Hasta hace poco vivía en una localidad de Madrid en la que trabajan, como en toda España, varios empleados de la ONCE. A uno de ellos lo trataba con cierta asiduidad como cliente. Diré que se llama Pedro, y que es un tipo simpático y dicharachero. Sabe vender su producto cada vez más diversificado: cupones, rascas, sorteos europeos y alguna cosa más. Coincidía con él en un conocido restaurante, y siempre le compraba algún boleto porque creo en la labor de esa institución.
Un día, y no me pregunten ustedes la razón, en una de esas conversaciones aleatorias sobre la situación del país salió el tema de los salarios. Al parecer, estos trabajadores cobran, como en la mayoría de los oficios de ventas, a sueldo y comisión. Una labor digna a la que dedican un horario regular y por lo que vienen a sacar de 1800 a 2000 euros al mes. Supongo que es una media que me facilitó, pero que hay quien lo supera y quien o no llega o se queda en ese entorno. Me parece bien. Son muchas horas por las calles, hablando con todo tipo de personas, con un poco de riesgo y andando de un lado para otro con el consiguiente desgaste físico.
Pedro tiene una discapacidad, pero no es ciego como solían ser hace años los vendedores de la empresa. Entonces, comprar un cupón de la ONCE era, según el dicho popular, jugar a los ciegos. Hoy es un trabajo mucho más inclusivo y uno encuentra todo tipo de personas con capacidades diferentes y un salario en consonancia. Paga impuestos como todo el mundo, pero cree, como muchos españoles, que son excesivos para lo que luego hay que ver… Ustedes ya me entienden.
Pensaba esto porque, por circunstancias de la vida, conocí hace un par de años a otra persona con la que he tratado y de la que, motivo que no viene al caso, conozco su salario y su situación patrimonial. Les daré una pista: nómina de 7.000 euros netos, más dietas y gastos de todo tipo. Labor que la ocupa: uno de los miles de puestos de funcionario público de la UE. Función principal: hacer estudios para un mundo mejor (o esa es la intención aseguran un ejército de ellos). Todos esos emolumentos son propios de quien ha triunfado en el mundo empresarial, donde se pagan impuestos cada vez más asfixiantes. No nos dejemos engañar, en España el esfuerzo fiscal es de más del 52%. En un país hecho unos zorros, sin justicia y donde la delincuencia campa a sus anchas. En este país, tenemos que soportar la confiscación impositiva y coactiva del Estado, para que los vividores vivan como si fueran genios.
A mí no me extraña ese trabajo de ciegos del discurso ideológico que hacen quienes viven de la mamela pública. Quienes no han fabricado nunca nada, ni han producido un solo producto que se pueda utilizar. Quienes viven de darle a la lengua untada con veneno, de apuntar con el dedo, de señalar, de malmeter y de envenenar sociedades. No me extraña. Tener sueldos de genios siendo mercenarios se debe sentir como que Pedro el guapo te toque con su varita mágica y te solucione la vida. Por la cara, por ser aquello que se decía en la famosa película de Martin Scorsese de 1990: «Uno de los nuestros».
