, por desgracia, son las habituales y moneda de uso común en la clase política y aledaña.
La primera cuestión es quizá la más sencilla. Pongamos el caso de África, donde hoy viven unos 1500 millones de seres humanos, por lo general en peores condiciones que en España o Europa. Se estima que en el año 2050 vivirán unos 2500 millones, casi 10 veces la población europea. Una de cada cuatro personas que habitarán el planeta será africana. Casi la mitad de esa población vive hoy en situación de pobreza extrema, con menos de 3 dólares al día. Bien, ese es el punto de partida. Y, ahora, como usted aficionado a la política es muy listo, ya está en disposición de decirnos cuántos caben en España o en Europa. Y, ya de paso, si nos comenta para hacer qué, mucho mejor, algo que no puedan hacer allí en sus lugares de origen. Si la respuesta es para hacer el trabajo de campo que no quieren los españoles o europeos, me temo que algo falla. Hoy hay más de 600.000 inmigrantes en España sin empleo.
La otra pata del asunto es la siguiente: pongamos por caso que hemos decidido que caben X individuos procedentes solo de África. Hay que poner un número porque los recursos son finitos. Seguro, por otro lado, que su sagacidad le hace sospechar que no llegan con la cuenta corriente llena, o con lo suficiente para pagarse el alquiler y la comida en condiciones europeas. Y, seguramente, tampoco nos gusta la idea de que anden como en Ceuta tras la invasión, es decir, tirados por las calles enfermos o dándose palos y navajazos por un bocadillo. Ese es un panorama que, según tengo entendido, a los ceutíes abandonados por el gobierno, no les está resultando nada agradable.
Así que, ya ve usted que fácil es la gestión. El primer paso es acabar con la demagogia barata, la palabrería y las mafias. El segundo echar cuentas como lo haría usted en su casa a la hora de montar una fiesta con invitados, y el tercero decidir si en sus 90 m2 caben 30 invitados o 3.000, suponiendo que usted pueda pagar el champán para todos. Y a partir de ahí tendrá que contar con el beneplácito del resto de su familia para montar el quilombo. Y una vez hecho esto volvemos al punto de partida. En algún momento habrá que decir: ya no caben más, así que fronteras cerradas y no entra ni Dios. Lo que de nuevo nos convierte en esos racistas y xenófobos demonios fascistoides bla bla bla, otra vez. ¿O tiene usted una solución más inteligente?
Hace unos días entrevistaban a una señora en medio de la calle que, con cara compungida, aseguraba que ella metería en su casa y mantendría a un inmigrante que no tuviera donde ir y que estuviera en la calle. El entrevistador, que sospechaba lo que pasaría, le presentó a un subsahariano que sentado a pocos metros pedía limosna para comer. Acto seguido le pidió a la señora que se lo llevara a su casa, al menos, hasta que pudiera solucionar su precaria situación. Y… ¿A que no adivinan la respuesta de la señora, muy socialista y solidaria ella al principio? Pues sí, eso mismo, pero con otras palabras, que le dieran por culo al negro y que se buscara la vida o volviera a su país. Recuérdelo cuando vuelva a escuchar en la puerta de Mercadona aquello de pobrecito el negrito, y cuántos racistas hay en España, y que si todos son de derechas. Que luego se emocionan y lloriquean cuando ven a esos multimillonarios actorcitos patrios en Hollywood con el puñito en alto y el pañuelito palestino en el pescuezo sobre el traje Armani de 10.000 pavos.
